Mademoiselle por Marina Closs

Dentro de casa, para crearle la costumbre, le dijeron que tenía que llamarla Mademoiselle. Ella iba a aprender a hablar francés en algún momento. Interrumpió la mamá: muy pronto.

Dentro de casa, le dijeron:

–Llámela Mademoiselle, Amalia, no la llame Mariana.

Entonces, Amalia hasta se olvidó de cómo se llamaba. Le decía Mademoiselle y salía a recorrer las calles con orgullo, con Mademoiselle del brazo. La niña era menudita, pero jactanciosa. Particular y fina. Adorada, pero también inútil. No sabía ponerse el azucar en la taza sin tirar siempre un poco en el plato. O tomaba la leche y se manchaba la cara. Era una niña bella, pero torpe.

Era una niña peor que las demás, pensaba Amalia. No sabía abrir un tarro sin sacudir todo lo que tuviese adentro y tirar un poco al suelo. No juntaba lo que se le caía, por desidia y, algunas veces: por asco. Podía vivir entre la basura, porque le daba demasiado asco asirla para tirarla. Amalia se daba cuenta pero, de todas maneras, ella era su niña y la amaba. Cuando se enojaba, Amalia le decía: Mademoiselle Mugrienta.

Los primeros años, no hizo mucho problema. Salvo que Mademoiselle tardó un poco en aprender a atarse los cordones. Amalia se agachaba y le mostraba. Mademoiselle se confundía y se los ataba mal. Luego corría peligro de tropezarse. Amalia se agachaba otra vez y hacía el trabajo.

También tenía que bañarla. La niña encontraba siempre que el agua estaba demasiado fría o demasiado caliente. Entraba, enojada con todo, se sentaba arrugando el ceño, cuando estaba en el agua, sufría y tiritaba como un gato.

A Amalia le costaba sobre todo lavarle la cabeza. Mademoiselle se quejaba de la espuma en los ojos, pero Amalia se ponía bruta y la empujaba para que se enjuagara y se callara. Luego Mademoiselle se ponía bruta y empujaba a Amalia. Las dos empezaban a forcejear fastidiadas y después de un rato se reían. Con el lío que hacían, mojaban todo el baño.

Fue así hasta que Mademoiselle se hizo mujer. Más asquerosa, dijo Amalia. Más fría y más seria. Ya no tenía sentido que la bañase. Ella podía sola. Amalia la miraba debajo del agua y la veía sucia igual, le mostraba las partes del cuerpo que ella no estaba lavando.

–Madmoiselle. Usted es sucia, huele mal. Yo sé, porque junto la ropa que usted se saca.

La ropa sucia que iba al canasto era el país de Amalia. La ponía toda en el interior de una sábana, la juntaba desde sus extremos y andaba por la casa con la bolsa gigantesca pendiendo a un costado del cuello. Era como un ladrón. Bajaba la escalera, bufando. A veces se le caía una media y la juntaba con un inextinguible odio.

–Mademoiselle, usted no huele a perfume. Huele a vida. –le había dicho– Qué asco, señorita. Junto todo lo que toca, tratando de no olerlo.

Mademoiselle no tenía vergüenza. Había hablado con sus padres y ellos le habían dicho qué tenía que hacer al respecto:

–Decile: Amalia, es tu trabajo.

Pero después, Mademoiselle iba a la ropa, a olerla, y notaba que de verdad había en ella algo malo.

–Usted es la mugre en persona. Ensucia todo y, lo que no ensucia, rompe. –Amalia la perseguía por la casa.

También Mademoiselle tenía la mala costumbre de comer por ahí e ir dejando los platos y los vasos sucios como una estela. Existía una especie de rastro de migas, por todos los lugares por los que Mademoiselle iba pasando.

–¿Qué va a ser de usted?

–¿Qué va a ser? –decía Mademoiselle.

–¿Quién va a quererla, a casarse? Ningún hombre aguanta tanta mugre. Además, usted no sabe hacer nada. Parece delicada, pero en realidad es burra como usted sola.

Mademoiselle espantaba la mano de Amalia de las migas que había hecho y hacía como que las estaba juntando. Pero juntaba mal y Amalia tenía que venir otra vez para ocuparse.

Un día, Amalia vio que Mademoiselle estaba tratando de limpiar un enchastre, sin que ella le dijera nada. Lo primero que pensó fue, claro, algo raro está pasando. Tuvo una intuición incluso: Mademoiselle se enamoró. La miró mejor y le pareció que, adentro de su vestido, el corazón de Mademoiselle ya había explotado. Y entonces Amalia se imaginó lavando un vestido manchado con la sangre de Mademoiselle enamorada.

