El fin o la quimera amenazada Por Jorge Consiglio

El cierre de una obra es 

un dispositivo caprichoso

porque la pura verdad es que

el mundo no hace más

que transformarse en mundo.

A.S.

 

Hay dos historias. Una ocurre en China a comienzos del 1400. Yung Lo, tercer emperador de la dinastía Ming, organiza una expedición a tierras remotas. Es un fervoroso lector de Confucio, por tanto, ambiciona aquello que lo justifique. El responsable de la cruzada es su almirante insigne, un eunuco llamado Zheng He. La campaña, recién nacida, se desarrolla rápido como un ser humano. Crece y crece: 62 galeones, 100 navíos menores, una tripulación de 30.000 personas. Zhen He, guiado por su intuición, pone proa al oeste. Pasan los meses y una mañana —imaginemos: mayormente nublada, fresca, idéntica a otras— alguien, quizás el más remoto de los grumetes, avista tierra. Es la zona del Golfo Pérsico y deciden acercarse a la costa. La estadía es breve, pero muy provechosa. Son bien recibidos: la tripulación come carne de ciervo en la playa, el almirantazgo cumple el protocolo de bienvenida en las salas del palacio. Antes de partir, cargan en las naves cientos de regalos. Hay astas de íbices, pelícanos, telas de texturas sutilísimas, collares hechos con pezuñas de jabalíes, pieles de leopardo. El destino siguiente es el Cuerno de África. Tardan en llegar: el mar se encrespa y, en su obsesión, repite tormentas. Cuando tocan tierra, la prodigalidad de la selva es tan vasta que los confunde, pero en ese lugar también los tratan como a dioses. Zhen He vuelve a su patria con las bodegas repletas de hallazgos. El emperador Yung Lo lo recibe con enorme entusiasmo; incluso, pierde el conocimiento cuando ve jirafas descender de los galeones: no concibe la majestuosidad de sus cuellos. Se repiten las expediciones —Zhen He se transforma en un marino deífico— hasta que algo fortuito —una muerte, la alteración de un texto, una idea, el fin de una dinastía— provoca un cambio radical y los viajes se interrumpen: China, ahora, cambia el foco y se mira a sí misma. Los 62 galeones, entonces, anclados en el puerto, terminan por pudrirse. De Zheng He no se supo nunca nada más.

Escena de la segunda historia: archipiélago de las Orcadas, norte de Escocia. Corre el año 1470 y las islas acaban de cambiar de manos: los noruegos se las cedieron a los escoceses como compensación por una dote impaga. Una madrugada, faltando 10 minutos para las 4, en un atolón del grupo sur, un pescador sale al mar con un bote desvencijado. Antes de llegar a los cien metros de la costa, a pesar de la oscuridad, divisa en un peñasco una figura que le hiela la sangre. No entiende lo que ve, eso lo aterra, pero la curiosidad puede más y rema hasta el lugar. Se encuentra cara a cara con una selkie, que es como llaman a las sirenas en las Orcadas, ni mermaids ni sirens, selkies. Es una efigie imponente. Está con la espalda recta y la cara cerrada por un gesto altivo, como de reina. Una mata de pelo ondulado le cubre los hombros y el busto. Se la ve indiferente a todo, incluso al mar rabioso que la rodea. El pescador tiene dos reacciones encimadas: horror ante la hibridez y deslumbramiento frente a la belleza. Puede más la última. Cuando vuelve a su casa, se da cuenta de que todo, absolutamente todo, ha cambiado. En adelante, como es natural, desatiende su oficio: mira las olas solo para encontrar a la sirena. Y eso ocurre antes de lo esperado. Después, las reuniones empiezan a tornarse regulares —los imagino en la arena de un islote desértico—y la comunicación mejora extraordinariamente. El deseo es la presencia de una ausencia, dice Hegel, y la dinámica de esta emoción, más que cualquier otra sobre la Tierra, templa las diferencias. Al poco tiempo, la selkie y el pescador quieren compartir la vida, no soportan estar separados. Se asientan en una casa detrás de un promontorio para ampararse del viento. Al año, ella anda —estuve a punto de escribir “camina”— sobre el suelo pedregoso con cierta gracia, y esa es una gran noticia. Se los ve felices, muy felices. Y el destino, obediente a los detalles, los bendice con una hija. Transcurre una década y la pareja se afianza. Ahora, los hijos son cuatro. El más chico tiene pocos meses y, como es obvio, depende casi exclusivamente de su madre. Una tarde serena de verano, ella lo alimenta con leche de cabra. Después, lo acomoda boca abajo en su cuna y le da palmaditas en la espalda. Una vez que la respiración del chico se hace pesada por el sueño, se yergue, va hasta la puerta, la abre cuidándose de que no rechinen las bisagras, sale y desaparece para siempre. De esta manera, se convierte en la última selkie de la que se haya tenido noticias en las costas escocesas.

