Namenlos por Damián Huergo  

A Stephan, claro.

La primera vez que escuché la historia del párroco Prengel fue en Tijuana. Yo estaba camino a San Diego, siguiendo a una mujer que nunca volví a ver. En la frontera con Estados Unidos me rebotaron. Y, sin considerar la posibilidad de volver atrás, me quedé dos o tres semanas en la ciudad buscando un agujero por donde pasar. Era el último año del siglo XX: todavía no habíamos leído sobre los huesos de mujeres enterrados en fosas clandestinas, ni existían memes con la caricatura de Donald Trump levantando un muro con forma de guillotina.

Al quinto día de deambular por la ciudad me quedé sin plata. Las noches de veinticuatro horas por la Avenida Revolución se habían chupado mis pesos argentinos que cotizaban en dólares. Tampoco eran muchos. Sólo unos miles que guardaban mis padres en el placard, en el cajón de la ropa interior. Hacía tres semanas que habían muerto en un accidente de lancha en el Delta; cuando decidí irme de viaje aún no habían encontrado sus cuerpos. El manojo de billetes fue lo último que ellos pudieron darme.

Paco, un mexicano nacido y criado y curtido en la frontera, que se me pegó una noche para hablar de Maradona y venderme cocaína, me dijo que vaya a la Casa del Migrante; que diga que iba de parte suya, que unos días iba a poder dormir ahí, al menos hasta que me deportaran o asumiera la clandestinidad como modo de vida.

Tardé dos días en decidirme a ir. El tiempo que tardó Javiera, una chilena que había conocido en el bar You, en echarme de su casa. Llegué temprano, sin bolso ni libro ni documentos. Me recibió una piba bajita, de rulos, que tenía un guardapolvo violeta que le cubría las rodillas. Antes de decirme “hola”, me ofreció una silla y un vaso de agua. Luego dijo que espere en el patio central a que llamaran mi nombre. Hasta las dos de la tarde estuve sentado en un banco de cemento cuadrado que parecía una maceta gigante. En el medio tenía una palmera ancha y larga que se colaba en el balcón del tercer piso del edificio. Allí, en una de las oficinas altas, me dijo un salvadoreño con un tatuaje negro en el cuello, estaban definiendo mi futuro. Después quiso decirme algo más, pero imitando a un gringo, con tonada metálica le dije “no hablo español”.

Las hojas de la palmera no daban sombra. En la nuca tenía el pelo pegado por la transpiración. Las piernas me pesaban. Y en el pie, creo que en el izquierdo, sentía un ardor que no me dejaba cerrar los ojos. El dolor venía del empeine. Tenía un tajo del tamaño de un dedo. No recordaba cómo me lo había hecho. Tampoco lo había notado hasta que Stephan se acercó con una gasa y una botella de agua oxigenada. Señalándome el pie, en un español con prosodia germanizada, me dijo que estaba sangrando.

***

Cuando Stephan terminó la escuela secundaria, en Viena, le dieron dos opciones: alistarse en el servicio militar o hacer un año de servicio social en cualquier país del tercer mundo. La primera opción no la consideró. Su abuelo, el padre de su padre, había combatido en las filas de la juventud hitleriana. Según su padre, me contó Stephan, lo habían sumado a la fuerza. Al comienzo de la guerra su abuelo era muy joven para ir al campo de batalla. Sin embargo, sobre el ocaso, en la primavera de 1945, cuando el ejército nazi empezó a replegarse frente al avance de los aliados, un pelotón de soldados de la SS llegó a su pueblo e hizo una fiesta en el bar central. Como si fuese una trampera de globos, cervezas y música, en la agonía de la noche y tras un encendido discurso patriótico de parte de un oficial, la mayoría de los hombres se alistaron. Los que no levantaron la mano, como el abuelo de Stephan, también tuvieron que hacerlo: la exaltación del poder totalitario, al parecer, no admitía decisiones singulares.

