La noche del cometa por Liliana Heker

Este cuento tiene su origen en una situación desopilante que viví con Ernesto y con un grupo de amigos una noche de 1988, durante la semana demencial en que el país y el mundo entero esperaron la llegada del cometa Halley. No voy a detallar acá (lo cuento en un libro) el modo en que, durante la escritura, la comicidad del episodio tomó un viraje sin retorno. Sí voy a contar , en homenaje a Carapachay, cuál fue el motivo de ese viraje. Fue el río. O mejor, la ausencia del río. La protagonista descubre que Buenos Aires ya no tiene río, tan simple como eso. Y yo, que en los hechos ya lo sabía, al ponerlo en palabras también lo descubrí. Sin atenuantes. Ese río sin límites que me gustaba mirar desde la Costanera Sur, y que se hacía manso y amigable en el Balneario Municipal, ese río que yo amaba, que fue parte esencial de mi infancia y de mi adolescencia, y una presencia, como pocas otras, inherente a Buenos Aires, nos lo quitaron sin pedirnos permiso: a la ciudad y a mí. Eso es lo que descubrí cuando escribía el cuento. Y fue así como lo cómico, inesperadamente, empezó a virar hacia otra cosa.

a Sylvia Iparraguirre

Del cometa sabíamos que hubo quien se arrojó al vacío para es­quivar su llegada, que su cola hendió de luz cier­tas no­ches del año del cen­te­nario, que, como la Exposición de Pa­rís o la Gran Guerra, su travesía por el mun­do alum­bró inol­vidablemente la auro­ra  del siglo. El de la si­lla de caña había ha­blado de una foto que vio no sabía dón­de, en la que unos hom­bres con ran­cho de paja y unas muje­res de capelli­na em­plu­mada mira­ban hechizados un punto en el cie­lo, punto que lamen­ta­ble­mente (di­jo) no apa­re­cía en la fo­to. Yo había recordado la ilustración de un li­bro de lec­tura de cuar­to grado: una fami­lia pe­trificada por la re­ciente visión de su cru­ce por el cie­lo; en el di­bujo se los veía sen­tados a la mesa, muy erectos, los ojos des­pa­vo­ri­dos, sin atrever­se a gi­rar la ca­beza hacia la venta­na por el temor de volver a ver­lo. (Ape­nas lo dije tuve la impresión de que la lec­tura se re­fe­ría más bien a un Glo­bo Mon­tgol­fier, pero como no sabía muy bien qué era un Globo Montgolfier —ni si­quiera esta­ba segu­ra de que existiese algo con ese nombre— e igual me parecía su­gestivo que, ya en cuarto grado y cualquiera fuese el fe­nómeno real que lo causó, yo hubie­se atribuido el es­tupor de esa familia a la ve­nida del co­me­ta, no aclaré mi posible error y en todos -también en mí-  per­duró la sensa­ción de que el cometa era capaz de pasmar a la gen­te, de deja­rla cris­tali­zada en su si­tio.)

