Mariposa detrás de una oreja por Martín Cristal

Could she hear him?
Could she see him?
All aglow was his room dazed in this light
Yes, “Turn of the Century”

 

El agua transparenta un arrecife de corales. En el horizonte se erizan coníferas y picos nevados. Largas palmeras estiran su sed hacia el lago en calma. Parece una fusión entre una playa desierta de las islas Maldivas y cualquier lago de la Patagonia. Calor y frío visuales: una postal esquizofrénica, aunque a diez minutos de llegar reconocemos que el lugar nos agrada. Nuestros pasos no marcan la arena fina y blanca. El cielo está pincelado de nubes rosadas.

Es el paraíso, me dice Úrsula. ¿Nos quedamos?

No va a durar mucho, digo.

¿Por qué?, pregunta. Hay decepción en su voz. Apoya su cabeza platinada sobre mi hombro. Caminamos abrazados.

Porque muy pronto van a venir a buscarme, digo.

¿Cómo sabés?, dice Úrsula, separándose de mí para pasar por debajo de una palmera muy inclinada. Al agacharse, el pantalón blanco se le ajusta al máximo. El corpiño de raso blanco divide en dos su espalda color chocolate. Me vuelve loco.

Tardamos demasiado en encontrar este lugar, le explico. Es muy probable que la policía ya haya procesado los videos de seguridad del tren. No usé máscara durante el asalto.

Podríamos conseguir armas, dice Úrsula. Defendernos.

¿Morirías por mí?, le pregunto.

Sí, dice. ¿Y vos? ¿Morirías por mí?

Quiero volver a tomarla de la cintura, pero mis movimientos oscilan en un punto de indecisión casi hasta congelarse. Cuando me destrabo, doy un salto espástico y hago todo demasiado rápido.

Sí, moriría por vos, digo al fin.

Entonces resistimos, dice Úrsula. Con piedras y palos, si es necesario.

Me besa. Siento una mano sobre mi entrepierna.

Menos mal que ya no hay anunciantes arruinando estos paisajes con sus carteles, dice. Podríamos construir una cabaña en aquel bosquecito. Sombra a la mañana y sol por la tarde.

¿Y si aparece el dueño?, pregunto.

Mi amor… ¿quién va a venir? El creador de esta playa seguramente ya se pasó a alguna red social. Lo mismo que la mayoría.

Odio esos cascos, digo. Y los guantes hápticos también… Desde que las actualizaron con realidad virtual, las redes se volvieron insoportables.

El roce social llevado a un paroxismo tactil, dice Úrsula. Todos entregados a un infierno interactivo de conductas predeterminadas y control mutuo. Por no hablar de lo invasiva que resulta la publicidad en 3D. En cambio, acá… somos libres.

Un entorno sin objetivos, digo. Donde nadie nos dice lo que tenemos que hacer. Justo lo que buscábamos.

Si querés metas, buscate un videojuego, sentencia Úrsula. Yo prefiero vagar sin rumbo por estos viejos universos abandonados. Paisajes vacíos, sin un accidente posible. Explorándolos me olvido de todo.

¿No te molesta la pobreza de los gráficos?, pregunto. No menciono el lag, que yo sufro y ella no.

La calidad gráfica no me importa, dice Úrsula. Tampoco la ausencia de un propósito específico: ni red social ni juego online… Lo que adoro es el aura vintage de estas ruinas. Intactas, desmesuradas. Ideales para estar solo. ¿A los demás les aburren? Mejor. Más espacio para mí.

Para nosotros, corrijo. Y para las cien mil cuentas activas que quedan. ¿Sabías que muchas, aunque ya no se usen, todavía pagan privilegios premium? Por algo la compañía mantiene los servidores…

Agradezco que todavía existan esas cuentas, dice Úrsula: si la plataforma no fuera redituable, ya la hubieran dado de baja. Lo bueno es que cien mil usuarios no son nada en un universo virtual tan grande como éste. Por eso es raro cruzarse con alguien. Acordate apenas llegaste…

Parecía que hubieran detonado una bomba de neutrones, digo. Tuve que caminar durante días para dar con avatares activos. Fuera de algunos casinos y night clubs, no vi a nadie. Estadios, parques de diversiones, centros comerciales, islas enteras: todo en pie y funcionando, verde, limpio e intacto, pero sin gente. Hasta que te encontré.

A mí no, dice Úrsula. A la otra.

¿Qué otra?

No te hagas, dice. Primero te enamoraste de esa hueca. No de mí.

(¿Cómo lo supo? No recuerdo habérselo contado. Me resigno a poner las cartas boca arriba: no puede haber secretos entre nosotros).

Me atrajo su diseño pero no me enamoré, digo para defenderme de sus celos retroactivos. Ella era puro envase, en cambio vos sí tenés un alma. Pensás, hablás, me… ¿Me querés?