Stephan cuenta esa historia para justificar haber elegido la segunda opción. Dar asistencia social en un país subdesarrollado tampoco era su sueño, pero al menos -me confió- lo alejaba de los fantasmas familiares. Cuando en la escuela hicieron circular las solicitudes de inscripción al servicio social, sin saber en qué parte de México quedaba Tijuana, Stephan le dio una tilde a la hoja. Al año siguiente subió a un avión, y luego de quince horas de vuelo estaba acompañando a dominicanos y mexicanos en el purgatorio fronterizo que divide México de Estados Unidos.

Cuando lo conocí a Stephan, al igual que yo, le faltaban unos pocos días para cumplir veinte años. Tenía el pelo rubio y unos dientes chicos y blancos que parecían de plástico. Su estadía en México estaba por terminar. Sin embargo, ya se había acostumbrado a la extranjería y dudaba en seguir de viaje o en volver a su país a empezar estudios de Ingeniería. En la Casa del Migrante me consiguió una cama en una habitación compartida, por siete días; el tiempo que me faltaba para que me den el pase a Estados Unidos, según me habían dicho en el consulado cuando me presente más lúcido.

Por cuestiones del orden del misterio, Stephan me tomó cariño o algo parecido. Antes de que cayera el sol, me invitaba a tomar cerveza al costado del río Tijuana, que separa la ciudad en dos. Compraba un pack de latas en un mercado y las tomábamos calientes, mirando la superficie del agua sucia. Stephan, de chico, de más chico claro, se había enamorado de una argentina que vivía en su mismo edificio. Como un ritual, cuando abría la tercera lata me empezaba a hablar de ella, dando por hecho que la conocía. Argentina, en su cabeza, era un pueblo donde todos nos relacionábamos. Yo le seguía la charla. Me gustaba oírlo inventar un lenguaje compuesto con palabras en español, inglés y alemán. A la distancia, esa lengua, es lo único real que recuerdo de esos días.

Una tarde, mirando el río Tijuana, Stephan me preguntó si era cierto que en la última dictadura en la Argentina tiraban cuerpos vivos al río. Me dijo que lo había leído en un artículo donde comparaban el genocidio alemán con el argentino. Después me dijo que una enfermera de la Casa del Migrante le había contado una historia similar con los camellos que trafican personas en la frontera. Me lo dijo con la vista fija en el río, como si estuviera esperando que debajo del débil oleaje marrón se asomara un brazo o un mechón de pelos. Yo no le respondí, menos le hablé de mis padres. Abollé la lata vacía y la tiré al agua. Al rato Stephan agregó: “Si esos cuerpos aparecen tendríamos que enterrarlos, como hizo el párroco Prengel”.

***

La visa para entrar a Estados Unidos nunca me salió. Mi abuelo me mandó un pasaje en micro hasta Perú, y después seguí bajando hasta Argentina haciendo dedo. Ese año empezaba a estudiar la carrera de Sociología en Buenos Aires, una especie de soga que me había inventado para volver y quedarme. De Stephan sólo me quedó una dirección de correo postal y otra de email. En los quince años que siguieron a nuestro encuentro en Tijuana nunca nos escribimos.

Por motivos de trabajo el año pasado estuve de viaje por Europa Central. Mientras preparaba el itinerario le escribí a Stephan, de modo analógico y virtual. Pasaron los días y del otro lado nada. Sin esperanzas lo busqué por Facebook: lo encontré enseguida. En la foto de perfil estaba con un bebé en brazos y una sonrisa iluminada por sus dientes de plástico. Le envié una solicitud de amistad y a los pocos minutos empezamos a hablar como si estuviésemos frente al río Tijuana. Al final de la charla le dije que iba a andar por Viena tres semanas. A pesar de que el mensaje figuraba como leído no me contestaba. Pasaron los minutos y al rato, cuando pensaba que lo había incomodado, me envió como respuesta una foto de la habitación que me esperaba en su casa.

