Pasado mañana por Luis Chitarroni

En septiembre, Pasado mañana, el nuevo libro de Luis Chitarroni, editado por Ediciones UDP, se distribuirá en Argentina. Compartimos, a modo de adelanto, el prólogo de esta antología de ensayos.

 

Si fuera sólo por el tiempo que tardé en entregar este libro a Matías Rivas, aunque nunca hubiera dado con las dos citas que sirven de exergo, el título estaría justificado. Sin embargo, debo confesar de paso, ya que no se trata ni siquiera de altas o bajas traiciones, que el de Dumézil fue un primer estímulo para compilarlo. Sería feliz prologar refiriéndome a la libertad con que este libro se fue armando solo. Se fue armando solo, sí, pero sin la asistencia de la libertad en ninguna de sus manifestaciones. El proyecto inicial (aceptado por Matías con una sola observación) se convirtió en un tortuoso y anhelante deseo de satisfacer el pedido a partir de emergencias aleatorias y efusiones no muy duraderas.

En gran medida, muchos de los artículos y ensayos de Pasado mañana se publicaron en diarios y revistas; casi ninguno tal como se leerá en este libro, porque cualquiera que haya entrevisto mis Peripecias del no conoce mi inconstancia en el proyecto inmediato y mi lealtad a una especie de plan infinito. Y mi aversión por el “texto definitivo”. En realidad, fue más fácil escribir las partes de este libro, soportar las repeticiones, afrontar o aliviar los cursos fatales, atenuar ciertas irremediables fealdades, confiarse a la deriva de rodeos y digresiones que sugieren o simulan –o deberían intentar– cierta íntima, tímida unidad, que alisar sus contornos para presentar al lector un conjunto parecido a un paralelepípedo sin dobleces, excedentes ni rebarbas. Hacer la cama.

Aun con la desconfianza que me provocan este tipo de comparaciones, el trabajo posterior al de escribir el libro –ordenar los textos y adecuar el prólogo– se asemeja, para alguien de ineptitud y pereza física considerables, al de hacer una cama sobre la que se consumó una sucesión de orgías, o tal vez una performance prolongada de amor de la que ambos contendientes suelen desembarcar la mañana siguiente (“no olvide usted, señora, la noche en que nuestras almas lucharon cuerpo a cuerpo”) en la orilla opuesta pero unánime, aventajadamente jóvenes y aliviados gracias al ejercicio de dormir (lo anterior ha sido una contienda: “Dormid, que el dios alado, / de vuestras almas dueño, / con el dedo en la boca os guarda el sueño”), y con la pleitesía o la plegaria implícita que — 10 — agrega a “hacer el amor” la construcción sintáctica posterior, de simetría imperfecta, plagada de consecuencias lumbares y dolores ciáticos, programa que solicita sin duda cierta responsabilidad propietaria de la que siempre he carecido. Los mejores lugares para las orgías taciturnas y las performances intensas, es preciso acordarlo, no deberían pertenecernos (el hogar resulta a menudo tan impersonal como un anónimo veneciano, y la agonía no hace sino exacerbar otro simulacro). Creo que a eso se refiere Cage cuando suplica que el gusto por lo aleatorio procede de nuestra ambición de no tener posesiones. No se trata ya de cenizas frías sino de una faena tan postrera y alejada; no queda más remedio que aceptarla con chejoviana humildad, sin emparentarla con la confección de un prólogo.

En este libro no sólo empiezo hablando de un autor y termino hablando de otros (como en los ejercicios que me impuse para publicar como columna, la mayoría en “El testigo oculista”), sino que, en el curso de una empecinada misión que pretende a veces incorporar a la escritura torrencial las efemérides, incluyo como tales aniversarios de nacimiento (Cioran, Barthes), de muerte (Lucian Freud, Cy Twomby), nupcias (Hitchens) y hasta picnics (Bolaño).

Me atrevo a contar acá también que el libro es culpable de una monotonía esencial. No hablo ya de las repeticiones que suprimí o dejé para que se encontrara un nudo de coherencia, sino de cómo me las arreglo para volver siempre a los mismos temas.

Digo también estas cosas porque a lo largo de un libro tan largo uno tiene que acostumbrarse al autor, adoptarlo o rechazarlo, y eso es algo que pasa con muchas otras cosas también, de modo que el prólogo puede auxiliar –o paliar y atenuar, mínimamente– cualquier desavenencia mayor.

Durante años, la figura ejemplar y casi ubicua de la crítica ha sido, para bien o para mal (no se deciden estas cosas de un día para otro), Walter Benjamin. Mi inmodestia es proverbial. De él –de su genio insinuante, de su arbitrariedad con titubeos– gusto de elegir esta definición que se convirtió en el lema del libro: “Mi hábito de parecer más lento, más torpe, más estúpido de lo que soy […] tiene el gran peligro concomitante de hacerme creer que soy más rápido, más diestro y más astuto de lo que en realidad soy”. Y acaso estas molestias provengan también, con misteriosa afición, de los paseos de la infancia.

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