La materia por Juan Martini

Con los mismos materiales, con estos mismos materiales, la historia puede organizarse de otra forma. Es desconcertante, quizás, para los extraños, pero es así y a nadie, en el bar de Strauss, esta realidad le causa ya inquietud alguna. Forma parte, por así decirlo, de la naturaleza de las cosas. Quiénes son estas gentes, cuáles son los hechos que transcurren y dónde transcurren estos hechos son las preguntas que con más frecuencia oye quien relata esta historia fuera de aquí. Sin embargo no son estas incertidumbres las que sostienen ni el interés ni el encanto de la historia: Es, me dice el hombre, la posibilidad de hacer de esta historia lo que usted quiera, Con el mismo elenco, y con los mismos temas, me dice el hombre, no sólo es posible organizar muy diversas versiones de la historia sino también, a partir de cualquiera de sus elementos, internarse en otras historias, en un número inimaginable de relatos que, en la medida en que se desarrollan, se alejan del corazón de estos hechos y configuran otros núcleos, otros sistemas, otras historias, como si las ecuaciones de la expansión del universo diesen por resultado una infinita cantidad de cuerpos entre los cuales no fuese posible reconocer, me dice el hombre, este personaje de pocas palabras, me llama la atención desde el primer momento, desde que bajo del tren, una tarde, camino por allí, por la vereda que corre a lo largo del río, y veo barcos podridos, árboles, agua sucia, hombres, del otro lado del río, que tiran árboles abajo, y desde que entro, por fin, aquí, esa tarde, y pido una cerveza, porque tengo sed, mucha sed, y veo, en el fondo del bar de Strauss, entre los hacheros, a un tipo sentado a una mesa, un parroquiano más, otro miembro de la cátedra, podría decirse, y sin embargo no es un parroquiano más ni otro miembro de la cátedra: ese tipo toma un café, como todo el mundo, pero no toma un café: su pocillo de café, bebido o no –es imposible saberlo desde aquí, es decir, desde la barra, que es donde yo tomo mi primera cerveza en el bar de Strauss –, su pocillo de café descansa sobre la mesa, está allí,  sobre su mesa, mientras el tipo, con la mirada colgada por encima de la cátedra, mira a lo lejos, mira quizás el casco de una barcaza carcomido por el óxido en la orilla de enfrente, el casco incrustado en la orilla de enfrente como una forma más de las cosas que ya no nos importan, como una prueba de la antigüedad de la historia cuya condición se demuestra en el hecho de que a nadie le interesa, dice el hombre, salvo a mí, para fijar esa figura en la historia, y ahora a usted, que se comporta, se lo digo sin rebusques, como un delator. De modo que un par de semanas después, cuando ya sé que el tipo no se sienta todos los días en aquella mesa del fondo del bar de Strauss para tomar un café sino para colgar su mirada y sus ideas sobre los materiales de la historia y para, de vez en cuando, ponerse a teclear en la máquina de escribir que hay sobre su mesa, entre el pocillo de café, a la derecha, y los papeles que en un par de montones se amontonan a la izquierda de la máquina de escribir, sobre la mesa, para ponerse a teclear, y a teclear, mientras fuma sin quitarse el cigarrillo de los labios con esa indiferencia que provee el fumar cuando se cree que es inútil prevenir porque nada cura, de modo, digo,, que entonces, ese día, es cuando me atrevo y pregunto: ¿Quién es ese tipo?, y Hansel, el hermano de Gretel –ambos términos de la pareja de hermanos contrabandistas que son los únicos amigos de Strauss–, me dice: ¿Ese tipo? Ese tipo es el escritor. Hay quien cree que esta historia no tiene sentido, que no se sabe ni dónde ni cuándo transcurre. Ahora yo lo sé. El escritor me lo dice. Pero también me dice, antes de decírmelo, que no hace falta saberlo. Y el escritor tiene razón: no hace falta saberlo. De modo que no seré yo quien cuente, ahora, dónde y cuándo transcurre esta historia porque, por otro lado, y según cómo se lo mire, el dato carece de interés como todo lo que es obvio. Sin embargo, se debe saber que el par de montones de papeles que se amontonan a la izquierda de la máquina de escribir –una máquina de escribir que el escritor Strauss, en una carta, puesto al corriente de que en el bar de su hermano un