A la cárcel como si fuera una fiesta por Diego Tatián

La supresión del internado para estudiantes de Medicina de bajos recursos en el Hospital de Clínicas a fines de 1917 (por razones “económicas y morales”) motiva una gran movilización estudiantil el 10 de marzo de 1918, de la que pocos días más tarde surgirá el Comité pro Reforma Universitaria, cuyo primer documento convoca a una huelga general por tiempo indeterminado. Allí se manifiestan ya las principales críticas contra la Universidad que pocos meses después se convertirán en las grandes denuncias de la Reforma y animarán la revuelta estudiantil de junio: el carácter “anticientífico” de las academias universitarias, la “ineptitud” de los profesores, el “horror al progreso y a la cultura” que trasuntan los claustros, la “inmoralidad de sus procedimientos”, la “mentira” y la “falta de autoridad moral” de quienes enseñan en ellos[1]. La gestación del espíritu reformista puede retrotraerse dos años más atrás. En 1916, un grupo de jóvenes –entre los cuales se destacan Deodoro Roca, Saúl Taborda, Arturo Capdevila, el pintor Octavio Pinto y Arturo Orgaz– fundan Córdoba Libre, y como primera actividad de la institución programan una serie de conferencias en la Biblioteca de Córdoba, que debieron ser interrumpidas por presiones de la Iglesia y del diario clerical Los Principios.

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Estudiantes detenidos, septiembre de 1918

Como parte de un conjunto de acciones contra la censura de la que fue objeto, el 24 de septiembre de ese año Córdoba Libre organiza en el Teatro Rivera Indarte una conferencia de Alfredo Palacios, presentada por Arturo Orgaz, cuyo discurso en esa ocasión deja sentir ya nítido el espíritu del Manifiesto liminar: “La intolerancia y la falta de sinceridad –decía Orgaz allí–, han hecho también nido en la universidad; han tomado por asalto la cátedra y han descubierto su ridiculez… Nuestra universidad es un refugio de sabihondos ensoberbecidos y empoltronados… Las aulas son teatro de desconcepto y de simulación porque lo importante es reeditar la farsa, mantener el statu quo, y para ello nada tan fácil como procurar cicerones que ocupen la cátedra sin otra obligación que rumiar conceptos momificados, hacer malabares de palabras difusas y exigir una retribución que compense tamaño sacrificio… puede optarse entre ser un sujeto contemporizador, fácil de arrastrar por el carril de las catalepsias o ser un ultramontano sin sotana, pero con olor a incienso”[2].

A su vez, 1917 y 1918 fueron años de grandes huelgas y movilizaciones de sindicatos obreros (por la implementación del sábado inglés, por aumento de salarios, disminución del horario laboral, etc.), cuya constitución en Córdoba es simultánea a la del movimiento estudiantil[3]. Los sectores más combativos eran tranviarios, ferroviarios, panaderos, gráficos, municipales, sastres, molineros… También, los obreros del calzado, quienes a comienzos de 1918 protagonizan durante más de dos meses una de las mayores huelgas de la historia de Córdoba, en solidaridad con la cual se organiza un mitin obrero-estudiantil que reúne a más de 20.000 personas en el Parque Las Heras, donde Saúl Taborda y Deodoro Roca fueron los principales oradores.

Así como Pablo B. López y Miguel Contreras eran asistentes a las tertulias políticas del sótano de Deodoro en Rivera Indarte 544, los dirigentes estudiantiles concurrían rutinariamente al local de la Federación Obrera en Ituzaingó 56. La unidad obrero-estudiantil fue intensa, y el punto de convergencia fundamental era la defensa de la Revolución que acababa de producirse en Rusia[4]. Se registra un fuerte interés en el mundo obrero en las páginas de La Gaceta Universitaria (en particular durante los años posteriores a la Reforma), en tanto que los periódicos obreros La Vanguardia (socialista) y La protesta (anarquista) manifestaban su solidaridad con los estudiantes en rebeldía. En enero de 1919 la Federación Obrera y la Federación Universitaria declaran una huelga general conjunta con motivo de la matanza de trabajadores en la Semana Trágica, organizan mítines compartidos en repudio al asesinato de obreros patagónicos en 1921, y nuevamente en 1927 obreros y estudiantes se movilizan juntos en protesta por el asesinato de Sacco y Vanzetti. Como abogado, Roca defiende a los trabajadores encarcelados tras la importante huelga que tuvo lugar en Leones durante 1919-1920, y escribe una pieza jurídica fundamental en su favor[5]. Por todo ello, no resulta llamativo que el 15 de junio de 1918 la Federación Obrera haya declarado por unanimidad una huelga general en apoyo a la revuelta estudiantil, ni que hubiera apoyado con alimentos y diversas acciones la toma del Rectorado en septiembre de ese mismo año.

