Imágenes del barro escolar por Diego Caramés

En vez de enseñar, les conté historias. Cualquier cosa con tal de mantenerlos tranquilos en sus asientos. Ellos creían que yo estaba enseñando. Yo creía que estaba enseñando. Estaba aprendiendo. ¿Y te haces llamar profesor?

Yo no me hacía llamar nada. Era más que un profesor. Y menos. En el aula de secundaria sos un sargento instructor, un rabino, un hombro sobre el cual llorar, un disciplinador, un cantante, un académico de bajo nivel, un administrativo, un árbitro, un payaso, un consejero, un controlador de uniformes, un director de orquesta, un apologista, un filósofo, un colaboracionista, un bailarín de zapateo americano, un político, un psicoterapeuta, un bufón, un policía de tránsito, un sacerdote, una madre-padre-hermano-hermana-tío-tía, un bibliotecario, un crítico, un psicólogo, la gota que rebalsó el vaso.

El profesor, Frank McCourt

 

Imágenes del barro escolar. Notas sobre autobiografías docentes contemporáneas

Corren versiones sobre la escuela, sobre quienes forman parte de ella, pero especialmente sobre el punto donde se cruzan todas las fuerzas, los docentes. Hay imágenes de maestras y profesores desbordados, desconcertados, atacados por todos los frentes. También se dice sobre ellos, se escribe y se los describe, y nadie evita arrojar sus conjeturas. Proliferan las versiones especializadas (papers académicos del universo pedagógico) y testimonialistas (audios, videos y transcripciones, en general, de tinte catártico). Me interesa detenerme en otros textos que, con elementos de la novela, retazos ensayísticos y un narrador en primera persona, construyen una voz (ficcional) autobiográfica. Esas textualidades condesan sentidos que, algunas veces, confrontan con las versiones de mayor circulación (en general, en los mass media), en otras, se complementan y se potencian. En todos los casos, contribuyen a la producción de un imaginario que afecta y determina la percepción efectiva de la condición docente. Propongo entonces indagar esas imágenes, tajearlas, y ver los efectos de esa hendidura.

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Agosto de 2015. En el ciclo Conversaciones de La Nación Luciana Vázquez conversa con Gonzalo Santos. En la página web se sintetiza su intervención con la siguiente bajada: “el docente y autor del libro En las escuelas. Una excursión a los colegios públicos del GBA relató las situaciones de violencia que lo llevaron a escribir; además, se refirió a las falencias en la formación docente: ‘Hoy no hay calidad educativa, hay caridad educativa’”. Escucho unos minutos y, ante el racimo de lugares comunes, apago. Por curiosidad, miro los comentarios de lectores: no me sorprende la aprobación que recibe por parte de los odiadores anónimos pero sí la de no pocos docentes. Tiempo más adelante, otra nota sobre el mismo autor, mucho despliegue, nuevamente en serie con la línea editorial del diario, en este caso, Infobae. Otra vez el rosario de invectivas contra los profesores, denunciando la mediocridad extendida, la “carencia de competencias mínimas para estar frente a un curso” y, lo que representa una novedad, un mayor direccionamiento político contra lo que -él supone- fueron las políticas educativas del kirchnerismo. Con una periodista que imaginamos rechoncha de satisfacción, se despacha: “De todas las idioteces que se cometieron, tal vez la más grave fue llevar esa falsa inclusión también a los profesorados”. Dos cosas a notar. La primera, que me quedará más clara cuando lea su libro, es que en esa idea de inclusión que desplegó el kirchnerismo se condensan todos los problemas, subjetivos y objetivos, de esta mirada. La segunda, más sorprendente, es que buena parte de los docentes que -otra vez!- vuelven a celebrar la intervención, ahora en Facebook, comparten esa premisa, se identifican con esa imagen, y comparten la consecuencia que de ella saca el entrevistado: los docentes que no son cómplices mediocres del sistema, los que -como él- “se plantan”, terminan siendo víctimas de los estudiantes, que los ofenden y agreden, y de las autoridades, que no los protegen.

