Sabia mansedumbre por Vicky Chacón

Soñé que mi pelo era abundante. Lo recuerdo cuando me enfrento al espejo. Estudio mi cara, los ojos cansados ya, las líneas que los circundan evidencian mi paso por el tiempo. Me ha llevado tanto reconocer mi propia magia. La encuentro en el fondo de la negrura densa de mis ojos indios. En honor a mi sangre, hoy voy a trenzarme parte del pelo. Solo una parte, este río que me habita pide libertad a gritos y pareciera salírseme del cuerpo en cada latido. Soy el hogar de una potencia indescriptible, pienso. Mientras camino hacia la cocina puedo sentir cómo las puntas de mi pelo se abren y comienzan a prolongarse. El pelo crece, se multiplica. Sobre la mesa de la cocina, el mazo desparramado. Solo una carta deja ver su imagen. La figura en ella es también una mujer de abundante cabello pero rubio. Ocupa con sabia mansedumbre su lugar entre las estrellas. Me gusta que sea esa la carta que me da la bienvenida al día. La mujer es parte del cielo y también del agua. Pienso que todas lo somos. Paso los dedos por mi pelo libre. Sigue creciendo. Al principio, parecen lombrices multicolores, cada hebra goza ya de una extraña autonomía. El pelo todo es ahora una masa de energía que danza mientras se despierta con la mañana. Enciendo el fuego y apoyo la pava encima. A las lombrices les gusta. De repente, el crecimiento aumenta en un estallido que llena el aire de un extraño polvo luminoso y las lombrices son ahora boas gigantes y lo ocupan todo. Me elevan en el aire fresco de la mañana y juntas comenzamos a recorrer la casa. Me gusta observarlas. Cada una tiene colores diferentes que cambian con el movimiento. Se arrastran, se enroscan, se deslizan, me acarician. Sonrío, son lindas estas mañanas. A nuestro paso, las plantas de la casa crecen y nacen en flores. Reina una voluptuosidad sin mesura. Somos la naturaleza que despierta. El silencio de la mañana nos envuelve en nuestra travesía por la casa. Los perros no ladran al vernos en el jardín. Parecieran haber estado esperándonos. Y las boas, al verlos, al sentir el cielo como único límite, dejan aparecer sus alas y emprenden un vuelo suave. Puedo ver mi jardín empequeñecer con la distancia. Los perros también han dejado brotar su pelo que se vuelve enredadera y florece. Las flores carnívoras nos muestran los dientes de colores y sus lenguas viscosas comienzan a lamer el cuerpo de mis boaspájaro. Viajamos juntos por el azul de la mañana acompañados por mil colibríes que vienen a levantar la niebla del invierno. Mi cuerpo es una semilla en el interior del pelo mágico que se expande en libertad y saluda a la vez que ilumina las copas de los árboles, las nubes, la mañana. Siento el aire fresco y limpio en la cara. Puedo ver cómo la quietud de las cosas se despereza y nos saluda. Es hora de volver a casa, descender entre el pasto mojado por el rocío, abrir las ventanas, sacar el agua del fuego. Mi pelo comienza a encogerse. Vuelve lentamente a ser un manojo de lombrices de colores que me acarician la cara como despedida. Pongo la yerba en el mate mientras mi pelo se trenza en parte y el resto cae libre sobre mis hombros. Me siento a la mesa. Recojo el mazo de cartas de la noche anterior. Me cebo el mate. La sangre anda libre en su mansedumbre.

