Cabezón Cámara/ Larraquy

En el último cruce epistolar convocamos a Gabriela Cabezón Cámara, autora entre otros libros de Las aventuras de la China Iron, y a Roque Larraquy, autor de La telepatía nacional, para hablar sobre despedidas, finales y, entre otras cosas, tierras prometidas.

Roque Larraquy a Cabezón Cámara

Gabi querida, el virus me hizo peligroso para los demás. Te escribo piltrafa desde el encierro, con las ideas azuladas y tontas, no alcanza el oxígeno. El cuerpo me lo roba para tareas más urgentes que escribir, como llorar o salir de la cama para ir al baño. Te llamaría, pero estoy sin voz. Tengo dos cosas para contarte. La primera es que me regalaron un proteo y anduve usándolo. Mucho. Es más barato que el tuyo y bastante menos delicado. El tuyo es como una máscara, ¿no? Este es como una wafflera que te sella la cabeza. La toxina vaporizada entra en la piel de la cara como un fueguito que arde en serio, y no se puede parar el programa a la mitad, por lo que si te hacés muchas modificaciones quedás en un limbo de horas con el coso puesto. Me hice unas cien narices, me puse y me saqué pómulos, probé contornos faciales en versiones cada vez más geométricas, abusé del pantone de pieles naturales y artificiales, y después me compré la extensión que reproduce la cara que le cargues; me tallé un Lenin, una Evita, un Modigliani (la desinflamación fue dolorosa) y después cargué una imagen tuya y anduve usando tu cara un par de días. Usando es mucho decir: la tuve puesta para mirar el techo desde la cama y verla reflejada en los vidrios. Me saqué varias fotos, pero no te las mandé porque a vos el proteo te aburrió enseguida (¿lo vendiste?), y por pudor.  Más allá de tu cara, que ya desapareció en la mía de siempre, me pareció muy desnudo compartir el descompromiso de este juego contra un fondo de virus y gente muerta. La segunda cosa que quiero contarte es que desde mi ventana veo el humo de las piras de Plaza Miserere cubriendo el Once (por suerte perdí el olfato), y una terraza de edificio en la que alguien puso a secar dos vestidos, uno de nena y otro de adulta, tres pantalones de talle para gordo, varias bombachas y calzones, un par de zapatillas y la funda de un almohadón con forma de cordero. La ropa está colgada ahí hace varios meses y ya está teñida por el humo. A veces veo gente del consorcio que sube a fumar o coger. Hubo uno que se limpió las manos con el vestido de nena. Pero nadie se anima a descolgar la ropa. De lo que recorta mi ventana es todo lo que permanece. El resto, la calle, los árboles talados, el Once, la ciudad, cambian mientras lo escribo. Eso nomás. Contame de vos.

Cabezón Cámara a Larraquy.

