Camilo Sánchez – Christian Kupchik

Una vez más, convocados por la revista Carapachay, dos escritores intercambian cartas en torno al río. Como resultado Camilo Sánchez y Christian Kupchik nos regalan, en efecto, un conjunto hermoso de narraciones plagadas de vivencias, anécdotas y referencia literarias, con el delta y la amistad como telón de fondo ineludible.

Sánchez a Kupchik.

Estimado Christian:

Por acá, las cartas se escriben a mano, como se pelan las mandarinas; como almuerzan o cenan los pobres y los ricos de la India, donde detestan el cuchillo y el tenedor. Ellos no dejan que ningún objeto excéntrico se entrometa entre el pollo al curry y la persona.

Que estés bien, entre los tuyos, como se decía en las viejas cartas.

Hernán me sugiere que te escriba sobre el río. Mañosos, a esta altura los tres sabemos que es cierto que las únicas lecturas que persisten son las que nos empujan a escribir. Con los paisajes, acaso, puede ser que suceda la misma cosa.

Por ese río, por ese paisaje, ahí viene, palo y palo en su canoa, Juan Esteban, con ganas de conversar. Por eso se demora frente al muelle, justo a esta hora, la última luz de la tarde, en que nos rodea un ejército de mosquitos relocos tratando de resolver con nosotros la cena de esta noche.

Tiene más de sesenta años y buena parte de ellos los ha pasado, solo, en su rancho del arroyo. Es un buen tipo con mirada suspicaz: como casi todos aquí, algún pendiente, grande o chico, ha dejado en la ciudad. Andá a saber.

Ahí viene, con las rodillas machucadas de tantos años de cosechar junco en los humedales. Rema sin apremios, como las llamas de la puna que se mueven horas relajadas bajo el sol. Viene, raro en él, con ganas de conversar: anda con una historia que no le ha contado a nadie. Está criando un cerdito y hoy, dice, casi fue arrastrado por la crecida del sudeste.

En la isla, el río es el lenguaje con el que se escribe el día. La sudestada se instaló desde temprano y el agua avanzó sobre los patios y el viento llegó cargado de oscuridad: algún árbol caído por la tormenta liquidó los cables eléctricos de la zona.

No todo es un contratiempo. A esta hora, con los muelles a oscuras todo se lentifica y se ve que la realidad es más bien portadora de incandescencias y brillos al atardecer. Hay que demorarse en él, porque es bien cierto que en los huecos en el agua resiste la claridad: es allí donde se aquerencia el cielo.

Mientras se viene la noche, Juan Esteban amarra su canoa y dice que, por ahora, el cerdo andará por los ocho o diez kilos, pero que alguna vez será chancho bien listo y predispuesto para la carneada.

La cuestión no va a ser fácil. Es que Juan Esteban ya le puso nombre: Pancho. Y cuando se le pone un nombre a un animal, cuesta después, de un día para el otro, volverlo panceta, jamón, chorizos y morcillas.

-Si le pusiste nombre, cagaste.

-Lo va a carnear mi hermano – se ataja, ladino, tirando la pelota afuera.

Juan Esteban es de los pocos que quedan en el arroyo que dependen, todavía, del junco y de la madera. Llegó a la zona cuando se abrían canales a paladas y reinaban las quintas con frutales. Antes de los turistas de fin de semana que se emocionan cuando aparece un carpincho y lo imaginan como un animal heroico, de los últimos de su especie. “No sabés lo que son las milanesas de carpincho”, dice él, cambiando el rumbo.

Desde la canoa, Juan Esteban cuenta que había viajado y que esta tarde, a la vuelta, encontró a Pancho, con el agua al cuello, a los gritos, contento el animal cuando lo vio bajar, por fin, de la lancha colectiva.

-¿Y a dónde viajaste Juan Esteban?

-A Tigre, tenía que hacer unas cosas en el pueblo –dice.

Cuarenta minutos en Líneas Delta para Juan Esteban es todo un viaje. Tigre es el pueblo, la ciudad, la civilización: un negocio al lado del otro.