El interés por leer la novela estaba menos en el texto que en el modo en que las imágenes que allí se construían parecían hacer síntoma de algo más extendido. Efectivamente, lo que se lee en esa especie de ensayo autobiográfico es el camino de cómo un joven de clase media del conurbano termina, más por azar e indolencia que por propia decisión, trabajando de profesor. Ninguno de los guiños irónicos ni tímidos desvíos que hace para demorar el desenlace modifica el tono de denuncia general que sostiene al narrador, ni las pasiones y prejuicios ideológicos que lo alienan: escena tras escena va denunciando las deplorables condiciones materiales de las escuelas del sur del conurbano bonaerense, el pésimo nivel de los docentes con los que ocasionalmente se cruza, el desinterés -cuando no la espuria conveniencia- que guía a los directivos y, sobre todo, lo monstruoso de la materia con la que tiene que lidiar día a día: los estudiantes. A mitad de camino entre el bastardeo y la misericordia (“los alumnos, en este marco discursivo, son pobres víctimas sociales que no tienen culpa de nada, y que, luego, se acostumbran a no tener la culpa de nada, lo que, por cierto, es mucho más peligroso”), lo insoportable para el personaje-docente es el contraste entre la vitalidad indómita que nota en esos cuerpos y la ausencia total de interés por sus clases. El resentimiento acumulado, tal como se puede sospechar desde el comienzo, culmina en un cruce con un estudiante que, en un contrapunto confuso, revolea los brazos y lo golpea. De allí al final se multiplican las imágenes del sufrimiento subjetivo del narrador, del desamparo que percibe ante los resortes institucionales existentes, en fin, de la “condena” a la que están arrojados todos aquellos que “cayeron” en una escuela pública del conurbano bonaerense.

Es indudable que, viendo entre la madeja de adjetivos que coloca el personaje, algo de lo que allí se describe se condice con la situación de muchas escuelas de los territorios allende la General Paz. No menos cierto es que da cuenta de una sensación que atraviesa a tantísimos docentes, y aquí diría, sin distinción geográfica: la profunda soledad de su tarea, y los escasos espacios para compartir y reflexionar la propia experiencia. Pero la narración construye la imagen de un sujeto desresponsabilizado por todo lo que acontece: nada de lo que los estudiantes hacen responde a lo que él propone, y como contracara, nadie hace lugar -como él espera que hagan- a lo que tiene para dar. Desde esa absoluta exterioridad con los individuos y las instituciones, sólo se puede ser víctima o victimario, y toda acción, además de inútil, se vuelve fatal. Así, el profesor impotente es el emergente destinal de la decadencia escolar.

Una astilla, a modo de cierre. La novela tiene un epígrafe de Sarmiento. Es precisamente el ensayista y político sanjuanino quien, en el quinto capítulo del célebre Facundo. O civilización y barbarie, narra cómo de niño, ante la amenaza de un maestro que busca disciplinarlo a fuerza de látigo, Facundo le pega un cachetazo y se escapa hacia unas viñas. Ante eso, Sarmiento no se escandaliza ni dedica una sola línea a describir el sufrimiento del docente humillado, sino que se pregunta: “¿No es ya el caudillo que va a desafiar, más tarde, a la sociedad entera?”. Lo que quiere interrogar es la naturaleza de esa fuerza, la barbarie, y, sobre todo, cómo se operó una mala mezcla con lo que venía a conjurarla, la civilización. La mirada sarmientina, si quisiéramos invocarla en el presente, quizás nos conminaría a auscultar la situación contemporánea de esa mezcla, a dar forma a otra imagen -a invocar una nueva sombra terrible– que nos ayude a develar el secreto que desgarra a nuestro tiempo. Antes que injuriar una y otra vez los sonidos que se escuchan en aulas y pasillos de las escuelas bonaerenses, el narrador de En las escuelas podría haber hojeado alguna de las páginas de Cuando me muera quiero que me toquen cumbia, de Alarcón. Quizás hubiera sido un buen comienzo, siquiera para descubrir la vibración de las nuevas barbaries.

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Octubre de 2017. En plan de difusión de un nuevo espectáculo conjunto, Felipe Pigna y Darío Sztajnszrajber conceden una entrevista a Página 12. Al igual que en las varias que vienen realizando desde hace meses en distintos medios, comentan aspectos que fueron significativos de sus respectivas trayectorias y, sobre todo, reafirman un tópico de manera excluyente: el declive del discurso escolar, su desajuste con lo que demandan “los pibes” y lo que habilitan las nuevas tecnologías, en correspondencia con la agonía del formato tradicional de la clase. Apelando a la clave filosófica, sentencia Sztajnszrajber: “el aula tradicional, para decirlo en términos nietzscheanos, ha muerto. Lo cual no necesariamente signifique algo negativo: en todo caso, debemos repensar por donde pasan la transferencia y el conocimiento. Creo que enseñar hoy contenidos en un aula es una pérdida de tiempo, porque los pibes los tienen disponibles en plataformas que antes no existían. (…) Hay que crear acontecimientos filosóficos. Una vez, cuando era profesor de secundario, quise llevar a los alumnos a caminar, emulando las caminatas que hacía Aristóteles, pero siempre tenías una autoridad que te decía: ‘vuelvan al aula, esto no es joda’”.

