Desasosiego por Pablo Delgado

Eran más de la cinco de la tarde y él, que había viajado a la casa de los padres, estaba recostado sobre el pasto del jardín; tenía un brazo sobre la frente, para cubrirse del sol, y trataba de no escuchar las voces que venían de la casa. Su hermana mayor, que vivía diciendo que iba a separarse del marido, había llegado después del almuerzo con Martina, la hija. Esta vez parecía muy determinada a hacerlo.

—¿Querés tomar un jugo, hijo, o algo?

Se corrió un poco el brazo, la madre estaba en la galería. Enseguida manoteó el libro que tenía a un costado, lo alzó y lo agitó en el aire.

—¿No ves que estoy leyendo?

—Bueno, che, te preguntaba nomás. Vas a asarte ahí, con este calor.

Claro que hacía calor: los visitaba todos los años, la misma semana de febrero. En verano siempre hace calor, murmuró él, y volvió a dejar el libro en el pasto. La voz del padre sobresalía; era el tono comprensivo de un hombre que en lugar de hablar disertaba, y que a él le hacía apretar las muelas. La madre dio media vuelta y empezó a caminar a la cocina.

Él esperó ese chirrido que hacían las bisagras de la puerta mosquitero, después se sentó y se refregó un poco los ojos. Iba a agarrar otra vez el libro cuando vio que Martina, las piernas en el aire, estaba sentada sobre la mesa de la galería, cerca de la escalera que llevaba a la habitación de la planta alta. Tenía un lápiz en la mano, a un costado de ella había un cuaderno.

—¿Qué hacés ahí, piojo? —dijo él.

Sería la atención que ella estaba necesitando, porque le sonrió muy tranquilamente y le hizo una señal de que esperara. Después, acomodándose el lápiz entre los dedos, empezó a balancear un pie y agarró el cuaderno.

—Piojo misterioso. No sabía que estabas ahí.

Martina dejó las cosas en la mesa, cruzó los brazos y dijo que, en primer lugar, ella no se llamaba piojo.

—¿Ah, no? —siguió él—. ¿Y cómo te llamás?

—Olivia —le contestó Martina.

—¿Olivia?

—Sí, Olivia, ¿no te gusta mi nombre?

Él se acordó de que Martina, cuando era más chica, se la pasaba mirando a Olivia, una cerdita de la televisión que pensaba en su futuro y en lo que soñaba ser.

—Me parece que ya estás grande para esas cosas —le dijo.

Se recostó otra vez, volvió a cruzar el brazo sobre la frente. Pensó si seguirían dando ese dibujo y, elevando un poco la voz, agregó.

—Creí que no veías más a Olivia.

—A mí me gusta llamarme Olivia, ¿vos me vas a respetar?

—Y qué estás dibujando, si se puede saber.

—No es un dibujo, estoy escribiendo una cosa. Ahora te voy a mostrar.

La madre ya se había sumado a la conversación que mantenían el padre y la hermana; hablaba en ese tono que usaba para las situaciones que, aparentemente, no daban para más, como si hubiese venido aguantando y al fin debiera cortar por lo sano para mostrar la solución. ¿Cómo era que todos en su familia siempre podían repetir la misma escena? ¿Por qué creyó que, esta vez, la hermana realmente iba a separarse? Respiró hondo, se preguntó hasta qué hora seguirían todos ahí.

—Tengo un problema, tío.

Él se quitó el brazo de la frente. Martina, con el cuaderno en la mano, estaba parada muy cerca de él.

—Cuidado con el libro, piojo.

Ella miró hacia el pasto, dio un paso al costado.

—No me digas piojo.

—Está bien.

—Olivia te dije que me llamo.

—Bueno, querida Olivia, ¿sería tan amable de contarme su problemita?

—Escribí una cosa —dijo ella—, pero no es linda.

Él se sentó y le pidió el cuaderno, pero Martina lo alejó.

—Te quiero leer yo a vos —le dijo.

—Bueno, dale.

Martina se sentó, tomó aire. Leyó: A veces me miro en el espejo y pienso que valgo menos que una rata.

Apoyó el cuaderno sobre las piernas, arrancó un tallo de pasto y empezó a enrollárselo en el dedo. Él estuvo a punto de decir algo; en ese instante, Martina miró hacia un costado. Se veía calmada, pensativa. Él se levantó, caminó hasta la galería. Se detuvo junto a la mesa. Estuvo un momento ahí, estirando los brazos. Ya no había sol pero seguía haciendo calor.

Volvió adonde estaba Martina, se sentó frente a ella y le pidió que por favor le leyera otra vez esas palabras. Ella repitió: A veces me miro en el espejo y pienso que valgo menos que una rata.

Las voces en la cocina, entrecortadas y persistentes, ahora le parecían un zumbido, y él sintió que ya no lo dejarían en paz.

—Tío, ¿no te gustó, no?

—La verdad que sí me gustó. Es muy lindo.

Martina bajó la cabeza hacia el cuaderno; él se acercó un poco más hasta ella, le agarró la mano.

—Ey —le dijo—, ¿qué pasa?

—Me decís eso porque soy tu sobrina, tío. Porque lo que escribí no es lindo. Dice que valgo menos que una rata. Eso no puede ser lindo.

—Sí, de verdad —le dijo él—. Hay palabras feas que hacen pensar en otras palabras que no están escritas, pero que son hermosas.

Su padre, a través de la puerta mosquitero, decía que las cosas más urgentes las buscan mañana. Martina preguntó qué tenía de hermosa la frase que había escrito.

—Te voy a dar un ejemplo —empezó a decir él—. Hay un cuadro donde se ve a una persona que tiene las manos en la cara y la boca muy abierta. También se ve un camino, a lo lejos aparecen otras dos personas, pero todo eso está como arremolinado, revuelto, como si el cielo se hubiera teñido de sangre y la persona estuviese gritando de desesperación. Uno no diría que es algo lindo, ¿no?

—No —dijo Martina.

—Lo que te quiero decir —siguió él— es que uno lee o escucha tus palabras y siente un sacudón. Y no es que uno esté sufriendo, Martina, en realidad está emocionado.

—A mí no me gusta sufrir.

—No, a nadie le gusta.

Ella tenía otras cosas que había escrito. Dijo que quería mostrárselas, le preguntó si la acompañaba al piso de arriba.

—Vos andá —le dijo él—, yo si en un rato puedo…

Martina encogió los hombros. Después caminó hasta la mesa, agarró el lápiz y se fue por la escalera.

Él se puso boca abajo, abrió el libro. En el horizonte se habían formado algunas pocas nubes; detrás de ellas, el sol hacía que se viesen encendidas, aunque en el jardín ya corría otro aire. El pasto, la enredadera del fondo, los tapiales, incluso la mesa de la galería, todo parecía bañado por una luz muy lenta y agradable, y durante un rato él estuvo abstraído en la lectura, en el sonido del papel cada vez que pasaba una página.

Una nueva oleada de voces le hizo perder la paciencia. Dejó el libro, se levantó y, a paso rápido, empezó a caminar en dirección a la cocina; estaba pasando por la escalera cuando escuchó el llanto de Martina. Se detuvo; hizo el ademán de subir pero enseguida volvió a frenarse. Se sentó en el primer escalón y ahí se quedó durante algunos minutos, aguzando el oído.

Cuando percibió que el llanto empezaba a apagarse, se levantó y volvió al jardín. En el cielo, las nubes se veían cada vez más rojas y dilatadas.

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