Dicen que fue, durante años, el mejor arquero de la Primera Sección de Islas y tiene fama de mano verde, algo que se respeta en la isla. Clava una estaca bajo la luna precisa y a los pocos meses tenés un alamo o un sauce en el terreno, como si nada.

Lo conozco hace más de diez años y es probable que, con el tiempo, lleguemos a ser amigos.

Se hace un silencio. Está bajando el río. Lo miramos un rato. El agua deja que la brisa dibuje música muda, pero no digo nada.

El problema, explica Juan Esteban, y se ríe, ladeando un poco la cabeza blanca, es que Pancho se está volviendo pretencioso. Juan Esteban reconoce que el animal no está comiendo cualquier cosa y que la polenta que se cocina en un minuto, y que tanto encantaba a Pancho en los primeros días, ahora la deja a un lado.

-¿Y qué carajo come ese cerdo, Juan Esteban?

-Le gusta el arroz, al muy turro. Lo enloquece el arroz. Esta semana se liquidó media bolsa.

Con la última luz del día parecen aletear aún más las hojas de los penachos más altos de los álamos. Las hojas se mueven con la última luz. Un leve temblor como de despedida.

-Un cerdo alimentado a arroz te va a salir carísimo, Juan Esteban. Pero tendrá un sabor celestial –le digo, chicaneándolo un poco.

-Dejáte de joder –responde, y se ríe.

Antes de despegarse del muelle, dice que la carneada de Pancho será en julio o agosto y que habrá que trabajar fuerte dos o tres jornadas.

-¿Vas a venir por casa esos días? –pregunta.

Uno, que tiene fama de inútil en la isla, dice la verdad, que es lo que se responde siempre cuando no se piensa mucho.

-Será un honor.

Juan Esteban empuja su canoa contra la correntada.

Se escucha la lancha almacén muy lenta, carraspeando por el Caraguatá al 200: por ahí, más o menos, se ha detenido ahora el ruido de su motor.

Decide ir por ella mientras la tarde, ahora sí, definitivamente, se va a pique.

Rema por cigarros Juan Esteban y por una bolsa de arroz blanco.

***

Kupchik a Sánchez.

Estimado Camilo,

Agradezco profunda y sinceramente tus palabras, así como el honor que implica conocer la entrañable historia de Juan Esteban y el Pancho. Pero también, haberme aceptado como socio en este juego particular que hace al intercambio escrito de sensaciones propias y a veces secretas. “Al género epistolar lo mató el teléfono”, sentenció Piglia en Respiración artificial. Cuando lo leí por primera vez, en aquella edición de Pomaire que no sé cómo llegó a mí, no pude menos que sonreír concediéndole razón y a la vez reconociéndome habitante de la paradoja. Por entonces, también a mí me tocaba respirar más o menos artificialmente, aunque en sueco, y por tanto el cartero era uno de los seres centrales de mi existencia. Sin duda, otro error: tanto Carroll –quien denunció al repartidor de esquelas por robar los besos que le enviaba a una de sus niñas– como Bukowski, advertían acerca de la potencial amenaza de estos personajes. Y no se trata de matar al mensajero.

Por lo demás, coincido: esta anacrónica esgrima de la escritura, así como el arte de saborear el pollo o la práctica artesanal de la orfebrería poética, sólo pueden practicarse con la mano. Es preciso sentir el lento trasiego de la letra por el paisaje blanco.

Y ya que estamos, una nueva coincidencia (que quizá no lo sea tanto): en su generosidad, Hernán no me advirtió acerca de una temática. Pero antes que me llegara tu misiva, sentí el deseo de contar acerca de un territorio al que perseguí en los últimos años y sólo conocí unos días atrás. En verdad, lo que conocí no sé si es real ni merece definirse como “territorio”, pero como bien indicás, acaso sean los paisajes quienes “empujan la escritura”. Debo admitir que los prefiero amplios, desiertos, mares o llanuras. En algunos espacios carentes de contornos parece que nunca sucediera nada. El tiempo se ralentiza como compuesto por hormigas narcotizadas; la historia se convierte en geología. Y aunque ladren perros en la orilla, el mundo se esfuma llevado por la corriente imaginaria de un río que desemboca en la noche como un jarabe negro.