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Estudiantes detenidos, septiembre de 1918

La toma de septiembre acaba con una embestida policial que desaloja el lugar y encarcela a decenas de estudiantes. El gobierno del radical Julio Borda (conspicuo miembro de la Corda Frates[6]) no escatimaba represión para las huelgas obreras y estudiantiles de esos años. También el 15 de junio había sido un día violento; los estudiantes no fueron embestidos únicamente por la policía, sino también por civiles con armas blancas que habían sido reclutados por las autoridades universitarias para intervenir durante la Asamblea. Como reacción, grupos estudiantiles estuvieron a punto de incendiar la Compañía de Jesús, ocasionaron destrozos en las instalaciones de la Universidad, ocuparon el Rectorado (que desocuparon al final del día) y declararon la huelga.

En las semanas siguientes los estudiantes lograron un alto nivel de organización, ocuparon las calles, disputaron la opinión pública, derribaron la estatua de Rafael García –hoy repuesta en la entrada de la Facultad de Derecho–, símbolo de la Universidad ultramontana y reaccionaria que, no sin estupor, Sarmiento evocaba en las páginas del Facundo como el alma de una ciudad oronda de ser la capital de la barbarie. En ningún momento decayó la intensidad de las acciones hasta comienzos de septiembre, cuando la Universidad fue tomada nuevamente y tres dirigentes estudiantiles, Enrique Barros, Ismael Bordabehere y Horacio Valdez, fueron elegidos por sus pares decanos de las facultades de Medicina, Ingeniería y Derecho respectivamente. En desempeño de sus funciones nombraron personal académico y administrativo, constituyeron mesas de exámenes –integradas también por tribunales estudiantiles– y anunciaron la reanudación de los cursos[7]. Esto último no llegaría a suceder debido a la represión, militar y policial, contra los jóvenes apostados en la vieja Universidad –entre 60 y 100–, finalmente arrestados y procesados.

La iconografía de la Reforma atesora imágenes de estudiantes al momento de ser detenidos, mientras son trasladados al destacamento policial, o cuando se encuentran alojados ya en él. Algo desorienta al verlas: un aire de travesura consumada, un desparpajo irreverente, un ludibrio anti-doctoral y un despreocupado desdén hacia las vacuas solemnidades de las que los claustros cordobeses eran (¿eran?) pródigos. Un clima casi de fiesta (en una de esas fotos carcelarias, con guitarra incluida) se advierte en los rostros de esos muchachos que, amontonados en la dependencia policial, posan frente a la cámara como si estuvieran de parranda en algún patio del barrio Clínicas. Pero todo ello sostenido por una convicción que quisiéramos llamar ideológica. Es posible que los reformistas no supieran que estaban protagonizando la Reforma –lo que esta palabra evoca hoy en toda América Latina–; y sin embargo, las imágenes trasuntan una inspiración infrecuente y rara, la que sólo es capaz de encender un deseo de emancipación, que en este caso es inconvertible a reivindicaciones académicas y conquistas puramente universitarias a las que suele ser reducido el significado de 1918.

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Enrique Barros junto a su abogado en la penitenciaría, 1918

La Revolución, en efecto, es el alma de la Reforma. El obrerismo y la solidaridad con el movimiento obrero de los principales dirigentes estudiantiles del “grito de Córdoba”, anteceden a la revuelta propiamente universitaria y no son de ningún modo inesenciales a ella. La Reforma buscó hacer sintonía con algo por lo que se hallaba excedida, y obtuvo de ese exceso sus nutrientes ideológicos: anti-imperialismo, anti-capitalismo, anticlericalismo, latinoamericanismo, internacionalismo proletario, reforma social, vitalismo activo contra lo que odia la vida –de los cuerpos y de las ideas–. Pero sobre todo una confianza en la potencia emancipatoria de los seres humanos cuando deciden rebelarse contra la prepotencia del poder en cualquiera de sus formas.

