Sangre en el río por Osvaldo Aguirre

Una noche de verano, sobre el horario de cierre de la edición impresa, un policía llamó por teléfono al diario en que yo trabajaba para avisar que se había cometido un crimen en la zona sur de la ciudad. Nadie quiere quedarse al cierre y menos un sábado, cuando ya todo parece resuelto, pero tuve que ir con un fotógrafo y un chofer al lugar, un barrio de ranchos y casillas sobre la costa del Paraná, en la zona conocida como Remanso Vigil, en el límite entre Rosario y Villa Gobernador Gálvez.

En esa época el diario no había tercerizado todavía su movilidad, tenía choferes propios. El que estaba de guardia, Negri, era de esos conductores que hablan de todo un poco y reflexionan sobre la vida mientras manejan. Nos llevó quejándose de la hora, de la oportunidad de la nota y sobre todo del lugar al que teníamos que ir, por calles desparejas de tierra y a varias cuadras de la avenida San Martín, referencia de la civilización urbana. Pero su modo de protestar tenía cierta gracia, porque actuaba como resignándose a un mandato trascendente, como si el suyo fuera un trabajo de Sísifo del que no hacía responsable a nadie en particular.

En el lugar, un descampado, nos encontramos con varios policías, entre ellos un comisario de pésimo humor por tener que ocuparse del asunto, y una cantidad de curiosos. Una pareja de vagabundos se había trenzado en una discusión hasta que uno de ellos acuchilló al otro y lo decapitó. No había misterio, aunque la cabeza no aparecía.

El fotógrafo, René, tenía como abecé tomar imágenes situándose alternativamente a la derecha y a la izquierda de su objetivo, y eso hizo con el cuerpo decapitado, que yacía sin que los policías adoptaran ninguna precaución en particular. Ver un cadáver es una prueba cuando se hace crónica policial, pero aquellos restos, sin cabeza, no producían ninguna impresión.

En el verano era muy frecuente que la noticia fuera un ahogado en el río, sobre todo en el Remanso Valerio, el barrio de pescadores edificado en Granadero Baigorria sobre una playa de arena dorada, o en las aguas infestadas del arroyo Saladillo, donde los desechos tóxicos formaban una capa de espuma de más de un metro de altura. En el Remanso Valerio, cuyo nombre conmemora a un ahogado, el calor sofocante y el hechizo de la arena resplandeciente parecían obnubilar a los bañistas que se dirigían, ciegos, hacia la olla donde inevitablemente desaparecían. Los avisos, la cartelería que alertaba sobre el peligro de la barranca que cae a pique cerca de la orilla, resultaban inútiles, como si cada temporada el río se cobrara una cuota de vidas humanas. Había poco que decir, entonces, fuera de los datos de las víctimas y de la comprobación reiterada de que “el río no perdona”. Eran segundos: los cuerpos, simplemente, no salían del agua; o bien reaparecían por un instante con un manotazo, un grito, un ademán fugaz antes de volver a sumergirse.

 “Siempre algo nos da este río,/ pero hay veces que nos quita…/ Y el río pasa,/ lleva,/ algo nos deja/ y algo se va”, dice una canción muy conocida de Chacho Müller. El río, en esa letra, es un símbolo de vida y también de pérdidas, de separaciones, de muerte. “Hay que entender” el ciclo y en eso consiste una sabiduría ensombrecida por la fatalidad.

Los cuerpos retornan tarde o temprano a la superficie, en puntos generalmente imprevisibles, y por eso la familia de Bruno Gentiletti, el chico de 8 años que desapareció en 1997 frente al Paraná, sigue sin creer que se haya ahogado. No hubo testigos de lo que pasó, aunque había otras personas en el balneario La Florida, donde estaba con sus padres y sus hermanos. La última vez que se lo vio Bruno caminaba hacia un tobogán de agua, antes de esfumarse entre otras familias, otros chicos, contra el fondo del río, en apariencia tranquilo, y la línea de edificios del horizonte, sobre la costa rosarina.

Una semana después, como parte del trabajo en el diario, entrevisté al jefe de la comisaría con jurisdicción en la zona. Era Carlos Norberto Moore, conocido como integrante de los grupos de tareas de la dictadura en Rosario. Criticado por desentenderse de la búsqueda, Moore decía que Bruno había desaparecido en el agua y ya no volvería. Me lo explicó en su oficina, haciendo un dibujo en una hoja, un garabato en el que representaba al río y al chico apresado bajo un camalote, llevado por la corriente. Era una conjetura muy útil para explicar su actitud negligente, y con una carga siniestra añadida, porque él sabía mejor que nadie qué implicaba convertir a una persona en un desaparecido.

Cuando una persona desaparece, los medios –entonces los gráficos, ahora los portales, la televisión, los medios digitales- publican su foto, una descripción física, el detalle de las ropas que vestía. Y todavía sus señas particulares, como exigían las antiguas planillas prontuariales. Me tocó redactar muchos de esos avisos, poco más que formularios pasados a una prosa estereotipada que no deja de ser inquietante, porque introduce un suspenso, la sospecha y el temor de que se haya cometido un crimen.

Entre esos episodios, uno planteó la situación inversa: la aparición de una persona cuyo cadáver había sido rescatado del río y se procuraba identificar.

Era una mujer de unos 40 años. El encargado de prensa de la Prefectura tenía una foto que la tomaba desde la cabeza hasta un poco por debajo de los hombros. Los ojos cerrados le daban una expresión apacible al rostro todavía bien conservado. El cuerpo acusaba golpes y heridas de cuchillo, la causa de muerte, hechas por alguien con oficio en el manejo de armas blancas. En la Prefectura pensaban que se trataba de una prostituta, que podía provenir del corredor de whiskerías y paradas más o menos establecidas entre Villa Constitución y San Nicolás.

Pero las averiguaciones no habían dado resultado, y nadie se presentó para identificar esos restos, ni pareció echar de menos a la mujer. Tampoco se convirtió en objeto de un reclamo sostenido; hay muertes que no importan. El río, entonces, sirvió para obstaculizar el esclarecimiento de un crimen, para que una historia se hundiera para siempre en el secreto.

El delito suele estar asociado a la ciudad; en mucha menor medida, al campo. Pero rara vez se lo piensa en relación con el río, ni se mira al río a la luz de la violencia que lo rodea, la violencia que carga el hombre y la que trae la naturaleza. El espacio no es solo un decorado, un escenario que pueda desprenderse incontaminado, sino que imprime sus huellas y participa de los hechos por las posibilidades que ofrece, por sus condiciones.

Esa noche de verano, en el Remanso Vigil, seguimos al comisario con el fotógrafo y algunos vecinos en su búsqueda del asesino. Los rastros, o sus conjeturas, llevaban en dirección a la costa. La sangre llegaba al río. Hubo un momento de alarma, porque alguien pareció ver algo, o por las luces que de pronto se apagaron en una casa. Pero el hombre ya no estaba en la zona. El río, tal vez, se lo había llevado.

Negri nos esperaba al pie del auto del diario, un poco fastidiado. Tenía la costumbre de comer semillas de girasol, y se le habían terminado.

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