Costa Rica Por Lucía Rud

Amanecí despeinada y con resaca. Sobre la almohada había dejado una mancha negra de rímel y una estela azul de mi pelo teñido con papel crêpe. Estaba mareada y con sed. Me había dormido con el pantalón puesto, el corpiño desabrochado y la musculosa de algodón, corrida. Se despertó él también, con el pelo suelto parecía un cantante de cumbia. Puso su mano en mi abdomen y me preguntó si ya me iba. En realidad no era una pregunta, era una invitación, casi una orden. Bajé de su habitación hacia la puerta, atravesando la enorme casona materna. Cuando pasamos por la cocina no me atreví a pedirle un vaso de agua. Sí le pedí un buzo prestado, porque hacía frío y porque me pareció una buena excusa para volver a hablarle. Me abrió la puerta de calle y me despidió con un beso en la mejilla que, incluso adolescente, me sonó ridículo después de haber dormido juntos. Caminé lento por Costa Rica hasta Medrano y esperé el 160. Como siempre, el 160 nunca llegó y emprendí la marcha a pie hacia el sur. Atravesé Rivadavia, Medrano se hizo Castro Barros. Nueve cuadras más tarde entré a mi casa, me saqué las zapatillas y me desplomé sobre mi cama, con los pies en la almohada y la cabeza suspendida en el aire.

Entre sueños escuché los gritos de mi madre. Sentí los sacudones en el cuerpo y medio dormida, agité los brazos y saqué las uñas. Mi mamá me gritaba desencajada y una línea finita de sangre brillaba en su mejilla. Yo no entendía nada. Nunca imaginé que ella iba a advertir mi ausencia y mucho menos que podría llegar a importarle. Y sin embargo, cuando a la mañana había visto que yo no estaba en mi cama, fue corriendo hasta la Federación de Box a buscarme. Allí había encontrado adolescentes desarmando las fiestas semanales de tequila a cincuenta centavos y destornillador a un peso. Ninguno sabía mi paradero ni de mi existencia. Las dos habíamos caminado las mismas cuadras de Castro Barros sin cruzarnos, yo lenta y dormida, ella insomne y desencajada. Siempre estábamos desfasadas.

A los quince años tomé alcohol. Solo por un año. La primera vez fue en mi cumpleaños, una borrachera de anís y de Dr Lemon. Durante el final del milenio me emborrachaba cada fin de semana. Salía a medianoche y volvía con resaca de Cemento o la Federación de Box a la madrugada, a la tarde, o a veces después de dos días. Durante la semana, aprobaba las materias estudiando lo mínimo posible, leía compulsivamente y luchaba contra las cucarachas y la mugre de una casa -nuestra casa- sucia y decadente, con revoques caídos y colchones de resortes que se me clavaban en la espalda, a la que llamábamos Kosovo. Mis padres me pagaban por limpiar la cocina y el cuarto de mi hermano. El dinero que me daban me alcanzaba para comprar libros a seis pesos en calle Corrientes, discos truchos en Parque Rivadavia a cinco y para tomar destornillador a un peso y tequila a cincuenta centavos los fines de semana. Elegía, en cambio, no pagar el subte, así que iba al colegio caminando. Cuarenta cuadras de ida y cuarenta de vuelta. No recuerdo que en esa época comiera muy seguido. Aprovechaba las visitas a la casa de mis abuelos o a las de mis amigas para atracarme y conservar el alimento en mi interior, como un dromedario. Me acostumbré a vivir en la posguerra permanente. Nunca había provisiones en Kosovo, mi hermano almorzaba en su escuela, mi mamá en el trabajo y mi papá supongo que en la calle. No sé qué pasaba con las cenas, la heladera siempre estaba vacía. Lo único que había eran botellas de whisky Criadores ocultas en algún rincón de la cocina o arriba del ropero. Cuando limpiaba y encontraba diez o veinte botellas, las alineaba en una instalación artística sobre la mesa acompañadas con un cartel que decía «alcohólica» o a veces «borracha». Mi mamá entonces me llamaba, de manera ofensiva, «policía». Mi papá, «exagerada», como si hubiese tenido el don cristiano de multiplicar botellas de whisky vacías. No había ningún aspecto apolíneo en la casa. Vivíamos en absoluta y doméstica anarquía. El lema de Kosovo era aceptar todos los aspectos de la libertad del otro, aunque esa libertad fuera suicida. Me sorprendió entonces que esa mañana cuando volví de Costa Rica, mi mamá se hubiese preocupado por mí, hubiese querido controlarme, o hubiera pretendido instaurar un orden. No sucedió muchas veces más.