Confieso, además, que la seducción de estos páramos muchas veces se ve antecedida por el topónimo antes que cualquier otro dato. De este modo perseguí en sueños un sitio que se escapó de cualquier cartografía llamado Centinela del Mar. Melville, que algo sabía del asunto, aseveró que los lugares verdaderos no figuran en ningún mapa. Y así debe ser. Pero resisten sus nombres como cantos de sirenas…

Llegados a este punto, pienso en la magia (“no se puede hacer más lento”, diría Lavand) y el río por el que bajaba Juan Esteban me condujo directamente al Sopa, guía imaginario quien me habló por vez primera de Centinela.

Como Juan Esteban, el Sopa –que se llama Daniel, aunque nadie lo menta por su nombre– ha pasado los sesenta y esconde no pocos secretos en su armario. Lo conocí una década atrás, cuando hacía de guardavidas (extraño término: ¿la vida de quién se guarda o merece ser guardada?) en Frontera Sur, un emprendimiento entre las dunas a Mar del Sud que comenzó siendo un proyecto interesante y terminó, como tantos, en otro pase de baile de la corrupción local. Lo cierto es que el Sopa sorprendía ya por su físico, más propio de faquir o jockey que de guardavidas. Bajo, flaco al punto de confundirlo con un alfiler de perfil, sólo una barba conradiana y el color del sol en el cuero le daban una identidad que lo conectaba al mar.

Pero el Sopa, según me contó, en un momento dejó un pasado difuso y comenzó a dialogar con las algas. Hizo un curso de capitán, se conchabó en barcos de otros, se aburrió. Instaló un pequeño taller al final de la calle 21 de Miramar al que llamó Gepetto, y colocó un cartel en la puerta que especifica el horario: “Abro cuando llego y cierro cuando me voy”. Allí vive rodeado por viejos mascarones de proa, barcos en miniatura, fósiles marinos, y maderas varias de todo tipo y tamaño a las que el Sopa les da formas al compás de óperas desconocidas y amargos con yerba de ayer. Por entonces vivía de lo que podía; ahora también.

Sin embargo, el Sopa, humilde, oculta el dato épico, aquel que dice que en el ’91, aprovechando el centenario de Miramar pero sin nada que venga a cuenta, con los fondos aportados por talabarteros, farmacéuticos y otros respetables comerciantes, unió 1850 kms en canoa, desde Salta al Plata. Tomó el Bermejo hasta el Paraná y por allí fue bajando. Se alimentaba de las ofrendas del río o lo que algún ocasional paisano pudiera aportar. No faltaron las desventuras, claro, que el Sopa asumía como otra huella más en sus costillas. El periplo le dio algo de notoriedad, que alcanzó para un libro modesto donde da cuenta de las peripecias, todas ellas muy alejadas del pomposo título otorgado por las fuerzas vivas de la ciudad: “Travesía del Centenario”.

Ni antes ni ahora el Sopa cuenta con teléfono ni mail ni paloma mensajera. Para encontrarlo sólo hay que apostarse en el Gepetto y, si no está, esperar que llegue para abrir. No recuerdo si para el ’10 o el ’11, lo fui a ver y tenía noticias: la mujer con la que estaba ya era un recuerdo, pero en cambio consiguió una vieja embarcación para restaurar. Con los ojos llenos de esquirlas luminosas, contó que la madera era de pino o cedro, no podría precisar. Y algo más: había pertenecido a Vito Dumas. “Cuando la termine me voy a la Polinesia”, me dijo, sabiendo que no sería nada fácil, ni terminarla ni llegar a la Polinesia.

Para el ’10 o el ’11 fue cuando le pregunté, además, cómo había comenzado el año. Supongo que mi torpeza quiso adivinar si estaba bien luego del comentario sobre su mujer. “Bien”, me dijo, “bien: solo en Centinela del Mar”. Falta una coma, deduje mentalmente. No podía atribuir si la repetición de “bien” se debía a estar solo o a Centinela del Mar. No faltaba nada, los dos conceptos estaban unidos. El Sopa arrancó el primer día del año ’10 (o el ’11) siendo el único habitante de Centinela. “El único no”, me corrigió. “Estaban todas las estrellas del universo. Nunca vi tantas juntas…”

Por algún motivo, y aunque no críe chanchos adictos al arroz (habrá que cuidarlo del estreñimiento al Pancho), sentí que el Sopa y Juan Esteban merecían cruzarse en nuestras líneas. Quedará para la próxima entonces lo que Centinela tenga para decir. O no.