La noche que me fue a buscar al aeropuerto, Karin, la novia, preparó una olla de sopa de espinaca y una bandeja de goulash que me quitó el frío bajo cero que llevaba encima. Después de comer, Stephan lavó los platos y junto a Karin durmieron a Jakob, el bebé que abrazaba en la foto de su perfil. Al rato Stephan salió solo de la habitación, con un mapa de Viena en la mano. Lo desplegó en la mesa de madera, y con birome negra fue marcando los lugares que no figuraban en el folleto que repartían en la Oficina de Turismo.

Stephan hizo un círculo sobre la estación Reumannplatz; otro sobre la pizzería Mafiosi; otro sobre el complejo hospitalario Otto Wagner. En total, habrá hecho diez u once círculos. El primero que marcó fue Friedhof der Namenlosen, o, como me dijo en el español que entrenó en su paso por Tijuana, “el cementerio de los sin nombre”.

***

Para llegar al cementerio nos tuvimos que tomar un tren, un tranvía, dos colectivos, y caminar 550 metros, según Google Maps, por una calle angosta rodeada de silos, almacenes de grano y contenedores. Hora y media de viaje urbano. “La mitad del tiempo que tardaba Prengel, en 1899, desde el centro de Viena”, me dijo Stephan, mientras comíamos salchichas y tomábamos cerveza en un puesto repleto de obreros del Parque Industrial de la zona.

Prengel, me contó Stephan, era el párroco que se encargó de dar sepultura a los cuerpos que arrastraba la corriente negra del Danubio. Cuerpos ahogados. Cuerpos inflados de agua. Cuerpos secos de identidad. Cuerpos que aparecían en la orilla como mensajes de una modernidad que, por debajo, empezaba a purgar su monstruosidad. Hasta el inicio de la Segunda Guerra, Prengel y sus sucesores habían enterrado 104 cuerpos anónimos. Sin importar el credo, los ponían en ataúdes de madera que donaba un carpintero, y los tapaban con tierra húmeda en invierno y tierra seca en verano. Sobre cada parcela clavaban una cruz negra y un cartel escrito con la palabra “namenlos”. Luego las ramas, hojas, flores y raíces se encargaban del cobijo final.

En el jardín que cultivó el párroco Prengel, detrás de una capilla de barro con forma de iglú, hay un banco de madera. Ahí nos sentamos a mirar el Danubio. Stephan abrió su mochila y sacó un pack de latas de cerveza, heladas por el frío transparente que nos rodeaba.

Además de nosotros, en el cementerio había un hombre flaco, con bigotes claros y finos, que cruzaba las piernas en uno de los bancos laterales. Sobre su cabeza brillaba una gorra amarilla. Detrás suyo, la luz blanda del atardecer pintaba el brazo de una grúa. El motor estaba apagado, igual que el del resto de las máquinas del Parque Industrial. Tampoco había voces ni graznidos de pájaros alrededor.

Como si le hubiera sonado una alarma interna, el hombre se levantó de golpe. Se sacó la gorra y caminó por el medio de las cruces. Se detuvo frente a las rejas de hierro que impedían el acceso a la capilla. Adentro, una lámpara eléctrica encendida simulaba una vela. El hombre se persignó sin mover los labios. Luego buscó una cruz. Y se paró frente a la número 27. Dijo unas palabras en alemán, que no podría traducir ni estando a su lado. Miró hacia donde corría el Danubio y, antes de irse del cementerio, colgó su gorra en la cima de la cruz, ocultando con la visera al Jesucristo plateado.

Stephan me miró con la intención de traducirme la situación, pero supo leer mis ojos y entendió que no era necesario. Luego me levanté y corté un ramo de yuyos silvestres que crecían al costado del banco. Caminé entre las cruces negras, buscando los números quince y doce, los días que habían nacido mi mamá y mi papá. Dividí en dos el manojo de yuyos y los desparramé en la tierra húmeda de nieve. Stephan me esperó en la orilla del Danubio. Cuando lo alcancé me detuve a su lado, en silencio. Ambos teníamos las manos en los bolsillos, y la mirada ahogada en el fondo del río.

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