A los dieciséis ya me había hartado de los viernes de alcohol y de las botellas de whisky detrás de la cocina. Había vivido lo que otros viven a los treinta, y a lo que algunos afortunados nunca llegan. Desde entonces, abandoné o escapé a cualquier sustancia tóxica y a toda situación nocturna. En cambio, logré construir maneras mucho más complejas y sutiles de arruinarme. Y más baratas. Usé, me dejé usar y mi mamá en ningún momento intentó advertirme o rescatarme. Entre mis dieciséis y mis veintinueve años, el vínculo con mi mamá se volvió de mutua exclusión e ignorancia. Yo ya no intentaba intervenir en su relación con el alcohol ni en sus fines de semana de no moverse de la cama, y tampoco me afectaban sus constantes referencias a la muerte. Mi mamá amenazaba con morir antes de los sesenta años, de subirse al tren de muertos de su familia (de alguna manera su esposo y sus hijos no eran tan cercanos como la familia de espectros, sus mejores compañeros), exigía cajón cerrado como un niño pidiendo helado, decía que estaba signada por la muerte porque era de escorpio y que su nombre, Eugenia, era una ironía del destino, porque sus genes eran de lo peor. Ella repetía su sermón, podía estar hablando de muerte o de compras del supermercado, me daba lo mismo. Harta de mis silencios, me expulsó de Kosovo, yo acepté con alivio el ostracismo, y no volví a tener un diálogo fluido con ella hasta años después.

Del vínculo con mi madre recuerdo cada día de abril y mayo de 2014 mucho mejor que los casi treinta años anteriores, desde que aparecí en su útero en Costa Rica hasta el primer diagnóstico. Con el cáncer, un poco antes de las internaciones, me mudé de nuevo a la casa, que ya no era mía ni era el Kosovo que recordaba. Kosovo había sido reconstruido y conocía la abundancia de electrodomésticos y demasiados objetos, ya no solo las botellas de whisky sino también todo tipo de artefactos indescifrables con enchufe, muebles y hasta ropa nueva en los roperos, además de la vieja. La casa ocultaba su ser de posguerra con una mezcla entre síndrome de Diógenes y consumismo postsocialista.

Durante las internaciones de mi madre, yo tenía una rutina. Caminaba de un lado al otro de la ciudad. No fue una ofrenda o peregrinaje para salvar a nadie. Tampoco un medio de transporte. Era una manera de dilatar los tiempos, una forma de tardar más, de no estar en el hospital, ni en mi casa ni con nadie, de no estar en ningún lado. Yo salía de mi trabajo esclavo en Recoleta caminando por Paraguay, doblaba y tomaba dos innecesarias cuadras de Costa Rica, pasaba por la casa del primer hombre que me despreció (o por el que me dejé despreciar), y después bajaba por Acuña de Figueroa hacia el Hospital Italiano. Era el camino más ineficiente y largo.

Subía por las escaleras hasta el primer piso, y compraba un café con leche y uno cortado con azúcar que me parecían exageradamente caros para un hospital. Daba la vuelta hasta oncología. Entraba a su habitación, desde la ventana se veían bebés en incubadoras. Le daba su café. Durante toda la vida lo había tomado negro y amargo, pero ahora le gustaba con leche y azúcar. La quimioterapia cambia el gusto. Mi mamá daba dos sorbos pequeños y lo dejaba. Yo terminaba tomándome los dos; igual me daba sueño. Me quedaba dormida en la misma camilla, que resultaba amplia y cómoda para nuestros cuerpos. Tomaba su mano huesuda y sentía el anillo que había sido de mi bisabuela y que mi mamá había prometido regalarme para mi cumpleaños de treinta. Las primeras noches yo dormía muy bien, es increíble la tranquilidad que me da sentir un cuerpo en la misma cama. Las últimas noches en el hospital me dormía con la mano en su espalda para sentir su respiración. Tenía miedo que dejara de respirar y no darme cuenta, de dormirme con mi mamá y despertarme con un muerto.

A la mañana, volvía al sur caminando por Medrano, que se hacía Castro Barros; pasaba por la puerta de la Federación de Box y seguía caminando hasta mi casita Haití. Podría decir que durante esos dos meses eternos, me la pasé drenando edemas, cambiando chatas y limpiando vómitos, pero sería una exageración. Eso era una mínima fracción del tiempo. Mientras mi mamá se moría, casi todo lo que yo hacía era caminar y dormir.

Con el oncólogo y la psicóloga, decidimos que muriera en Kosovo. No supe si la sugerencia de los médicos era por el bienestar del enfermo o para liberar una cama. A esa altura, no tenía ninguna confianza en la psicología y menos aún en la oncología. Los oncólogos eran repositores, solo ponían y sacaban bolsitas con ácido zoledrónico, etopósido y cisplatino, según la ocasión. Las enfermeras se olvidaban los horarios del tramadol, del alplax y de la espironolactona. Ante esa ineficiencia hospitalaria, administraba yo las dosis, incluso aprendí a poner la morfina en la vía abierta en el abdomen, que estaba inflado en un cuerpo raquítico. Mi madre me decía, cuando veía su panza hinchada, que tenía un cuerpo digno de Auschwitz. Como tenía la piel oscura, yo le respondía que más bien podría ser de Etiopía. La primera vez que lo dijimos, nos reímos. Después, lo repetíamos en nuestra rutina diaria como dos cómicas desapasionadas.

