Walser, traductor del limbo -fragmentos por Vanesa Guerra*

Pero ¿qué tiene usted que es capaz de soportarse?
En una palabra y sin tapujos: ¿es usted humano?
Robert Walser


Hay en Walser una voz irrefrenable que habla sin parar, voz irreparable de la cual nunca se ha corrido, porque es una voz que lo corre, lo corre hasta corroerlo, pero nunca lo suficiente, es una voz que no calla pero nada dice; una voz que no calla y nada dice ¿qué provoca cuando toca el cuerpo?–ay, él quiere callar a esa voz, hay una lengua que no se entiende con el cuerpo, parece un grito, un ruido no humano (él quiere callarla), se arrojaría por una ventana, ahora mismo se está colgando de una lámpara y el nudo de la corbata no lo sostiene, su cuerpo y sus manos no aciertan a construir un nudo -los nudos son tan simbólicos, no vayan a creer que cualquiera anuda potencia para suicidarse, hay suicidios imposibles, son los peores, son los que te atan de pies y manos, no se confundan, cierta forma del suicidio nos convierte en zombis, otras en algo que huye, huye sin saber adónde; Walser está corriendo por la noche, grita, grita con una boca que no reconoce, podría ser la boca de cualquiera, la de un perro, la de la luna, la de los niños que asustó con una rama en alto esta mañana, y eriza en sus corridas la tierra, son garabatos no caminos ni derrapes la tierra que pisa, todo su cuerpo es una pluma estertórea que traza jeroglíficos sobre la nieve en los bosques; y a vuelo de pájaro, sabremos que ese cuerpo es violentado por la voz, zamarreado, -y nosotrxs leeremos la voz a través de él, como si fuese Walser un médium.

Dicen que andaba diciendo: hay que callar, es bueno callar, uno también calla un poco. Antes del psiquiátrico de Herisau, antes de zambullirse en el silencio, antes de trocar para siempre su escritura por el sinfín de los paseos, Walser se había vuelto microgramático, consecuencia de una crisis con su herramienta diaria, la pluma; dijo que la mano se le desgarraba, que era una mano inútil, y que más inútil era la pluma, rígida, inmóvil, que acalambraba los párrafos, que impedía guirnaldas lingüísticas. Era imposible y doloroso seguirle el paso febril a esa cabeza; las voces imponían sus gritos durante la madrugada, luego la vivencia atroz ganaba la escena y empujaba el día al desamparo o al desborde de amor, entonces, él y su escritura, estallaban en un arrebato, un éxtasis, un fuera de sí: ése es el hombre sólo, el que camina ligero, a la intemperie de su cuerpo, camina como piensa, piensa como escribe, escribe como camina; a diario se entrega a trayectos insólitos mentales y físicos. En un par de horas Ginebra-Berna. Lo hace a pie. Cierto modo de la velocidad no permite huella: se va en el aire, no admite marca: va sin cuerpo, ese vértigo es una verdadera virgen, una madona colosal, una vida inmaculada; así su obra: la prosa se desvanece al ser leída, seres e historia tienen la virtud de evaporarse, nunca se sabe con certeza qué, cuándo y dónde se está leyendo.

La crisis lo obligó al sistema del lápiz, metódica que el llamó lapizura y que le permitió manejar un tiempo y un espacio diferente, retozón, algo que lo frenaba ante esa caída abisal de loca felicidad sin destinatario. De modo, que su letra comenzó un camino de ida, fue miniaturizándose para buscar anclaje: Walser crea y aun reescribe lo escrito, copia sus borradores, copia y recopia como si fuera un modo de ejercer memoria (porque Walser anda por la vida como sin historia, todo se le deshace en el camino, es un extasiado, un hombre tomado por el puro presente, un ser que habita el instante) entonces ejerce esa forma precaria de la memoria, de la construcción de una memoria, y lo hace en soportes de papel minúsculos, escribe en sobres usados, papeluchos, trozos de revistas viejas. Busca marcos, los textos tienen el tamaño o la duración que acota el papel; busca medida: producir una huella, algo que no se disuelva en el aire o en la llamarada del éxtasis. Su última letra era a simple vista ilegible, sistemática y bella, trazos milimétricos, tramas polisémicas, un cifrado real, parte de su universo estaba allí plasmado, lanzado a una posibilidad fuera de su tempo. Al respecto de su lapizura un día expresó: me parecía que así me curaba. Y se dio a esa práctica como quien se entrega a la ingeniería de un mándala. Entre los primeros microgramas, la novela El bandido se descubre; ahí lo encontramos entrado en su esplendor, o como indicara Agamben, en su experimento, el de poner en entredicho la propia condición humana. Y lo que pone en entredicho es el modo de concebir el tiempo y el modo de concebir el espacio. Su prosa se expande sin solución de continuidad, implosiona, va colmada de ombligos que fugan al infinito. Los personajes no son de este mundo, refieren al limbo, responden a otras reglas, son felices, más que felices, viven bajo el desamparo de un Dios que no se ha dejado conocer. Quizá por eso Benjamín escribió son personajes que pasaron por la demencia y por eso siguen siendo de una superficialidad desgarradora, inhumana, imperturbable… nos regocijan e inquietan porque están todos curados.

Como esas cartas que han quedado sin destinatario, o aun como Bartleby que encarna esa ningunidad, Walser no tiene a quien dirigirse, porque está perdido de sí, su soledad es estar sin él, se ha abandonado desde el inicio, eso es estar solo, como sólo son los lugares desangelados, ¿lo han sentido? es lo más parecido a un no-lugar, algo indeseable, algo que expulsó el hálito que hospeda. Lo primario en Walser está desangelado, por eso anda por afuera de sí, anda como sin lengua materna, como sin cuerpo que lo cobije, como con lengua prestada: cuerpo andariego y pata de perro siempre en fuga, precipitado, corriéndole adelante como la Tortuga a Aquiles. Semejante alma a gatas vuelve, a gatas va. Por eso, aunque camine y camine no puede llegar a él; otrxs, la mayoría de los otrxs, hasta en un calambre se encuentran, hasta en el dolor de una ampollita que infló como globo rojo el dedo gordo del pie, otrxs se encuentran una mañana, una de niebla, una soleada, y se dan un abrazo como quien retorna a un viejo amor o como quien llega a un nuevo amor y saben, creen saber, que han regresado a casa o encontrado su casa por fin; pero no, no hay destino en Walser (ni reencuentro, ni destino) no hay posibilidad, no hay eso que hace para una mayoría creer que en algún momento, más allá de la amenaza que cae día a día sobre todas las cosas, tocarán la felicidad -apenitas con los ojos más no sea- de ser lo que creen que son.

En ese pasearse in-sustancioso de acontecer en acontecer, se hilvana apenas cuerpo, lengua y cosas del mundo, y con ese atuendo de olvido, que es piel y es hueso, Walser, ser del instante, va un poco más a resguardo; en ese levitar los días, en esa insustancialidad que le rodea y lo sustrae, él deviene muchacho del limbo y la lengua que nos habla su letra traduce y nos acerca la experiencia inefable del viaje permanente que pocos viajan.

Otras publicaciones de la autora: La sombra del animal. Relatos. Bajo la luna 2008. Cómo sopla el Serpentino cuando no canta el gallo. Novela. Editorial Bajo La Luna, 2012. Síndrome del montón. Novela. Tren en movimiento ediciones 2016// De próxima aparición: La lengua del desierto. Ensayo. Editorial Buena Vista.

*Del libro: Walser, traductor del limbo. Vanesa Guerra. Editorial Bajo La luna, 2017.

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