El abrazo de la serpiente

El afiche está pegado en el vidrio del teatro, una imagen en blanco y negro, al igual que la película. Es la segunda vez que vengo a verla al mismo cine para sentir el mismo abrazo; el abrazo de la serpiente. Somos pocos en la sala, eso me gusta. Vuelve más real la experiencia. Venimos en busca de la capacidad de soñar, igual que los personajes de la historia. Volvería una y mil veces más. Es la experiencia más efectiva que he vivido. Nos internamos en la selva amazónica, recorriendo el río en un viaje monocromático. De pronto, el color irrumpe en la pantalla como una revelación, como si se destapara un universo nuevo que empieza a salir a borbotones y se derrama hecho luz sobre los espectadores. Recibimos el hechizo inevitable que nos baña de color mientras permanecemos inmóviles en nuestros asientos. De repente, miro mis manos y no las reconozco. Están cubiertas de escamas, se han tornado verdes bajo la luz de la sala y se mueven casi de manera autónoma. No me espanta. Me gusta su color vibrante, la energía nueva que traen a mi cuerpo. Lo recorro con la vista y descubro su desnudez. Las escamas envuelven toda mi piel con una tonalidad verde maravillosa y se prestan al juego que la luz les propone. A veces, viran su color hacia el amarillo. Otras, se tornan azul profundo, viscoso. Intento moverme y descubro que puedo realizar movimientos mucho más veloces y también mucho más lentos sin esfuerzo alguno. Quisiera poder verme los ojos, los siento hinchados, potentes. Los imagino voraces como el fuego. Me encanta. Ya no quiero estar en la butaca. Quiero moverme, aprovechar el potencial completo de mi nuevo estado. Saco la lengua para relamer mi placer y descubro que no tengo una sino dos y que puedo moverlas por separado. ¿Será que solo a mí me ha afectado el hechizo? Miro alrededor, busco al puñado de espectadores con quienes compartía el espacio. Ya no están. Hay una cantidad de seres increíbles. No todos son verdes como yo. La señora de adelante se ha transformado en una serpiente de piel magenta que ilumina el ambiente como una anguila bajo el agua. Tiene alas pequeñas pero potentes. No tiene plumas, parecen alas de cuero pero están cubiertas de flores. Su rodete alto, rígido es ahora una hiedra suculenta. Nos enamora y alucina con su perfume. Me pregunto qué habrá sido de su marido. Intento ubicarlo pero no doy con él. No reconozco a las demás personas. Hay seres que caminan por las paredes, hechos de una sustancia parecida al polvo. Pueden desmaterializarse y volver a armar su cuerpo multicolor donde deseen. Hay otros que caminan sobre los bordes de las butacas, parecen no necesitar apoyo. Tienen cuerpos con espinas blandas y cuernos de distintos tamaños que se enroscan en aire emitiendo una tenue luz intermitente, hipnótica. Todos exploramos extasiados nuestras nuevas formas. Recorremos el aire sin dificultad, como si fuese agua. Entonces nos encontramos. Nos atraviesa un deseo profundo de explorar los otros cuerpos y empezamos a reconocerlos con nuestras manos, con nuestras colas, los acariciamos con nuestras lenguas; entramos en ellos y nuestra danza se eleva silenciosa en el aire. Somos un solo cuerpo hecho de mil colores que enciende con sus luces el espacio. El placer es tanto que produce un estallido de luz inmenso. Ahora, todo está oscuro. Miro mis manos y ya no veo escamas. Las luces de la sala se encienden. Salimos del cine como de un sueño, sintiendo todavía en el cuerpo el abrazo profundo de la serpiente.

Plantitas

Yo no nací con plantitas en el cuerpo, me fueron creciendo. Me acuerdo que cuando era chica mi mamá siempre me decía que me lavara bien las manos, que me iban a crecer árboles de tanta tierra que tenía debajo de las uñas. Me decía también que no me tragara las semillitas de las frutas por lo mismo. Nunca le hice caso, no sabía de nadie que hubiese sufrido semejantes consecuencias por no lavarse las manos o por comer fruta con ganas. Le creí cuando me creció la primer plantita, a los cinco, pero ya era tarde, claro. Me di cuenta porque empecé a sentir una cosquillita en la panza y un día en el baño mientras me miraba fijo a la cara en el espejo descubrí que tenía hojitas en las pupilas. Bailaban en el viento. Nunca me pregunté de dónde venía ese aire que las movía. Lo cierto es que esa es la mejor parte, el viento. A esta altura ya tengo un jardín enorme adentro. En días ventosos las hojas y los yuyitos bailan, me acarician desde la punta de los dedos hasta el fin de la cabeza. Suelen arremolinarse en mi estómago y el cosquilleo que arman me da risa. Tengo que reírme a escondidas, por supuesto. Me tomarían por loca si lo contase. Y supongo que, a fin de cuentas, es lo mejor. No sabría explicarlo. Solo yo puedo escuchar la música del viento en las hojas de mi jardín. No hay sonidos por fuera de mi cuerpo que puedan alcanzar una sutileza semejante. Cada vez que suena las cosas se encienden con unos colores tenues pero alegres y puedo ver la música en todo lo que me rodea. Las estaciones también son alucinantes; sentir las hojas caer en otoño o brotarme en primavera es de una belleza abrumadora. A veces me emociono. Trato de controlar las lágrimas que quieren brotar, al igual que todo el resto. En verano no me siento tan sensible. Puedo andar armada con mi propia vegetación y sentirme, también yo, frondosa y empoderada. Me gusta que haya tanto verde por fuera y por dentro. Al sumergirme en el agua siento como si cada uno de mis poros llegase hasta los huesos. Podría jurar que el nivel del agua ha disminuido cuando salgo. A veces dudo, igual. Me pregunto cómo se riega tanta vida interna, ¿de qué se alimenta? He aprendido a no hablar de mi jardín. Alguna vez quise pero fue siempre más fuerte la necesidad de protegerlo. Nadie sabe que lo tengo y, la verdad, no me importa. Estoy tan ocupada por dentro que no tengo mucho tiempo para el afuera. Aunque por momentos dudo, tal vez Pedro sí lo sepa. Es el único que puede hacer que sople un viento bajito en mi jardín cada vez que me abraza. Supongo que se debe haber dado cuenta ya. No dice nada y a esta altura yo sé que hay cosas que se cuentan mejor en silencio. De algo estoy segura, ella sí va a saberlo. Me pregunto si ya podrá verlo. Sé que mi jardín la acuna con todas las hojas de su otoño y, por las noches, oigo la melodía del viento como un arrullo. Tal vez, cuando salga, ella también traiga un poco de vegetación adentro. Voy a fijarme bien cuando pueda verle los ojos, cuando esta luz que nos envuelve le despierte la mirada y nuestras melodías se encuentren por primera vez. Seguro algún pastito se asoma.

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