Tenía­mos al­gu­nas du­das: ¿de qué ta­maño se lo había vis­to la última vez?, ¿de qué tamaño se lo iba a ver ahora?, ¿cuán­to tardaba en sur­car el cielo? El que estaba junto a la mesita de la lám­para opinó que a la ve­loci­dad de un avión y si uno no andaba muy atento en el momento en que pasa­ba, zas, se lo iba a perder. El del tabu­rete dijo que no: que apa­re­cía sobre el río a la caída de la noche y se ponía sobre los edi­ficios del oes­te al amane­cer. Eso es impo­sible, dijo la apoyada contra la puerta venta­na; por­que en­tonces parece­ría fijo en el cielo. Y algo que parece fijo no puede dejar este­la, ni en el mar ni en el cie­lo ni en nada. Era iló­gico pero ve­rosí­mil así que varios estu­vimos de acuerdo. En lo que no nos po­nía­mos de acuerdo era en el tama­ño. El tamaño de la lu­na, dijo la del sillón más cla­ro. El de una es­trella muy pequeña, habló el que ponía el cas­sette de la Pequeña música noctur­na, y que sólo se dis­tinguía de la estrella por la cola. ¿Y de qué largo es la cola? Las pregun­tas no se ter­mi­na­ban nunca. Mi abuelo contaba que lo vio, dijo el que fumaba en pipa. El es­ta­ba en el patio, senta­do en un ban­quito de tres patas (yo pen­sé que lo del ban­quito era aleato­rio y por anti­cipado puse en duda el testimonio) y el cometa pa­só, ni muy lento ni muy rá­pido; era como una bufanda de luz. No: una bufanda de aire de luz, creo que dijo. Pero natu­ral­mente el dato era de­ma­sia­do im­preciso: por la edad del de pipa el abuelo debía ha­ber muer­to hacía bastante. Aun­que no hubiese sido un charlatán (como dejaba en­tre­ver el de­talle del banquito) ¿quién podía jurar que el nie­to re­cor­daba exactamente sus pala­bras?, ¿y estaría en condicio­nes de sepa­rar la paja del trigo? De hecho ha­bía repe­tido lo del banquito sin si­quiera deslizar una iro­nía so­bre lo superfluo del pormenor.

¿Pero acaso iba a im­por­tarnos lo que vio ese abuelo? No necesi­tábamos abuelos: nos ha­bía to­ca­do a noso­tros al fin, por el cielo de nuestro tiempo iba a pasar. Y nos sen­tía­mos afor­tu­nados en esta época sin for­tuna por el mero hecho de estar vi­vos, de ser to­davía capa­ces de movernos con ale­gría, y de espe­rar con alegría, en la noche del cometa.

 En rigor todo ese año ha­bía sido el año del come­ta pe­ro desde la semana anterior la esperanza general se había desbo­cado. Los dia­rios vati­cina­ban circunstancias di­chosas: esta vez pa­sa­ría más cer­ca de la tierra que a principios de siglo, se lo vería más bien rojo, se lo vería casi blanco pero con la cola ana­ran­ja­da, tendría el tamaño apa­rente de un melón pe­que­ño, la longitud de una serpiente estandar, cu­bri­ría el setenta por cien­to del cie­lo visible. Esto último era lo que más nos intriga­ba. Cómo el setenta por cien­to del cielo, pre­guntó la que to­maba café. Pero en­ton­ces casi todo el cielo va a ser el co­me­ta, dijo el que vino con la no­via. De noche se va a hacer de día (la que encen­día un ciga­rri­llo). Mejor que de día (el del al­mohadón en el suelo); como si la luna, con toda su luz re­flejada, se pu­sie­ra a cien metros de la tie­rra. Aba­jo, en un rincón, uno ve el cielo ne­gro de la no­che, pero todo lo demás es luna, ¿se dan cuenta?, luna maciza. Hubo un silen­cio, como si todos es­tuviésemos tratando de ima­ginar un cielo de luna maciza. ¿Y cuánto tiempo va a que­darse así?, pre­gun­tó al fin el que mi­raba por la ven­tana. ¿Quedarse? No, no puede que­darse (el que clavaba los ojos en la mu­jer que vino sola); el co­meta se mue­ve todo el tiem­po. Se va a ir despla­zando y la franja de no­che va a ser cada vez más an­cha hasta que no que­de más que un hili­to, un largo hili­to de luz en el horizonte, que enton­ces va a desa­pare­cer, y de nuevo va a ser de noche. Sentí una especie de tris­teza; recién me daba cuenta de que eso que alguna vez me había parecido irrecuperable —co­mo el acei­te hirvien­do de las Invasio­nes In­glesas o la pe­lea Fir­po-Dempsey— no solo me estaba ocu­rriendo: tam­bién se iba a ir.

Pe­ro, ¿a qué ve­lo­cidad se va a ir? Nadie lo sa­bía. La de la es­palda apo­yada en unas rodillas de hom­bre se golpeó la frente con la palma: Ahora que lo pienso, no, dijo; no puede ser a lo an­cho. El co­meta va a ocupar el se­tenta por ciento del cielo a lo largo. ¿Se dan cuenta?: la co­la. La cola es la que va a ocu­par el se­tenta por cien­to.  Como un arco iris que va de acá para allá (y abarca­ba un gran sec­tor de circunfe­rencia con el brazo exten­dido) pero acaba antes de llegar al horizon­te. Pen­só un momen­to. Un treinta por ciento antes, agregó con cier­to rigor cien­tífico.