Claro, tonto, dice Úrsula. Si sos lo más sexy que hay…

Nos desnudamos mutuamente. Úrsula lame mis cicatrices; yo beso su piel oscura. Estamos equipados con órganos sexuales. Hacemos el amor sobre la arena, muchas veces y en distintas posiciones, mientras cae la tarde.

* * *

Una luna desproporcionada ilumina nuestros cuerpos desnudos. Persiste un mal olor y la temperatura del aire no varía. ¿Del aire?

No entiendo algo, dice Úrsula, acostada sobre mí como una leoncita morena. Cuando asaltaste el tren… lo hiciste descarrilar, ¿cierto?

Sí. Era un cruce suburbano tranquilo, ahí nunca pasaba nada. A los sobrevivientes que salían por las ventanas les fui disparando. No quedó ni un soldado en pie. Alguno me hirió, pero… No fue nada grave.

Úrsula recorre las cicatrices de mi pecho con sus largas uñas.

Pero… ¿cómo te llevaste todo el oro del tren? Dijiste que sólo tenías un caballo.

Me obliga a pensar un rato. Espera en silencio. La paciencia hecha mujer.

Tenía escondido un camión con acoplado, digo. Fui a buscarlo y cargué el oro.

Habrás tardado bastante…

Trabajé toda la noche.

¿Y después perdiste todo ese oro en el casino?

Suena incrédula. No sé adónde quiere llegar.

Una parte me lo gasté en putas, digo. (Lo cual era cierto: fuera de las salas de juego, en el metaverso de Second Chance sólo sobrevivían los prostíbulos. Así que primero me había hecho compañía con mi propio dinero, hasta que lo perdí casi todo. Ahí reconocí que la soledad estaba alterándome).

Por suerte te encontré en esa discoteca, digo. Te descubrí sentada sobre un cubo luminoso que cambiaba de colores. Inmóvil, aburrida. En la pista la multitud bailaba remixes de Duran Duran. Al rato noté que todos eran bots con bucles de movimientos predefinidos. Puestos por la compañía, para que las discotecas no se vieran tan vacías. Vos eras la única persona sentada, quieta; no podías ser un bot. Te hablé pero no contestabas. ¿Otro avatar abandonado? Sí: había visto cientos en las calles. Silenciosos, los brazos colgando… Residuos de usuarios que, sin cancelar sus cuentas gratuitas, ya no las usaban. La mujer más hermosa de todo el metaverso estaba vacía.

Y así y todo, te enamoraste. De ella.

De vos, Úrsula: de tu posibilidad. Rondé semanas por esa discoteca. Te dejaba mensajes por si te reactivabas cuando yo estuviera lejos; en esa época todavía me permitía pausas así. Te esperé, hasta que volviste. Entonces nos abrazamos y bailamos durante horas. ¿No te acordás? Saqueamos licorerías, nos emborrachamos… Ahí te conté del asalto al tren. Y vos a mí, de ese accidente terrible que tuviste a los ocho años. Lloramos los dos, y te besé. Después volamos por toda la ciudad, tomados de la mano. Hicimos el amor sobre los techos, contra las chimeneas…

Es lindo cómo lo contás, dice ella. Pero yo no me lo acuerdo así.

¿No?

No, dice Úrsula. No te enamoraste de mí primero. Ella era otra. Después me creaste a su imagen y semejanza.

Ofendida, se aleja flotando hacia el lago. Una venus de chocolate caminando sobre las aguas. Con la punta de un pie dibuja ochos en la superficie espejada.

Entendeme, Úrsula: pasaron semanas y no despertabas. Cuando me acordé de la computadora vieja que tenía en el ropero… Ojo, la armé para mí. La más nueva te la dejé a vos.

Un gesto amoroso de tu parte, dice ella.

Te hice capturas de pantalla desde todos los ángulos, para los buscadores. ¿Naomi Campbell, Halle Berry, Rihanna, Beyoncé? No te parecías a ninguna. ¿Habían creado tu belleza desde cero? Me costaba creerlo. Eras como una supermodelo africana con…

…Pelo platinado y corte carré, completa Úrsula. Se toca el cabello con coquetería.

La peluca fue fácil de replicar, digo. La ropa también, aunque al principio la probaba sobre un modelo equivocado, a lo Mujer Maravilla: las típicas proporciones heroicas que la mayoría de los hombres elige al crear un avatar de mujer.

Fantasías sexuales masculinas, bufa Úrsula. Qué vulgares.

Tu cuerpo era más delgado y esbelto. Lo había visto antes pero, ¿dónde? Recién pude descubrirlo cuando en la pantalla gigante de la discoteca repusieron el videoclip de “Violence of Summer”: salían muchas modelos, pero la principal eras vos. Ése era tu cuerpo exacto. Tu cara. Ahí te tuve casi lista.

¿Casi?

