El eterno reencuentro Por Oliverio Coelho

Hace días soñé con un amigo muerto. Que ese amigo muerto estuviera vivo por unos minutos me resultaba aliviante: era una oportunidad de despedida. No había resabios de pesadilla en la escena, porque ninguno de los dos sabía en el sueño que él había muerto hacía dos años. Eso producía una suerte de encuentro parecido al que teníamos cuando lo visitaba en La Plata. Y creo que por eso al despertar sentí una emoción profunda. Después de mucho tiempo había vuelto a ver a Leopoldo. Recién ahora, escribiendo, asoma un nudo en la garganta, una verdad, y asumo que el sueño más que un reencuentro escondía un adiós pendiente.

Los finales, a la distancia, parecen idénticos. En la escritura, en el juego, en la vida. Un final, otro, otro. El efecto, con ligeros matices de diferencia, parece ser el mismo: dejar entornada una puerta que da al vacío. Con los días ese vacío se consume y detrás esa puerta ya no hay un viento feroz. La vida corre de nuevo, con su ruido blanco, y tapa rastros de lo que ya no está. Pero en el medio de esa costumbre sin vacío, hay algo que siempre me llama la atención: cómo los que no están, de a poco dejan de no estar. Suena confuso pero esas ausencias decrecientes terminan amalgamándose y formando parte del devenir, mientras cada noche el sueño hace su trabajo.

El final de una revista deja en lectores, editores y colaboradores un vacío transitorio. Una especie de pasaje incierto hacia la plenitud de la relectura. No habrá números nuevos, pero si interpretaciones que no fueron hechas sobre los contenidos y sobre el recorte que hicieron los editores a lo largo de años. Al fin y al cabo lo que una revista atesora aleatoriamente es la historia de las ideas en determinado contexto histórico. Hasta me animo a decir que una revista alcanza su apogeo décadas después, cuando el contexto de la escritura no coincide con el de la lectura y es posible reencontrarse con estilos de otra época. Podemos decir entonces que una revista es una botella al mar, y que termina de lanzarse en su último número, no en el primero.  Y que por eso terminar una revista es un gesto tan  arriesgado como empezarla.

Todo esto que escribo es en realidad un modo de modular una despedida para mis amigos de Carapachay y exorcizar la revista –y tantas otras cosas- en la memoria. Cuando me senté a escribir, repasé todos los números. En principio, me sorprendió la constancia del proyecto. La cantidad de colaboraciones, la cantidad de trabajo que le pusieron. ¿Cómo lo hicieron? ¿En qué momento? Noté que varios artículos –e incluso algún número entero- se me habían escapado. Como si fuera un lector parado en el 2050, me dije que lo más interesante de la literatura y del pensamiento argentino del lustro 2015-2020 estaba ahí. Quizás no sean necesarios tres décadas  sino tan sólo unos años de perspectiva histórica para confirmar esta hipótesis personal. 

En esta despedida modulada se desprenden partículas de otros recuerdos, en particular otras despedidas que ponen en jugo el sentido de una experiencia. Esa experiencia podría resumirse en términos maniqueos: valió la pena, sí o no. Suerte de balance posterior a cualquier final. “¿Valió la pena?”, suele ser la pregunta más común después de cualquier ruptura amorosa, cuando la reina sanguinaria del remordimiento gana posiciones y pide al oído un “balance”. Pero es también una pregunta posterior a cualquier experiencia de lectura y escritura.

En la escritura, la pregunta queda abierta. Valió la pena en tanto haya dejado lugar a otro texto o no haya sido un acto impostado. En la lectura, la definición se da por un lado “durante” la experiencia –nos enfrentamos a diversos estados, la fascinación, el tedio-. Y en la post lectura se da en un estado de hechizo que produce el siguiente efecto: en el momento más raro, mientras esperamos a que cambie la luz de un semáforo o cebamos un mate, todo el libro vuelve entero y, casi diría, revelado. Del mismo modo vuelve el espectro de una revista. En mi caso, Carapachay volvió en distintos momentos, en Lobos, a partir de imágenes que me remontaron a la marca de sus fotografías, que a la vez atraían paisajes que transportaban, como canoas en un río, determinados textos en los que autores vivos y muertos conversaban sobre la tradición.

Hasta acá, escribir no fue más que una excusa para recordar en secreto. Pensé que recordar a esta altura liberaría palabras justas de despedida. En qué momento o  por qué, se corta la línea de la nostalgia, es un misterio. Pero ese corte es el verdadero final de algo. Mientras tanto, las palabras de despedida son palabras de otro, un legado. Alcanza lo que Conti dice en “Los caminos” citando a Bob Dylan: “aunque la línea esté cortada señalando el fin yo solo digo adiós hasta que nos veamos de nuevo”.

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