En tanto, vaya un abrazo fraterno,

Christian

Pd: queda como deseo, además, la esperanza de una buena milanesa de carpincho. Sólo lo probé en escabeche y está muy bien.

***

Sánchez a Kupchik.

Querido Christian:

Muchas gracias por tu respuesta, por tus palabras y la emoción y el asombro que se deslizan en ellas.

Las cartas, Hernán Ronsino lo sabe muy bien, y tal vez por eso la convocatoria a estos cruces que se agradecen, tienen un encantamiento. Nada desechable en estos tiempos, veloces, que corren y corren: la convicción durante la escritura, querido Christian, de que habrá alguien, del otro lado.

Un lujo esa certeza, vea, después de tanta cháchara al voleo.

Gracias por El Sopa. Un grande. La verdad es que sería lindo un cruce entre ellos, El Sopa y Juan Esteban, una tira de asado en la parrilla, dele filosofar ellos sin demasiadas palabras, pura presencia, y nosotros ahí, vos y yo, Christian, anotando en alguna libretita.

Que es lo que siempre hacemos, finalmente, frente al río o en la orilla del mar.

Anotar, recuperar detalles.

Necesitados, como estamos, de hacer pie, aunque sea un poco inestable, en el destello: eso que está aquí nomás, que aparece cuando descorremos la persiana, el velo, que nos separa del mundo.

Porque todo carpincho que se duerme va a parar a un mocasín, la mirada frente al río no puede ser ni inocente ni soberbia, querido Christian.

Hay que predisponerla a una sola cosa, obvia por lo demás: constatar que esto que sucede frente a nuestros ojos es inédito.

Esta temporada será inolvidable por el ventarrón de camalotes que dibujó un lomo verde e impreciso cabalgando sobre las aguas del Delta.

Empujados por la marea, iban y venían los mismos camalotes, una y otra vez, como en una fallida película de Herzog. Hasta que los tomaba por fin una bajante fuerte y se embarcaban, por el Luján, con rumbo a Puerto Madero.

Del nunca domesticado Delta a la fineza elegante de Puerto Madero, sin escalas.

En la Lancha Colectiva se escuchaban, estos días, frases que eran versos relampagueantes, dichos como al pasar. “Cerca del Iguazú, tres monos y una boa, ¡en camalote!”, comentaba una señora muy mayor, con platería en su cuello.

Muy coqueta para la zona.

A la vuelta, en la misma lancha, ya se insinuaba que uno de los monitos venía dentro de la Boa (sin ser demasiado supersticioso, quizá los tres aquí, Christian y Hernán, tras la aparición de ofidio, deberíamos me parece, por lo menos, tocar madera).

Todo fue del camalote en los últimos días.

“Hay motivo de conversa”, resumió Juan Esteban.

En la Colectiva no se hablaba de otra cosa. Alguien, de la Primera Sección, se puso a recordar en voz alta y aseguró que otro gran avance de las islas flotantes sucedió en plena dictadura. “En el ‘78 o ‘79, Prefectura los dinamitaba en el Paraná”, dijo, y se bajó en el Caraguatá al 300.

Don Marcos, de la Segunda Sección, que tiene su rancho por el Carabelas, sacudía su cabeza, muy contrariado, lejos de comprar esa versión: “¿Dinamita? Es la naturaleza –masculló en voz baja, y levantó el brazo para acomodarse una viscera– y con ella nunca se puede hacer nada”.

En estos días, los que vienen por el fin de semana, los turistas como aquí los llaman, transpiraban –larga caña entre las manos– tratando de desmalezar sus muelles contra el estancamiento del camalote.

De pronto, con sus bíceps de oficinistas ya casi acalambrados, veían pasar, en lancha, a un lugareño, que aminoraba el rumbo.

