Sobre Emma Barrandéguy por Sergio Delgado

Recuerdo como si fuera hoy la emoción que me produjo la primera lectura de esta cronosíntesis de Emma Barrandéguy. Está grabada, esa emoción, en mi memoria, intensa aunque misteriosamente adormecida, como suele suceder con los recuerdos importantes de nuestra vida, y ahora que vuelvo a leer esta breve crónica, en la idea de escribir sobre ella, en cierto modo se despierta, y ya está acá de nuevo, en algún lugar entre los ojos, las manos y el corazón. Es la misma y distinta emoción. La misma y distinta, sí, porque alguno de los protagonistas de la imagen que atesora el recuerdo hemos cambiados y también porque Emma Barrandéguy ha cambiado desde entonces. Aquella primera vez, que estoy tratando de evocar, estábamos con Claudia Rosa y Guillermo Mondejar en ese estrecho pero acogedor altillo, en los altos de esa casona de la calle Córdoba al cuatrocientos, en Paraná, donde entonces trabajaba apretujado y feliz el equipo de EDUNER, cuando llegó Evangelina Franzot cargada de papeles. Recuerdo hasta su manera de irrumpir sonriendo y disculpándose por el retraso y de poner sobre la mesa la gruesa carpeta con los artículos periodísticos de Emma Barrandéguy que desde hacía un tiempo venía desempolvando, laboriosa y amorosamente, bajo la inspiración de Claudia, en archivos de Gualeguay. De la carpeta tomé por casualidad este texto y cuando comencé a leerlo, desde la primera frase, la emoción quebró mi voz… Puedo ver todavía la sonrisa de Claudia que sin abrir la boca me miraba, como diciéndome: “¿Viste? Qué tal la Emma”. No la conocí personalmente a Emma Barrandéguy pero siempre fue “Emma” entre nosotros, aunque más no sea porque Claudia, que la visitaba o llamaba por teléfono regularmente, llevaba y traía sin cesar sus palabras entre nosotros: “Dice Emma que en tu última novela te hiciste un poco el vivo”.

Estoy tratando de recordar y describir el sentimiento que me invadió, como se dice, aunque es un acto que, a la hora de analizarlo, tiene por lo menos dos caras: la emoción que procura el hecho de descubrir algo “nuevo”, en este caso una voz de Emma totalmente desconocida, deliberadamente ingenua, al mismo tiempo anticuada y joven, como de quien “está de vuelta” de todo, porque efectivamente es una escritura del regreso; y por otra parte la emoción del editor que comienza, con Evangelina, Claudia y Guillermo, a soñar un libro. Esto debe haber sido por abril o mayo de 2013. ¿O 2014?

Cronosíntesis es un término inventado por Emma para nombrar sus crónicas breves, las que durante casi treinta años publicó regularmente en la página literaria del diario de Gualeguay, El Debate Pregón. A lo largo de su vida publicó muchos libros: novelas, poemarios, ensayos y crónicas, pero es sin duda en la práctica de la crónica periodística donde logró su tono más singular. Y podría pensarse también que todos sus libros, incluidas sus novelas, son en cierto modo una galería de breves crónicas, en una escritura que se desarrolla por fragmentos, de viñeta en viñeta, de cuadro en cuadro, de retrato en retrato. Crónica de lo que se vive y de lo vivido, en la voz de una “cronista” que se pone en el centro del escenario, o detrás de las máscaras ocasionales, por general bastante transparentes, de sus personajes. Al final de su vida, Emma le dijo a Alcira Carboni: “Yo creo que soy sólo una periodista”

Para leer estas crónicas breves hay que comprender lo que significan como registro de un regreso, siempre incompleto, siempre difícil, al lugar natal. Nacida en 1914 en Gualeguay, a los 18 años Emma revela una vocación social y artística singular. Entre 1932 y 1937, participa activamente del grupo de izquierda “Claridad”, junto con Juan L. Ortiz y Ernesto Hartkopf. En septiembre de 1933 publica su “Visión del campo argentino” en Contra, la “Revista de los franco-tiradores” que dirigía Raúl González Tuñón. Allí brinda el testimonio de su propia victoria:

[…] me colgaron calificativos insultantes
mis compoblanos,
cuando ya no creí en la diana cuartelera
ni en las campanas parroquiales:
¡Gracias!, los he llevado con holgura,
tengo erguida mi convicción
y canto.

En esos años publica páginas de barricadas en la columna “El rincón de Claridad” en el diario Justicia. Escribe Carlos Mastronardi a César Tiempo, con ironía encantada, en una carta sin fecha pero que debe haber sido escrita hacia 1935: “Esta hoja de Justicia, tan tímida como su directora, combate de por junto la moral burguesa, la himenolatría y el latifundio”. Juan L. Ortiz la recuerda en el v. 500 del poema “Gualeguay”: “y Emma, Emma, con sus grandes ojos buenos”. Pero esa mirada bondadosa –aunque inflexible cuando correspondía–, que no perdió nunca, no impidió entonces el rechazo brutal de los sectores conservadores de Gualeguay. En 1937 decide abandonar la provincia para instalarse en Buenos Aires. Algunos episodios de esta historia fueron recreados por Agustín Alzari en La internacional entrerriana.

