Mercedes Araujo – Alejandra Zina

Almagro, julio de 2017

Querida Mercedes:

Estuve a punto de hacer trampa y escribirte antes por Messenger. Al final no lo hice, no tanto por honestidad como por temor a que estas cartas que nos estamos mandando por primera vez se tiñan de algo calculado. Nos conocemos poco y a la vez desde hace tiempo. Llevamos varios años cruzándonos en lecturas, presentaciones de libros, una cena árabe en casa de Gabi Cabezón, comentarios y posteos de Facebook, algunos cigarrillos en la vereda. No es mucho pero alcanza para caernos bien, ¿no?

Ahora que vuelvo a esas últimas veces que nos vimos, me viene a la cabeza tu ropa y tus zapatos metalizados, de colores eléctricos; me hacen acordar a los globos de helio que me compraban cada tanto porque eran caros, globos resplandecientes con forma de corazón que si se escapaban de la mano se iban para siempre. Es linda esa combinación tuya de prendas futuristas y tonada mendocina que suena a tierra adentro.

El otro día pensando cómo empezar esta charla me acordé de los amigos por correspondencia. Así se decía cuando yo era chica. Tenías que elegir a alguien de otra ciudad que no conocieras, preferentemente de otro país, con el que te empezabas a cartear; le contabas de tus gustos, el lugar donde vivías, las costumbres, etc. ¿Vos lo hiciste? Yo empecé algunos carteos pero no tuve constancia. Me pasó lo mismo con los diarios íntimos. En cada cumpleaños me regalaban diarios con llave y candado, tapas de colores pasteles y hojas ilustradas con chicas de cabellos largos, románticas y etéreas. Yo llenaba unas páginas y los abandonaba, aburrida de contar las idas y venidas de la escuela, los juegos con mi hermana o las peleas con alguna amiga. A veces ni siquiera los empezaba. Tenía una colección de diarios vacíos que no eran ni una promesa ni una frustración.

Simplemente estaban ahí, para mirarlos cada tanto. Después disfruté de escribir cartas y cuadernos.

Pero el tema es el río y yo me siento más cerca del mar. Veo el mar en muchos de tus poemas, poemas que estoy conociendo ahora en este navegar seco que es Internet. Me entusiasma pensar que tenemos, por ejemplo, eso en común. Siempre digo (o no lo digo, pero lo pienso) que el mar quedó un poco relegado de nuestra geografía literaria. Es cierto que tiene algo sobrehumano que el río no tiene. Por algo la poesía argentina es delta, río, camalote, sauce. Metáfora de la vida y de la muerte.

Será que nací y me crié en la indolencia porteña y mi único lazo fuerte con la naturaleza fue la arena y el mar. Y el muelle y las redes estaqueadas adentro del agua y los caracoles rotos y las aguavivas y el suelo agujereado por almejas y berberechos y las cortaderas con sus penachos. Y ese mar inmenso, picado, planchado, espumoso, sucio, helado, caldoso, para meterme o contemplar.

Supongo que también es un gusto heredado de mis viejos, especialmente de mi mamá que se podía pasar horas echada en la lona como una lagartija, darse un chapuzón y volver a echarse otras tantas horas. Era el aislamiento perfecto, la necesidad mínima, una criatura anfibia que solo vive del agua y el sol; entonces yo simulaba algún accidente para que reaccionara y saliera corriendo a rescatarme. Un juego cruel para saber que ella todavía seguía ahí, con nosotras, y que no se había ido a ningún lugar de dónde no pudiese volver. Es fácil perderse en la playa… como el chico lloroso que alzaban en los hombros y todos aplaudían para que los padres, que muchas veces no llegaban a darse cuenta que lo habían perdido, encontraran a su hijo.

