Frente al mar por Carla Maliandi

La Señora Nazarovna elogió mis ojos, hablaba un buen español pero con acento ruso muy marcado. Era corpulenta. Su pelo canoso, recogido en un rodete, sus ojos aguachentos y los labios muy finos. Como gesto de bienvenida, tomó mis manos entre las suyas que sentí ásperas y fuertes. Yo sonreí nerviosa y retiré mis manos despacio, con cuidado de no ofenderla. Recorrimos juntas el departamento: la pieza, el baño, la cocina, el lavadero y volvimos al living. Lo había alquilado por internet unos días atrás con el propósito de instalarme sola a terminar la tesis. Aprovecharía el feriado largo de Semana Santa para poner fin a ese problema que me atormentaba hacía años. No me faltaba mucho, pero eran tal vez las páginas más difíciles de encarar: las conclusiones. En cada intento que hacía me parecía que las doscientas páginas anteriores perdían sentido, y entonces borraba y volvía a empezar. Ese último fragmento me tenía detenida, inmóvil, incapaz de estar verdaderamente presente en ninguna otra cosa. Rechacé los planes familiares para ese feriado, las comidas con amigos, la propuesta de mi marido de hacer algo juntos. Elegí un departamento sencillo en el centro de Mar del Plata. No me importaba ningún lujo, no quería nada que pudiera distraerme de mi tarea.

La Señora Nazarovna me entregó un manojo de llaves, me dijo que la más grande abría la puerta de entrada, que las de la puerta del departamento eran dos por cuestiones de seguridad, que una más pequeña era de una baulera que yo no iba a utilizar y que otra más oxidada abría la terraza del edificio a la que supuestamente tampoco iría. El departamento estaba vacío desde el verano; lo había ocupado una familia muy amable que supo sacarle provecho. La Señora Nazarovna mencionó la cercanía con la playa y los restaurantes del centro pero pronto pareció recordar que yo no era una inquilina típica y se interrumpió. Las dos sonreímos al mismo tiempo, no sé bien por qué. Me animé a preguntarle de qué parte de Rusia venía. De San Petersburgo, me contestó. ¿Y llegó hace mucho?, pregunté. Respondió que había llegado a mediados de los noventa, en la llamada quinta ola, el último gran grupo que emigró en épocas de la perestroika. Este departamento fue nuestro primer hogar en Argentina, lo compramos con mucho esfuerzo, dijo pasándose su mano pesada y áspera por la frente. La Señora Nazarovna era agradable. Estaba tentada de hacerle unas cuantas preguntas más acerca de su vida pero las reprimí porque no quería perder tiempo.

El tiempo era mi problema principal. El uso que hacía del tiempo, lo mucho que me distraía con pavadas. Los días que pasaban a una velocidad desconcertante y se transformaban en semanas, en meses y en años cada vez más rápido. Después de unos instantes en silencio la Señora Nazarovna me habló de la entrega de las llaves el día en que me fuera. Dijo algo acerca de la coincidencia del día de mi salida con el domingo de pascua, ella no podría venir porque participaba en las celebraciones de la iglesia de su comunidad, pero el portero podría recibirlas hasta el mediodía. Intenté prestar atención a sus palabras pero me distraje un poco en los gestos de sus manos y en los rasgos de su cara. Por un momento me pareció ver la cara que habría tenido en su juventud y las marcas por las que había entrado la vejez y seguiría entrando en los próximos años. Me pregunté cuánto tiempo me faltaría para lucir como ella; conté mentalmente ese tiempo en años y en meses. A menudo hacía ese cálculo pensando en la posibilidad de tener hijos, posibilidad que parecía escurrírseme como arena entre los dedos mes a mes. Pero ahora quería ocupar todos mis pensamientos en terminar la tesis, ese documento inacabado que se me hacía una carga insoportable.

Cuando la Señora Nazarovna terminó de explicarme los detalles de la entrega del departamento señaló a través de la ventana un supermercado que abría hasta las diez de la noche, me deseó suerte y se fue.

Cerré la puerta con las dos llaves y vacié mi mochila en el sillón. En otro bolso traía los libros, cuadernos y la notebook que ubiqué en la mesa del living. Volví a recorrer el departamento sola. Todo se veía como en las fotos del anuncio en internet, incluso el cubrecama Palette rosado y el malvón de plástico en un estante del living eran los mismos. Me pregunté quién habría sacado esas fotos, si Nazarovna tendría un hijo, un sobrino o alguien que la ayudara. Puse agua para un mate.  En la alacena había azúcar, yerba, un frasco con un paquete abierto de fideos, sobres de edulcorante y sal.