“Dejá, no hay con qué darle, hay que esperar, se los lleva la bajante”, gritaba el que aquí vive, el que sabe.

Y el visitante dejaba la caña a un lado.

Abandonaba.

Puteaba bajito.

Se tiraba por fin al agua, que es lo único que el turista hace bastante bien.

Decía Macedonio que sin la belleza, el corazón carecería de música.

Hasta aquí hemos navegado, Christian.

Los viajeros del río o del mar, la gente lectora de Carapachay, comienza a percibir, aquí, desde este lado por lo menos, el brindis, la copa del adiós.

A esta altura, de las cartas, pero sobre todo de los días que se acumulan, la sensación es que despedirse y agradecer se alistan, finalmente, en la misma cuerda floja del jazmín del aire.

Ese que intenta ofrecer, en la agonía de la tarde, su perfume más cierto.

Abrazo Christian, hasta que nos veamos, hasta que nos volvamos a escribir.

***

Kupchik a Sánchez.

Camilo querido,

Se agradecen, y mucho, las palabras, las historias simples e inverosímiles, los destellos y detalles. Se agradecen, cómo no, también las noticias. En las últimas semanas he estado algo escondido de los escozores de la realidad (un poeta amigo me escribió en estos días: “espera abajo / del escenario / la realidad”. Bueno, que espere….)

No obstante, siempre algo emerge. Me llegaron los ecos de los camalotes, y no me disgustaron. Pensé que son algo así como una metáfora de lo que escribimos o vivimos: cuerpos desconocidos que llegan arrastrados por la corriente bajo el signo de una amenaza. Quizá no sean metáforas ni amenazas y estará muy bien igual, en la cruda certeza de lo que arriba con el río, tarde o temprano, se impone. Arriba, o río abajo.

Y el eco de los camalotes me arrojó a otro recuerdo. Hace una punta de años, en un bar de Berlín, conocí a un veterano de Vietnam. Sí, así como te lo cuento. Yo estaba perplejo: siempre pensé que eran un invento de Hollywood. Pero no, ahí estaba el hombre, gigante, con el cráneo rasurado y brillante en un tiempo en que las calvas no pagaban como ahora. Un Kurtz cualquiera, que cambió la selva por un bar de Berlín para beber su bourbon en dosis lentas. Y este Kurtz cualquiera me contó que una de sus pesadillas más frecuentes tenía que ver con la estrategia de los vietcongs (esos “pequeños demonios”, dijo, pero con cariño). Por la noche, remontaban el río Mekong en balsas alternadas y muy bien camufladas, de modo que era casi imposible verlos. En cuanto se distinguía una, ya estaban en la otra. “Era como atacar un ejército de fantasmas”, sentenció, ahora con un dejo de rencor.

Andá a saber, caro Camilo, si estos camalotes no vienen también del delta del Mekong. Se mantienen en la línea de flotación como una callada advertencia para los intrusos: “Seguimos aquí”, parecen indicar, “aunque no nos vean, seguimos aquí”. Son portadores de lo inesperado, la sorpresa, y eso, sabemos, el asombro, a veces asusta. “Tienes que hacerte amigo del horror”, decía Kurtz, el verdadero. No, no cualquiera se muestra dispuesto a aceptar a un delta que jamás será domesticado del todo.

Balsas y camalotes… Coincido con vos en eso de “hacer pie en el destello”.

En mi misiva anterior te hablaba –en realidad creo que no lo hice– de un lugar llamado Centinela del Mar. Aunque quizá resulte algo pretencioso llamar “lugar” a una veintena de construcciones desiguales y desperdigadas sobre acantilados que dan, eso sí, a unas playas que se pretenden vírgenes y en verdad no lo son (pienso que lo único que resta virgen es el significado del término). Pero dado que se habla de una fundación en 1940 y que la anuncian ciertos carteles –escasos–, habrá que convenir que luego de viajar unos 80 kms. desde Miramar por las rutas 77 y parte de la 88, más otros veinte por un camino de tierra que lleva a pensar en una carretera lunar rodeada de plantaciones de girasol, maíz y, por supuesto, soja, se llega a cierto lugar llamado Centinela del Mar.