Yo no recuerdo que con mi hermana nos hayamos perdido alguna vez. Para nosotras la playa era un lugar tan familiar como el patio de nuestra casa, aunque estuviésemos rodeadas de extraños. A veces aparecía mi tío Jorge vendiendo sus libros. Se dedicaba a muchas cosas como la magia o la crianza de palomas, pero vivía de sus libros y del sueldo de profesora de mi tía. Escribía cuentos y novelas breves que él mismo imprimía, encuadernaba y salía a vender. Me imagino que también escribía el texto de las contratapas: “Con estos vívidos relatos el autor se coloca dentro del núcleo de virtuosos en el difícil arte de contar cuentos”. El verano lo pasaba en Villa Gesell, Cariló, Pinamar, Valeria del Mar y otros balnearios de la zona. Le iba bastante bien.

Caminaba por la playa con un bolso colgado del hombro, sombrilla por sombrilla, carpa por carpa, ofreciendo su pequeño catálogo. Por ahí nos encontraba y se quedaba un rato a hacernos compañía. Mi tía Lydia, su mujer, hermana mayor de mi mamá, fue la que me contó la historia de la ola gigante que se tragó la playa repleta de gente, sombrillas y carpas. Según ella, nadie se dio cuenta de lo que pasaba hasta que sintieron la oscuridad encima de sus cabezas, una ola tan alta como un edificio que rompió a la altura de los balnearios, inundando, arrastrando, tragándose todo.

Creo que conozco el mar en todas las horas del día.

Una vez vi salir del agua una luna roja, rojísima, como un pulgar gigante ensangrentado. Vi la marea escupiendo peces muertos y esparciendo olor a podrido por toda la playa. Vi un elefante caminando por la orilla, lo traía un tipo atado a una cuerda para promocionar las funciones de un circo. Éramos varios chicos amigos (de esos amigos que se reencuentran cada verano) y nos acercamos corriendo y yo le pregunté si podía subirme y el tipo me subió al lomo del elefante y me llevó un trecho montada en la piel áspera de ese animal que pertenecía al otro lado del océano.

Otra vez estaba en la playa, no había nadie a varios metros a la redonda, yo estaba encorvada arreglándome la malla y siento la voz de un hombre que me habla. Trato de arreglarme pronto y de que no vea por dónde se mueven mis dedos, levanto la cabeza y me encuentro a un tipo con porra rubia y barba de náufrago; era el guardavidas, ya lo había visto varias veces con atención. Él extendió la mano y me mostró algo que parecía una piedra marrón y porosa, me preguntó qué me parecía que era, yo no sabía, era el hueso fosilizado de una ballena. Quiso regalármelo, yo le agradecí y él siguió vigilando la orilla o volvió a su puesto en el mangrullo. Fue solo eso. No le interesaba nada más.

Igual guardé su regalo con cariño, como una ofrenda del hombre del agua. Todavía lo tengo.

La luna roja, la ola gigante, los peces muertos, el elefante, el hueso de ballena, el hombre que lo regala, parece una fábula marítima. Pero todo pasa ahí. Como los ahogados. Como las tormentas de arena.

En el mar y los médanos hay una épica que me conmueve, también un misticismo que estoy descubriendo (¡recién ahora!) en la poesía de Viel Temperley. A los diecisiete fui con dos amigas a Mar de las Pampas cuando todavía era mar, dunas, bosque y nada más. Allá estábamos, solas como tres náufragas, con la sensación de que podíamos empezar una nueva vida en ese lugar. Un principio para nosotras y para lo que nos rodeaba. Un mundo desde cero, con nuestras reglas.

Bueno, querida, espero que andes bien, sobrellevando esta época del año en la que cualquier lugar con río, mar o arroyito es tentador para rajar.

Será hasta la próxima.

Un abrazo grande

***

San Telmo, 23 a 27 de julio.

