Leyendo en la tormenta por Graciela Batticuore

15 de marzo. Llegó a Buenos Aires el coronavirus. Ya empezó la paranoia, las disposiciones de encierro, el desastre anunciado. Ya viajé en subte, estuve en aulas cerradas con muchas personas. Ya me puse ansiosa, me preocupé viendo tele pero pude dormir anoche. Hoy desperté mirando los árboles detrás de la ventana de mi cuarto. En la vereda de en frente, abajo de una copa verde inmensa está el tejado azul que cubre el chalet de mis vecinos. Cada tanto levanto la vista del libro y veo desde la cama las hojas que se mueven en el aire. Leo a Norah Lange, Cuadernos de infancia. Dice la narradora que cuando muere alguien muy querido nos agarramos fuerte de un objeto, el que sea, el primero que nos sale al cruce lo desmenuzamos con los ojos por un rato para no caernos del mundo, para que la propia vida no se nos haga trizas contra la realidad. Las referencias al dolor, a los miedos, a la muerte son muchas en este libro y son también el modo de ir desplegando una sensibilidad intimista y afinada, que se abre paso a través de la voz de una narradora que recuerda su infancia en imágenes. Intenta así llegar al fondo inquietante de las cosas, de las personas, para entrar en una zona donde la blandura y la vulnerabilidad son propicias. En un capítulo, una niña fantasea con ser triste, espera la lluvia para entregarse al sentimiento en solitario; en otro admira la languidez enfermiza de una amiga, porque ve en ella una rareza que la hace distinta a todas las demás. Esa niña observa y se indaga a sí misma entre las otras, también contempla el mundo con curiosidad, se pregunta de qué está hecha la vida, en qué consiste la muerte, qué es lo femenino. Todo lo prueba o lo imagina o lo dramatiza en juegos compartidos con otras pero sobre todo en las poses y las exploraciones personales.

Pienso que en el siglo XIX y en el XX, las mujeres del pasado también intimaron su escritura en cuadernos y en álbumes, mucho antes de llegar al libro propio. Virginia Woolf, Katherine Mansfield lo hicieron en otras partes del mundo. Sus diarios, que también hablan de muertes, de miedos, de inseguridades fueron expurgados por maridos devotos antes de publicarse. De este lado del océano le ocurrió algo parecido a Juana Manuela Gorriti, cuyo diario íntimo quedó en manos de su único hijo varón cuando murió –la escritora ya se había separado del marido hacía mucho y también había enviudado. Julio Sandoval editó Lo íntimo agregando al texto original unos cuantos fragmentos extraídos de las cartas que su madre había escrito para un amigo. Fue él y no la autora quien copió, pegó y también borró porciones de textos cuando lo consideró apropiado. Los ejemplos o las marcas de intervenciones masculinas en la obra de autoras mujeres son muchas y disímiles a lo largo de la historia. Victoria Ocampo protestó contra eso en Virginia Woolf en su diario, donde puso el dedo en la llaga sobre los procedimientos de censura y autocensura que padecieron la mayoría de las escritoras de diferentes épocas. Después se decidió a encarar personalmente la primera persona en sus escritos, contó secretos de amor, más que dolores, escribió su propia ficción amorosa en uno de los tomos de su Autobiografía pero no eligió la novela como género sino que tomó el camino contrario al de su admirada Virginia, que prefirió siempre la “huida en el personaje”, al decir de Victoria, para evitar el “yo”. No existía por entonces la noción de autoficción pero, de haber existido tampoco habría sido un resguardo. Así que el nombre propio constituyó para las mujeres escritoras siempre un plus de riesgo, una osadía, ya sea que hablemos de la firma al frente del libro o de la protagonista misma, porque la moral estaba en juego.

Quizá por eso Norah Lange prefirió no dar ningún nombre propio a la narradora de Cuadernos de infancia, para eludir la identificación con la autora (sí nombró a los otros personajes femeninos que estaban inspirados en la vida real con nombres cambiados). Pero Lange publicó su libro en vida y se lo dedicó a su novio con un agradecimiento especial: “A Oliverio Girondo –cuyo elogio siempre resultaría mezquino- por su severa, generosa y paciente culpabilidad en este libro”. El nombre del poeta, con el que se casó uno años después, precede y respalda la obra como primer lector, íntimo y severo, que influye e interviene sobre ella. Tal vez la idea del “cuaderno”, con su denominación sencilla que remite a la interioridad doméstica y al manuscrito, a la vez que recuerda la tradición decimonónica del álbum femenino y del diario, haya sido no sólo una elección poética sino un modo de campear las opiniones de otros lectores severos no tan íntimos, los críticos. Si bien para entonces Lange ya había publicado poesía, novela y había frecuentado la sociabilidad de los círculos literarios más prestigiosos de la época, la entrada directa al “yo” seguía pidiendo recaudos y creatividad a la mujer autora. Lange la encontró en una trama narrativa y poética que se va abriendo paso como un friso hecho de fragmentos de infancia, de estampas, de recuerdos que muestran a la protagonista como si estuviese delante de un espejo roto o astillado. El retrato que devuelve a los lectores y las lectoras ese espejo es la imagen de una niña de otra época, recuperada por la escritora moderna que ya conoció y probó la vanguardia.