Roque, amigo

Ay, que se limpien las manos con un vestidito de nena. Los restos de una nena. Entiendo tu congoja. El tipo seguramente te diría, si tuvieras voz para increparlo, que la vida sigue. Y un poco de razón tiene, una especie de razón ancestral, orgánica, casi celular: la vida siempre siguió. Pero esa certeza, ahora, han de tenerla los hongos nomás. Y solamente algunos. Qué tiempos de certeza y de vida menguantes nos tocó. Así como el recorte de tu ventana, como toda esa ropa que quedó colgando en las terrazas de Buenos Aires hasta que no hubo broche que aguante y ahí están las medias, los pantalones, las bombachas, todo volando y enredándose con los cables y provocando choques y más muertes. Buenos Aires, la del virus por los aires, se ríen acá cuando llega alguno de los pocos que logran pasar la zanja y las barricadas. Después lo bajan de un tiro. Bueno, después no, más o menos a la vez. Yo no lo vi esto, me lo contaron. El pueblo está hecho un volcán de relatos y de mitos y de interpretaciones, más o menos como las redes y como los diarios y la televisión, pero acá lo hacen gratis, por pura necesidad de encontrar un sentido. O inventarlo. Qué modo liminar nos tocó. Crepuscular, diría. Empezar una extinción para terminar extinguidos. ¿Y a quién le vas a explicar que no fuimos todos, que a la mayor parte nos trataron de recursos igual que a las selvas y a los ríos? A nadie, nada. No importa, creo, ya. Me da igual. Al proteo lo dejé como dejé las redes: quise concentrarme. La última vez estuve metida una semana entera. Me cagué en la huerta, en las gallinas: cuando salí encontré la mitad seca y la mitad muertas. Había germinado esas semillas durante el invierno adentro de mi casa. Había cuidado a esas gallinas desde que eran pollitos. Y me gasté toda la guita que tenía ahorrada. Cada cara que me implantaba me sumaba necesidades que nunca había imaginado tener. Con la de Robert de Niro en Taxi Driver —la usé para meterme en los Klanes de los Fundamentalistas de la Nación de pura intriga pero creo que ahí no había ya ningún fundamentalista— terminé comprando una Hammer blindada y dos ametralladoras. Me quedé sin nada. Las podría haber vendido, pero el pueblo está cerrado a cualquiera que respire y ni siquiera hay nafta. Las ametralladoras las cedí a la Guardia. No veo un carajo, Roque querido, podría haberle dado a cualquier cosa. Gente. Los cuatro patitos y dos chimangos que quedan. Las troqué por un salvoconducto para mis perros: la sequía los puso crueles a los muchachos. Hice el trueque y me vine para arriba, acá a la mesetita cerca de la cumbre de esta sierra alta. Está en nuestra propiedad, aunque la propiedad está en veremos acá y no por la reforma agraria que alguna vez quisimos organizar, y tiene una vertiente. No puedo desatender la huerta ahora. Por eso dejé el proteo. No lo vendí: lo tiré al valle. Mierda se hizo, amigo, contra una roca, me dio alegría verlo hecho mierda. Ahora cuando me quiero distraer fumo melisa. A veces me como algún hongo: las vacas, por fin, están teniendo una vida. Quedan pocas, nadie las mata. Les sirven más para la leche. Y, por otra parte, casi sin pasto, se mueren solas y recién ahí las carnean. Como caranchos. ¿Por qué nos habrán dado tanto asco los animales de carroña? No sé, Rock. Lo que sé es que me hubiera gustado ver mi cara ahí arriba de tus hombros, escucharte hablar a través de mi boca. Y que me hice un rancho grande acá arriba. Y que tengo agua y el aire está limpio. Y que todavía podemos conseguir un par de pasaportes. ¿Por qué no se vienen? Acá somos varios los desertores. La pasamos más o menos bien. Yo escribo, igual que siempre, pero de una forma nueva. No es que alguna vez haya escrito para alguien en especial. Pero había ahí un horizonte de interlocución. Ahora no. No estoy más en las redes. No se está publicando nada. Y cualquier posteridad suena a quimera. Para mí nomás escribo. Para hacer algo. No es melancólico, ¿sabés? Cocino, los días que me toca. Y el resto del tiempo me la paso tirada en mi cama, al lado de la ventana, mirando el valle. Pero no veo nada, ni siquiera calzones colgando en una terraza; acá los restos se entierran, vestiditos y calzones incluidos. Los arbolitos que quedan veo. Algún pájaro. Casi nada más. Curate y vénganse.

Larraquy a Cabezón Cámara.

Mi querida Robert de Niro. Mi metralleta enmelisada. “Curate y vénganse”. Cómo quisiera. “Curáte”: parece que la cepa que me fuma es una variante guaraní que tarda en irse, o no se va. Ayer soñé que desde el fondo de un pasillo de hotel un milico me decía que el bicho me reinfectaba como si cada cambio de cara fuera en un cuerpo distinto. Estoy soñando mucho con hoteles. “Vénganse”: Ramiro se fue hace dos meses a Tandil a ver a su familia y con todo este rollo de las zanjas y las barricadas no pudo volver a Baires, con lo que tengo lejos el amor, y cuando gano un resto de oxígeno lo dedico a sufrir de amores. Allá él está mejor; el panorama es parecido al de acá, con las piras, las casas vacías, pero en otra escala, claro, y con mucha vaca disponible para comer, de culo nomás, porque unos chacareros hijos de puta se confinaron en un predio de unos 1200 kilómetros cuadrados, casi un tercio del partido, y lo rodearon con un cerco de seguridad tan bueno que cuando se cagaron muriendo como todo el mundo siguió en funcionamiento sin que nadie pudiera desactivarlo por tres años. Adentro se multiplicaron las vacas, las ovejas, los chanchos, los conejos. Cuando hay de sobra, organizarse es fácil. Se decretó que esos animales eran un bien público municipal y se los repartieron per cápita. Ahora cada tandilense es dueño de unas veinte o treinta cabezas y de sus crías, y venden carne al resto del país a precios ridículos. Capaz que no llegaron a tu meseta todavía. Ya van a aparecer. Se están haciendo millonarios, pero de mucho no les sirve, no pueden viajar ni comprar cosas que ya no se fabrican. Ramiro me cuenta que con la guita acumulada hubo un renacimiento católico que llenó las iglesias y que sacaron a patadas a los evangelistas brasileros, y que si todavía no se la agarraron con los judíos es porque creen que no hay judíos en su ciudad. El plan es curarme, if, buscar a Ramiro y ver qué hacer. Habrá que evaluar si para lo que queda de vida conviene quedarse entre católicos que comen carne y tiran putos desde las terrazas para sin pecado concebirse (todavía no pasó, pero dales tiempo), o si conviene ir al sur, al reservorio de blancos sudamericanos con armas y miedo, o a la facción andina, que ya tira mujeres y putos de las terrazas desde hace rato, o a tu meseta, la tierra del desertor, que nos abatata: la certeza de unos mundos horribles, que para la vida cotidiana puede ser práctica, contra la deserción que no asegura nada. Si todavía somos jóvenes al decidir, siento que nos iremos arrimando a tus pagos, porque estás vos ahí y hay melisa para que fumemos juntos, y por el aire que no falta y la vista del valle.