Al poco tiempo de llegar a Buenos Aires, Emma comenzó a trabajar en Crítica. Pero enseguida pasará a desempeñarse como secretaria personal de Salvadora Medina Onrubia, mujer de Natalio Botana, el director del diario. Será la secretaria de “Salvadora” durante más de 20 años, viviendo entre la casa de Buenos aires y la ya mítica quinta de Don Torcuato. En Salvadora, una mujer de crónica, colección de cronosíntesis dedicada a su patrona, a quien la unió siempre al mismo tiempo el amor y el espanto, retrata esos días:

Durante un tiempo fui bibliotecaria de la quinta hasta que los libros pudieron conmigo. Botana compraba, en remates, bibliotecas enteras que llevaban en camiones a la quinta. Una vez llegó un camión volcador lleno, que depositó los libros como si fueran ladrillos en el patio de atrás. De allí los fuimos subiendo no sé cómo. La biblioteca me fascinaba: había libros de historia americana en abundancia, libros importantes, incunables, primeras ediciones. Si no me equivoco, alrededor de cuatro mil volúmenes. Botana se especializaba en historia americana: leía continuamente. También filosofía. Salvadora no se especializaba en nada, sólo en novelas policiales, orientalismo o teosofía que había leído mucho. Erraba yo por la enorme biblioteca tratando de clasificar los volúmenes sin la menor idea de lo que podía hacerse, aparte de continuar con las fichas y el orden alfabético. En la mesa central se me amontonaban los libros y no sabía por dónde empezar. Pasaba en ese entonces todo el tiempo en la quinta, más vagando que trabajando, más leyendo que intentando hacer algo. Pocos éramos los habitantes en el invierno, dos niñas huérfanas sobrinas de Botana, su niñera y yo. Billar y discos en el jardín de invierno contiguo a la biblioteca, nos ayudaban a pasar el día, sin conseguir una carambola por mucho empeño que pusiéramos la niñera y yo. Las niñas no llegaban a la altura de la mesa de billar, pero jorobaban lo suficiente como para hacerse notar.

Emma vivirá en Buenos Aires hasta 1976, año en que comienza a volver a Gualeguay, para ocuparse de su hermana enferma, y se instala definitivamente hacia 1982. Ya no volverá a abandonar su ciudad.

Fue a partir de 1976 que comenzó a escribir semanalmente para El Debate Pregón y a partir de 1988 se hizo cargo de la página literaria. Sus crónicas hablan de todos los temas: de literatura, de escritores, de acontecimientos o personaje locales, pero también de lo que se ve en el cine, en la televisión o al hojear una revista. Y evoca también, según como le vienen a la memoria, hechos y personas del pasado. Evangelina Franzot habla de una “mirada vecinal”, una mirada que se construye a partir de una sabia perspectiva en la que la cronista se erige, curiosamente, “como protagonista de los aconteceres que describe”. Está en el centro de la escena, incluso cuando utiliza el “nosotros”: “Teresita Valiero nos trae dos poesías de su reciente cosecha” (“Conociéndonos”) o, al comenzar la crónica “El último bohemio”: “Me dirán que estoy equivocada de titular así”.

En la crónica que presentamos, el tapial que escala la brocamelia o la rosa de Jericó, según desde dónde se la mire y se la nombre, traza justamente el límite amigable, florido, de una vecindad probablemente más deseada que real. En sus crónicas Emma busca un otro, lo solicita y si es necesario lo imagina e incluso lo idealiza, construyendo una maravillosa comunidad de lectores vecinos. Cuando la cronista ve las flores de ese tapial en la Dirección de la Escuela de Artes Visuales, esas flores que “comienzan siendo grandes y blancas para marchitarse cambiando al rojo, como avergonzadas”, sabe de dónde han sido robadas y se sonríe con la directora, la señora de Brondi: “A las dos nos gustan por igual, las dos reímos por conocer la procedencia”.