Con la cohorte de inútiles del hospital, morir en casa era lo correcto. Mi madre hizo su último viaje a Kosovo en ambulancia. Me dijo, en ese momento, como un pedido casi fúnebre: «tomate un taxi». Volví caminando.

Un moribundo es un bebé invertido. Cuando mi mamá llegó a la casa, todavía hablaba. Quiso levantarse de la cama. Le pregunté dónde quería ir y me dijo su última frase completa: «a dar la vuelta al mundo». No podía incorporarse para ir al baño pero seguía conservando el cinismo. Al día siguiente, me avisó con tiempo suficiente para ponerle la chata. Un día más tarde, lloraba cuando había que cambiarle el pañal. Después, ya nada.

Es de fácil lectura la muerte, no es silenciosa ni discreta, como temía. Fue un pasaje gradual pero evidente, cómo dejó de ser persona y empezó a ser solo cuerpo. Entendí su respiración forzosa y el modo en que se fue haciendo más ardua. Le tomé la mano y la miré a los ojos, y creo que ella también me miró. Estábamos solas. Exhaló, una tos áspera en la que escupió el alma. Sin respiración era una muñeca, livianísima. Le saqué sus anillos. La limpié. La vestí con una falda negra con flores blancas y una remera roja. «La muerte tiene estos colores», pensé. Como los del Frente Sandinista de Liberación Nacional. Quizá no eran los colores de la muerte ni los de la revolución, sino los de mi familia. Le hice una limpieza de cutis y le puse crema. Con la quimioterapia su piel estaba finita y suave. La maquillé y con una vincha sostuve su mandíbula, que no dejaba de desencajarse. Le puse a mi muñeca un pañal de adulto, porque los muertos, como las parturientas y los bebés, también se cagan encima. Nuestro pasar por el mundo está signado por la caca. Antes de cualquier otra cosa, según la embriogénesis, somos un ano. Nacemos y lo primero que vemos del mundo es el ano activo de nuestra madre. Y morimos cagando. Eso pensaba mientras arreglaba a mi madre: que la vida es una mierda y la muerte también.

Llegó la gente de la morgue, expliqué que mi mamá quería cajón cerrado y antes de que pusieran a mi muñeca en la bolsa, junté los frascos de morfina de la heladera, salí de Kosovo y volví a mi casita Haití. Guardé esos frascos por tres meses, hasta que se vencieron. Temía que el dolor alguna vez se hiciera insoportable, y como ya no tomaba alcohol, se me antojó que la morfina podría servir. El dolor nunca fue insoportable. Fue un duelo como cualquier otro. Todos lloramos a los padres de la misma forma.

Las primeras semanas estuvieron marcadas por las noches de sueños y despertares, soñando que ella estaba viva, o muriendo, o en un estado ambiguo de vida y muerte simultáneas. A primera hora imaginaba todos los futuros imposibles, contaba los días que le faltaron para que su muerte no fuera injusta o su vida incompleta (¿me habría dolido menos si ella hubiese llegado a cumplir sesenta años?). Contaba también las primeras veces que yo hacía algo desde su muerte: la primera vez que compré pan, que hice el amor, que encaré cualquier cosa que implicara que yo seguía viva cuando ella ya no. Mi tarea era registrar que el mundo era nuevo y seguía siendo el mismo.

Todos los días leía poemas de May Sarton y de Marguerite Yourcenar, solo me sentía acompañada por poetas belgas muertas. Creí haber atravesado un rito de iniciación, el de iniciación a la muerte ajena. Los que aún no habían transitado ese pasaje me parecían idiotas que escondían, detrás de su compasión, todo el miedo. Porque a todos se les morirá alguien alguna vez, excepto a los que mueran primero. Ninguno de estos pensamientos que me llenaban el tiempo fueron trascendentes.

Al principio esperaba encontrar algo que me hiciera comprender el significado de la vida. Pero después de cierto tiempo la muerte se vuelve mundana y hasta aburrida. Me dediqué entonces a aburrirme, ya no caminaba más por la ciudad y pasé los meses de invierno en la cama, comiendo arroz y yogurt con avena de vez en cuando. El cuerpo se me hacía pesado, sentía toda la fuerza de la gravedad en la espalda y en las piernas, y no me podía parar. Levantarme para ir al baño era un esfuerzo imposible, que intentaba hacer una vez cada dos días. Miraba el techo, la ventana, la tele con atención dispersa. Esa era mi única actividad, tener los ojos abiertos.

