Tormenta por Tununa Mercado

Un río delgado como un hilo que no serpentea entre piedras por la sierra sino que ondula por calles de un vecindario, como si nada, inocente por ser sólo arroyo. Cantarino a veces por el croar de ranas y sapos que se replican contra los muretes de calicanto que cada tanto lo encauzan. En algunos tramos pasa cerca del contrafrente descascarado y deslucido de casas, tapias o alambradas de ranchos que lucen algún gallinero o un horno de barro. Cuando corre libre, en sus orillas crecen tréboles y berros y hasta se puede estar sentado junto a él con los pies en el agua. Antes su cauce debió pasar por otros fondos mejor defendidos y cruzar algún puente viejo y precario.

Como un hilo enroscado en el filtiré de mi cuna, culebrilla de un sueño que comenzó una Navidad de 1939, cayendo casi sobre el año 40 como una gota perlada que no llega a desprenderse, en el arroyo alentaba un río. El calor había burlado toda sombra de árbol y rechinaba en la paja de algún pesebre de Belén con camellos, vaca, cordero de bulto y estrella de papel brillante. Hacia lo alto unos nubarrones, hacia abajo el cauce entre yuyales por la barranca.

Siempre me dijeron que la madrugada del 25, pasada la Nochebuena, llegó a la casa de Lavalleja 33, Amada R. de Caymes, la partera que atendería mi nacimiento. Nunca se omitió, al decir su nombre, esa R con punto que daba cuenta de un apellido “de soltera”. Le costó llegar en medio de una tormenta que arrojó rayos y centellas e iluminó el cielo con un incendio de rojo, blancos eléctricos y se espesó de sombras hacia el oeste. Cuando le abrieron la puerta de mi casa, la creciente del arroyo ya arrastraba árboles, muebles, a menos de cien metros, y la lluvia entraba por las ventanas, e inundaba el zaguán. Ya sin luz, en las habitaciones había faroles encendidos. Eso fue lo que me contaron. Que yo había nació ese 25 a las 10 de la noche y que Amada R. de Caymes me había traído al mundo, es decir a Córdoba, a la luz de unas velas y después de un largo día. Ella y mi madre fueron las heroínas de la jornada y las coordenadas de esa noche tenebrosa fueron así descritas: Plutón iluminó mi cuna y el aura que me rodeó fue tan nefasta como prístino fue el rayo de la luna que me arrebató de ese destino aciago. Toda mi vida, dijeron los oráculos, iba a estar regida por esa lucha entre la sombra y la luz. La tormenta dejó un limo oscuro en el curso del riachuelo y el trebolar fue recuerdo.

Mi carta astral se forjó a partir de esa fecha y los adivinos siempre me miraron con lástima aunque confiados en una casa de la Luna que se habría interpuesto a Plutón, obstinada en torcer maleficios. Pero estuve siempre alerta y atribulada por ese sino, en busca de recursos adivinatorios que fueran al mismo tiempo sanadores. Nunca los oráculos tiraron, como se dice, error, y mi carta era precisa.

Aquel arroyo se había salido de madre muchas veces en varios siglos. Cuando volvía a sus fueros, creaba fantasmas, aparecidos que tenían voz y que suscitaban coplas. Uno de esos seres aparecía en la escena fundante de mi persona: la inundación de mi nacimiento. Era una llorona calva, plañidera, que andaba en pena por la cercanía de mi casa de la calle Lavalleja, evocada por el poeta Azor Grimaut en 1949:

.. Parece, Pelada
que solo anduviste,
junto a La Cañada
como un alma triste
¡Clamando oraciones!
¡Velas y novenas!
viejas devociones
para “almas en pena”
ya casi olvidadas
que al fin conseguiste
y, entonces “Pelada”
por eso te fuiste.

La Pelada, la Llorona, la Pelona son figuras de dolor y lamentación. La Pelada de la Cañada: la rima de las dos palabras, hace verso, crea tono y voz, que son los atributos de los llantos que se escuchaban al final de las tardes y las noches en las calles, en el lecho del río, en las iglesias cercanas. El rostro con que alguna vez se la representó es blanco, ovalado, plano, con ojos claros de trazado imperfecto, una ceja elevada, airada, labios rojos cerrados que contradicen el llanto. Una imagen pobre de un fantasma que, quiere la leyenda, era una mujer sufrida, violentada y violada por hombres, arrastrada al limo, dejada de la mano de Dios. Atrás de la figura se ve el cauce pobre, paredes rajadas, fachadas con balcones de reja, un cielo blanco y negro que se quiere siniestro. Como si irrumpiera sin llamarla en la pantalla, otra imagen se impone ante mí: El grito de Munch. Es esa la figura que prefiero para representar a la Pelada de la Cañada.

Encontré mi río para Carapachay. Pero también la verdad sobre “mi” inundación. Si la inundación brava fue en enero de 1939 yo habría nacido unos días antes, en diciembre del 38 y tengo un año más de los que creía tener. “El día que yo nacía, grandes señales había”: si nací en diciembre del 39, cuando la correntada era ya un recuerdo y el arroyo corría manso por el trebolar, la historia de mi vida descansa sobre una fábula en la que un hilo de agua serpentea junto a mi cuna y crece hasta mecerme con sus olas, en la que el cordón que la partera desanuda de mi madre para liberarme en medio de la borrasca y a la luz de un farol, en la que una mujer calva canta su lamento, una fábula para contar en las noches de tormenta. Ya no hay nadie a quien preguntarle.

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