Sobrevolando a Katchadjian por Malena Rey

En octubre del año pasado, en el marco del ciclo Conversaciones del área de Literatura del Museo Malba, ciclo en el que oficio como entrevistadora, armamos una charla larga con Pablo Katchadjian en la que repasamos su obra. Cuando me embarqué en la relectura para prepararla, me di cuenta de que implicaba un trabajo importante de mi parte. Me encontraba ante muchísimos libros que yo venía leyendo en simultáneo a su publicación, que abrían líneas posibles de lectura e interpretación que debía procesar.

Para la entrevista, que se puede ver completa acá, preparé finalmente una extensa presentación desde los poemas de Dp canta el alma de 2004 a Tres cuentos espirituales de 2019, situándolos en su contexto de aparición y resumiendo en pocas líneas sus conceptos o argumentos. Y también preparé una serie de preguntas que Pablo no respondió del todo. O sea, conversamos bien, pero tuve la impresión de que mis preguntas le abrían a él otras preguntas y que las respuestas que me daba en general pasaban por alguna lectura suya que había iluminado una zona oscura y no por una reflexión acabada sobre su obra, que se sigue desplegando.

Acá no voy a intentar responder las preguntas que quedaron inconclusas ni a analizar sus libros minuciosamente. Porque ese gesto de dejar la pregunta en duda es muy de Katchadjian. Voy a partir de citas, y quizás de textuales, para forzar algunos ejes que veo desplegados en sus textos y también dejarlos abiertos. Porque la de Katchadjian es una obra en permanente crecimiento y mutación que no resiste ser cerrada ni analizada como si alguien tuviera la última palabra.

Dos breves aclaraciones más: la primera es que de un tiempo a esta parte Pablo publicó un nuevo libro en Argentina y España al mismo tiempo: Amado señor, armado a partir de una serie de cartas dirigidas a Dios, que sí incluiré acá. Y la segunda es que además de lectora entusiasta de la obra de Katchadjian, también soy su amiga. Me parece importante aclararlo porque la relación de proximidad con autores no es algo que me interese dar nunca por sentado.

Pregunta y repregunta

“¿Qué es eso que se rompe?” (Dp canta el alma)

“¿Qué hacer?” (Qué hacer)

“¿Con cuánto alcanza para no marearse?” (El cam del alch)

“¿Qué pensarán ellos de mí en el futuro si yo no arriesgo mi vida por lo que considero justo?” (En cualquier lado)

“¿Y la felicidad no existe?” (La libertad total)

Cuando una obra tiene ya casi veinte años como la de Katchadjian, aparecen algunas señas que llevan de un libro a otro como a los saltos: obsesiones que parecen recurrentes que luego se abandonan, personajes que recuerdan a otros, escenarios reconocibles. Uno de esos mojones desde donde leer varios de sus libros son las preguntas. La obra de Pablo está llena de ellas. Los personajes se hacen preguntas unos a otros, se cuestionan cosas. Incluso repreguntan mucho, convalidan o rechazan la pregunta que recibieron. Esas preguntas pueden poner en cuestión la existencia, la moral, el sentido, o bien pueden dirigirse a una acción concreta, a una necesidad de la trama. Lo interesante es que los conflictos planteados por las preguntas y otros que se enuncian pueden muchas veces no ir hacia ningún lado, sino quedar por el camino. No todos los cabos se atan. Sus libros, leídos a contrapelo, son un campo minado de preguntas infalibles y paradójicas.

La danza de los interlocutores

Quizá como desprendimiento de la capacidad de pregunta y cuestionamiento, los interlocutores que se despliegan en los libros de Katchadjian son muchos y de diversa índole. Como si su obra requiriera del diálogo entre personas, de lo que surge del intercambio, hasta incluso hablar de la materia misma de la conversación. “¿Cuál es el tema de todo esto? ¿El tema, entonces, es la forma de conversar?”, se dice en Amado señor.

Del dúo de “Alberto y yo” de Qué hacer, a los personajes despojados de nombres completos, mencionados con apenas una inicial en La libertad total –libro en el que todo es diálogo porque no hay narrador de ningún tipo– pasando por las charlas estrambóticas de los personajes de Gracias o En cualquier lado, hasta llegar al diálogo en ausencia en las cartas dirigidas a Dios en Amado señor, se reafirma la potencia narrativa y la confianza inusitada en la conversación. Incluso cuando esa conversación se muerda la cola, se trabe, se tematice la incomunicación, o avance en una sola dirección.