No estaba mal, aunque yo se­guía prefiriendo la gran luna desple­gada a cien metros de la tie­rra. ¿Y a qué velocidad cru­zaría el cielo ese gran arco de luz? Siem­pre nos quedaba esa pregun­ta -y muchas otras- sin res­pues­ta.

Pero no estábamos in­tran­quilos. Intranquilos habíamos estado a principios de semana, cuando los diarios anunciaron que el cometa ya estaba sobre el mundo. Siempre nos habíamos figurado que saldríamos a la calle a  sa­lu­dar su­ veni­da. Ahí lle­ga, ahí llega el cometa. Pero nada de eso su­cedía: mirábamos el cie­lo y no veíamos nada.

Estaban los de los telescopios, claro. Los de los teles­copios hacían cálculos y determinaban horarios y lugares es­tratégicos. Al parecer, el cuñado de la que aca­riciaba la ore­ja de un hom­bre, luego de consultar varios tratados había encontrado las condiciones ópti­mas: el balcón de un primo suyo a las tres y vein­ti­cinco de la madru­gada del miércoles y con el teles­copio a 40 gra­dos respec­to de la di­rec­ción del Centauro.  ¿Pe­ro tu cuña­do lo vio?, le preguntamos al mismo tiempo el que estaba jugando con el gato y yo. El dice que le parece que lo vio, fue la desvaída respuesta.

Te­níamos cierta infor­mación de gente que había via­jado a Chasco­mús o hasta un lugar entre San Miguel del Monte y Las Flores, o de unos que se habían corrido hasta Tan­dil, a un montículo cercano a la Pie­dra Move­di­za. Pero como no tuvimos oportunidad de hablar con nin­gu­no ignorábamos si tanto desplazamiento había dado sus frutos. Sa­bía­mos por los avi­sos que se ha­bían organiza­do char­ters de di­ver­sas categorías. Desde un via­je en jet a San Mar­tín de los An­des que in­cluía cena con cham­pag­ne, sui­te diplomática, sau­na y desayuno ameri­cano, hasta excursiones en combi a diversas zonas del conurbano, al­gu­nas acompañadas de fo­gón criollo y guita­rreada bajo la luz del co­meta. No co­no­cía­mos los re­sul­tados. Pero tres líneas muy precisas en un diario del jueves nos hi­cieron desestimar tan­to  telescopio y tra­vesía noc­turna. Y así tenía que ser. Por­que lo que siempre habíamos soñado, lo que de verdad deseábamos, era mirar hacia arri­ba y sim­ple­mente verlo. Y eso, decían las tres lí­neas del dia­rio, iba a ser po­sible la noche del vier­nes, cuando ya fuera total­mente de noche; ahí el cometa se acer­caría como nunca antes a la tie­rra. Enton­ces, y sólo en­ton­ces, podría ser visto como lo vie­ron los de rancho de paja y las de capelli­na, el abuelo en su banquito de tres patas y la familia embrujada de mi li­bro de lectura. Ahí no­más, en la Costa­nera Sur. Y para mayor gloria de ese momento úni­co que había­mos ambicionado en los tiempos de Sandokan y que con suer­te vol­vería a ocurrir para los nie­tos de nues­tros hi­jos, ese viernes a la noche se apa­ga­rían to­das las lu­ces de la Costa­nera.

Por eso esta espera en la casa de San Telmo, entre lámpa­ras y tabu­re­tes, tenía algo de vela de armas. Cada tanto algu­no salía al bal­cón para ver si ya era de noche. No vale la pena ir antes (la que tomaba vino), la luz no permite ver na­da. Y el del balcón: No, no es por la luz, lo que pasa es que re­cién cuando esté os­curo va a apa­re­cer sobre el hori­zon­te. Eso dice el dia­rio. ¿Pero a qué hora exacta? Tampoco lo sabía­mos. La os­curidad no es algo que cae sobre el mundo en un solo ins­tante. Cierto. Pero hay un instante en que uno, mirando intempestivamente la ca­lle, puede afirmar: ya es de noche. Lo dijo el que comía maníes y to­dos salimos  al bal­cón a veri­fi­carlo.

