Nuestro principio de esperanza (II)* por Leonora Djament

“Dime cómo piensas la esperanza y te diré quién eres”

En este tiempo de pandemia, crisis sanitaria, crisis económica, crisis ecológica, donde la vida cotidiana se parece más a una mala película distópica que al porvenir que alguna vez soñamos, muchos pensadores publicaron sus reflexiones sobre el virus (ya no fantasma) que recorre el mundo, intentando imaginar diferentes futuros. Hacía mucho tiempo que el análisis del presente no implicaba de un modo tan explícito y abierto un pensamiento del y sobre el futuro. Como pocas veces en la historia, si se me permite la exageración, la escatología se volvió una narrativa cotidiana, desde la futurología indocumentada hasta la prospección empresarial pasando por renovados mesianismos. Y digo mesianismos porque, efectivamente, la “salvación” de vidas, la confianza en un “Estado salvador”, la posibilidad de “salvarnos” solos o superar este desastre como comunidad, vuelven una y otra vez en los textos que circularon en las últimas semanas, no importa el grado de religiosidad o ateísmo de sus autores. Me gustaría hacer un breve recorrido por algunas de estas posturas porque las formas que adopta la esperanza (categoría poco materialista a primera vista) es siempre un modo de intervención política.

Podríamos decir que desde las últimas décadas del siglo xx la revolución, la emancipación, la transformación social, el arte crítico habían quedado totalmente desactivados, devaluados o anulados, como consecuencia de las derrotas de los socialismos europeos, del avance neoliberal en el mundo y las teorías del fin de la historia. El marxismo, incluso, por esos años empezaba a cuestionarse la posibilidad de cualquier horizonte revolucionario (Palti, 2005) y alternativamente corría el riesgo de tirar todo por la borda: su teoría (por ineficaz para entender la situación actual del capitalismo) y la praxis (por las derrotas acumuladas en el siglo). Por eso mismo, Fredric Jameson (2003) podía afirmar que era más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo y Georges Didi-Huberman (2012) sostenía que “hay razones para el pesimismo” (aunque proponía “repensar nuestro principio de esperanza” (p. 36 y 46)).. Y, sin embargo, en cada uno de los textos sobre la pandemia, el virus se vuelve un catalizador que permite observar una concepción específica sobre el futuro, sobre la temporalidad y sobre la posibilidad de imaginar y, por lo tanto, proponer y hacer un mundo distinto. Rastrear (siguiendo a Didi-Huberman) ese principio de esperanza ―o su falta― en algunos de los pensadores que por estos días escriben tal vez nos acerque a entender lo que está en juego en el tiempo pandémico.

Podemos pensar, en principio, dos modos de imaginar ese futuro a partir de las reflexiones sobre el virus. Como pudimos leer en las últimas semanas, hay teorías que son absolutamente optimistas y que confían: sea en la sociedad, en los sujetos, en el Estado o en las potencialidades de un virus que puede descubrir de una vez por todas las contradicciones del capitalismo para emancipar conciencias y dejar asentados los pilares para construir una sociedad mejor. Estos textos se caracterizan por cierto voluntarismo y carácter afirmativo. Slavoj Zizek (2020), por ejemplo, está convencido de que “la epidemia de coronavirus es una especie de ataque de la “Técnica del corazón explosivo de la palma de cinco puntos” contra el sistema capitalista global, una señal de que no podemos seguir el camino hasta ahora, que un cambio radical es necesario” (p. 23) y tiene esperanzas en el futuro: “Pero quizás otro virus ideológico, y mucho más beneficioso, se propagará y con suerte nos infectará: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del estado-nación, una sociedad que se actualiza a sí misma en las formas de solidaridad y cooperación global” (p. 22).

Markus Gabriel (2020), pese a su visión por momentos descreída, es otro de los filósofos que también confía en lo que el virus puede y en un posible desarrollo evolutivo racional: “El coronavirus pone de manifiesto las debilidades sistémicas de la ideología dominante del siglo xxi. (…) Sin progreso moral no hay verdadero progreso. La pandemia nos lo enseña con los prejuicios racistas que se expresan por doquier”. (p. 131, 132).