Querida Alejandra,

Recibo tu carta y pienso en el inicio, el nudo del hilado, la primera respiración en esta conversación y sonrío y agradezco por la forma en que abriste haciendo pie en la tentación y el descarte del atajo o minúscula especulación en ese río seco que es la red (¡!), tan a mano, pero también hiciste pie en mis pies o en mis zapatos plateados comparándolos con un globo de helio, esos que una sostiene firme porque conoce su naturaleza inversa a la gravitación universal. Perder. En la infancia todo se pierde igual que siempre pero el tiempo que nos tomábamos para comprobar la pérdida tenía la intensidad y la dedicación propia de un entomólogo o de un científico del tiempo, y sí, qué sorprendente era perder algo hacia arriba, un globo de helio, una cañita voladora, un barrilete, tan distinto a cuando de sopetón e inesperadamente lo deseado va a morir al piso, como un helado de cuatro bochas que había pagado con un dinerillo robado o ahorrado largamente (entonces era más o menos lo mismo) y que, de fulgurar, apenas servido por un joven de cara lampiña, ojos de aceituna y un flequillo sucio asomando debajo del gorro blanco tipo barquito que usaban entonces los heladeros de Perin, una viejísima heladería Mendocina, fue a parar al piso atolondrado y a lo bruto. Adiós a toda su potencia de delicia anticipada para morir en un pegoteo sobre la vereda ardiente. Lo que se pierde hacia abajo es decepción: se esconde, se entierra, se pegotea. Sin embargo qué gusto sostener firme el globo de helio para retardar el momento de soltarlo y verlo irse.

Me contás de tu veneración por el mar, de tu madre abstraída y bronceada, de tu seguridad en la playa en donde podías casi reconocer al patio de tu casa y celebro esa libertad, porque yo, chica de desiertos y ríos de montaña, tengo dos hitos tan opuestos a los tuyos. El primero es que como niña educada bajo un catolicismo apocalíptico y reglamentario, pasé años rezando la oración equivocada, el padre nuestro termina con un ruego: líbranos del mal, amén. Y un día entendí que mi oración privada “líbranos del mar, amén” no tenía un pomo que ver con las doctrinas religiosas que me acechaban y que, en ese error, se había fundado algo esencial: el mar es más importante que el mal (o por lo menos que ese mal, el católico) porque en su naturaleza descarriada y amenazante hay mayor tensión, fuerza, luz y oscuridad, ritmo, bondad y furia que en cualquier otro elemento natural o divino y que el mar puede ser tanto una gran forma de orar, contemplándolo, como la causa misma del rezo ¡por dios, cuándo veré el mar!

El otro es un recuerdo reconstruido: tengo cuatro años y después de atravesar mil quinientos kilómetros en un Fiat 128, viaje que en si ya fue una hazaña incómoda, sufriente, llena de ansiedad, llantos, sándwiches achicharrados por el calor y los nervios de mi padre, viaje familiar en el que nos embarcamos ese joven padre miope que se empeñaba en manejar sin ver, tres de los cinco hermanos que luego seríamos, más la madre, tan distraída y absorta como la tuya, luego de ese viaje pesadilla que demoró más de dos días, apenas llegados y habiendo tirado todo en un hotel cerca de la casa que mi tía Chicha alquilaba en Pinamar y corrido como avestruces a ver el mar que no conocíamos, me perdí. Lo que ocurrió entre que me perdí y aparecí es un gran misterio pero lo anecdótico es que cuando alguien por fin se hizo cargo de mi, aseguré llamarme Alejandra González. Tampoco quedó claro en el relato familiar cómo ellos decidieron abandonar la playa y volver al hotel ni cómo yo logré, luego de horas y horas, aparecer por allí de la mano de un señor dispuesto a devolverme a mi familia. Hubo siempre una pregunta perpleja ¿pero ustedes no me estaban buscando? Y la respuesta de mi madre fue, como ella, afectuosa pero incomprensible: sí pero no sabíamos qué hacer ni adónde encontrarte así que nos volvimos al hotel a esperar. Papá estaba medio desesperado –lo que entonces quería decir iracundo- pero yo lo convencí de que de alguna forma te las ibas a arreglar. Así, casi al anochecer reviví en el hotel de la mano de un señor que preguntó si allí se hospedaba la familia de Alejandra González. Prefiero pensar que llegué hasta allí sin miedo y contenta con mi nueva identidad flamante, disuelta rápidamente frente a mi familia que, sin hacerme ningún caso, volvió a llamarme merce o flaquita como me decían entonces. Pero ese hombre dispuesto a acompañar el extravío debe haber sido un poeta o escritor con vida de poeta, el tío Jorge, un hombre con el tiempo, el carácter, un bolso y la curiosidad suficiente para embarcarse en la búsqueda confusa de un hotel de playa donde supuestamente vivía la familia de la niña impostora, una tarde entera. ¿No llegó a tus oídos ningún cuento parecido?

