Sobre vándalos y estallidos por Alejandro Kaufman

Munidos como estamos de tantas herramientas analíticas, tan fútiles ellas para incidir, prevenir o dirimir el drama sociohistórico, al menos no nos abstengamos de servirnos de ellas para cultivar el saber sobre esperanza y destino de los vencidos. Vencidos que siempre se levantan de nuevo en algún momento, en aquellos que llamamos acontecimientos, y que dejan una marca en el tiempo para que no pueda ser olvidada, sin que deje de ser olvidada, para que cada generación retome la pregunta sobre el mundo al que adviene.

En la actualidad latinoamericana algunas palabras brotan por todas partes al ritmo del empeño insurreccional que vuelve una vez más a levantar la voz, los brazos, una vez más emprende la marcha en la incesante lucha por la dignidad. Con ese propósito las palabras nos demandan pensar en ellas, atravesarlas con método crítico, apropiarnos de su politicidad. Algunas de ellas sobresalen en estos días en que tanto se nos persuade de su sentido unívoco.

El sustantivo vandalismo surge en la Revolución Francesa como parte de un llamado de revolucionarios a preservar el patrimonio cultural del Antiguo Régimen frente al erróneo comportamiento de quienes optaban por acciones destructivas atribuidas entonces al desconocimiento. En su inicio el término tenía un uso político y, podría decirse, pedagógico, o sea, ilustrado. A partir de ese uso matizado se extendió la significación unívoca, de sinrazón, que hoy asignamos al vocablo. En la vigesimotercera edición del DRAE hallamos como segunda acepción: “Espíritu de destrucción que no respeta cosa alguna, sagrada ni profana”. Es notable que hasta eruditos historiadores o críticos que examinan el linaje cultural de esta designación pasen por alto un significado que recurrentemente ha figurado en los diccionarios, pero con frecuencia también fue omitido, tal como sucede en las últimas ediciones, y es: “Sistema destructor de las artes y ciencias” (1825). Esta otra definición reconoce un carácter polémico a las acciones destructoras, en coherencia con el origen de la palabra en su uso revolucionario. No es cuestión aquí de abundar sobre lo que remite a extensos tratados, sino de advertir el contraste entre la historia del concepto y el modo en que en la actualidad se está usando en varios países latinoamericanos en los que tienen lugar masivamente tales acciones en el contexto de los llamados estallidos sociales. Estallido, acción y efecto de estallar, palabra que denota según de nuevo el DRAE en su tercera acepción: “Sobrevenir, ocurrir violentamente. Estallar un incendio, una revolución.” En tanto que las definiciones predominantes de vandalismo y el uso que se hace del vocablo remiten a un sentido de inconmensurabilidad con la vida en común, a un mero crimen indiscutible y evidente sin alternativas ni matices, solo inexplicable, el estallido nos habla de la liberación de una energía contenida en condiciones que la hicieron posible: no es una mera sinrazón. Los términos usados para definir dichos actos destructivos suelen ser descalificaciones, aunque en sus últimas ediciones el DRAE debe haber observado lo problemático y reaccionario de estigmatizar a quienes realizan tales actos de manera esencialista y modernizó definiciones anteriores como la de 1992 referida a (vándalo) “El que comete acciones propias de gente salvaje y desalmada”. Véase que aun cuando se presume la completa irracionalidad y amoralidad de tales acciones nocivas, en todas las definiciones usuales el vandalismo remite a destrucción de cosas, pero no afecta directamente a personas. Parece que arrancar ojos no forma parte del vandalismo sino de la represión hacia quienes se limitan selectivamente en principio a destruir cosas, también llamados alienígenas, es decir, seres ajenos a toda comprensión que, en consecuencia, solo podrían eventualmente ser aniquilados. No fue este el sentido que tuvo la palabra en la Revolución Francesa –aunque entonces no estaba exenta de establecer una asimetría-, y luego se difundió el estigma como parte de la contrarrevolución y las voces de orden que siguieron a aquellos estallidos y a otros posteriores, o, como se puede comprobar, también en la actualidad en los debates políticos y mediáticos de nuestra región.En resumen, ninguna acción bélica o violenta de la índole que sea puede estar exenta del tráfago del lenguaje, ya sea antes, durante su desenvolvimiento o después de acontecida. La lucha por el sentido es inherente a las confrontaciones violentas, cualesquiera que sean, y las significaciones expuestas no se limitan a describir, sino que dan forma a los acontecimientos mismos. El recurso ubicuo de designar como vandalismo a las consecuencias de un estallido social que responde a causas atribuibles a las nuevas formas de opresión e injusticia que hallaron grandes astucias lingüísticas, tecnológicas y biopolíticas para encubrir sus propósitos es un signo ominoso de estos tiempos que convendría examinar con detenimiento siempre que sea posible. Lleva consigo una brutal regresión respecto de las lenguas de los derechos humanos y la lucha contra las estigmatizaciones que suponíamos grandes logros históricos, que se tratan ahora de reprimir.

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