La cisura de Gabriel por Analía Farjat

En medio del desencanto que le provocaba el mundo de las ideas, Báñez decidió escribir siguiéndole el rastro a la falla, al error, a la cisura. No en el sentido anatómico que da título a su última novela publicada en vida- La cisura de Rolando (El Ateneo, 2008)- sino más bien como cisura tajo, esa que desgarra una superficie de acabado perfecto. Fue ahí, en esos bordes malogrados, donde chisporroteó, a lo largo de una docena de novelas y relatos, esa voz tan propia, siempre lista para la provocación, cargada de irreverencia, de personajes e historias  laterales a la norma y, sobre todo atravesada por el humor, muchas veces impiadoso, disparatado, grotesco. Porque para este reo de la intelectualidad, la política y el sicoanálisis, entre otros credos, el humor, como él  mismo repetía, era el último recurso contra la desesperación.

Aunque también estaba, claro, una laboriosidad de orfebre con  la palabra, que partía, como casi todo en él, de un lugar muy primal: “Madre es lenguaje y padre es escritura: llegué al mundo y estaba madre esperándome, con forma de palabras, con estilo de lenguaje.Luego padre nos abandonó y me puse a escribirlo”, anotaba en una de las primeras entradas a su blog Corte y confección

Ese calado tenaz de la palabra, ese lenguaje vibrante que late en los zurcidos alcanza uno de sus puntos más altos en Virgen (Sudamericana, 1998), finalista del Premio Planeta, una novela donde todo el adn de Báñez reverbera a través de una prosa impregnada de precisión poética. Que respira no sólo en esta historia de orfandades y desencuentros que, inevitablemente, desembocan en un amor amargo y corrosivo sino a través de una novela profundamente fragante.

En el caso de Sara Divas, si bien el camino que ella desanda tiene más que ver con el idioma, también hay un padre que aunque está, no puede. Primero, ocuparse de lo que sabe, que es hacer sombreros. Porque la Ensenada de finales de los 30 que  recibe a este belga -que, como tantos otros, llega huyendo del antisemitismo y de la guerra-  es “una tierra en la que los hombres apenas se cubrían las ideas con el sudor y los sueros del frigorífico inglés que se sostenía junto a las chacras del puerto”. Y después, con lo que definitivamente no puede, es con el castellano. Un poco librada a su suerte y empecinada en arrancarse de cuajo la lengua madre, Sara se deja llevar por la curiosidad y entra a una iglesia, donde  aprende a hablar el idioma nativo en el reverso de las estampitas que le entrega el padre Bernardo Benzano. Un cura que no cree en casi nada, salvo en el mal y las fragancias. Antiguo demonólogo, con los años se ha vuelto un apasionado por la botánica y está obsesionado con reproducir los olores de santidad que preceden a la aparición de la Virgen. Poco a poco, la casi adolescente Sara encuentra refugio en las  tareas auxiliares de la parroquia y, en especial, en esos experimentos de invernadero que comparte con el cura. Sin embargo, los olores santos invariablemente se desvanecen, igual que ese padre que un día, simplemente, no está más.

Quedan Benzano y sus sermones que una y otra vez descarrían en la miseria de la explotación y los abusos de la década infame y se encienden en discursos de barricada. Queda la Madre de Dios, que de cuando en cuando, decide visitar a Sarita y queda, claro, Ensenada. Porque Virgen es, además, un potente retrato de Berisso y Ensenada de esa época, con sus arrabales de zinc, sus conventillos de paredes ondulantes, de donde brotaba el cocoliche de ese crisol de razas amontonado en las cercanías del puerto y que, a pesar del papel central que más tarde jugarían en la gestación del 17 de octubre,  se convirtieron en las parientes poco agraciadas de la afrancesada ciudad que un día había estacionado como un ovni cuadrado y perfecto, a prudente distancia y  con prepotencia de capital. Porque, encima, Ensenada hedía. A sulfuros de la destilería, al regusto a gasoil que levantaban  los camalotes del puerto hacia el canal, al sedimento de hígado que  llevaba el viento cuando limpiaban las cámaras frigoríficas.

Como se dijo, esta es una novela donde buena parte de la sensualidad emerge de la afinada habilidad de Benzano para decodificar los olores, mundanos y divinos. Pero hay ahí algo más: para creer hay que oler, repetía el cura, y en esta máxima se cuela tal vez un dejo de duelo por el lenguaje por parte del escritor, cierta desconfianza última en la propia materia prima, tal como anota con respecto al aroma de los obreros que   “llegaba encerrado en los tranvías de la Inglesa y con sólo asomarse podía decir quién había viajado y quién no. Porque los olores seguían sentados, hacían todo el trayecto y volvían a sacar boleto para esperar a sus dueños. Eran más fieles que las palabras”.

Por algunos de esos parajes al costado de los catastros del mundo, las leyes o los edictos, Báñez pone a deambular con su acostumbrada desfachetez histórica a  figuras como Josiph Broz “Tito”, Evita y Cipriano Reyes pero también despliega su infalible colección de personajes más o menos descosidos. Como el floricultor japonés que  durante años tomó el té con el  cadáver embalsamado de su mujer o el anarquista al mando de la tranviaria Inglesa que traqueteaba toda la noche el coche fúnebre de la compañía para entregarse a sus retozos amatorios o el farmacéutico empecinado en buscar la fuente terapéutica del rejuvenecimiento,  mientras veneraba al Führer y  encabezaba, vestido de mujer, la comparsa más importante del pueblo.

A Báñez le gustaba repetir que era importante “corregir la experiencia” y sin duda a por eso iba con esas historias, modos y personajes de borde. Pero también, detrás ese arduo trabajo de pico y pala,  alumbrado a fuerza de cinismo, impiedad e ironía, suele colarse un anhelo, a veces infructuoso, por hacerse con vetas de una cierta ternura que, más tarde le permitían mirar – y escribir- el mundo así:

“Ensenada estaba colmada de malvivientes, asesinos y cafiolos, pero el cura les había adivinado un único doblés al final de sus prontuarios y había aprendido a entenderlos tanto como a olerlos: resultaban peligrosos porque no sabían dónde guardar la tristeza. Por eso, cada vez que había un hecho de sangre él no veía criminales sino desesperados, repartidores de tristeza que andaban por el brillo filoso de las madrugadas entregando lo que les sobraba”.

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