Aquella fue la primera incursión al Atlántico, pero no la recuerdo, no recuerdo ese mar que vos me hacés ver, ese mar con muelle y las redes estaqueadas adentro del agua y los caracoles rotos y las aguavivas y el suelo agujereado por almejas y berberechos y las cortaderas con sus penachos. Y ese mar inmenso, picado, planchado, espumoso, sucio, helado, caldoso… recuerdo haber sido encandilada por una inmensidad y recuerdo que ese verano uno de mis hermanos rompió un frasco de mayonesa grande en el hall del hotel que quedó resbaloso y brillante hasta que nos volvimos. El mío es el otro océano, el Pacífico de aguas heladas y costa que cae abrupta, afilada, florida, allí pasé cada verano de mi infancia, en Chile, en un pequeño pueblito que entonces era de pescadores y que hoy no tiene más cerro verde repleto de flores sino una tira de monoblocks vacíos con nombre marino y canteritos miserables y en el que, la playa amarilla que parecía una porcioncita del sahara con mar por la forma en que el sol se reflejaba en la arena, es una lonjita devorada por los últimos maremotos. Nos metíamos al agua apostando a durar y salíamos tiritando, cuando lográbamos superar la barrera del frío sin rajar, con los labios morados y la piel de pollo. Recuerdo frío en los huesos y sal en el cuerpo. Pero lo que más recuerdo es haber olido el mar por primera vez, un perfume áspero como la transpiración de cien mil caballos, pero caballos marinos.

Nací en un desierto, me bañe de chica en zanjones que traían agua marrón, barro, piedritas rodando, cañas secas, a veces los zanjones rebalsaban en verano cuando las nieves se derretían y las crecidas llegaban por las calles mismas y de repente el desierto era Venecia. Los ríos en la montaña son anchísimos pero pandos, como decimos allá, pura piedra y agua cristalina que a medida que corre se va cargando de tierra, se enturbia y avanza por cada zanjón primero y luego las mil acequias que cubren el oasis irrigado que es sólo el tres por ciento del territorio. Cada uno de los árboles está vivo gracias a esa inmensa ingeniería de irrigación que inventaron los huarpes. Árbol regado a mano, viento zonda y terremotos, eso somos. Con insistencia vuelvo al mar y a los ríos, como sea he logrado tirarme en los mares más lejanos, inmensos, furiosos, apaciguados, mares para amanecer y mares para atardecer y de puro obstinada llegué hasta el Nilo y lo remonté en un barquito de vela desde donde vi la luz más dorada de mi vida derramándose y también hasta la costa swahili del Océano Índico donde muté y fui chita, cebra, leona, allí donde los árboles son baobabs y los vientos monzones, pero esa es otra historia que alguna vez ojalá te pueda contar.

Querida Alejandra, qué alegría. Se agota el tiempo, se rebalsan los caracteres pero decime, contame sobre tus ríos y tu mar, tanto más.

Un beso

Mercedes

***

Almagro, julio-agosto de 2017

Querida Mercedes,

Qué hermosa carta. Estuve ahí, en todos los lugares, en todos los tiempos, con la nena que llegaba al hotel de la mano del desconocido, muriéndome de frío en el Pacífico y en el barquito a vela que surcaba el Nilo. Leer y escribir es nuestra módica reencarnación.

