Zona sur por Juan Diego Incardona

Sobre dos publicaciones en cuarentena: El invierno empieza cuando termina el carnaval, de Belén Álvarez Terán, y Memorias de un pez, de Gabriel Solís. Rangún Editores, 2020

 

Una noche, al escucharla leer poesía en un ciclo de lecturas, le pregunté a la Belencita si aún conservaba todos sus huesos, porque se me ocurrió que con una de sus costillas Dios había creado el Conurbano. Sus figuraciones, sus ambientes, incluso su tono de voz, me hacían recordar mis propias vivencias no tan al sudeste, sino al sudoeste. Ella es de Avellaneda, como Pizarnik. Y a comienzo de este año raro, que todavía parece no haber empezado, 2020 año nonato, noaño que bien podría mezclarse como neologismo en el poema “El puro no”, de Oliverio Girondo, de impuros ceros noes que noan noan noan, Belén publicó su ópera prima, cuyo título fue quizás premonitorio: El invierno empieza cuando termina el carnaval. Reemplace usted “invierno” por “pandemia”, por “cuarentena”, como prefiera. Quizás, paradójicamente, si la vacuna llega por fin en diciembre, este año empiece a fin de año. Y ya no puedo evitar leer El invierno empieza… como una profecía: “El primer día que me di cuenta / que lo nuestro no iba / fue el día que terminamos”.

El título anuncia contrastes de lo que vendrá: frío, calor; adentro, afuera. Estas disputas encuentran su arena en el yo poético que Belén construye en sus poemas como si declamara una necesidad profunda, una búsqueda. La intimidad y la nostalgia del amor, tejidas en versos a medias palabras, como quien no puede desahogarse, se mezclan, en nuevas oposiciones, con las declaraciones políticas cortadas en versos-gritos de juventud, ideología y ritmo, todo marcado por el espíritu de época del feminismo y la militancia. La ciudad es el telón de fondo de nuestra protagonista. Por sus calles, plazas y laberintos va y viene una mujer, “un manojo de papeles/con tinta despareja” que levanta el viento del invierno hacia nuevas primaveras.

Fue justamente en primavera, pero del año pasado, que me crucé a Gabriel Solís en un viaje por Alemania. Como Belén, él también es del sur del conurbano, no de Avellaneda, sino de Quilmes. Tengo entendido que son amigos. Gabriel es ilustrador. Poseído por el espíritu del viajero, recorrió durante varios meses Europa y el destino quiso cruzarnos. En los poemas que me pasó para leer –que aún no tenían forma de libro-, había dos impulsos encontrados: por un lado, el sedentario, su amor por el barrio natal, las calles de infancia y el cielo mezclado con humo de fábricas; y por otro lado, el nómade, su errancia primero por las calles más lejanas de la ciudad, la melancolía y la búsqueda de nuevas experiencias.

Finalmente, el libro cobró forma y encontró su nombre: Memorias de un pez. En la teoría de los humores, los antiguos hablaban de la bilis negra para referirse a las personas de temperamento sensible, cuyas tristezas se prolongaban en el tiempo. Atrabiliarios, les decían. Hipócrates los llamó melancólicos. Tiempo después, ya en el siglo XIX, el francés Esquirol difundió el concepto de monomanía y un amplio número de escritores –desde Melville hasta Maupassant— lo incorporaron en la construcción de sus personajes. En Buenos Aires, el tango fue la expresión que reflejó para siempre el ritmo urbano melancólico, de nocturnidad y tiempos perdidos. En esta línea, leo la poesía de Gabriel Solís. Con un corte de verso impecable, los poemas producen una sensación agridulce en el lector, de pena y belleza. Las comparaciones y metáforas que propone, ya desde el título, parecen expresar el devenir del hombre que, a través de rememoraciones y extrañamientos, descubre nuevos estados. “El éter sintoniza otra lengua / cada paso que doy confirma / que estoy equivocado”. El hombre suburbano se ha convertido en viajero y, pese al desarraigo y la pérdida, busca nuevos horizontes, porque “un salto al vacío también es una salida”. Todo el libro gira en torno a la misma tensión: ir y volver. A veces, se trata de lugares; a veces, de personas. Como si fuera un círculo inevitable. La virtud del poeta logra poner en palabras ese movimiento y la fugacidad de las cosas con cierto pesimismo y logradas figuraciones, como en el poema “Todo es tan fugaz”, que en sus primeros versos enuncia: “No se puede tapar el sol / con la palma de una vida”.

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