Por otro lado, hay teóricos que podríamos llamar rápidamente pesimistas en relación a las expectativas que genera esta pandemia o los efectos del virus. Byung-Chul Han (2020), a diferencia de Zizek, sostuvo que

“el virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución. El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte. De algún modo, cada uno se preocupa solo de su propia supervivencia. La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus. Confiemos en que tras el virus venga una revolución humana. Somos NOSOTROS, PERSONAS dotadas de RAZÓN, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta” (p. 110, 111).

Es interesante observar cómo la desconfianza es hacia los poderes esclarecedores que puede traer el virus y, sin embargo, hay un voto de confianza en las “personas” (con mayúsculas), “dotadas de razón”. Si hubiera la posibilidad de un cambio, dudoso al parecer, ese cambio sería a manos de las “personas” como motor exclusivo, como agentes de la transformación.

Giorgio Agamben (2020) es otro de los filósofos que leen de manera pesimista la coyuntura: “hay una tendencia creciente a utilizar el estado de excepción como paradigma normal de gobierno” (p. 18), “parecería que, habiendo agotado el terrorismo como causa de las medidas excepcionales, la invención de una epidemia puede ofrecer el pretexto ideal para extenderlas más allá de todos los límites” (p. 19), para que “en la medida de lo posible las máquinas sustituyan todo contacto —todo contagio— entre los seres humanos” (p. 33).

Alan Badiou (2020), por su lado, si bien quisiera situarse a igual distancia de unos y otros (“Sea que claman por el evento fundador de una revolución increíble, que no vemos qué conexión tendría con el exterminio del virus, del cual, además, nuestros “revolucionarios” no tienen el mínimo medio nuevo. Sea que éstas se hunden en un pesimismo del fin del mundo” p. 70) no deja de tener pocas esperanzas en lo que el virus puede: acaso darnos la posibilidad de seguir trabajando, pensando en nuevas figuras políticas, pero no mucho más. Y esto es así porque Badiou no deja de leer el crecimiento del Estado benefactor que vemos en muchos países por estas semanas como una estrategia más (y nada nueva) del Capital para vencer la “guerra” -contra el virus en este caso- y continuar, con la menor pausa posible, su acumulación incesante. Hay otro punto interesante que señala Badiou en su artículo y es la necesidad de volver a la Razón, a un pensamiento cartesiano contra cualquier otro tipo de pensamiento:

“Parece que la prueba epidémica disuelve en todas partes la actividad intrínseca de la Razón, y que obliga a los sujetos a regresar a los tristes efectos (misticismo, fabulaciones, rezos, profecías y maldiciones) que en la Edad Media eran habituales cuando la peste barría los territorios. De repente, me siento obligado a reagrupar algunas ideas simples. Con mucho gusto diría: cartesianas” (p. 70).

Recordemos que la Razón era invocada también por Han como antídoto contra algunos pensamientos irracionales que aparecen a partir del virus, así como Markus Gabriel (2020) reclamaba la necesidad de “concebir una Ilustración global totalmente nueva” (p. 132) contra la superstición y fe ciega en la técnica y la ciencia. Pareciera, así, que en situaciones extremas como las que estamos viviendo algunos filósofos vuelven sobre viejos vocabularios y oposiciones como Razón versus profecías, Ilustración versus pensamiento mágico.

 

Escépticos esperanzados

Ahora bien, sea que se trate de intelectuales optimistas o pesimistas sobre el futuro de la sociedad o sobre lo que el virus puede, hay para ellos confianza, certezas, cálculos y lo que hay al final del camino es un horizonte por el que vendrá la revolución o el apocalipsis final (y en cualquier de los dos casos no deja ser una escatología, una teoría sobre el destino último). Es posible, sin embargo, rastrear una tercera posición: pensadores que no son catastróficos y a la vez descartaron de cuajo el optimismo y la esperanza plena propios de cierto progresismo positivista que, pese a las buenas intenciones, en definitiva, es deudor de un pensamiento teleológico, continuista de la historia, que anuda tecnología y razón a progreso, progreso a desarrollo y desarrollo a libertad. Muy por el contrario, estos teóricos a los que me quiero referir no tuvieron una esperanza plena sino algo que podríamos llamar “esperanza escéptica”. O al revés: se trata de pensadores que fueron o son pesimistas pero confiaron en el pesimismo: tuvieron esperanzas en ese pesimismo. Porque para ellos ese pesimismo agujereada permite pensar algún tipo de liberación. Recordemos que Walter Benjamin (1988) pedía hacer de la “organización del pesimismo” la consigna del día:

“Pesimismo en toda línea. Desconfianza en la suerte de la literatura, desconfianza en la suerte de la libertad, desconfianza en la suerte de la humanidad europea, pero sobre todo desconfianza, desconfianza (…) Y solo confianza ilimitada en la I.G. Farben y en el perfeccionamiento pacífico de las fuerzas aéreas” (p. 59, 60).

La confianza ilimitada, podríamos decir, nos dejó en este lugar donde estamos hoy, de extrema desigualdad, neoliberalismo salvaje, colapso climático, patriarcado feroz. Se trata ahora de practicar algo bien distinto y encontrar en la esperanza escéptica (o pesimismo agujereado) y desde otra temporalidad la potencia para actuar. Walter Benjamin pero también Adorno, Scholem, Didi Huberman, Derrida son algunos de los teóricos que en el siglo xx trabajaron a partir de lo que podríamos llamar un mesianismo débil (una “débil fuerza mesiánica” decía Benjamin en las “Tesis de filosofía de la historia”), que funciona en sus textos como antídoto necesario tanto contra el absoluto derrotismo o mirada apocalíptica como contra las grandes ideas mesiánicas, contra los grandes relatos liberadores, contra todo proyecto teleológico afirmativo. No se trata de imaginar el gran horizonte triunfante del final, no hay nada teleológico o trascendente en estas posturas, sino que ahora, en cualquier momento, tal vez, sin muchas ilusiones, pueda suceder algo que interrumpa el curso de la historia. En esa línea, Didi-Huberman (2012) diferencia un mesianismo intermitente, fugaz, del gran mesianismo triunfal de salvación:

“Así, pues, es muy diferente pensar en la escapatoria mesiánica como imagen (ante la cual no podremos por mucho tiempo hacernos ilusiones, porque desaparecerá pronto) o como horizonte (que llama a una creencia unilateral, orientada, sostenida por el pensamiento de un más allá permanente, aunque sea a la espera de su futuro siempre)” (p. 67).

Pensar, entonces, en contra de los grandes horizontes afirmativos sobre los que se recuestan o hacia los que miran las teorías confiadas en el futuro progresivo, sea en su variante optimista o apocalíptica.

Rita Segato (2020) es una de las ensayistas que por estos días cuestiona a todos aquellos filósofos que hacen futurología y apuestas teleológicas tanto triunfantes como catastróficas y propone, en cambio, pensar el virus como un significante vacío -siguiendo a Laclau-, a partir del cual observar

“la incerteza y el desconcierto en que [el virus] ha sumido a la humanidad. Esto es muy importante considerarlo pues nos lleva hacia la apertura de la historia, a su imprevisibilidad y a la aceptación de los límites implacables impuestos a nuestra capacidad de controlarla, ordenarla. (…) Se ha mostrado una realidad que nos excede y supera todo voluntarismo” (p. 79).

Si hay una confianza en Segato es en lo imprevisible, en las oportunidades incalculables que acontecimientos como la pandemia abre intempestivamente. Porque, agrega, “la única utopía que ha sobrevivido a los sucesivos fracasos “revolucionarios” en su intento de reorientar el camino de los pueblos es la absoluta imprevisibilidad del futuro” (p. 78). Si las certezas y los grandes horizontes nos defraudaron, este es el punto de partida, podríamos decir, descartando las ideas teleológicas, progresivas de la historia, para trabajar con otras temporalidades, con tiempos interrumpidos, quebrados, suspendidos, superpuestos. O en palabras de Franco “Bifo” Berardi (2020): “El virus es la condición de un salto mental que ninguna prédica política habría podido producir. La igualdad ha vuelto al centro de la escena. Imaginémosla como el punto de partida para el tiempo que vendrá.” (p. 54, subrayado mío). No es la línea evolutiva temporal sino el salto, la interrupción, el hiato, donde se encuentra la potencia.