Puse Egipto en el Google –tengo una compulsión a buscar casi cualquier cosa- y una de las primeras entradas, no me vas a creer, fue un titular del diario Los Andes que decía “La mirada de la mendocina que eligió Egipto para vivir tres meses”. No, no puede ser. ¿Mercedes? Por un momento quise creer que sí, que no era azaroso, que un orden superior seguía el rumbo de nuestra charla. Te lo dice una hija educada en la pereza de un padre judío y el rencor de una madre católica que dio como resultado una especie de ateísmo por omisión. Lo que no se nombra, no existe.

Más de una vez pensé que me habría venido bien un poco de “catolicismo apocalíptico” (las huérfanas de religión soñamos con sentimientos devotos), cierto entrenamiento en el combate entre el bien y el mal, alguna preparación para cuando llegara el propio apocalipsis familiar. Pero no hubo nada de eso, me crié en una casa sin mucho misticismo. A cambio tuve el mar y los libros. Que ocupaban varias bibliotecas para usar sin condiciones ni restricción.

Igual en todos los casos, en todas las casas, somos sobrevivientes.

Recién me acordaba lo que decías del perderse. Perder cosas preciadas y perderte vos misma en la playa. No recuerdo haberme perdido, pero me desorienté muchas veces. El agua me tiraba hacia el muelle o hacia los balnearios del centro y cuando salía -con el pelo revuelto y la malla pesada de arena- esa mujer de la lona no era mi mamá. Había un instante de inquietud hasta que empezaba a caminar por la orilla y finalmente la encontraba.

Sí me perdí en un supermercado, que a la distancia y en escala era tan enorme como una playa. Había ido con mi abuelo Samuel y en algún momento me puse a correr entre las góndolas y no lo vi más. Yo debía tener cuatro o cinco años, la misma edad que la nena impostora. Me acuerdo de haber escuchado mi nombre por los altoparlantes y seguir corriendo, como en un laberinto, sin encontrar la salida. En la calle era otra cosa, yo corría entre la gente y me alejaba a propósito. Dejarlos atrás a mis padres, a mi hermana, que me perdieran de vista, me llenaba de adrenalina. Una tarde de sábado la peatonal de Lavalle era un hormiguero y para no desviar mi carrera me colé entre dos tipos que estaban parados hablando y fumando, y las cenizas calientes cayeron en mi cuello. Pegué un grito cuando sentí el ardor y me toqué ahí donde iba a quedar la marca morada por varios meses. Después vino la curación frente al espejo del baño, las gasas embadurnadas en una cera color caramelo que mi mamá apoyaba sobre la herida. Quemarse el cuello con ceniza de cigarrillo es un accidente imposible, pero la infancia está llena de accidentes imposibles, cuando no fatales. Me imagino que la chica de desiertos y ríos de montaña también los tuvo. Ahora que lo pienso, los peores accidentes, de los que fui víctima o victimaria, pasaron por la misma época: partirme el mentón con el borde de la bañera, aspirar botones y asfixiarme, empujar a mi hermana en la parte honda de una pileta en la que casi se ahoga. Cuando todavía el peligro era solo físico y se podía entender con el dolor y la cicatriz.

Releyendo tu carta, los lugares que existen y los que no, me dieron ganas de volver a Mendoza. Fui dos veces con 20 años de diferencia. La primera a los catorce, un año de los peores interrumpido por esas vacaciones de invierno de las que me acuerdo bastante poco: las acequias de la capital, el cerro de siete colores en Uspallata y ese gran hotel del sindicato de empleados de comercio donde nos alojamos. Un edificio de los años 40 que se levantaba solitario entre las montañas nevadas, demasiado parecido al hotel de El resplandor.

La segunda vez fue con Leo Oyola, en el 2008, para la feria del libro. Allá coincidimos con nuestro maestro Laiseca, que estaba intratable debido a un catarro fuerte y a un terrible mal humor, lo que hizo que la gente de la organización se la pasara pidiéndonos auxilio, como si nosotros tuviésemos el poder de amansar al monstruo. Aun así, el momento en que le tocó contar sus historias de terror fue memorable, me acuerdo muy bien de ese salón repleto, todo el mundo magnetizado con su voz cavernosa.