En algún momento, también me cansé del duelo y el luto, del aburrimiento y de la autodestrucción que venía llevando a cabo desde la adolescencia. Ya no había madre paranoica, ni madre vengativa, ni madre depresiva ni madre alcohólica. No había madre, y por primera vez estaba solo yo. Me pareció un pensamiento terrible y feliz. Entonces, salí de las frazadas de la cama al mundo, me parí a mí misma y a los treinta años y unos meses, nací. Estaba viva. Más viva que nunca. Después de un rato, también la euforia se terminó y todo volvió a ser como siempre.

En la cotidianeidad, casi no siento la ausencia. Muchas veces olvido que está muerta y otras tengo que obligarme a recordar que existió, que fue alguien, que fue incluso mi némesis. Casi ningún lugar de Buenos Aires la evoca ya: ni el Hospital Italiano ni la calle Costa Rica ni la casa fúnebre de Avenida Independencia. Se ocupó muy bien de no dejar rastros en la ciudad. Solo están todos sus rastros, o casi todos, en Kosovo. Todavía voy a la casa de mi infancia a desarmar el caos de cosas que dejó allí mi madre. Me enfrento a la disección con ánimo cartonero. Tiré por error una cajita naranja que tenía en su interior un trozo de dentadura postiza, un camafeo que le habíamos comprado para un día de la madre y que nunca usó, y un anillo de platino de sus padres con la inscripción «Norma Matilde y Marcos Marcial, 18 de julio de 1953». La cajita anaranjada de plástico estará en algún basural como un pequeño ataúd. Al principio me angustió la pérdida de esas joyas históricas, tanto como la de mi madre. Ahora creo que es justo, casi poético, que la cajita con sus restos esté en algún lugar del mundo fuera de esa casa. Mi madre no tiene tumba. Sus cenizas están en el ropero de mi papá: un muerto en el placard.

Me llevé parte de su ropa y empecé a usarla. Las camisas me quedaban grandes y la campera me hacía ver mayor. Desde chica me había vestido con los descartes de mis primas y amigas. Es distinto usar la ropa de los muertos.

Su saquito de hilo rojo, un saquito preciado, se apolilló en mi ropero. Mi mamá lo llamaba de una manera que no recuerdo, el nombre de un color que no era granate ni rojo letón ni obispo ni carmín de alizarina. Me gustaría recordar el nombre de ese color. Después de varios días de insomnio apareció otro nombre, el de Raoul Dufy. Involuntariamente, mi mamá y yo robamos un libro para niños sobre un violín, un cuento con pinturas de Dufy, de la biblioteca infantil de Parque Patricios. El libro se perdió y la biblioteca ya no existe. Pensé en ese acto de complicidad delictiva y la extrañé.

Entre las toneladas de ropa, fotos de novios ancestrales, electrodomésticos inútiles de Tevecompras, miles de agendas y porquerías que hay en la casa, también encontré sus cuadernos de inglés. En los últimos años, mi mamá ya no trabajaba y poco hacía además de vaticinar certeramente su muerte. Una de las actividades que tenía era tomar clases de inglés. Ella se enorgullecía de haber ido al Lenguas Vivas, pero su inglés a mí me parecía rudimentario. No lo había practicado en cuarenta años. Empecé a leer su caligrafía, una letra que siempre me resultó fea, y que ahora puedo reconocer entre millones de letras. La consigna era escribir un ensayito sobre alguna vivencia feliz. Le había ido bien y tenía pocas correcciones. Hablaba en su escrito sobre Costa Rica. Allí vivieron mis padres y su comunidad de hippies exiliados a principios de los ochenta, antes de mi nacimiento, en un paraíso perdido que ahora es consumista e insufrible. Ella nunca había vuelto a Costa Rica ni de visita, así que no sabía en lo que su paraíso se había transformado, no había visto Limón destruido por el terremoto de 1991 ni las playas de Manuel Antonio convertidas en un shopping al aire libre frente al Pacífico. Leí el escrito en macarrónico inglés y me sorprendió encontrar vestigios de una persona que no conocí, una que no estaba obsesionada con la enfermedad y la muerte, que no se escondía en la oscuridad con una botella de whisky. Hablaba de los arcoíris costarricenses pero no de los meses de lluvia, y de la tranquilidad de vivir en un país sin ejército, sin mencionar la relación pseudodependiente con los Estados Unidos. En un acto de piedad filial o de supervivencia, elijo recordarla entonces como esa mujer desconocida que desde Costa Rica, antes de mi nacimiento, o desde el más allá, después de su muerte, escribe con alegría, y termina su texto así: «pura vida».

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