Trabajé cuatro horas sin parar, solo me interrumpí cuando empecé a sentir hambre. Las luces del supermercado de enfrente ya se habían apagado. Era casi media noche.

Saqué, de entre las cosas desparramadas del sillón, una bolsa de galletitas que había comprado en la estación y un paquete con sanguchitos de miga que me habían entregado en el micro. Esos alimentos ahora eran mi salvación. Busqué agua fresca en la heladera pero lo único que encontré fue una botella de vodka.

Me serví un poco y al tomar sentí un calor subirme por el cuello hasta las sienes. Abrí la ventana pero no corría aire suficiente. Busqué el mar entre los edificios que se levantaban frente a mi vista. Era una porción muy mínima que se recortaba entre las medianeras y recordé las palabras de la Señora Nazarovna en uno de sus mails: “un poquito se ve el mar”. Imaginé que el panorama desde los departamentos más altos o desde la terraza sería totalmente distinto. Terminé el vaso de vodka y caí rendida en la cama.

Al día siguiente tampoco salí del departamento. Trabajé sin parar por más de once horas, deteniéndome solo para preparar mate y hacerme los fideos del frasco que comí  con un poco de sal y sin aceite ni salsa ni nada. Salir al supermercado habría sido una interrupción peligrosa en el ritmo de trabajo que había conseguido, esa concentración extraordinaria podía perderse fácilmente con una salida a la calle. Cuando se hizo de noche estaba exhausta y decidí parar. Caminé un poco por el departamento para estirar las piernas y la espalda. Volví a servirme vodka y a buscar el mar en la ventana. Hacía un calor inusual para esa altura del año en Mar del Plata.

Antes de dormir quise ir un rato a la terraza para tomar aire y ver el mar. Subí los cuatro pisos por escalera y abrí la puerta de chapa con la llave oxidada. Me pareció un lugar horrible y peligroso, poco transitable: el piso cubierto de un aluminio muy gastado, con caminos de brea y cables colgando por todas partes. Con cuidado me acerqué a la parecita. Ahí en frente estaban la playa del centro, el muelle, el club de pescadores, el Boulevard Marítimo, los autos y la gente. Pero estar ahí parada me pareció una locura, ese muro sin baranda no me llegaba ni a la cintura y caer al vacío parecía lo más fácil del mundo. Así que enseguida volví por donde había entrado.

Al tercer día la tesis estaba terminada. Todos esos años de parálisis se habían resuelto en tres jornadas de trabajo. Leí el documento entero. Empecé la lectura a la tarde temprano, después de pasar la última nota y cerrar las conclusiones, y terminé a la noche. Era un trabajo digno, decía alguna que otra cosa interesante, con seguridad me brindaría el título de posgrado y posiblemente, más allá del jurado, no lo leería nadie más.

Me sentí rara, como vacía y tranquila. Ese problema que acarreaba conmigo durante años había terminado de pronto.

Me serví un poco de vodka y lo tomé junto a la ventana. Vi apagarse otra vez las luces del supermercado. El cielo estaba cubierto de nubes que no dejaban ver ni estrellas ni luna, y desde la calle subía un olor a pescado frito y a azúcar quemada.  Temí desmayarme de hambre y bajé en busca de comida.

Caminé por las calles del centro atestadas de gente. En uno de los restaurantes un mozo me acomodó en una mesa de dos y retiró los cubiertos, el vaso y el plato que sobraban. Vi pasar delante de mí bandejas con distintos tipos de pescado y recordé que estábamos en Semana Santa. El lugar era muy ruidoso: risas, gritos de chicos, cubiertos golpeando contra platos.  Yo señalé el plato de un vecino de mesa y pedí que me trajeran lo mismo. Mi vecino era un hombre de unos cincuenta años acompañado por su mujer y sus dos hijas adolescentes. Comían y comentaban algo acerca de un teléfono celular que habían comprado ese día. El experto en el tema era él, la mujer no hablaba, una de las hijas le discutía no sé cosa de una aplicación y la otra hija bostezaba y parecía morir de aburrimiento.