Una de las cosas que pidió Lai fue ir a ver el Cerro de Plata, que había conocido en su juventud cuando trabajaba en la cosecha de uvas.

En ese contexto, su pedido fue escuchado casi como una orden. Así que nos llevaron en auto el domingo al mediodía, unas horas antes de volver a Buenos Aires. Era un día helado, de cielo turquesa y sol blanco, aunque ya estábamos a finales de septiembre. Lai iba en el asiento del acompañante, echando flema y tosiendo a lo loco mientras el chofer lo miraba con odio; nosotros atrás, rogando que la excursión no desbarrancara. Después de viajar más de una hora, de atravesar un bosque de árboles pelados, llegamos al pie del cerro, que no era un cerro aislado como creíamos sino una cadena montañosa con cumbres nevadas. Laiseca bajó del auto, nosotros lo seguimos. Caminó hasta la banquina, levantó la cabeza, miró la montaña y dijo: bueno, ya está. Y volvió a meterse en el auto. Esa fue mi segunda y última vez en Mendoza.

Quién te dice, quizás algún día nos escribamos cartas de viaje. Vos en el océano, yo en el desierto.

Mientras tanto nos seguiremos cruzando en lecturas, presentaciones de libros o alguna cena, aunque no va a ser igual que antes. Ahora tenemos algunas cosas nuevas para hablar, o por ahí no hablamos tanto y nos vamos a fumar a la vereda.

En estos días leí tu libro La isla y me gustó muchísimo. El transcurrir de esa isla donde se vive una vida sin ley, se aprende de remedios naturales, de alimentos, de salidas y puestas de sol, donde se sufren metamorfosis todo el tiempo, un día nacen plumas y al otro, colmillos, caparazón, escamas. Me intriga ese “vos” al que le habla todo el tiempo, ¿dónde está?, ¿quién es?

Me preguntaba también cómo había sido ese pasaje tuyo de la poesía a la narrativa, o si había sido al revés.

Uno de los poemas de La isla empieza diciendo:

Me gustaría recibir una carta en estos días,
si pudiera elegir, preferiría que me escribieran
desde una casa en un lugar cálido.

Me parece un buen deseo para estos días fríos y para terminar este correo que se nos hizo breve.

Que sea hasta pronto, querida.

Un abrazo grande.