¡Qué hermosa era! reconoció por fin Amalia. Porque Mademoiselle tenía el cabello largo y sin ordenar, sobre los ojos. También, porque estaba algo gorda y en todo el cuerpo se le formaban suaves y bonitos bultos dorados.

–¡Gorda! –le fue a susurrar Amalia. Aunque la encontraba hermosa así, agachada en el suelo, enamorada y rechoncha.

Le dijo que no se preocupase, que lo que quedase de mugre, ella ahora iba a terminar de barrer. Mademoiselle dejó de juntar el enchastre. No dijo “Gracias, Amalia”,  pero se levantó rápida y obedientemente.

Desde entonces, el amor de Mademoiselle podía sentirse en el aire. Un día, dejó en el baño una bombacha sin lavar, y cuando Amalia la encontró, tuvo que taparse la boca de asco.

Estaba llena de hormigas. Una junto a la otra, pegadas y comiendo de la suciedad. Amalia nunca había visto algo así. Fue a llamar a Mademoiselle para mostrarle lo que había encontrado.

–¡Aj! –las dos fueron por la casa, gritando de miedo. Pusieron la bombacha en un recipiente con agua y allí vieron cómo las hormigas se despegaban unas de otras y salían a flote. Las que se llenaban de agua, bajaban pesadas, hasta el fondo.

–¿Por qué estaban ahí?

–Yo qué sé. –dijo Amalia, escurriéndose las manos con un trapo.

–¿Va a querer volver a usar la bombacha o la tiro?

–Tírela, Amalia.

Mademoiselle, ahora sí, sentía una especie de culpa y miraba a la sirvienta de soslayo.

A los pocos días, Amalia la vio muy triste, sentada, comiéndose una uña, en un rincón de la escalera.

Supo de inmediato qué pasaba: Mademoiselle había conocido el amor.

–¿Usted hizo el amor, señorita? –le preguntó sensiblemente Amalia.

Al principio, Mademoiselle no dijo nada. Parecía: el amor no era su asunto. Pero:

–¿Cómo sabe, Amalia? –preguntó, en un tono de voz ronco.

–Porque sus bombachas, mi niña, tienen olor a hombre.

Amalia no se rio. Mademoiselle estaba asustada. Se recostó contra las piernas de la empleada y no lloró, porque estaba seca como un montón de arena del desierto.

–No es nada. –trató de congeniar Amalia, que quería que Mademoiselle contara.–¿Hizo o no? Porque si hizo, usted va a volver a hacer. Y tenemos que avisar a sus padres.

–No, Amalia. No voy a volver a hacer, le juro.

–¿Cómo no? El hombre va a querer. Si la hizo suya, mal que le pese, usted va a seguir siéndole obediente.

Mademoiselle logró que Amalia jurase que guardaría silencio. Por un tiempo, no volvió a hacer el amor, pero era en vano, porque Amalia no se lo creía y la amenazaba. Quería esconderse y se sentía, más que nunca, olores.

–¿Qué es lo que usted más ama en el mundo?

–A mi amor, Amalia.

–Entonces… ¿qué es lo que no le gusta?

–Todo.

–Usted llora por cualquier cosa. Espere que le suceda algo.

Mademoiselle se quedaba asustada, en un rincón, mordiéndose una uña y pensando. Entonces Amalia se apiadaba de ella y venía a buscarla otra vez, para complacerla.

–A ver, dígame. ¿Qué es lo que no le gusta de él, señorita?

–La frialdad, Amalia.

–¿Y qué es eso?

–Yo no siento que él quiera llegar hasta mí, sino rebotar contra mí. Rebotar y rebotar.

–Ah, ¿con que usted volvió a hacer el amor?

–¡Solo una vez, Amalia! ¡Le juro, una sola!

–Deje… Ya sé. No hay nada que hacer. Acostúmbrese.

Mademoiselle vivía triste. Quería fingir que dejó de comer. Pero Amalia encontraba cosas, signos claros de que no era cierto. Los padres no se preocupaban, porque Mademoiselle simplemente comía a escondidas, con el mismo apetito y el mismo placer de siempre. Había: huesitos de pollo entre los vestidos. Se había olvidado una rebanada de pan, apilada entre los camisones. Luego, estaban los envoltorios que Amalia sacaba todas las semanas de debajo del colchón.

–Come caramelos a la noche.

La empleada se acercaba al señor y avisaba:

–Hay un chocolate para la visita que usted compró, señor, y que ella se lo terminó de comer sola en su cuarto.