Desde un posicionamiento y una valoración diametralmente opuestos al denuncialismo conservador de Gonzalo Santos, el creador del programa Mentira la verdad arriba a una conclusión semejante: el espacio áulico ha dejado de ser un lugar significativo, “la transferencia y el conocimiento” están en otro lado. Nuevamente, la imagen poderosa y pregnante de la impotencia escolar. Acechada por la multiplicación de las nuevas tecnologías que todo lo invaden, el aula aparece ahora como un dispositivo anacrónico. Esta novedad que parecen descubrir el historiador y el filósofo, arma serie con aquella otra que verifican los medios de comunicación en cada evocación de un docente agredido (ya por una madre, ya  por un alumno) y en los resultados siempre decepcionantes de las evaluaciones realizadas bajo estándares “internacionales”. Esas imágenes -violencia e impericia técnica- son las que saturan el imaginario sobre la escuela contemporánea. Dispositivo de saturación: colmar la imaginación por medio de la sobreexposición de fenómenos despreciables ante el ojo indignado.

Y sin embargo, esta novedad es de todo menos novedosa. Marzo de 1958 es la fecha que coloca Frank McCourt en el comienzo de El profesor, su novela autobiográfica donde narra sus inicios y carrera posterior en una escuela marginal de Staten Island, ciudad de Nueva York. El absurdo de los laberintos burocráticos, la corroboración de la escasa utilidad de las herramientas pedagógicas recibidas durante su formación y la vitalidad incontenible de los cuerpos que pueblan el aula quedan evidenciados en la descripción del primer día frente a un curso. Allí no escuchan cumbia ni existen aún pantallas digitales, pero en cambio hay un griterío infernal y se tiran con sándwiches de carne, y al igual que en muchas escuelas del conurbano bonaerense, nadie espera nada de los estudiantes. Ni novedosas ni exclusivas de nuestras pampas, las tensiones del dispositivo escolar y el carácter impropio y artesanal de la práctica docente trasuntan todo el relato (como lo hace notar el epígrafe de este texto).

“Estás comenzando tu carrera docente y no será una vida fácil. Yo lo sé. Yo lo hice. Te iría mejor de policía. Al menos tendrías una porra o una pistola para defenderte. Un profesor no tiene más que su boca. Si no aprendes a amarla, te retorcerás en un rincón del infierno”. Es la boca, la palabra, y la capacidad de escucha. Pero sobre todo, la fuerza inmemorial de la narración. El profesor McCourt narra historias, la mayoría propias de su biografía, y también les pide relatos a sus estudiantes para trabajar con ellos. No hay pericia técnica ni tampoco “creación de acontecimientos”, porque lo que tiene claro el escritor estadounidense es que la docencia se despliega en la temporalidad cotidiana (bajo la maldición de tener que componer, cada vez, una clase). La lógica de la narración -escrita u oral- le permite hacer un doble movimiento: acompañar las derivas de los estudiantes (que también construyen esas narraciones) e interferir las dinámicas más extendidas del mundo social que, al mismo tiempo, no dejan de irrumpir en el propio espacio de la clase. La imagen aquí no es la de la muerte sino más bien la de un aula enloquecida, tensionada hasta la crispación, plagada de materiales heterogéneos. La inquietud que surge, entonces, no es por la abulia ni por el acontecimiento sino por los modos de la composición.

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Hacia finales de 2017 se publica Los actos públicos, de Walter Lezcano que, al igual que El profesor y En las escuelas, es una novela en clave autobiográfica que narra la formación y primeros pasos de un joven docente. A diferencia de aquellas, el recorrido que lleva al narrador de esta novela a hacerse docente es inseparable de su devenir lector, que se despliega en un dentro-y-fuera de la escuela, con los retazos y carencias que se encuentran en los márgenes del conurbano sur.

