Poemas de Piedra grande sin labrar por Verónica Yattah

De brotes ramas

de ramas flores, de flores

néctar.

Blanco o negro todo o nada

empezamos a vernos

sin reparar en matices.

La redondez de tus dedos

sobre un cuchillo que no corta

roza el pan

un sábado a la mañana.

Naranja sobre blanco

las espigas de trigo bajo el sol

la molienda el molino

las manos de una mujer volviendo pan

la corona de harina.

Pan que ahora llevamos a nuestra boca.

Naranja sobre blanco

mermelada sobre miga tostada.

La redondez de tus dedos

rozando mi corazón.

*

*

Doce años y ahí estoy

entrando al arroyo de Siete Cascadas.

El musguito se pegaba a las piedras y me hacía resbalar.

Nos juntamos tantos años después

a ver el video de ese viaje

que nos costó encontrar el dispositivo

de VHS para poder reproducirlo.

En lo íntimo no queríamos vernos

unos a otros

sino ver nuestras caras de doce.

A mis casi treinta me daba intriga si algo

del miedo que sentía por esos días

iba a verlo en los gestos de esa que fui.

Busco abajo las maravillas del mundo,

guardo en una bolsa de nylon

las piedras más brillantes que encuentro.

Tengo una remera desteñida

y un pañuelo atado a la cabeza

que nadie mira.

No me miran todavía,

ahí, hay un mundo pequeño pero mío.

En ese mundo todavía no hay sogas

que me unan o desaten al amor

bastan las piedras, las nubes, el agua del río.

Basta que diga por ejemplo:

voy a juntar piedras para llevar a Buenos Aires.

O que diga:

cuando lleguemos a la feria voy a elegir

un regalo para mis abuelos.

O que sienta: algún día voy a tener

una casa en las sierras.

Cuarzo y turmalina y a las opacas las dejo.

Llego al hotel y despliego sobre la cama las piedras.

Doce años y ahí estoy.

*

*

a Natalia Romero

Hay un río, a veces baja.

Hay una acequia del lado izquierdo.

Sé que apoyé mis pies este verano

en esa construcción

que serpenteaba calcando

de la sierra su forma

y me llevó a una casa con molino.

Ahí me quedé, apoyé mis cosas.

Era veintiuno de febrero

y desde ahí la llamé.

Viajo sola y siento tan cerca

a mis amigas.

Sumergí mis pies en el río

sentí perfecto el paisaje.

Las sierras eran montañas

las piedras tenían hijitas invisibles,

me acariciaban la planta de los pies.

Sé dónde queda ese río y que sumergí

adentro suyo mis pies este verano.

Aunque no lo esté viendo, lo veo

sé dónde queda y cómo es.

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