En el camino hablamos poco. Estábamos cruzando Azopar­do cuando el que iba cerca del cordón preguntó: ¿Ya habrá apa­re­cido? Y la del lado de la pared: Mejor si ya apareció. Así cuando llegamos lo vemos de golpe, sobre el río.

           —¿El río?

No sé quién lo preguntó. Tampoco importaba demasia­do. Me di cuenta de que tam­bién yo, desde que había leído el anuncio en el dia­rio, lo había ima­ginado así: con su cola de polvo de es­tre­llas pro­lon­gándose en el río. Pero ya no hay río en Bue­nos Aires. Pasto y mosquitos, eso es lo único que hay en la Costanera Sur, dijo el de mi dere­cha. Igual tiene magia (la que iba atrás); es como si le quedara el recuerdo del río. Pen­sé en el majestuoso espectro del Bal­nea­rio Munici­pal, en la glorie­ta que celebra el arri­bo triunfal del Na­vegan­te So­lita­rio, en Luis Via­le con su salva­vidas de piedra, a punto de arro­jarse (hacia un barrial donde hoy solo chillan las cotorras) a salvar a los náu­fra­gos del Vapor de la Ca­rre­ra. Pensé en el puente giratorio: el mis­mo puente que crucé en el tran­vía 14 cuando mi madre me llevaba al Balnea­rio; tan fami­liar que yo sabía calcular el an­chor de la playa por la altura a la que el agua golpeaba el murallón de piedra.  Yo amaba ese puen­te, la palpitante espe­ra los días en que se abría pausado para que pa­sase un barco de carga, el sus­pen­so cuan­do se cerra­ba, ya que un mí­nimo error en la posición de las vías (yo sospe­chaba) podría desen­ca­denar un desca­rri­la­miento atroz. Y la feli­cidad cuando el tranvía sa­lía indem­ne y a mí me es­pe­raba el río. El río era como la vi­da. El cometa era otra cosa: el cometa era una de esas felicidades que solo se pueden atrapar en los li­bros. Dis­traídamente yo sabía que un día iba a volver, pero no lo esperaba. Porque en el tiem­po en que la dicha consistía en amasar el barro del Balnea­rio, cual­quier cometa o pa­raíso vislumbrado más allá de mis veinte años no merecía ni ser soñado.       

Y heme aquí caminando sobre este puente, me dije, ni tan ex­traña a la que un día lo cruzó en tranvía como para no  amarlo de nuevo, ni tan desmejorada como para no estar por aullar de alegría mientras marcho con esta manga de locos al encuen­tro del come­ta, como en una pro­cesión.

Tardé en darme cuenta  de que la palabra procesión venía moti­vada por la ola de gente que, a pie o en auto o en camio­nes o hasta en un tractor, se amontonaba cada vez más a medi­da que nos acercá­ba­mos a la Cos­tane­ra.

La Costanera en sí era una pared virtual. Entre la multi­tud que tra­taba de conseguir una buena ubicación para ver el cielo, el humo de los puestos improvisados de chori­pán, y la ausen­cia de focos, todo lo que se dis­tinguía desde el Boule­vard de los Italianos (donde está­bamos ahora) era una dilatada ameba de consistencia más bien humana en la que estábamos em­bebidos y que no dejaba de moverse y ronro­near.

Allí, allí. Cerca de mí, una voz de­cidida había conseguido emerger de la ameba. Varios miramos. Detecté un ín­dice fla­co y nudoso que seña­laba el nor­este.

          —¿Dónde? No veo nada.

       —Allí, ¿no lo ve?, un poco al cos­tado de esas dos estre­llas que están juntas. A un poqui­to así del ho­ri­zonte.