En algún punto, en su último libro Amado señor se depura esta necesidad del otro como pivote a la hora de establecer diálogo, o de dar rienda suelta a la imaginación por medio del lenguaje. Hablar con Dios es hablar con alguien que se supone que está ahí pero no contesta. ¿Escribirle a Dios es hablar solo? ¿Qué se le narra a Dios? Una de las cosas que aparece entonces es el rol de quien toma la palabra, justamente: “Lo que hago es ponerme en cierta posición que hace que yo pueda decir cierto tipo de cosas que sé que hacen que me escuches”, le dice este hombre en sus epístolas. Y desde esa posición tiene el poder de transformar a ese interlocutor en ausencia en la forma que necesite: “Amado Ruido Verdadero”, “Amada Mata de Cactus”, “Amado Archivo”, “Amado Murciélago”. Ni siquiera hacer falta que tenga una forma humana ni que se materialice: basta con que sea interlocutor y ya. Con la potencia de saber que alguien está ahí sosteniendo en silencio esa conversación es que el libro termina agradeciendo: “te hablo, no sé de qué, no sé para qué, pero gracias por escuchar. Gracias, gracias por escuchar”.

Galería de personajes

“Todo lo que voy leyendo se acumula y se condensa después en los personajes.”

 

Gigantes, esclavos, músicos ambulantes, mercaderes, posaderas, matones, enanos, adivinas, gauchos, Papas, filósofos. Incluso Dios, ahora, en Amado señor. Esos son los personajes que elige Katchadjian en sus últimas obras de ficción. Es una elección deliberada: no habla de gente como una, en nuestra estrechez contemporánea, pero tampoco aleja a sus criaturas tanto de nuestro registro. Los somete a peripecias complicadísimas que se resuelven de forma sencilla, los hace vivir en tabernas, castillos, pozos, pueblos amurallados, escondidos en librerías. Les pone nombres estrafalarios como Nínive, Luganor, Tirit, Galímenos, Zafra, Miga.

¿Cuántos escritores actuales hablan de otros tiempos, otras vidas, con tanta confianza en la invención? En la obra de Katchadjian, todo el pasado y todas las tradiciones conviven con igual importancia y es la literatura el terreno para mezclarlas y experimentar con ellas. La espiritualidad, el mesianismo, el cristianismo, la confianza o la desconfianza en los soberanos, la noción misma de libertad o de protagonismo en la narración aparecen en los cuentos o novelas con una naturalidad apabullante y siembran más dudas que certezas. Generan paradojas que se activan en la lectura. Quizás la pregunta que termina uniendo estas cosas es qué hacer con el sentido. De dónde viene, adónde va. Por dónde se escapa o se escabulle. Qué caminos elige para desplazarse.

En Gracias o En cualquier lado, en La libertad total o Tres cuentos espirituales o incluso en los relatos de distinta índole de El caballo y el gaucho puede suceder cualquier cosa –las peripecias son extremandamente originales–, pero al mismo tiempo la narración fluye de manera ordenada y precisa. Como si pudiera hacer literatura con cualquier ocurrencia o hecho que le llame la atención sin necesidad de complejizar también el lenguaje con el que se narra. La de Katchadjian es una literatura que tiene una gran confianza en la narración tradicional en lo formal, aunque muchas veces sea leído como escritor experimental: hay argumento, hay trama, hay peripecia y hay una sintaxis que acompaña rítmicamente a sus personajes. Sus textos evolucionan a partir de lo que los personajes dicen o piensan o se preguntan, pero incluso las situaciones más absurdas están narradas con seriedad y simpleza, sin exagerar ningún desparpajo.

Procedimiento

“A mí siempre me interesó mucho la vanguardia, pero produce tanto rechazo como amor esa palabra. Cuando tildan a alguien de vanguardista es como si fuera un tarado. La vanguardia es un rechazo a la institución como forma. Tratar de buscar una intensidad desmarcándote de lo que supuestamente tendrías que hacer como escritor o artista es algo que sí me interesa. Para mí el procedimiento sirve para correrme de mí. En ese sentido es un punto de partida. (…) Uno prueba procedimientos y a veces no van a ningún lado. Cuando pasa algo se convierte en otra cosa. Si aparece una vibración, entonces sigo escribiendo ese libro.”