La casualidad, mi inclinación por los relatos de intimidad y el curso sobre mujeres y escritura que me espera en la UBA si volvemos a las aulas este cuatrimestre quiso que yo leyera por primera vez a Norah Lange justo en estos días de encierro, de puertas adentro (la intuición siempre acierta). Mientras la leo pienso que me gusta su tono personal e intimista, ligeramente inquietante, hecho también de observaciones minúsculas y de voces bajitas, no grandilocuentes, de anhelos persistentes de ser otra y distinta a sus hermanas. En casa de las Lange, como en la de Silvina y Victoria Ocampo, las hijas mujeres formaron una candorosa cofradía que instaló el “yo” en medio de un “nosotras”. Irene, Marta, Georgina, Susana, Esther y la innominada narradora son otras mujercitas, porteñas y de clase alta, que también padecieron el dolor de una hermana muerta antes de que el relato que leemos finalice. Pero todo el libro habla de un “nosotras” en la confraternidad. En el medio están la madre, el padre, las sirvientas, las niñeras, las institutrices, las cosas. Me gusta el libro porque es sigiloso, está sutilmente repleto, también, de confesiones íntimas y a la vez discretas. En 1937, a poco de publicarse en Buenos Aires ganó dos premios. Después la autora se casó con Oliverio, no tuvieron hijos pero viajaron a Europa varias veces. Antes de eso se había hecho amiga de Borges y de la cofradía de ultraístas de vanguardia en la revista Martin Fierro, antes participó en la iniciativa de la revista mural Prismas. Viendo dos o tres fotos suyas en internet es fácil pensar que habrá deslumbrado a más de un poeta en las tertulias de la calle Tronador, esquina Pampa, increíblemente cerca de la casa donde ahora la leo.

Pienso que Lange abrió sin estridencias una tradición que corre por el mapa de la literatura argentina como un río chiquito, casi una cascada entre altas montañas o más ríos caudalosos. Quizá su éxito literario fue como un fulgor. Ardió un momento y dejó su estela pero al lado de otras grandes luminarias del canon un poco se esfuma, aunque la crítica la haya rescatado aquí y allá (la editorial Beatriz Viterbo compiló sus Obras completas hace algunos años). El pudor tiene esa belleza y ese riesgo. La narradora pronuncia varias veces en el libro esa palabra. Hay también un cierto pudor en el estilo que adopta Lange a lo largo de la obra, una discreción o un sigilo que contrasta con la grandilocuencia paródica y solemne de los discursos en los brindis que se publicaron después. Una inteligencia sutil para convertir en arte esa emoción tan imbuida de moral de época. Otras épocas, como hubo muchas más, que enseñaron a las mujeres la cultura del pudor o el disimulo. También conozco su encanto y su fatalidad, como tantas de mi generación. Pienso que Sylvia Molloy es una exponente actual de esa tradición que abrió Lange (y resuena en Silvina Ocampo) pero su arraigo no está en el pudor sino en la celebración de lo minúsculo, lo fragmentario y el arte de lo mínimo o la estampa poética, rasgos que destellan en los cuadernos de Lange. Está también en ese modo de tocar las palabras y mirar las cosas y la vida sigilosamente, como si todo eso, vida y palabras, fuera de una delicadeza extrema. Y el corazón un órgano frágil como una campana de cristal. Nada que ver con la apuesta de María Moreno, que abrió a tajos de provocación un camino para las escritoras modernas, incluidas las travestis y las trans. Creo que en su perspectiva no vale nada el pudor sino la performance y el descaro. No es el suyo un arte de lo mínimo sino de la incomodidad. De ahí lo abigarrado de su prosa, muchas veces. Se trata de abofetear. Mientras tanto, Tamara Kamenzain acaba de publicar en Ampersand Libros chiquitos. Celebro mucho el título, además del libro, y esa sensibilidad que se alinea con una sosegada tradición, quizá un poco en desuso en estos tiempos de pisadas fuertes. Pero también, en estos inusitados días de puertas adentro, donde la entrada en lo hondo y el viaje en el tiempo son propicios, la voz sigilosa de una poeta del pasado que mira la infancia resuena en la tormenta.

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