La sangre en el corazón de los patos Por Marcelo Carnero

a Sur, mi hijo mayor

Sentado frente a la calle cubierta de nieve, el señor Jones, un viejo galés que vivía en la casa de al lado, me hablaba de la migración de los pájaros.

Me explicaba una y otra vez cómo los pájaros migran en determinada época del año.

Yo no hacía caso. Apenas podía sostenerme en pie por el frío y me preocupaba más, muchísimo más, la enorme cantidad de nieve que tendría que palear.

Por muchos años mis vacaciones escolares se redujeron a eso: me levantaba más temprano que de costumbre, ayudaba a mi madre a preparar las entregas para sus clientes, y paleaba nieve el resto del día. Así, el marido de mi madre no tendría que dejar el auto en la entrada de la calle y caminar hasta la casa con medio cuerpo hundido en la nieve.

No había nada afectivo en aquel acto, no había algo que respondiera al amor. Más bien era una cuestión práctica: ese hombre no debía enfermarse para que la comida siguiera llegando a la mesa.

El señor Jones insistía en que los pájaros siguen movimientos migratorios difíciles de entender, pero que tienen una lógica que no sólo responde al cambio de las estaciones.

Se esforzaba en aclararme que cada viaje, de cada especie, es único.

A mí me daba lo mismo lo que dijera ese hombre. En el pueblo contaban que su esposa lo había abandonado y que desde entonces, el viejo había quedado un poco tocado.

Los chicos pasaban y le tiraban bolas de nieve que muchas veces acertaban en la máscara rota de su rostro.

Él se limitaba a fruncir el ceño y a meterse en su casa hasta la mañana siguiente. Hasta que un día no volvió a salir.

Pasaron los años y las estaciones como si nosotros, esos chicos que un día habíamos estado vivos, fuéramos trenes quietos y todo lo que se moviera estuviera afuera, en el mundo.

Conocí a María y mis días se llenaron del calor de los intentos.

Ese invierno la nieve fue gruesa como la sangre en el corazón de los patos.

Sin saber muy bien cómo, ella quedó embarazada. Tuvimos una hija que nació antes de lo previsto y murió a los pocos meses. Después de eso, no hizo falta ni una palabra para que dejáramos de vernos.

Me compré una camioneta que tenía el motor roto y estuve un tiempo pintando casas, emparchando techos para poder arreglarla. Finalmente el motor arrancó y decidí irme a probar suerte a otro lugar. Nunca más volví.

El tiempo hizo lo suyo con los vivos y los muertos, pero  todos los años, para la fecha de nacimiento de mi hija, llamo a María y ella, como si supiera quién soy, levanta el tubo y nos quedamos así por unos minutos, escuchando cómo tiemblan nuestras respiraciones a través del cable del teléfono.

La última vez escuché su llanto silencioso y pensé en decir algo, pero las monedas que había puesto eran pocas y la comunicación se cortó a tiempo.

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