La comida me fortaleció y cuando salí del restaurante tuve ganas de pasear un poco. Era sábado y estaba en una de las ciudades turísticas más importantes del país. Caminé por la costanera hasta los edificios del viejo hotel provincial y entré al casino. Mi aspecto sería lamentable, no me había duchado en tres días y llevaba casi la misma ropa que en el viaje, pero por suerte parecía invisible entre la gente. De hecho nadie miraba a nadie y todos parecían estar solos. Era una visión alucinante. Cada uno frente a una máquina, haciendo el mismo movimiento, segundo tras segundo. Las luces eran fuertísimas y venían de todos lados. Y ese ruido eléctrico conformado por el sonido que salía de cada una de las cientos de máquinas, se volvía un mismo ruido sonando en el aire todo el tiempo. Me acerqué a una de las barras y pedí una coca cola que se me acabó enseguida. Como todavía no quería volver al departamento pedí un vodka. La moza me mostró una lista de marcas en un menú y le señalé el único que conocía. Lo tomé despacio, observando a todos como en un teatro. Cuando lo terminé pagué, salí del casino y volví a caminar por la costanera.

Despacio me fui acercando al mar. Las playas del centro estaban algo sucias, con envoltorios de golosinas y otros restos de basura desparramados por la arena. Había pequeños grupos de personas distribuidos aquí y allá. Una pareja jugaba con un perro labrador, una familia indigente parecía haber encontrado refugio por un rato en la playa entre cartones y frazadas mugrientas, un grupo de adolescentes fumaban porro en un sector más oscuro. Yo me senté en la arena. El mar era una masa oscura incesante que por momentos llegaba como arañando y por otros como lamiendo la playa. Muy lejos en el horizonte titilaban las luces de lo que seguramente serían enormes buques pesqueros. Me pregunté si la Señora Nazarovna cada tanto vendría a mirar el mar y en qué cosas pensaría. El labrador empezó a ladrar a la familia de indigentes que después de un rato se levantaron y se alejaron cargando todos sus bártulos. El olor de la marihuana venía transportado por el viento como en una línea recta hasta mí. Le hice un gesto a uno de los chicos para que me convidara. Al chico pareció divertirle la idea y se me acercó. Se sentó a mi lado, prendió el cigarrillo con bastante esfuerzo porque el viento se había puesto fuerte y me lo pasó. Fumamos unos minutos en silencio hasta que sus compañeros chiflaron y todos salieron corriendo. Unos policías merodeaban la playa y supuse que eso había provocado la huida abrupta de los chicos y de la familia. Yo seguí sentada un rato y después me recosté en la arena. Cerré los ojos. Sentí como el viento húmedo me percudía la ropa y el pelo. Vi, también con los ojos cerrados, la ruta repleta de autos volviendo a Buenos Aires y a mi marido esperando en un andén de Retiro el micro que me traería de regreso. Y vi al mar sacudirse de pronto en una ola gigante que nos cubría a todos. Y dentro de la ola vi peces, cerdos y pequeños pájaros revolcados por la fuerza del agua. Vi también escombros, partes de autos, restos de casas y el cubrecama rosado y el malvón de plástico de la señora Nazarovna. Y vi las páginas de mi tesis, los capítulos, el índice y las conclusiones flotando en el agua. Después no vi más nada. Todo se volvió nebuloso y hubo un rato de un silencio muy profundo. Abrí los ojos. Temblaba de frío pero no me di cuenta hasta que unas gotas de lluvia me cayeron encima. Cuando me levanté el mar parecía haberse retirado unos cuantos metros y no quedaba nadie en la playa, solo un barrendero que levantaba con un pinche la basura tirada en la arena.

Volví al departamento y me desplomé en el sillón. Miré un rato el malvón de plástico y los libros y papeles que había desparramado alrededor de mi notebook. La lluvia empezó a golpear con fuerza el vidrio de la ventana y me acerqué para asegurarme de que estuviera bien cerrada. Unas pocas luces iluminaban la calle y el mar era un hueco oscuro entre las medianeras.  Busqué a la familia que había visto en la playa refugiándose debajo de algún techo de la cuadra pero no se veía casi nada detrás de la lluvia. En un rato más amanecería. Me pregunté si el supermercado abriría en domingo de Pascua y si ahí podría comprar un vodka para reponer la botella de la Señora Nazarovna. Y mientras me iba a la cama conté las horas que quedaban para dormir si quería aprovechar la mañana. Lo mejor sería levantarme temprano para bañarme y ordenar todo. Lavar los vasos y las cosas que había usado, vaciar el mate, barrer el piso. Y ubicar al portero para devolverle las llaves a eso del mediodía, antes de salir para la estación.

 

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