Mi Riachuelo por Luis Gusman

A Daniel Santoro

La literatura, la mitología, la pintura, tiene sus ríos. Basta ver el cuadro de Millais donde una Ofelia prerrafaelista ya muerta, aunque parece dormida, flota en el agua como si fuera un nenúfar. El río es una metáfora del movimiento, del tiempo, pero también como veremos en un movimiento invertido, la detención del movimiento y del tiempo.

El río siempre ha sido metáfora del tiempo tal como lo figura el título de la novela del gran escritor Thomas Wolfe: Del tiempo y del río.

En esta lectura me voy a ocupar de las inversiones de algunas de esas figuras.

Los ríos como tantas otras cosas del mundo tienen su prestigio. El Ganges, por ser un lecho mortuorio y sagrado; el Neva, porque es seguro que Raskólnikov estuvo tentado de arrojarse a ese río, el Moldava porque Kafka cruzo el puentes Charles y contemplo la estatua de san Wensceslao, el Danubio y el Sena porque tienen una literatura a sus pies, el Amazonas porque en el navegó Fitzcarraldo, el Rubicón que cruzo Cesar, el Paso del Ebro cubierto de sangre republicana; el Nilo, porque navega y refleja las pirámides; el Jordán porque atraviesa la biblia.

Faulkner escribe: “El Mississippi comienza en el vestíbulo de un hotel de Memphis, Tennessee”. Estuve en ese hotel llamado Peabody, al menos para mí, el río nació allí. Es más, escribí mi novela Tennessee, subordinando las palabras al ritmo del agua.

La frase es de Joyce que sabía sobre ríos; no solo del Liffey como lo atestigua el comienzo del Finnegans, y también la cabellera de Anna Livia Plurabelle que pareciera desplegarse al viento en un corriente donde se reúnen miles de ríos, incluidos el Pilcomayo y el rio sin orillas como lo llama Saer, a nuestro Río de la Plata. Un río que está en la lengua, cuando dice las aguas Liffeantes.

Borges en un verso de su Poema conjetural dice: “donde un oscuro río pierde el nombre”.

Quizás uno de los títulos más hermosos de nuestra la literatura es el de la novela de Mallea porque invierte una figura muy utilizada del rio que fluye, y la titula: La ciudad junto al río inmóvil.

Porque la inmovilidad puede ser más aterradora que la tempestad desatada, como sucede en la nouvelle de Conrad: La línea de sombra, donde nos encontramos con la calma chicha que atrapa no solo al barco y sus tripulantes, sino que pareciera también atrapar el tiempo que quedar detenido para siempre. Es como si la calma chicha fuera una de las estaciones del purgatorio.

La pesadilla no transcurre en un río prestigioso como el Támesis desde donde Marlow -el narrador de Conrad- suele relatar sus historias, sino casi en un río que no tiene nombre o no lo recuerdo, o lo quiero olvidar como se quieren olvidar las pesadillas.

La película en blanco y negro de A. Wajda sobre la nouvelle de Conrad capta de manera precisa esa morosidad, esa atmosfera, de la calma chicha, donde hasta la respiración amenaza con detenerse.

Como se advierte, toda una literatura.

Después de escribir mi libro: Lo más oscuro del rio recién me di cuenta de que con el título no me refería a lo oscuro de su agua sucia, sino al espacio de un horizonte que conducía hacia las tinieblas.

Sin duda, los ríos, además de un mapa exigen un catálogo, o quizás se pueda pensar en la figura inversa y los mapas necesiten, para ser materia viviente, esas venas azuladas que los atraviesan en los cuatro puntos cardinales.

El Riachuelo forma parte de mi vida y de mis novelas.

Cuando tenía seis años viví a unas cuadras de los frigoríficos La Negra y La Blanca que bordeaban el Riachuelo, y cada amanecer me parecía escuchar mugir a las reses dispuestas para el sacrificio porque sospechaban el final.

Un río que ya venía envuelto en niebla si es que ella tiene algo de luctuoso. O al menos, lo tiene la tragedia. Se van a cumplir 90 años en que un tranvía de la línea 105 que iba de Lanús Oeste a Constitución se precipito al Riachuelo porque el motorman no vio la señal de que el puente estaba levantado para que pasara una barcaza. Murieron casi sesenta personas. En su mayoría trabajadores de los frigoríficos y fábricas de la zona.

Para el diario Critica, la nota del accidente la cubrió el escritor Raúl González Tuñón. Cuando lo leí, no sabía que había estado ahí.

Pero el Riachuelo es un rio político. Tiene una historia de luchas y reivindicaciones obreras y tiene una fecha. el 17 de octubre de 1945.

No bastó que levantaran el puente para impedir que el pueblo avanzara hacía la capital, porque cruzaban de cualquier manera.

Como todo escritor yo tengo, mi pequeño río como dice Walcott.: “En este, un pequeño río en algún lugar del mundo/ no importa donde la victoria estuvo a la vista”. Es cuando el río se transforma en un río político, como el Riachuelo.

Como se advierte toda una política.

Daniel Santoro y Julián Fava en su libro: El peronismo. Entre la severidad y la Misericordia, cuentan cómo la revolución Libertadora que derroco al gobierno de Perón con un golpe de Estado arrojó al agua del Riachuelo las esculturas que estaban en el edificio de la fundación Eva Perón, obras del escultor Leone Tomassi. Una de ellas, un símbolo, porque también los símbolos pueden ser arrojados al agua: El monumento al descamisado.

Nadie sospechaba en ese momento que ese acto veinte años antes anticiparía lo que veintidós años más tarde se repetiría, solo que lo que se tirarían al río, o a su pleonasmo, el mar, serían cuerpos y no esculturas, no solo de descamisados.

Hoy, la escultura: El coloso de Avellaneda sosteniendo la cabeza de Evita, obra del joven escultor Alejando Marmo, realizada según un boceto de Daniel Santoro, está en una orilla del Riachuelo donde está el puente Pueyrredón. Entre los griegos a esos colosos, se los llamaban dobles. Podemos decir, el doble de aquel Monumento al descamisado que fue hundido y destruido.

Si, el río puede volverse luctuoso.

Quizás por eso en su nacimiento, se Llama rio Matanzas y a partir del puente La noria, Riachuelo, hasta desembocar en el barrio de La Boca.

El origen de su nombre Matanzas, reconoce cinco versiones una diferente a la otra. Y nuevamente la inversión de las versiones.

La primera, se refiere a la matanza de Querandíes que realizó Pedro de Mendoza quien estaba al mando del ejército español conquistador. La segunda, una versión de la resistencia. Los pueblos originarios fueron los que en defensa de su territorio masacraron a los españoles.

La tercera es Juan de Garay advertido de lo que le había sucedido al ejército de Pedro de Mendoza, tomó cartas en el asunto y produjo una matanza.

La cuarta, parece una escena de El matadero de Echeverría. El lugar en la costa por estar cerca del rio era un lugar propicio para realizar la faena del ganado.

Entre su nacimiento y su desembocadura, en su recorrido, el lector puede apreciar, como un oscuro rio no pierde el nombre, sino que lo cambia. Puede representar la resistencia, o la masacre.

Lo cierto es que, como todo río, tiene sus victorias y sus derrotas.

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