Sostener y renovar el enigma de la revuelta social contra los sistemas de dominación es la herencia de la Reforma; la íntima ofrenda de una “generación” a otra, a todas las generaciones por venir que estén dispuestas a continuar “la obra de la libertad”.


[1] Documento citado por Juan Carlos Portantiero, Estudiantes y política en América Latina. El proceso de la Reforma Universitaria (1918-1938), Siglo XXI, México, 1978, pp. 32-33.

[2] Ciado por Mina Navarro, Los jóvenes de la “Córdoba Libre!”. Un proyecto de regeneración moral y cultural, Nostromo, México, 2009 (en línea: https://es.scribd.com/document/98488664/Los-jovenes-de-la-Cordoba-Libre-Un-proyecto-de-regeneracion-moral-y-cultural-Mina-Alejandra-Navarro).

[3] Mientras que la Federación Universitaria de Córdoba se funda el 15 de mayo de 1918, la Federación Obrera Local del Córdoba –según las “Memorias” de Miguel Contreras– es creada en septiembre de 1917, siendo sus principales dirigentes el anarquista Domingo Ovejero, el socialista Isidro Olivier y los comunistas Carlos de Anquín, Pedro Magallanes, Miguel Contreras y Pablo B. López –quien además de obrero gráfico era poeta–. Sin embargo, en Córdoba ya existía en 1874 una Sección de la Primera Internacional que Marx, Engels y Bakunin habían fundado en Londres una década antes, y una sede del Club Vorwärts! hacia 1890, año en que se produjo la primera gran manifestación obrera por el Día del Trabajador en la Plaza San Martín –con presencia de más de 500 personas, entre ellas la de Germán Avé Lallemant– (ver Miguel Contreras, Memorias, Ediciones Testimonio, Buenos Aires, 1978, pp. 29 y ss.). Sobre la dimensión obrerista de la Reforma Universitaria ver también el estudio de Javier Moyano y Victoria Chiabrando, “En las aulas y en las calles: encuentros entre trabajadores y estudiantes en la Córdoba Reformista”, en Silvia Roittenburd y Juan Pablo Abratte, Historia, política y reforma educativa, Facultad de Filosofía y Humanidades, UNC, 2015.

[4] Según una repetida historia, en 1924 Contreras conoce en Moscú a un “compañero de Indochina” –comparte con él no solo un curso de formación sino también la habitación–, que con el tiempo sería fundador del Frente Nacional de Liberación de Vietnam (Vietcong) y luego presidente de Vietnam del Norte. En el mal francés con el que se entendían, el joven Ho Chi Minh le preguntaba con insistencia a su compañero de cuarto argentino por la Reforma de Córdoba. Tras regresar de la URSS, Contreras realiza una serie de conferencias bajo el título “Lo que vi en Rusia”, a las que asisten Deodoro Roca y Gumersindo Sayago entre otros estudiantes reformistas, mientras que los obreros concurrían (“en pleno”) a las conferencias de Georg Nicolai y Alfonso Goldschmidt –quien durante su paso por la UNC tuvo estrecha relación con el movimiento obrero de Córdoba– (Miguel Contreras, cit., pp.60 y ss.).

[5] Deodoro Roca, “Defensa de los presos de Leones”, en Obra reunida III. Escritos jurídicos y de militancia, Editorial de la Universidad Nacional de Córdoba, 2009.

[6] Integrada por “caballeros católicos”, según una nota del diario La Nación  publicada en 1917, la “Corda Frates” era una tertulia de “parientes” y gente de “sociedad” –políticos (tanto radicales como demócratas), universitarios, funcionarios, jueces– que compartían ágapes, banquetes y conspiraciones. Contaba en sus filas con miembros de la clase alta de Córdoba vinculados al clero, entre los que destacaba como cabeza de grupo Arturo M. Bas, quien hoy presta su nombre a una de las calles más importantes de Córdoba. A la Corda –emblema del antirreformismo y, antes, símbolo de todo lo que la Reforma buscó destronar– pertenecían además de don Arturo Bas algunos decanos, académicos, Antonio Nores (Rector elegido tras la maniobra del 15 de junio que motivó la rebelión estudiantil) o el propio gobernador de la Provincia, conspicuo representante “azul” de la UCR local, Julio Borda.

[7] Para una cronología de los meses entre junio y septiembre de 1918, ver Juan Carlos Portantiero, cit., pp. 30-57.

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