hombre escribe en una máquina de esta naturaleza, considera, con la siguiente palabra, una reliquia, dice el escritor Strauss en su carta fechada en Berlín dos o tres semanas atrás, no se sabe con exactitud, Oh, dice, Una verdadera reliquia, lo dice en ese papel de color verde agua que Strauss enarbola ante la cátedra no como se enarbola la carta de un familiar, digamos, por ejemplo, de una hermana o de un hermano, sino como se enarbola una prueba: el elemento definitorio y precioso que viene a demostrar de una manera ya inapelable que quien lo enarbola es alguien de otra condición, no un condenado al fuego, no un leproso, no un enano moral carcomido por la abyección sino un ser estragado por el equívoco, un ser propio de otro estado, de otra situación, de otro rango, y que el error consiste, para entendernos, en la difusión  más o menos explícita de la creencia de que un cretino semejante no debe hallarse en ningún otro sitio que no sea éste, o sea, en el caso de Strauss, en el bar de Strauss, por lo cual, se insiste, la carta del escritor Strauss, una carta escrita con firme tinta negra y ágil pulso en un papel de hilo color verde agua, es un descargo en el que se dice, además, que quien escribe en la mesa del fondo del bar de Strauss está escribiendo en una verdadera reliquia, Imagínense, dice el escritor Strauss como si se dirigiese a alguien más que a su hermano, que ese hombre, no sé, dice el escritor Strauss, de qué otro modo llamarlo, está escribiendo, nada más y nada menos, que en una Lexikon 80, un modelo que la fábrica italiana de máquinas Olivetti ha dejado de fabricar sabe el diablo hace cuántos años pero que se erige, la magnífica, en una leyenda, venerada en el recuerdo de quienes alguna vez escribimos en una de ellas, inapreciable en las viejas redacciones periodísticas y en las que actuales todavía no informatizadas, incalificable en el irrompible lazo que sigue uniendo a muchos escritores de nuestros días con sus viejas máquinas convencidos de que nada nuevo podrán arrancarles a esas modernas chatarras semiorientales que en estos días llamamos, sin resonancias de ninguna índole, las PC, dice, en su carta el escritor Strauss y su hermano, aquí, enarbola la carta, mueve los brazos largos en el humo de la noche y muestra los dientes rotos en una sonrisa que se parece a una venganza. Ute, la mujer del dueño del bar, quizás avergonzada, se retira hacia la cocina, y puesto que Strauss se encuentra en el instante más alto de su victoria circunstancial no se da cuenta del retiro de la mujer quien, ya nadie lo duda, teme a Strauss como quien teme no a la violencia sino a la maldad: Eso es el hermano del escritor Strauss, dice un hachero mendocino, un pequeño hombre insignificante que sólo puede imaginarse grande cuando le pega a su mujer, Esto puede parecer un melodrama pero es así, y nada tenemos, aquí, por otro lado, en contra del melodrama: la vida, al fin y al cabo, casi siempre, no es más que eso–, y son, entonces, por otro lado, los papeles que se encuentran sobre la mesa del tipo que se sienta en aquella mesa, un montón de hojas en blanco y, por otro lado, un montón de hojas escritas a máquina, de hojas escritas, como ya se sabe, con una Lexikon 80, esas máquinas color verde oliva cuya indestructibilidad les confiere algo así como una armadura castrense, una fortaleza, que quede claro, de otros años, ondulante y caribeña, por decirlo de alguna manera, una fortaleza, por raro que parezca, musical. Y, es claro, nos encontramos entonces en dos de los extremos posibles de un mapa imaginario con dos escritores, el escritor Strauss en el extremo oriental del asunto, allí donde la construcción del socialismo asiste a su propia caída escénica y simbólica, sólo simbólica, y este otro escritor, el hombre del bar, en el extremo sur de la historia, el hombre que todos los días se sienta a una mesa del bar de Strauss, siempre a la misma mesa donde, por cierto, que da siempre su máquina de escribir, una acorazada Lexikon 80, y dos montones de papeles, un montón en blanco y otro montón ya escrito, junto al cenicero repleto de colillas. Esto no puede seguir así.

(La materia es el capítulo 4 de la novela La máquina de escribir, Seix Barral, 1996).

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