Para hacerte mía no bastaba con darte un nombre. Necesitabas un atributo extra que te distinguiera de la chica del video. Te probé el sombrero de Audrey Hepburn en My Fair Lady, pero lo descarté por incómodo. ¿Algo más simple y casual? Surgió de la nada: una mariposa tatuada detrás de una oreja. Pasé horas en los browsers. Elegí una Morpho menelaus. Ese azul iridiscente se destaca tan bien sobre tu piel…

Gracias, dice Úrsula, acariciando su tatuaje metalizado. Y gracias también por cederme la mejor computadora. Es increíble que puedas usar dos a la vez.

Supe manejar hasta ocho. Me lo elogiaban mucho en el trabajo, hasta que pasó lo que pasó: ahí empezaron a usarlo en mi contra. Soberbio, negligente, irresponsable… De todo, me dijeron.

Epa, dice Úrsula. ¿O sea que, antes de convertirte en asaltante de trenes, tenías un trabajo? ¿Uno de verdad? ¿Con un escritorio, horarios y todo?

Otro buen lugar para la cabaña podría ser aquella loma, señalo para cambiar de tema, pero ella ni siquiera mira. Vuelve por su ropa. Es incluso más sensual mientras se viste.

Úrsula, deberíamos desconectarnos un rato. No sé cuánto llevamos ya sin…

Todo eso sobre mi familia aplastada dentro de un auto, dice ella. Esa historia patética del accidente que te llevó a querer “protegerme”… Sé muy bien que ésa no es mi historia. Yo no tengo ningún pasado que no sea el tuyo.

Mi paraíso empieza a resquebrajarse. Algún día iba a pasar.

También sé la verdad sobre vos, sigue Úrsula sin dejarme hablar. Lo del tren. No lo del robo: eso te lo inventaste igual que a lo de mi familia. Nunca tuve una, y vos tampoco. Hablo del tren que aplastó a aquel auto en el paso a nivel. Eso sí fue cierto.

Era un cruce suburbano tranquilo, digo temblando. Nunca pasaba nada…

Alardeabas de dominar ocho computadoras. Demasiados cruces para un solo controlador ferroviario.

Me lo elogiaban, digo. No fue mi culpa. La imprudencia del conductor fue la que…

Esa barrera no tenía que estar levantada, dice Úrsula, implacable.

¡Querían despedirme!, exploto. Iban a automatizar el sector y yo era el último empleado en planta. Los habían echado a todos. No manejaba ocho para alardear, es que ya no quedaba nadie más conmigo en la sala de control, ¿entendés? ¡Les vino justo para no indemnizarme! ¿Entendés o no, hija de puta?

Mi exabrupto nos tensa. Nunca antes la había insultado.

El silencio hiere y se prolonga, hace que estire mi pie descalzo hasta el grueso cable negro. Con los dos dedos más fuertes, tiro del cable; la computadora vieja se apaga, sólo queda prendida la más potente. De mis labios sale la última verdad que me enrostra Úrsula:

Sólo sobrevivió una nena de ocho años. Quedó huérfana. Sola en el mundo.

Oigo el ruido de algo que se rompe. ¿Qué fue eso?, digo, pero él ya no me contesta: yace quieto sobre la arena. ¿Le hace bien al amor que los amantes seamos sinceros en todo? ¿Qué me obligó a acorralarlo contra esta autoconfesión total?

Habrá sido la falta de dinero: su saldo ya casi se extingue. Cuando se caiga el débito automático van a cortar la electricidad. Ahí termina todo. Él me lo dijo desde el principio: este paraíso no iba a durar.

Me toman de la muñeca; es alguien de afuera. El pinchazo aparta mi vista de la playa. Veo la jeringa en mi brazo, cubierto de pústulas y costras. Distingo la puerta reventada. Siluetas móviles en la penumbra del monoambiente. El resplandor del único monitor activo me muestra restos de comida chatarra. Moho, hongos y bolas de pelusa. Bidones vacíos, cajas de cartón reblandecidas, latas abiertas, abolladas, filos oxidados. Dos cucarachas frotan sus delicadas antenas sobre las teclas.

Por definidos que sean, los gráficos de la realidad no me impresionan.

Ahora una linterna bucea en mis pupilas. Los agentes me preguntan por qué no me presenté. Me muestran copias de las citaciones: están a nombre de mi ex amante.

No sé adónde se fue, les digo. Me abandonó. Ahí, en la arena, está su avatar vacío. Me da igual: iba a dejarlo por mentiroso. Decía ser un aventurero pero sólo era un desempleado, con un sobrepeso enfermizo y un psicólogo de la obra social que no le atendía las llamadas.

¿Yo? Yo soy Úrsula, les digo y me llevo un dedo detrás de la oreja. ¿Ven?

Toco una barba silvestre y tupida ahí donde debería haber una mariposa de alas azules, iridiscentes.

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