Un agitado camino por Noé Jitrik

Es un hecho conocido que ese tipo de relato llamado “cuento” descansa sobre una exigencia muy estricta: la brevedad; eso supone concentración narrativa, o sea un desarrollo de lo que se quiere contar enemigo del dispendio verbal, regido por determinada economía pero no por ello pobre; al contrario, el cuento admitido como más logrado es el que, siguiendo esa rigurosa ley, logra en un ámbito de lectura de alcance general un impacto que va de lo previsible a lo inesperado, de lo reconocible a lo sorprendente, tanto por la tonalidad del desarrollo como por la fuerza del final que es siempre una culminación. Culminación de un núcleo presentado como interrogante, un no saber adónde va que poco a poco se despliega hasta alcanzar el propósito. Es claro que eso tiene que ver con la escritura que, contrariamente a otros modos narrativos, se cierra aunque no se cierre el interrogante.

Quiero creer que este modo de considerarlo exige una disposición especial de lectura, hasta, quizás, una preparación especial, que implica también una relación con un tiempo, breve y diferente a la relacionada con la novela, más largo y necesariamente manejable; tal disposición es algo así como el instrumento para admitir su especificidad y reconocer por ello un efecto, eso que la literatura procura de todos los modos posibles, sea ofreciendo sea, en ese caso, suprimiendo.

En eso estamos cuando nos enfrentamos con Calila e Dimna, los Cuentos de Canterbury, el Decameron, una tradición de varios siglos hasta llegar, modernamente, a los textos que son o parecen fundantes, de Edgar Allan Poe, Maupassant, Chejov, Lugones, Quiroga, Borges: blanco alcanzado, no caben dudas, sin que se trate de triunfos de la retórica aunque sus leyes fundamentales están en toda esa tradición respetadas: en todos esos maestros las variantes de la retórica o su lisa y llana desobediencia, que desencadena propuestas de nuevas posibilidades, los hacen únicos. Momentos de auge, galas de una maestría que, con el paso del tiempo, parecen haber agotado su virtud, desgaste que si hace lamentar una decadencia también hace pensar en la evolución misma del gesto narrativo que ha generado esas construcciones de gran aliento que conocemos como la novela y que dominan la escena narrativa hasta convertirla, por una sinécdoque imponente, en lo esencial de la literatura misma. Y, sin embargo…

Sorprende, por lo tanto, el acto de arrojo de quien escribe cuentos en la actualidad: debe padecer un escepticismo generalizado acerca de su vigencia o de lo que se supone, como un lugar común, su discutible o escasa vigencia, debe competir con la presencia reinante de las novelas, el modo en que se viven, editorialmente, y se premian, económicamente sin contar con que al parecer escaso cultores aventureros en ese campo no son como los reconocidos y célebres de otros tiempos. No hay un Quiroga, no hay un Cortázar, no hay un Borges, no hay un Walsh, vaya uno a saber quiénes pueden si no superarlos al menos ocupar un digno lugar junto a ellos.

Contra todo eso alguien escribe cuentos. Ese alguien es Zelmar Acevedo Díaz y los cuentos que escribe son de una fuerza demoledora, derriban todos los presupuestos de inoperancia que se han instalado y obligan a tenerlos muy en cuenta, es una nueva voz que exclama con la fuerza de una escritura vigorosa y original lo que puede la escritura, las barreras que puede derribar. No se trata de temas aunque también hace pensar en cómo se forman los temas de sus textos, uno adivina una mirada sobre un ser que pasa y que suscita una recuperación que va a otra parte: el ser observado desaparece, el que lo sustituye, por magia de una escritura, se espesa, se conflictúa y todo ello sin apelar a explicación ni a esa frecuente simbiosis entre narrador y personaje. Y eso, con ser muy atractivo, no es el único sello de estas narraciones: más lo es el flujo verbal, un ir de una afirmación a una conjetura, de una suposición a un indicio, un río sin orillas y sin desembocadura, esa prosa alucinada podría seguir incesantemente.

Signo de los tiempos: eso que se llamaba “crítica” no era solamente una manera de tomar distancia sino, en el mejor sentido de su función, observar y reparar, ayudar a configurar la biblioteca del futuro. La de ahora parece haber renunciado a esa misión, se limita a consagrar lo consagrado, como si respondiera a un “deber ser” impuesto por una institucionalidad vaga, cómoda y floja, puro humo de vanagloria y ponderaciones vacuas. De modo que no me extraña que el libro de Acevedo Díaz, Agitado camino hacia la medianoche, no haya tenido esos observadores como tampoco tantos otros que yacen en la sombra: es cuestión de escuchar su palpitación para comprender lo que es esa “medianoche” en la que se desplazan vertiginosamente seres y desmesuras, ese “agitado” andar de la narración que es, no puede ser de otro modo, movimiento vital, un ir hacia un lugar desconocido e inalcanzable, tanto como la respiración del asmático, puro anhelo. ¿Literatura como respiración entrecortada? ¿Lectura respirada entrecortadamente?

Mucho brota de estos textos que, se ve, pueden sucederse incesantemente; de hecho así es en el libro pero también en un “libro del porvenir”, lo no narrado todavía, aquello que busca, como decía Ruben Darío, su forma y que yace en la intuición de Mallarmé, la “angustia en la medianoche”. En suma, la literatura.

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