Con qué alegría masticaba Mademoiselle, acostada y sola, es verdad que solamente a escondidas. Comía y comía. Tragaba y mordía. Seguía y paraba, buscaba y perdía, lamía y cortaba, después se quedaba exhausta, en la cama. Estaba tan saturada que no podía moverse.

Si se movía, vomitaba. Si vomitaba, iba al baño. Pero no le gustaba vomitar porque luego, tenía que limpiar. Además, después, olerse las manos le daba ansiedad. Amalia venía a ayudarle, pero tenía que prometer que iba a guardar silencio.

–¿Por qué vomitó, Mademoiselle? ¿Ve que no tiene que comer tanto?

Después de un tiempo, Mademoiselle se puso flaca. Pero la habitación seguía llena de envoltorios y Amalia avisó a los padres:

–Ella come, pero vomita.

La mamá y el papá se quedaron perplejos, sin poder moverse.

–¿Ella tiene novio? –preguntaron.

Amalia cumplió con su juramento:

–No, señor.

Para Amalia, lo del vómito no tenía que ver con el amor, sino con la mugre. A Mademoiselle la rodeaban los malos olores. Vomitaba para olerse. Era la más sucia de este mundo. Amalia se acordaba de haberla bañado de chica. Aunque había nacido en una muy buena familia, Mademoiselle era algo anormal. Se escondía. Mantenía, en secreto, un amor sucio hacia algo.

A Amalia le gustaba ir a otras personas con el cuento de Mademoiselle y lo sucia que andaba. Le preguntaban si era mala persona y ella decía que no. Era buena, pero sucia.

–Buena, como una nena. No sabe hacer nada, es obediente. A veces hace algo mal y llora, se sabe enseguida en toda la casa. Cuando vomita, ahora van y la retan los papás. Están controlándola.

Así como las mujeres quieren a veces mostrar su cuerpo a través de la tela, Mademoiselle quería mostrar, a través de la piel, su esqueleto. Eso era lo que pensaba Amalia. Pero notaba que Mademoiselle comenzaba a consumir su propia carne. Ya no era rechoncha ni caprichosa. Era buena y sucia. O sucia y punto. O buena, sin más.

Pero sucia, en verdad, siempre. Ensuciaba la casa, a cada rato, ahora: vomitando.

–Mademoiselle, usted no sirve para nada. No sabe hacer nada, su familia no la educó para que supiera. En vez de enseñarle a hacer algo, la dejaron ser como es. ¿Y ahora qué? Es la más inútil de todas. Ahora usted vomita e intenta limpiar y yo tengo que sentarme para no partirme en dos, riendo. No sabe ni cómo agarrar un trapo. Tira algo al piso y no sabe limpiar. Se mancha y no sabe cómo sacarse. Rompe algo y no sabe ni cómo tirarlo. Usted es lo más burro que hay. Tiene que llamarme a mí para que yo venga a limpiarle. Tiene que vomitar, para poder llamarme. Hasta para bañarse, me grita que venga a ayudarle. Me necesita a mí. ¡Y ya va a ser una mujer! ¡va a tener un novio!

–Yo no tengo novio, Amalia.

–Hasta va a casarse.

–No voy a casarme, Amalia.

–¿Qué le pasa?

Mademoiselle estaba en el baño y limpiaba su vómito con su mismísima ropa. Luego iba con el montón hacia el canasto de la ropa sucia y la arrojaba allí, con rabia.

–¡No tire ahí! ¡Va a llenar todo de vómito! –se quejaba Amalia.

–Fuchi, fuchi. ¡Déjeme!

–¿Qué le pasa, ah? ¿Ahora qué le pasa? –Amalia trató de frenarla, pero no sabía cómo. La ropa sucia volaba por el aire con su vómito.

–Quiero quedarme sola. Voy a quedarme sola.

–¿Usted? ¿Usted?

–Va a dejarme sola, Amalia. ¿O usted me va a quedar? –Mademoiselle miró hacia el canasto, llorando.

–Yo no, Mademoiselle. Yo pronto… me jubilo.

Mademoiselle quiso juntar la ropa.

–¡Fuera entonces! –y usó un pedazo de remera limpio, para pegarle.

–Basta, ¡basta! –Amalia sujetó por la muñeca a Mademoiselle y casi le mordió la oreja cuando le gritó– Quedá tranquila ya,  Mariana. Dejá ahí. Yo te hago.

Mademoiselle se sentó en el inodoro y Amalia se agachó para limpiar el vómito:

–Yo no te entregué una parte de mi corazón. –le dijo– Yo te entregué todo mi corazón, hasta que se acabe.

Viéndose llorar una a la otra, en sus miserias, las dos mezcladas, se consolaron.

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