Leí el primer relato hace dos décadas en la contratapa de un diario. Era una nota de color que aparecía a la izquierda de los crucigramas y encima del horóscopo. Estaba ilustrada por una imagen borrosa —mal impresa— en la que se distinguían dos jirafas. El texto era corto, más que corto, y estaba mal redactado: saltaba a la vista el fastidio del periodista al que se lo habían encomendado. La segunda historia me la contó Orloff una mañana de noviembre de 2019. Ocupábamos una mesa junto a una ventana en el bar de Conde y Lacroze. Cuando terminó de hablar, se desató una tormenta de verano de las que apenas se anuncian. Algo de ese aguacero —la severidad, la contundencia— me ayudó a imaginar la escena de su historia. En mi sistema límbico, las Orcadas quedaron unidas para siempre con aquella lluvia repentina.

Los episodios de Zheng He y de la selkie tienen elementos en común. Quizás, el más evidente sea el clima de exotismo que da intensidad a las tramas, y que se relaciona con la atmósfera de los relatos de mar. También, los dos cuentos se parecen en los finales: las historias se desarrollan y progresan hasta alcanzar, obedientes a sus ritmos, sus respectivos clímax; después de este punto crucial, las tramas cambian de signo y se apagan. Abruptamente, casi sin prolegómenos. Con esta opinión, no pretendo negar que ambos finales cuentan con avances en las tramas, siempre furtivos, que los auguran; sin embargo, estos indicios, en ninguno caso, alcanzan para establecer un cierre cabal del relato; es decir, para clausurarlo. La aventura en la China imperial se cierra con la suspensión de las expediciones: lo que le importa a la nueva dinastía se halla puertas adentro. Esta mirada endogámica provoca, entonces, que los 62 galeones se pudran en el puerto, pero lo se omite —me refiero a la versión que leí y que acabo de glosar— es qué ocurrió con Zheng He, el héroe de la historia, qué fue de él. En el caso de la selkie, los cabos sueltos —un poco, es verdad, debido al género al que pertenece el relato— son todavía más enigmáticos: no solo se desconoce el destino de la protagonista, también las razones por las que decidió cambiar su ventura de forma tan abrupta. 

Los finales de los dos relatos son efectivos porque, ciertamente, dan cuenta de la peripecia que los constituye, ofrecen un remate convincente; sin embargo, quedan zonas vacantes, aspectos sin resolver. Hay preguntas que jamás podrán ser respondidas: quedan fuera de los saberes del relato. Y esta particularidad, tan emparentada con la carencia, lejos de cifrar un déficit, supone más bien un beneficio: como es obvio, multiplica hasta el infinito los sentidos de la historia. Es sabido: la connotación es el gesto de la literatura, y en este caso, encuentra su expresión en los finales. El cierre de estos relatos es una articulación que cuenta con el vacío para potenciarse. Ese espacio cóncavo de consumación produce un repique, un eco sorprendente que no deja de expandirse.

En una de sus novelas, César Aira hace caminar a Lugones por una isla del delta. En un momento del paseo, el personaje llega a una zona desconocida y se desorienta. Lugones se extravía en un espacio limitado en el que toda excursión tiene límite, y con este visaje, con este descaminarse del héroe, de acuerdo a la lógica del relato, amplía la isla, la distiende. El narrador de Aira dice: “Perderse siempre era hacer más grande el mundo”. Algo parecido pasa con los finales de las historias que nos ocupan: una obstrucción completa —la quimera de un final definitivo— equivaldría a una poda; en cambio, apostar a la porosidad de la incertidumbre —y, en alguna medida, a la ignorancia— implica habilitar un ejercicio de libertad. Esta apuesta, de la misma forma que el extravío en la isla de Aira, definitivamente, favorece la expansión del relato, lo oxigena. Lo impregna, de alguna manera, con la fluencia del merodeo que, como siempre ocurre, habilita caminos inesperados que la minuciosidad de la cartografía se encapricha en desatender.

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