Fuera de la escuelita rural a la que asisten nueve niños (hijos de los campesinos) y de una posada de los años ’60 que lució blanca y fue tapiada por obra de Pérez Companc, dueño de los campos vecinos y al que no le gusta ser molestado por visitantes inoportunos, conviene concentrarse en tres construcciones.

La primera es una suerte de pagoda maravillosa en madera y cristal que da al mar. Es una casa, supuestamente de un grupo de biólogos amigos, aunque legitimada como avistadero de aves. Sí, hay muchos pájaros por allí.

La segunda es la capilla, austera pero digna, con unas veinte sillas para los feligreses. Más interesante aún es la construcción de al lado: un patio hermoso, con mucha vegetación, al que se abren varios cuartos. Allí vive el cura, claro, y los cuartos se alquilan: “la iglesia no cuenta con fondos de la curia, de modo que es privada”, informan. También la fe se ha privatizado, por lo que parece.

La tercera es el Museo. Imagino tu cara. Bueno, ¿por qué Centinela no habría de tener un museo? Muy particular por cierto. Aunque sólo cuenta con una única habitación que acumula una colección variopinta y heterogénea de objetos, la finalidad secreta es clara: recuperar la memoria de los tehuelches. Así lo declara Canelo, su fundador y encargado, que a la vez se define descendiente aunque nada en su fisonomía lo delate. “Los mapuches son más ruidosos”, dice, “pero nosotros somos muchos, llegamos hasta la Patagonia. Sólo hay que recuperar la memoria”.

Canelo, amigo del Sopa, también era guardavidas, hasta que alguien se dio cuenta que por estos parajes no había muchas vidas por guardar. De modo que arrancó con el museo y las raíces de sus ancestros. Además de telas, dibujos, utensilios, Canelo pretende rescatar la lengua tehuelche (sorprendentemente similar al turco, al menos en su fonética) y la religión. De hecho, dice ofreciendo un amargo, tuvieron una sesión las otras noches. “Juntamos como a veinte”.

O sea: pájaros, un cura privado (“y sojero”, agrega Canelo con cierta maledicencia) y un chamán tehuelche. Esos son los actores de una obra absurda, sin trama, en el escenario desatado en el ojo de la nada, frente al mar: un pueblo de dos habitantes, a la vez enfrentados por cosmovisiones opuestas.

En tanto, entre un impresionante caparazón de gliptodonte, abalorios inmemoriales y un viejo primus, descansa una caja de la que surgen débiles fulgores. Me acerqué y vi que se trataba de fragmentos de lozas. En el reverso de una había un sello: Copeland & Garrett. Late Spode. Los dibujos son extraños. “Porcelana inglesa”, indica Canelo. “Posiblemente de mediados del siglo XIX. Pertenecían a platos y juegos de té, y los hay azules, verdes, rojos… Con seguridad son de algún barco que naufragó frente a estas costas o a Mar del Sud. Algunos, como el Star of Cairo o el Madonna of Carmen, en los días de marea baja aún muestran sus cascos oxidados. Se llegaron a encontrar platos y tazas enteras, pero cada vez menos. De todos modos, cada vez que llega un pedazo a la orilla, lo recogemos.”

Es así, Camilo: el arte de reconstruir fragmentos. Son estas vislumbres que llegan desde la nada la que nos alientan. Se presentan en la orilla sin avisar, como una luminaria que perdió su rumbo para dejarnos una cifra que tal vez no encierre una verdad absoluta, pero sí el signo indicado para seguir un nuevo enigma. Como los camalotes…

El jazmín del aire, como ahora Hernán, volverá a reunirnos, Camilo. Estoy seguro. Ya sea a través de la letra manuscrita o bajo la luz del crepúsculo junto al río. Ojalá ocurra con Juan Esteban y el Sopa, preparando un fueguito donde chisporrotean las carnes. Mientras, apuraremos un truco, que adivino de callado, lento, sabio, inventando nuevas señas en la oscuridad. Habrá que ver quién miente mejor en el silencio.

Abrazo fraterno…

Christian.

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