Negación del Río por Jorge Monteleone

El día en que vi el mar por primera vez no estaba descalzo, sino que llevaba los gruesos zapatones negros del colegio secundario, que había terminado hacía apenas un mes.  Venía a pasar unos días en la costa con mi primo Hugo y con el Hueso Schmidt y lo primero que hice, vestido por completo en ese día tórrido, fue ir a conocer el mar. Sentí por primera vez, al escuchar el ruido de las olas, esa leve agitación en la sangre ante la cercanía del océano de la que había leído alguna vez. Luego de subir con esfuerzo el médano mientras la arena se filtraba adentro de los zapatos, vi la línea esmeralda y el resplandor celeste. Sin atinar a descalzarme siquiera,  seguí hasta la orilla, arropado y con mucho calor, rodeado de cientos de bañistas, para tocar el agua. La sensación de alegría que me arrebató en ese instante único no se disipó jamás. Deslumbrado, sólo entonces me quité los zapatos y la espuma del mar lavó mis pies.

Especie de bautismo, la proximidad del mar me liberó del complejo fluvial que asediaba mi vida. A los cuatro o cinco años mi papá me llevó a un río de llanura, manso, donde otros chicos se bañaban. Parece que el agua inmóvil y fresca no me asustaba porque fui entrando confiado de la mano de papá, aunque esa quietud oscura tuviera algo de amenazante para la fantasía. Pero de inmediato una sensación desagradable me paralizó: el limo del fondo, pegajoso y moviente, se adhería a mis pies y esa levísima viscosidad me prometía algo inseguro, incierto y, no sé por qué, invasivo, como si más allá fuera a tragarme. Quise salir, un poco asqueado, porque los juegos del agua y el movimiento tenían allí la condición del lodo. No sirvió de nada que me llevaran poco después a los ríos de Córdoba, donde el médico recomendó la curación de una anemia, porque si no había limo, había piedras filosas que prometían el tajo, o piedras con musgo que aseguraban el resbalón. Nadie me llevó al río otra vez. “Sos un fastidioso”, dijo papá. Habrá pensado que mi problema era el agua, porque tampoco me llevaron a la playa: tuve que ir por mi cuenta, a los diecisiete, con zapatos.

El río, sin embargo, no me abandonaba y, como un trauma, volvería bajo otras formas, como en las historias que leía. En el mundo subterráneo decían que hay un río llamado Aqueronte que atraviesan las almas para llegar al averno. Es un río fangoso, casi estancado, con las orillas cubiertas de cañaverales. Alguno lo describe como una vasta ciénaga hirviente que en turbios remolinos levanta oleadas de arena y limo. Lo atraviesa Caronte con su barca, el de ojos en llamas, para llevar a todos los muertos que se apiñan en la ribera hasta la orilla opuesta, siempre que sus huesos hayan encontrado sepultura, pues de lo contrario vagan para siempre en el borde del río a la espera del ansiado cruce.

Un día yo leí un cuento de Hemingway. Era la primera de las historias de Nick Adams y se llamaba “Tres disparos”. Nick era un chico y se había ido a pescar con su padre y con su tío al río de los Dos Corazones. Por la noche el padre y el tío se fueron en un bote a pescar llevando un farol y le dijeron a Nick que si pasaba algo mientras ellos no estaban debía hacer tres disparos con la escopeta. El chico vio como se perdían en la oscuridad del agua y regresó a la carpa atravesando el bosque, que siempre lo asustaba un poco. No se oía absolutamente nada, como si el mundo se hubiera detenido. El miedo crecía y crecía en él en ese estado de alerta y se avivó más cuando, de pronto, tuvo miedo de morirse. Recordó el himno que cantaban en la iglesia: “Algún día se cortará la cuerda de plata”. Lo que lo aterrorizaba era pensar en lo que le pasaría. Cuando el miedo se le hizo insoportable, sacó la escopeta por fuera de la carpa y disparó tres veces al aire. Se acostó para esperar al padre y al tío, pero cuando llegaron ya estaba dormido. El tío dijo que no había que traerlo más al río y el padre reconoció que su hijo era bastante miedoso, pero que todos somos cobardes a esa edad. Cuando lo despertaron, Nick dijo que había visto merodear la carpa a una cruza de zorro con lobo: “poco parecido a un zorro pero más a un lobo”. Había aprendido la palabra “cruza” ese mismo día de boca de su tío. Los hombres regresaron a la pesca y Nick escuchó, mientras empujaban la canoa al agua,  que su papá le gritaba desde la orilla: “Vestite, vení con nosotros. Ponete el abrigo”. Yo entendía a Nick porque siempre pensaba en lo mismo que él, con el mismo miedo.

Durante toda mi niñez me pasaba días de vacaciones de verano en la casa de mis abuelos en Morón, adonde venía a jugar mi primo Hugo. Eran días de exaltación. Pero una vez vino a la casa de mi abuelo su tío Juan, hermano de su padre. Era un hombre flaco, con bigotes, que miraba con fijeza. Se vestía con esa ropa de trabajo, hecha de tela gruesa y ocre, que usaba en el taller de hilados. Dijo que Huguito no vendría esa tarde porque con él y con su papá se iría dos días de pesca al arroyo Pinazo, de antiguo nombre en los pagos de Luján, pero que yo estaba invitado a ir con ellos. Bastó un llamado telefónico a mis padres para que se volviera contra mí, como un boomerang, la prohibición de ir al río. Asistí entonces a una ceremonia repugnante: el tío Juan le pidió a mi abuelo una pala de punta y cavó en terreno blando para remover el suelo y atrapar con la mano, una por una, lombrices de tierra que pululaban, rosadas, en los porosos terrones de tierra fértil. En un frasco se llevó esa carnada para los anzuelos. Mi primo Hugo se iría, entonces, con su padre y su tío a pescar, como Nick Adams. Tal vez a la noche le llegaría el miedo y el recuerdo de los muertos cerca del río.

Cuando Hugo volvió, su relato lo arrebataba como si me contara una novela de aventuras: me narraba la llegada en la vieja camioneta, la búsqueda de un lugar entre los árboles a la orilla del agua, el levantamiento de la lona que los protegía del sol, el inicio de la ceremonia de la pesca con cañas elementales, los paseos por los senderitos de la ribera y el momento más ansiado cuando se pasaba las horas nadando en el arroyo. A la llegada de la noche empezaba el misterio: entonces se encendía el fogón y se freían, como al descuido, algunos pescaditos, los hombres bebían y charlaban y luego, lentamente, se bajaba la voz hasta el momento en que solo quedaban rescoldos de la hoguera primordial y todas las estrellas se paraban delante del agua oscura,  cuando todos se tendían a dormir a la intemperie.

Pasados los años me llegarían otros relatos a través de las cartas que me enviaba mi primo desde Córdoba, adonde yo tampoco lo acompañaba. Me contaba las largas expediciones junto con el Hueso en busca del origen del río Mina Clavero entre piedras gigantescas y el cruce del lago azul para hallar en la otra orilla una caverna secreta. Encontraba sus cartas cuando volvía de la pequeña pileta del club de barrio, con olor a cloro en el pelo y las yemas de los dedos arrugadas por el agua cortante, y luego las leía a solas, encerrado en mi cuarto, imaginando el río negado.

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