Casualmente –y quizás no tanto– en estos días leo Street Life de Joseph Mitchell, traducido al francés y prologado por François Tizon, que me acaba de alcanzar su editor, Vincent Weber (no puedo dejar de señalar que la joven y magnífica editorial Treinte-trois morceaux, prepara, en traducción de Guillaume Contré, una ambiciosa edición francesa de El Gualeguay de Juan L. Ortiz). El libro al que me refiero, que me tiene fascinado en estos días, reúne crónicas póstumas de Mitchell, el famoso cronista de The New Yorker, famoso sobre todo porque prácticamente los treinta últimos años de su vida no publicó nada. Concurría regularmente a su pequeño escritorio en la redacción de la revista, afirmando a sus colegas que trabajaba sobre su región natal, en Carolina del Norte. En un reportaje, su hija Nora habla de estos proyectos y de un “océano de papeles”. Ahora aparecieron algunos fragmentos póstumos, como este titulado Days in the branch, del que me permitiré traducir salvajemente algunos párrafos:

Hay un diario de Lumberton, la ciudad más importante del condado de Robeson, que se llama The Robesonian. Es un viejo periódico –ha cumplido su centenario hace algunos años– que publica informaciones sobre la región. Poco tiempo después de haber llegado a New York, me aboné, por nostalgia, al Robesonian, y todavía sigo abonado. Es indispensable para mí que forme parte de mi vida, tanto como el New York Times. Es un diario pero, debido a ciertas particularidades de la distribución del correo simple a New York, llega a mi departamento cada tres o cuatro días en paquetes de dos o tres o cuatro números, cada número sólidamente enrollados en un envoltorio de papel madera, y cuando abro mi buzón y descubro ese paquete que me espera, estoy tan feliz de verlo como lo estaba cuando al llegar a esta ciudad, salvando las distancias, algo que veía o escuchaba o gustaba u olía, de tanto en tanto, venía a traerme, a veces de manera inexplicable, un recuerdo de mi pueblo y me invadía un arrebato de nostalgia tan repentino y un dolor tan sorprendente que apenas podía respirar […]. La lectura del Robesonian es, desde hace un tiempo, uno de los principales rituales de mi vida. […] Luego de haber leído el diario en su totalidad, vuelvo a la primera página y miro, bien abajo y a la izquierda, una rúbrica de dos parágrafos titulada “Estado del tiempo”. Un hermoso arroyo de dimensiones relativamente importantes, donde corre un agua negra relativamente rápida, llamado el Lumber River, que atraviesa Lumberton –es el principal curso de agua del condado–, merece habitualmente en la rúbrica “Estado del tiempo” del Robesonian una única frase que informa de su profundidad, tomada esa mañana misma en un medidor que se encuentra al costado del Cutlar Moore Bridge, uno de los seis puentes, contando el ferroviario, que cruzan el arroyo en Lumberton; la frase es generalmente la última del segundo párrafo. “El nivel de Lumber River  medía 1,99 metros esta mañana en la estación de Moore Bridge, en ligero aumento respecto a ayer”, puede escribirse, o “el nivel del Lumber River era de 2,46 metros esta mañana, estable” o “El nivel del Lumber River era de 3,29 metros esta mañana y descendía”. Estos atisbos de informaciones me interesaron siempre muchísimo; de hecho, fue casi siempre, para mí, lo más interesante del diario. Aunque el Lumber River sea sinuoso de manera sorprendente y serpentee y vaya y venga y rodee y recorra muchos territorios, en ningún momento se acerca a menos de quince kilómetros de mi casa. Pero descubrí, a pesar de todo, que su profundidad da una idea general de la profundidad de una veintena de pequeños arroyos de los humedales y de las ramificaciones de esos humedales de la parte sur del condado, y a partir del momento en que conozco la profundidad en Moore Bridge puedo estimar la profundidad y visualizar las condiciones generales de muchos arroyitos cercanos de mi casa, particularmente uno de ellos, el brazo de agua del Pittman Mill Branch que se desprende del humedal Old Field Swamp.

Etcétera. Se me disculpará la extensión de la cita pero me pareció interesante poner a dialogar a Joseph Mitchell con Emma Barrandéguy, sin otra pretensión que el paralelismo, figura retórica tan misteriosa como inagotable. Y de ninguna manera quisiera decir que, casas más, casas menos, Buenos Aires y New York, Gualeguay y Lumberton, sean la misma cosa. En mi experiencia, que no quisiera imponer lector, pero lo dejo en todo caso en suspenso, la lectura de estos fragmentos póstumos de Mitchell me hizo pensar en Emma. Ella también dedicó los últimos treinta años de su vida a estas crónicas secretas, que en ningún momento pensó reunir en un libro,

Es cierto que Emma tuvo, al final de su vida, un cierto reconocimiento en Buenos Aires, sobre todo gracias a la generosa mediación de María Moreno y Germán García que le publicaron y prologaron, respectivamente, la novela Habitaciones (2002) y el ensayo Mastronardi-Gombrowicz, una amistad singular (2004). Pero Habitaciones fue escrita a fines de los años 50 y la escritura del ensayo sobre la amistad de Mastronardi y Gombrowicz, que Emma comenzó hacia 1999, le dio más dolores de cabezas que satisfacciones. Quiero creer que la felicidad de su escritura estaba probablemente en estas breves crónicas, estas cronosíntesis, donde sin pretender más valor que el circunstancial, se conjura al mismo tiempo el presente y el pasado, y se sale al encuentro de los vecinos, esperando como retorno, cuanto mucho, una visita, un llamado telefónico, una carta o, por qué no, una flor, aunque más no sea robada.

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