El procedimiento como desafío autoimpuesto puede ser de gran ayuda para la realización de ciertas obras siempre que pase algo más. Los mejores procedimientos son los que en alguna medida transgreden su propia consigna inicial y al desplazarse producen algo nuevo. Varios libros de Pablo Katchadjian nacen de procedimientos y los exceden: El Martín Fierro ordenado alfabéticamente desordena algo que Hernández había dispuesto de otra forma y el efecto de lectura impacta por el hecho de conservar la familiaridad y a la vez volverse completamente novedoso. Por su parte, El Aleph engordado también exhibe brutalmente su procedimiento para expandir un universo literario lleno de marcas de autor como el de Borges. Meterse literalmente a operar entre las palabras que escribió Borges es jugar con la materialidad del lenguaje literario para hacerlo decir más cosas de las que ya decía: una travesura que reconoce el pasado, que le hace cosquillas a la tradición sin tacharla, sin borrarla, sino sumándole otra capa nueva. ¿Qué le pasaría a un lector que leyera primero El Aleph engordado y solo después “El Aleph” original?

¿Y qué pasa con La cadena del desánimo? Este libro hecho íntegramente con declaraciones textuales de funcionarios, sindicalistas, artistas, periodistas y mediáticos tomadas de los diarios argentinos entre el 12 de marzo y el 6 de diciembre de 2012 –cuando se estaba discutiendo la Ley de Medios– se transforma por completo al leerlo descontextualizado. ¿Qué se estaba diciendo entre tantas voces? ¿Gana o pierde algo ese efecto de lectura corrido de su aparente actualidad? No importa. O mejor: mantiene una tensión de otro tipo. La tensión insiste. Y aunque dice su autor en la nota inicial que “el nivel de composición es mínimo” porque “solo cité citas”, la literatura también aparece en estas extrapolaciones. Al final no importa el resultado, no hay que acomodar el procedimiento midiendo su eficacia: está ahí, es cierto, pero lo que aparece es esa otra cosa que hace tan únicas las operaciones de Katchadjian.

 Tensión y libertad

“Muchos autores que me gustan tienen aspectos progresivos y regresivos que están en tensión; se los valora por los primeros y se los lee desde los segundos. Claro que aunque se quiera ver una cosa se está viendo la tensión.” (Amado señor)

“Sé que existís y no existís, que esa es tu tensión.” (Amado señor)

“La libertad dura muy poco y enseguida se convierte en lo contrario.” (La libertad total)

“La libertad se tensó con la falta de libertad” (Amado señor)

La tensión y la libertad siempre estuvieron en la obra de Pablo Katchadjian, pero quizás en sus últimos libros se volvió más patente su presencia porque se tematizó de forma más explícita. Ya pasaba en una novela de aventuras lisérgica en un mundo lleno de esclavos como Gracias: a algunos lectores les parecía una novela divertidísima, y a otros una narración trágica. Lo divertido puede ser terrible. Lo terrible puede causar gracia. No hace falta quedarse solo con una opción: lo mejor está en que esa tensión no se resuelva. En la atmósfera de sus narraciones, que puede a veces ser opaca, o muy transparente, balanceándose entre la fantasía y la realidad, la invención no es la antítesis del realismo: por más alocados que sean sus cuentos o novelas, no se despegan del todo del mundo. No son tan alucinados ni disparatados aunque parezcan serlo por momentos. Se mantiene esa tensión. Lo estrambótico puede tener más vínculo con el mundo de lo que estaríamos dispuestas a reconocer. Pero lo que sí sobresale es la libertad: una libertad total de Katchadjian a la hora de permitirse hacer humor con sentimientos densos, divertirse o enroscarse con ironía, inventar atajos narrativos, ridiculizar a sus narradores o jugar con ellos con la seriedad y concentración de un niño. La libertad también está en el hecho de insistir en que se puede hacer literatura con cualquier ocurrencia, en la capacidad de transformar las cosas en una literatura personal y originalísima. La experiencia de lectura es muy gratificante: una se prepara para que allí suceda lo inesperado.

Agosto de 2020

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