           —¿Pero sube? —preguntó a mi izquierda una voz desespera­da.

           —Bueno, sube despacio.

Creí verlo, despegándose lentamente de la lucecita de una casi­lla o de algo cerca del horizonte, cuando detrás de mí un ronco gri­tó.

            —No, está ahí, bien arriba. Justo a la derecha de las Tres Ma­rías.

No me costó enfocar las Tres Marías y estaba revisándoles el flanco derecho cuando escu­ché una voz de niño, realmente entusiasma­da:

            —¡Ya lo veo, ahí está! ¡Es enorme!

Busqué el dedo infantil y, con cierta esperanza, algo enorme en la dirección del dedo. Fue inútil.

            —¿Sabe lo que pasa? —una voz casi en mi oreja—. Que uno lo mira a simple vista. Y no hay nada que hacerle: así a sim­ple vista no se lo pue­de ver. La cosa es ponerse de costado y mirarlo de reojo.

Di medio giro sobre mí misma. Noté que varios a mi alre­dedor hacían lo mismo, solo que se ponían de costa­do respecto de cosas dis­tintas. Me encogí de hombros y de reojo miré hacia arriba, pri­mero con el ojo derecho y después con el ojo izquierdo. Una mano me tocó el tobillo. Me sacudí ligeramente y miré ha­cia el suelo. Había varios acostados.

            —¿Le doy un consejo?— vino una voz desde mis pies—. Acuéstese en el pasto. Así boca arriba uno mira de un saque toda la bóveda y me parece que lo encuentra en seguida.

Dócilmente me acosté junto a varios desconoci­dos y  otra vez mi­ré para arriba. En la noche sin lámparas ni luna, bajo la improfanada música del Universo, estuve a punto de des­cu­brir algo que tal vez me habría ayu­dado a proseguir la vida con cierta paz. Entonces, a unos metros sobre mi ca­beza, alguien habló:

            —¿No se dan cuenta de que no sirve de nada mirar desde el suelo? La cosa es hacer una retícula con los dedos. ¿No leye­ron que el efec­to retícu­la aumenta la vi­sión? Es igual que tener un microscopio.

El del microscopio me pareció poco confiable así que el efecto retícula no lo llegué a probar. Con cierto desaliento me puse de pie. Eché una mirada a mi al­re­dedor. Púberes, joro­bados, parturientas, hi­potensos, poligriyos y matronas señalaban simultánea y fragoro­samen­te el cenit, el hori­zon­te, la fuente de Lola Mora, los aviones que des­pega­ban en Aeropar­que, ciertas estrellas fugaces, unas cañitas vola­doras, la Vía Láctea o el fan­tasma ines­perado del viejo Vapor de la Carrera. Biz­cos, enrollados, con re­tícu­la, moviendo las orejas, sal­tan­do en un pie, bas­cu­lan­do la pelvis, va­liéndose de te­les­co­pios, micros­co­pios, peris­co­pios o ca­lei­dos­copios, a través de ani­lli­tos, de cá­nu­las, de ojos de aguja o de caños maes­tros, todos miraban el cie­lo. Cada uno, en­tre la avalancha de estre­llas -frías y her­mo­sas des­de el desper­tar del mun­do, frías y her­mo­sas cuando el últi­mo bri­llito de nues­tro planeta se apa­ga­ra- cada uno bus­caba en­tre esas estrellas una única luz indefi­ni­ble. Ni si­quiera nos di­mos cuenta de que estábamos descubriendo la muer­te. Pero era eso: se nos ha­bía perdi­do -otra vez- una última opor­tu­ni­dad. Un día, como un melón, como una serpien­te, como una bu­fanda de luz, como todo lo re­dondo o coludo o res­plande­cien­te que es posible urdir por el mero deseo de ser feliz, el co­meta de cola áurea gira­ría otra vez por el que había sido nuestro cielo. Pero no­so­tros, los que esa noche nos afá­na­bamos y aguardábamos bajo las es­trellas impasi­bles, noso­tros los de esta costanera ya no agi­taríamos la suave bruma nocturna para perseguirlo.

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