***

San Telmo, agosto de 2017

Querida Alejandra,

Qué carta tan hermosa, de repente te veo como esa niña escapista, la nena con el sombrero de cowboy, jugando a perderse, ver y no ver, huir y no, buscando el límite de las cosas, lo definitivo en lo amenazante y lo transitorio, evanescente. Distinguir el miedo del terror. Yo sigo igual, en algunas cosas no he crecido mucho y a simple vista y por una búsqueda que creo reconocer en tus cuentos pienso que vos también mantenés la curiosidad aquella. La escena de la quemadura por ceniza caída justo en el instante fugaz de tu paso entre los dos hombres, la cura posterior, el desconcierto de lo posible contra lo impensable. Los accidentes. Recuerdo algo de esa época, las cicatrices en el cuerpo. A los diez/once años, pasaba mucho tiempo en una casa familiar llena de árboles y estaba obsesionada con los nidos. Empecé una colección y armé el método: los busco, con un largavista apunto, reviso cada árbol, cuando los encuentro, me trepo, envión y equilibrio, me concentro, a veces hago unas trepadas de mono y me siento ganadora, la mayoría de las veces el corazón me late con ruido y pierdo el movimiento ajustado, estable y mientras me bamboleo para un lado y el otro, me raspo brazos y piernas. Las costras se ponen negras o violetas, me gusta acariciar la rugosidad y recorrerlas con las puntas de los dedos, cuando las mojo se vuelven verdes y amarillentas. Al pasar una semana la costra se desprende en pedacitos, debajo viene una piel blanca y lisa de bebé. Atrapo el nido, bajo con todo el cuerpo agusanado sobre la rama, con el nido entre las manos, corro a guardarlo en un escondite, prefiero los nidos sin huevos, los abandonados, pero si el nido tiene huevos adentro me lo traigo igual, la mayoría de los huevos que ponen las palomas, los búhos, los benteveos y los colibríes tienen cáscara blanca pero los huevos más lindos son los de color azul o verde, no sé qué pájaros ponen esos, son los más difíciles de encontrar. Robar los nidos, acumular huevos, envolverlos en frazadas, romperlos cuando ya están helados, cocinarlos en un fueguito sobre una lata. Era feliz de una manera a la que nunca he terminado de renunciar, la investigación del mundo, hasta dónde llega el acontecimiento, la confusión, vos usas la palabra sobrevivientes, en todas las casas somos sobrevivientes, decís y me encanta la idea de casa y no de familia, porque el mundo se arma también en y con las cosas, en la extrañeza de estar entre miles y millones de insignificantes cosas que forman una casa y entre personas y animales, qué enorme es la minucia, el detalle, el sobreviviente, pienso es quien no da por descontado nada. Mi accidente infantil más recordado: En esa misma casa que te cuento, la de la infancia, había un galponcito convertido en taller, luego, abandonado, como si mi abuelo Chicho, hubiera deseado convertirse en carpintero y luego desatendido el sueño que había quedado allí, cubierto de polvo. Yo solía pasar tardes enteras adentro, tocando las herramientas, descolgándolas primero de un tablero en el que cada una tenía dibujado en lápiz su contorno, empuñándolas y recorriendo con los dedos el frío del acero que transformaba martillos, clavos, tornillos, serruchos, sierritas, caladora, torno y destornillador, en objetos de tumba, congelados. Un pincel limpiándose en aguarrás, un clavo de cabeza ancha que sobresalía torcido desde una madera y el martillo al lado. Me encerraba y como un gato pasaba o me detenía sin dejar rastros buscando algo, cualquier cosa podía ser pero sin tocarlas una por una, no sabía cuál. Palpaba, el mango del destornillador color ámbar, lo pasaba de mano en mano, lo apoyaba punzante en el antebrazo, lo dejaba, un clavo, una espátula, el mismo recorrido, filosos contra la piel, los sentía, peso y filo, seguía buscando hasta que lo encontraba, ahí había un talismán y yo le robaría la fuerza y lo que sea que fuera su poder. Un día a la hora de la siesta, decidí profanar la tumba, me apropié del martillo, la sierra y dos maderas de pino que podían servirme para hacer unos zancos.