Cabezón Cámara a Larraquy

Roque querido, aparecieron unos cóndores. Tres. Camino, con los perros, tras sus huellas. No tienen huellas los cóndores: lo que hago más bien es observarlos, tratar de adivinar por dónde van a aparecer. Vi uno de cerca, son enormes, enormes, con las alas abiertas, más largos que un hombre muy alto. Y casi no aletean, ¿sabés? Apenas cuando levantan vuelo o cuando aterrizan. Planean nomás. Los muy regios. Flotan ahí, altísimo. Tienen una visión extraordinaria: ven desde mil metros de altura el cadáver de cualquier bicho. Y, estarás de acuerdo conmigo, cualquier cadáver, hasta el de un elefante, ¿quedará alguno?, es minúsculo. Tiene un cuellito blanco, sedoso y gordo, como una arandela de lana entre la cabeza pelada y el cuerpo oscuro. Mueven apenas los dedos de las alas, como timones, allá arriba. Y caminan seguros en la tierra. Tienen garras temibles y dúctiles. Esta nueva actividad llena mis días. Y escribir, pero, ahora sí, escribirle a otros. A vos, hoy. Espero que ya estés curado, amigo querido, y en los brazos de Ramiro entre los ganaderos que, espero también, no estén tirando putos por las ventanas. Me da algo así como paz ver a estos cóndores flotando como si no fuera necesario ningún esfuerzo para estar en el mundo. Me gustaría vivir así, con ese talento para la liviandad, para encontrar la dirección propia en las corrientes. No me sale. Acá encontraron semillas de árboles: espinillos, tintinaco y sombra de toro. Las plantaron y crecieron unos cuantos, Roque. Es el show del pueblo: parecemos todos parturientas que respiran aliviadas cada vez que comprueban que sí, la criatura sigue respirando. A nosotros tal vez nos aniquile este virus o el que le siga. O el fuego. El cielo que se nos va a caer en la cabeza cuando terminen de terminar con la gran selva. Pero algo va a sobrevivir. La vida, de la que somos una expresión igual que los tréboles, las bacterias o las ballenas, va a seguir. Eso también me da paz, como los cóndores y como todo el bicherío y las flores de la zona de exclusión de Chernobyl. Algo va a seguir y eso es hermoso. Y, quién sabe, tal vez también algunos de nosotros. Ojalá que menos sumisos. Ojalá que mejores que nosotros. Ojalá que más capaces de alzarse contra los amos.

Mientras tanto, acá estamos, amigo. Cantamos. Comemos hongos. Cuidamos las huertas y las vertientes como oro. Algunos patrullan y no te gustaría encontrártelos. A mí tampoco me gusta. Otros transforman la mierda en humus. Yo tengo una tarea nueva: soy la que le cuenta cuentos y la que les enseña a inventar y contar cuentos a los chicos. Me gusta este trabajo.

Me imaginaba algo más espectacular y más instantáneo como fin del mundo. No sé: un tsunami, una bomba atómica. Y no esta decadencia que se va comiendo todo mientras nos dicen que no pasa nada.

Sean jóvenes nomás y vénganse.

 

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