La escritura de Lezcano es poderosamente materialista, en todas las acepciones del término. Describe con precisión quirúrgica las determinantes económicas de un docente que comienza a dictar clases a comienzos de 2009: la cantidad de colectivos que se toma, el precio de cada colectivo, el tiempo que insumen los viajes… “si hacemos una cuenta rápida para saber cuánto gano con dos cursos y lo traducimos en números, eso da lo siguiente: no llego a fin de mes”. Además de hacer ver las dificultades que esto comporta, pone en evidencia el carácter colectivo de la gesta que implica realizar el profesorado y alcanzar una economía vital mínimamente digna: nadie se hace solo (docente). Por otro lado, también narra con agudeza las mismas determinantes que condicionan a los alumnos, las violencias que los marcan y que reproducen en loop, y sobre todo, narra el modo en que eso se trama y se vuelve interpelación dramática para el docente: “Cómo hago para que los pibes de barrios olvidados de las migajas del poder entiendan que la violencia no es el único camino para arreglar los infinitos problemas que nos joden la vida a cada momento (…) Lo que veo es que, en estas zonas, la pobreza -esa palabra vapuleada, vaciada a fuerza de repetirla sin nombrarla en toda su dolorosa significación- se manifiesta como la imposibilidad de ver alguna salida a esa situación. Los chicos no alcanzan a formar en su cabeza una idea respecto de esa abstracción llamada futuro, la imaginación cotiza en baja en estos mercados”. Además de la propia ignominia material, el drama se juega en esa imposibilidad de imaginarse otra condición, de hacer algo distinto (los jóvenes estudiantes, pero también los docentes).

La materialidad es también la de los territorios, que configuran un lugar desde donde experimentar el mundo, y también un modo oblicuo de trazar un linaje: “Almirante Brown queda en el sur del conurbano bonaerense. Adentro están Don Orione, Rafael Calzada, Adrogué, Mármol, entre otras bellas y duras ciudades que tensionan los límites del partido. El cuartel central del imposible astrólogo de Los sietes locos estaba situado por acá cerca. Por estos pagos veraneaba, de pibe, Borges con su familia. No muy lejos de donde nació Ricardo Piglia”. Un mapa y algunas coordenadas, y Arlt como brújula que guía una moral y una estética literarias. Porque el narrador es un docente, pero también un lector y un escritor, que sólo puede confiar en la prepotencia del trabajo frente a un presente de miserias y dificultades: “La onda es intervenir. Tratar de contaminar algún espacio, por más pequeño que sea, para no sentir que mi destino lo escriben otras personas. De eso se trata escribir, de eso se trata la literatura. Y también la docencia”.

La novela lleva por subtítulo Partes de guerra docente en el deep conurbano, que como en el caso de la de Gonzalo Santos, Una excursión a los colegios públicos del GBA, tiene resonancias entre bélicas y etnográficas. Y sin embargo, y a pesar de que en este texto también los personajes de la selva escolar se sacan chispas, hay una colocación del narrador que es hospitalaria con ese ecosistema, que se sabe parte de él y desde allí explora. Sabe que serán más “los días malos”, y que no hay ninguna justicia poética que los redima. Sabe, también, que no hay modelo a seguir: una y otra vez se siente incómodo, unas veces poco escuchado, otras frustrado, y alguna vez “me doy cuenta que me puse la gorra. Que me calcé innecesariamente el traje del profesor autoritario”. No hay imágenes contemporáneas de la docencia donde espejarse, menos aún en el conurbano bonaerense. A pesar de eso, Lezcano admite la posibilidad que “un día cualquiera, puede ser un martes en la segunda hora o un jueves antes de terminar la jornada, sentís que el traje de profesor te queda bien (…) es una sensación de comodidad en el cuerpo, en los pies, en las manos, en los ojos, en el pelo, en el alma”. La materialidad de una sensación que, a veces, parecer poder perforar la descomposición de lo real.

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Difícil encontrar sentidos nítidos que permitan contrapesar las imágenes con que se satura la figura del docente actual. El narrador de Los actos públicos, sobre el final, encuentra un punto de consistencia donde se funden su condición de lector y de profesor. Es una escena donde cuenta el impacto que le produce la lectura de 2666, de Roberto Bolaño. Si bien no conjura las miserias de aquel imaginario, al menos es un buen punto de reparo: “Pero lo realmente importante sería poder transmitir algo que produzca este tipo de sensaciones sísmicas que te sacan del centro y te permiten ver todo con una nueva mirada. Y todo eso está relacionado con la lectura. Algo tan simple como abrir un libro puede cambiarlo todo. ¿Se puede provocar ese tipo de aventuras? Hacer que un pibe agarre un texto. Solo eso. Lo demás es pura incertidumbre”.

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