Maristella Svampa (2020), por su lado, también trabaja con estos otros modos de concebir la temporalidad y afirma que “el horizonte civilizatorio no está cerrado, (…) todavía está en disputa” (p. 28, subrayado mío) porque

“La pandemia del coronavirus y la inminencia del colapso abren a un proceso de liberación cognitiva, a través del cual no sólo puede activarse la imaginación política tras la necesidad de la supervivencia y el cuidado de la vida, sino también la interseccionalidad entre nuevas y viejas luchas (sociales, étnicas, feministas y ecologistas), todo lo cual puede conducirnos hacia el portal de un pensamiento holístico, integral, transformador, hasta hoy negado.” (p. 35, 36, subrayado mío).

Es más que interesante esta idea de “portal” hacia algo no conocido, no asegurado, que abre, fugazmente, una posibilidad. Por eso mismo, María Pía López (2020) puede arriesgar:

“El productivismo que aconteció en muchos sectores alrededor de afianzar las lógicas del trabajo a distancia evidencia el temblor ante la revelación potencial de que lo que hacemos diariamente sea superfluo. Y si lo fuera, ¿qué vidas se abrirían? ¿qué posibilidades para cada quien, para los núcleos familiares y las redes afectivas?” (p. 71, subrayado mío).

Y lo que se abre, cuando el tiempo en su progresividad lineal se interrumpe, no es necesariamente el futuro triunfante, previsto, calculado sino, al modo de los mesianismos débiles, una efímera posibilidad (un portal, decía Svampa). Ahora bien, esa posibilidad, no se precipita solo de cara al futuro, mirando hacia adelante, con la voluntad de escribir la historia, dictar el futuro, prescribir recetas. Es necesario también y, sobre todo, la activación de saberes, archivos y memorias colectivas del pasado. Por eso López (2020) se pregunta “¿Qué recordamos cuando todo se interrumpe? ¿Qué memorias personales y sociales se nos hacen presentes? ¿Cuáles de ellas están allí, a disposición y a la espera, tensionando el presente desde lo transcurrido?” (p. 69).

Svampa (2020) insiste en el igual sentido: “Las crisis, no hay que olvidarlo, también generan procesos de «liberación cognitiva»” (p. 27) y en lugar de recurrir al “imaginario extractivista/desarrollista” actual, deberíamos trabajar con las “narrativas emancipatorias disponibles en América” (p. 34). A esto mismo apunta Gabriel Giorgi (2020) cuando relee hoy los activismos en torno al sida de la década del 80 y las enseñanzas que nos traen en relación al cuidado de los cuerpos y los lenguajes que transformaron la esfera pública.

Pero hay algo más: esos archivos ancestrales, esas memorias colectivas, esas narrativas emancipatorias disponibles, distan mucho, seguramente, de la Razón con mayúsculas que reclamaban Han o Badiou. Están ligados, en ocasiones, a los saberes locales, experienciales, comunitarios y, muchas veces, herejes. Resuenan en María Galindo (2020) cuando rebusca sus “libros de medicina ancestral para producir una fricción respiratoria antiviral, como las que hacíamos cuando Mujeres Creando era una farmacia popular en una zona periférica de la ciudad, pienso en el absurdo” (p. 124). Y también en Silvia Federici (2018) cuando nos recuerda que “con la persecución de la curandera de pueblo, se expropió a las mujeres de un patrimonio de saber empírico en relación con las hierbas y los remedios curativos, que habían acumulado y transmitido” (p. 327), subrayando que el problema de la magia no era solo sus posibles peligros sino un modo de pensar colectivo, en comunión con la naturaleza, alternativo a la Ilustración. Así, a partir de

“la racionalización del espacio y el tiempo que caracterizó la especulación filosófica de los siglos xvi y xvii, la profecía fue reemplazada por el cálculo de probabilidades, cuya ventaja desde el punto de vista capitalista es que el futuro puede ser anticipado solo en tanto se suponga la inmutabilidad del sistema” (p. 231, 232).

