Utopía García por Mauricio Kartun

Las obras salen de lugares raros. A veces de una pregunta. O de varias. Esta, si alguna vez la termino, será una de esas.

En los ´80 escribí Pericones, una pieza que tomaba como espacio mítico a la isla Martín García. Haciendo trabajo de campo y con ganas de joder un poco, me largué a recorrerla unos días. En una punta, al final de un caminito había un pequeño barrio de casas abandonadas, saqueadas. Supe que lo llamaban Barrio Chino. Y que hasta el ’39 había vivido allí personal civil de la Armada. Le pregunté a una guía por qué estaban en ese estado y me contó su historia: en las tremendas inundaciones bonaerenses del ´73, el Ministerio de Bienestar Social envió a la isla un gran contingente de evacuados a que se instalasen provisoriamente en aquellas viviendas deshabitadas. Las provisiones de primera necesidad las aportaba la prefectura. La gente se instaló, se adaptó como pudo a la situación insólita, se organizó, y formó comunidad. Cuando un tiempo después quisieron devolverlos al continente muchas familias se resistieron. Habían encontrado su lugar en el mundo. Les cortaron, en principio, toda ayuda; los intimaron después, pero no dejaban el lugar. Vino entonces la orden de López Rega y la autoridad salió a cazarlos. Hubo redadas feroces, desalojos, batalla, expulsiones. Y todo volvió al silencio.

Es sabido lo pegadas que están siempre las ideas de isla y de utopía. Fue escuchar esa historia y hacerme las preguntas: ¿cómo fue esa fugaz comuna argenta? ¿qué felicidad encontró allí entre los ceibos? ¿qué economía bizarra desarrolló? De éstas, y de cien preguntas parecidas, se empezó a armar en la cabeza el proyecto. El problema, como siempre con lo épico en el teatro, es encontrar la maldita forma de condensación. Te ponés a laburar y siempre llegás a lo mismo: esto es para cine… esto es para novela… Al final me cansé y abandoné el proyecto.

En un cuaderno ya medio ruinoso y con la etiqueta “Utopía García” encontré hace poco aquellos apuntes. A las cosas trabadas, como siempre, las destraban otras cosas. Creo mucho en las coincidencias significantes y en su poder de resolver por analogía. Me apareció el Mahagonny de Bretch, otra utopía excéntrica, la Argirópolis sarmientina y el libro Astrología esotérica, de López Rega del que tengo un ejemplar. Otra quimera al fin. Se batió todo junto y nació esta nueva punta.

Trabajo sin ningún apuro sobre una constelación de monólogos que sea capaz de contar esta historia. La idea es juntar, alguna vez, un grupo de actores ninjas y terminar estos soliloquios a medida de cada uno, escribiendo a la vez los que la completen. Por ahora, los textos son puro cimiento.

Me convocan desde Carapachay a publicar un texto que se relacione con el eje temático de la página. Otra coincidencia: todo, desde el nombre de la revista, va como anillo al dedo. Aprovecho el acaso y le doy acá un cachito de luz a Utopía García. Al primero de los diez o doce monólogos que alguna vez la comprenderán. La pongo a rodar a ver si crece. Algo va a salir dicen los músicos.

***

 Ascenso y caída de la utopía garcía

(Aufstieg und fall der utopie garcía)

Monólogo 1°

Perón

Evita

Queremos galletita.

Perón, Evita y golpeaban las manos abiertas en los asientos de madera engrasada de la lancha prefectura que se movía cumbia Lopecito. Perón, Evita, las manos meta bombo y yo dale con querer contarles lo de Pincén aquella vez ahí mismo. Subido a la escalerita que daba a la cabinita del timonel, yo, dale al discursete. Ya sabe usted la facilidad mía. Adonde cristianos llevando, el cacique, yo. Acá en el medio del río, compañeros, yo. La costa del Delta perdida de vista y sin ver todavía Martín García, compañeros. Háganse carne de la angustia del ranquel. Primera vez en su vida que perdía de vista la tierra, consideren. Adonde cristianos llevando el indomable caudillo indígena, compañeros. Desconcertado –desconcertado, dije– de ver solo agua alrededor. Solo río. Al fin y al cabo desconcertado como ellos. Como la mayoría allí en las lanchas. Primera vez embarcados, seguro ellos también, como Pincén aquel entonces. Perón, Evita, los chicos bombo con la mano, y los grandes con cara de dormidos, así pequineses, vio. Sentados entre los bultos mugre: alguna ropita salvada de la inundación, la camisita escocesa, esas cosas, y los paquetes de las donaciones. El alimento no perecedero, Lopecito. Las cajas de cartón crema con el sello del Ministerio suyo. Emebeese. Ministerio Bienestar Social.