Descolgué del tablero un hacha mediana, agarré una bolsa con clavos y corrí a esconderme para trabajar en el bosque. El primer hachazo que intenté resultó brutal, una hoja de acero afiladísima entró en la carne tan fácil como la espina de una rosa en un pedazo de algodón. El desgarrón y la sangre corriendo sobre la piel abierta me hicieron temblar pero el verdadero terror fue la furia anticipada de mi padre. Con el dedo chorreando, no me animé a mostrarle a nadie el tajo del que salieron primero hilitos de sangre y poco a poco una sangre cada vez más densa hasta volverse un grumo deforme como un buñuelo. Me envolví la remera en la mano y corrí al baño, puse el dedo debajo del chorro de agua helada y me encerré hasta que entró el padre. Dije: fue la espina de una rosa. Mi madre y mi padre eran muy jóvenes, unos niños, tenían 22 y 24 años cuando yo nací y rápidamente fuimos naciendo varios, uno pegado al otro, hasta ser cinco hermanos. Eso hacía que la casa fuera bastante caótica y mi padre, empeñado en ordenar lo que por su naturaleza era desordenado, vivía al borde de la explosión, todas esas vidas en crecimiento, llantos, miedos, risas, accidentes, era lógicamente un inmenso desorden que él sufría más que nadie, nosotros le temíamos por su enojo ante lo inevitable. Supongo que él creía que de eso se trataba ser un padre. De grandes nos acomodamos, él cambió, pero la infancia fue siempre un drama a punto de derramarse, lo lógico era que se volcara, la tensión nacida en el intento de enderezar lo torcido era la única razón por la que, todo, en apariencia fallaba. Otra de las cosas que recuerdo de esa edad son las enfermedades ¿te acordás? toda esa cantidad de enfermedades que uno lleva en el cuerpo, sarampión, rubiola, varicela, fiebre, más fiebre. Yo las tuve todas, me acuerdo incluso de que en una se me juntaron dos y el médico dijo, este es un sarampión arrubeolado. Me enfermaba y me curaba, me curaba y me enfermaba. Además de las inevitables yo tenía una serie de enfermedades propias: una tortícolis que me dejaba el cuello duro, sin poder girar la cabeza ni para dormir y me causaba un dolor que me dejaba dura, “patriótica”, decía mi abuela, “una nena, tan flaca y tiesa como un palo de escoba”, o “la fiebre te va a volver más alta todavía, qué pena” y cuando decía eso ponía cara de lástima, porque en ese momento yo era la última de la fila en el colegio, tenía las piernas demasiado largas y los brazos también, todos los chicos de mi edad me llegaban a los hombros y un cuerpo extraño volviéndose gigante a la vista de todos: la musaraña, me decían. Entre los diez y los doce, crecí veinte centímetros. Me miro en las fotos y me veo enorme, casi con la misma altura que ahora pero siendo casi una niña. Me venía bien porque las enfermedades me permitían faltar al colegio que nunca me gustó. Pero la tortícolis no contaba como verdadera enfermedad, nadie parecía darle bolilla y entonces me dedicaba sola y con pasión de enfermera a acomodarme. Me frotaba unas barritas de azufre de color amarillo en el cogote, rotándolas sobre el nudo hasta que se quebraban. Me sentaba al lado de la estufa, las calentaba. Cuando el azufre amarillo hacía ese minúsculo crack y quedaba partido al medio, amansaba al dolor. Lo que más me gustaba del rito era respirar el olor mezclado del gas quemado por la estufa con el del azufre. En la estufa también calentaba el pañuelo que iba a ponerme luego en el cuello. Andaba con el cuello cubierto, con polera, con pañuelo, el cuello estirado y envuelto. La otra enfermedad era la otitis, mi madre armaba unos gigantescos cucuruchos con papel de diario y los encendía mientras me clavaba la punta en el oído y decía, vas a ver, ya se pasa. Y pasaba. Anginas crónicas. Amígdalas infectadas de placas blancas una vez al mes. Yo leía, claro, leía todo el día y andaba de entomóloga del mundo.

Me gusta mucho esa imagen de Laiseca yendo con Leo Oyola y vos de cancerberos hasta el Cordón del Plata. Un largo viaje lleno de mocos y bufidos para llegar ahí y decir, ya está, ya lo vi. Eso es el viaje, ¿no? Es como estar en la orilla de un camino que no se acaba nunca. Seguís caminando hasta que te das cuenta de que el camino no se acaba nunca y que ya estuviste antes ahí. Lo sabes porque el camino tiene la cara de alguien, se parece a alguien. Al paisaje también se lo reconoce por la cara, los dientes y la nariz torcida.

Querida Alejandra, he descubierto mucho de vos en estas cartas y recordado también, qué lindo es recordar, acolchonar el recuerdo. Ya nos encontraremos a fumar en la vereda, no sé si seguiremos la charla o quedaremos en silencio. Te agradezco por lo que me decís de los poemas de La isla y por este encuentro en el territorio de nuestra propia religión: reencarnar en el lenguaje, en la anécdota, que inesperadamente nos regalaron los amigos del Carapachay. Hay que dejarse arrastrar por el río, cambia cuando menos se espera. Una belleza, como el río mismo.

Gran placer, gran abrazo.

Mercedes

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