Tiempo político, tiempo existencial Por Horacio González

Un fotógrafo siempre se enfrenta con la necesidad de una secuencia, varias fotos reunidas que en la voz secreta de sus imágenes, nos digan cómo fueron unos hechos, que líneas coherentes de sentido los amarra, cómo un recuadro precisa del otro para generar un sentido o una coherencia.  ¿Pero las imágenes se buscan en sigilo? ¿O son estampas vivas que viven solo de su momento único captado como singularidad confinada en sí misma? Cada imagen suele resistir a ser incluida en una cómoda totalidad. Es celosa de su absoluto destierro, exige que cada una sea vista en su fuerza intrínseca. ¿Qué nos quieren decir entonces?

Esa es la pregunta que no siempre toleran develar frente al espectador preocupado. En estas fotografías de Rafael Calviño se ven las líneas perfectamente identificables con un tiempo y un lugar. Buenos Aires, en torno a los años 2001. Pero las imágenes sufren si solo son situadas con tantas facilidades en un determinado “aquí y ahora”. Se presentan en cambio atestiguando un difuso pero verídico dolor, y hace únicas a esas desoladas vidas, esos pasos sin destino de un hombre casual que pasa, portando un cartapacio y un rostro ajado. Y si seguimos preguntando y haciendo desvanecer la pregunta, diríamos ¿a dónde va? ¿qué estará pensando?

Esta es la crónica universal de un mundo agraviado y sus criaturas devastadas, vistas a través de signos sugestivos pero distantes. Las chimeneas de un supermercado, personas en una involuntaria fila con sus caminatas hacia alguna oficina céntrica, como si fueran dirigidos por una cinta sin fin. Gente durmiendo en la calle, carteles ajados, puertas blindadas sacudidas por golpes que dejan un sello de furia impotente, interiores de residencias burguesas, efigies devocionales destrozadas, y un rara forma de recuerdo histórico, la estación subterránea llamada Catedral tiene un sus paredes un grabado de la antigua plaza en que ahora se halla la Catedral. Esa sea quizás una guía para ver todas estas imágenes, como si ellas tuvieran por detrás mucho años de historia, y fueran apenas la manifestación actual de un sufrimiento que apenas se desliza en un susurro, detrás de una tela de araña.

Aquí se pone en cuestión la condición de testigo que posee el fotógrafo. Porque puede preguntarse si ya perseguía el proyecto de retratar un drama político y humano, con sus indicios y sus efectos basados en los deshechos rechazados que habitan en el interior de una crisis sea política, sea económica. O si, por lo que dijimos, cada cuadro surge de una intuición constructiva que se sostiene en su propia ejecución momentánea, sin contacto narrativo con las demás. Como si fuera un “Eisenstein” que se prohibiera  así mismo el montaje.

Y es claro, de algún modo la fotografía es esa prohibición del montaje, de la continuidad, de un orden de sentido secuencial. Bien lo sabe Rafael Calviño: sus figuras ensimismadas circulan entre paredes hostiles, dominadas por la incerteza. Y hay también aquellas escenas que dejan aflorar cierta fuerza alegórica, un perro entre inocentes rejas, el cordón de una avenida central como dormitorio de los desahuciados. Hay una voluntad de crónica, pero nunca al margen de la fuerza inmanente de las imágenes. Contrastes sutiles hundidos en su relato interno. Es una época que se abre sobre la historia. Y cada imagen de esa época que se cierra sobre su grano íntimo de angustia. Para Calviño hay un instante incomunicable, sorprendido en su cualidad irrepetible, algo que nadie vio ni nadie podría ver, sino bajo la forma visual que le otorgó el fotógrafo. Por eso, para Rafael, se es fotógrafo cuando una pequeña migaja que se arrastra y se disuelve en el tiempo, queda atrapada para siempre en un único e irrepetible movimiento del ojo. Una crisis social es un magno acontecimiento que libera millones de imágenes. Un fotógrafo es quien las rescata de ese flujo anónimo y las deja, puesto que él ha atestiguado, para la interpretación de otros testigos. Estos últimos, somos nosotros mismos, que rearmamos así ese desvaído rompecabezas que aún insiste en nuestra memoria.

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