Nueve lanchas en fila. Una alegre caravana decía la maestra. Las maestras, las más de las veces, son lo más boludo que se fabrica, vamos a decir la verdad una vez. Nueve barquitos siguiendo al de la ubé nuestra, pionero, adelante marcando el derrotero. Derrotero se llama, se lo dije, no. Derrotero. Cómo nos iba a ir bien. La pancarta jotapé flameando en la lancha nuestra. Atrás los ocho lanchones más. Doscientos dieciséis evacuados, la mayoría adultos de edad variada. Así ponía el rol de embarque. Rol de embarque se le dice, mire como me lo vine a aprender, de escucharlo al timonel. Timonel se llama el que. Messier, así, como Messier de apellido me suena, se llamaba el timonel. Fue uno de los que murió después en la batallita de Barrio Chino al final de todo. Un bulón de media aquí. Aquí justo entre las. Lo vi. Media se dice media pulgada. Ojos claritos Messier. Un uniforme inmaculado que parecía puto. Raro en prefectura. La prefectura es la marina sucia. La marina feúcha es. Tirado aplastando unos juncos en la orilla lo vi. Como peinando los juncos. Jopo los juncos. El bulonaso fresco de sangre todavía y él tapado de mosquitos. ¿Hace roncha un muerto, Lopecito, usted que sabe de cosas insondables? Perón Evita queremos galletita. Galletita, así con elle: Vaya a saber por qué los chicos, con elle. Los chicos son un mundo aparte. La maestra por ahí a lo mejor que viajaba también con nosotros. Segunda madre. Retacona la maestra, más por el guardapolvo largo. Se tapaba las piernas maceta. Ahí los doscientos dieciséis, yo incluido que no me evacuaban pero iba. Doscientos dieciséis pequineses esperando que aparezca de una vez Martín García. Que se haga presente. Llegar de una vez los evacuados. Marchando en fila a la isla (en agua no se marcha ya sé, pero los golpes en los asientos me permiten la licencia del desfile) Una multitud hecha mierda los compañeros, tanta cosa, Lopecito, primero la inundación en los ranchos que había vivido esa gente, grasitas, tres días en unos vagones de San Fernando después, un solo hambre, mosquitos, y al final el embarque este a Martín García, a instalarse en las casas esas abandonadas del personal de la guarnición que usted les había ofrecido. Una idea la suya vamos a decir verdad. Lo que uno puede llamar una idea. Nunca me dijo cómo lo supo. Que había casas vacías en Martín García, digo. ¿El General? ¿Se acordaba El General del cuarentaycuatro todavía? Trinando el comandante de la célula nuestro. Nosotros haciendo entrismo a puro lomo, ayudando a palear tierra en los terraplenes de la inundación para colaborar en el desagote, Mon-to-neros carajo, y usted sacando de la nada cincuenta casas vacías y dándolas con soltura como quien da el colchón, el alimento no perecedero, pero casas. De material. Abandonadas, en una isla, pero casas. Nerviosa la gente, cómo le explico. Inquietud. Por eso fue que me pareció contarles lo del cacique Pincén cuando lo llevaron preso a Martín García, que lo había leído un sábado en El Descamisado. Un sábado en la ubé que me había tocado guardia. Retén en los pasillos de la villa por si atacaban los suyos. Jotaperra. Hamacándome en un tambor de doscientos litros colgado de cadenas en los juegos de la plaza para deleite de los niños. Guardia desde ahí. Con una treintaiocho viejita que habíamos expropiado en un local del cedeó que tomamos. Metida debajo de la campera de nailon, la treintaiocho. Enfrente en una hamaquita colorada un travesti macaco negro que le decían Maricel. Estuvo en García con nosotros también hasta el final, usted se debe acordar. Una tristeza única el negro. Horrorosa. Se hamacaba despacio y se miraba crecer el pelo de las piernas. Fumaba un porraso así. Charuto bruto. Sorongo. Tetitas el cabeza. En la caravana a García venía en la lancha última el cabeza, unos canutos así, la barba de tres días. Cabeza como cada uno de ellos ahí en la lancha. Como Pincén. Un cabeza en el medio del río, Pincén, como ellos desconcertado, mirando la pampa de agua por decirlo en palabras. Sin poder imaginar el futuro. Como ellos. Cumbia. Adonde cristianos llevando. Evacuados. A cagar también se le dice evacuar.

2 comentarios en “Utopía García por Mauricio Kartun

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