Por lo tanto, la opción no es para estos pensadores ni el “nuevo Iluminismo” que reclama Markus Gabriel, ni los relatos bíblicos aleccionadores que aparecen por estos días, con sus relatos de plagas moralista y pedagógicas, como nos recuerda Segato.

Benjamin (2007) insistía en que salvación es mostrar la discontinuidad de la historia. Se trata, entonces, de trabajar con la transitoria apertura y los nuevos modos de vida y comunidades que puedan surgir. Esa “vida en común”, señala Mónica Cragnolini (2020), demanda una responsabilidad social y no individual de lo que sucede. “Creo que “otro modo de ser” en relación con la tierra y la comunidad (de lo) viviente nos está reclamando hace tiempo” (p. 48). En todo caso, como propone María Galindo, se trata de la “autogestión social de la esperanza”. O podríamos decir: cómo hacer para no depositar, delegar, entregar por completo la esperanza (en un partido, en un Estado, en una persona, en un virus) sino articularla desde una comunidad, sin certezas, sin cálculos, pero sabiendo que la imaginación es política. Por eso, podemos decir que repensar nuestro principio de esperanza es un modo de repensar una ética del bien común.

 

*Este ensayo fue publicado originalmente en la antología Posnormales (2020).

https://bit.ly/PosnormalesASPO

 

Bibliografía:

-Agamben, Giorgio. (2020) “La invención de una epidemia”, “Contagio” y “Reflexiones sobre la peste” en Sopa de Wuhan. Buenos Aires: ASPO.

-Badiou, Alain. (2020) “Sobre la situación epidémica” en Sopa de Wuhan. Buenos Aires: ASPO.

-Benjamin, Walter. (1998) “El surrealismo” en Imaginación y sociedad. Iluminaciones I, Madrid: Taurus.

-Benjamin, Walter. (2007) Libro de los Pasajes, Madrid: Akal.

-Berardi, Franco “Bifo”. (2020) “Crónica de la psicodeflación” en Sopa de Wuhan. Buenos Aires: ASPO.

-Cragnolini, Mónica B. (2020) “Ontología de guerra frente a la zoonosis” en La fiebre. Buenos Aires: ASPO.

-Didi Huberman, Georges. (2012) Supervivencia de las luciérnagas, Madrid: Abada.

-Federici, Silvia. (2018) Calibán y la bruja. Buenos Aires: Tinta Limón.

-Gabriel, Markus. (2020) “El virus, el sistema letal y algunas pistas…” en Sopa de Wuhan. Buenos Aires: ASPO.

-Galindo, María. (2020) “Desobediencia, por tu culpa voy a sobrevivir” en Sopa de Wuhan. Buenos Aires: ASPO.

-Giorgi, Gabriel. (2020) “Neoliberalismos, pandemias y las éticas del cuidado” en Página/12, 20 de marzo de 2020.

-Han, Byung-Chul. (2020) “La emergencia viral y el mundo de mañana” en Sopa de Wuhan. Buenos Aires: ASPO.

-Jameson, Fredric. (2003) “Future city” en New left review, N°21, mayo-junio.

-López, María Pía. (2020) “La vida en cuestión” en La fiebre. Buenos Aires: ASPO.

-Palti, Elías. (2005) Verdades y saberes del marxismo. Bs As: Siglo xxi.

-Segato, Rita. (2020) “Coronavirus: Todos somos mortales. Del significante vacío a la naturaleza abierta de la historia” en El futuro después del Covid-19. Buenos Aires.

-Svampa, Maristella. (2020) “Reflexiones para un mundo post-coronavirus” en La fiebre. Buenos Aires: ASPO.

-ŽiŽek, Slavoj. (2020) “El coronavirus es un golpe al capitalismo a lo Kill Bill…” en Sopa de Wuhan. Buenos Aires: ASPO.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s