¿Qué es una ciudad? por Guillermo David

“Máquina de daños” la llamó José Hernández, haciendo alarde de un ventriloquismo social -que admite un cierto distanciamiento civilizatorio, una exterioridad para concebirse-, a través de su Martín Fierro. Había allí una idea constituida extramuros, en las pampas feraces, de qué era una ciudad, pero sólo entrevista desde los arrabales. Apenas percibida, o acaso solo sospechada, la ciudad era un orbe amenazante que suponía la clausura de la experiencia vital del hombre de campo: la libertad ilimitada que ofrece la llanura, con sus peligros y venturas, se volvía impensable ante las primeras estribaciones de lo que entonces eran apenas unos caseríos maltrechos, desparramados por el territorio.

Pocos años antes el gran cacique Juan Calfucurá, tras haber vencido a Mitre con su ejército, avanzó hasta las puertas mismas de Buenos Aires: sus quince mil lanzas cebadas podían haber arrasado, como lo hicieran con Tres Arroyos y Bahía Blanca en varias oportunidades, con el baluarte incólume de lo que se postulaba como la civilización, sin más. Pero la civitas soportaba una carga imaginaria elocuente: era el lugar donde las alteridades no encontraban modo de tramitarse más que mediante la expulsión o el encierro en la experiencia acotada de las calles, las casas inmóviles, el ordenamiento urbano en ciernes; un lugar sin ganado ni caballos que domeñar. Así fue que, no sin antes incendiar un par de ranchos, arrastraron consigo algunas cautivas, reses, caballos, algún perro, y acaso profanaron alguna iglesia, como en La vuelta del malón de Ángel Della Valle, donde puede verse a los montaraces blandiendo incensarios y cruces doradas junto a la mujer blanca raptada para lo que parece un cautiverio feliz. Pero nada más. Había una imposibilidad radical de que los indios maloneros ingresaran al orden en damero de la ciudad, que, casi por definición, los volvía imposibles, excluibles. La pampa cuadriculada era una cárcel que impedía el horizonte, a la vez que hablaba una lengua incomprensible y hacía de los intercambios mercantiles su razón de ser. No eran posibles en ella la caza de animales a cielo abierto, la inmensidad natural con sus horizontes abismados, sino solo un pedacito de cielo capturado entre cuatro paredes que nada podían seducir a aquellos hombres hechos a otras intemperies.

“Máquina de daños”. Christian Ferrer extendió el concepto, y en su libro El mal de ojo -1999- propuso una aporía no por evidente menos indigesta: la ciudad está diseñada sobre el modelo consensuado del campo de concentración. Para Ferrer la ciudad es un campo de concentración no admitido como tal, pero que diseña su disposición del material humano con las mismas leyes de los Lager. Cuando lanzó esa definición aún no se había consumado el movimiento urbano que derivó en los shoppings, los barrios cerrados, las escuelas privadas, los espacios claustrales para solaz de las clases poseedoras. Sin embargo era ya evidente que la ciudad pensada como teatro del mundo, como escenario del drama histórico –con sus plazas irredentas, sus circulaciones de masas que descalabran el orden estricto, sus fortificaciones industriales que se volvieron bastión de las clases trabajadoras- estaba dando paso a la maquinaria semiótica donde el disciplinamiento social se volvía no por virtual menos real. La telepolítica que congelaba al sujeto social frente a una pantalla hogareña –último reducto de las libertades encapsuladas- prefiguraba el auge de las llamadas redes sociales, en un alarde de sustitución de la construcción de hegemonía donde las batallas derivaron en pujas discursivas, no sin convocar la parafernalia de las artes visuales combinadas. Si los juegos de rol y las batallas electrónicas produjeron el tipo de subjetividad guerrera que hizo de la guerra del Golfo –y de las siguientes- la primera conflagración virtualizada, es decir, desdramatizada en lo que de encuentro existencial de hombres que van a morir tiene toda guerra, la actual multiplicidad de espacios sociales virtuales –se lee, se ama, se reza, se trabaja, se consume, se discute, se pierde tiempo a través de teclados portátiles- capturan la experiencia en su raíz fundamental, intransferible. Es decir: hay una pérdida en abismo de la experiencia; solo habitamos su recuerdo representado. Es el mundo de las representaciones. Esto comunica un vértigo derivante a la dinámica de las ciudades, que se han vuelto ya cada vez menos lugar para vivir al devenir espacios de fuga, de tránsito mecanizado. (“El automóvil es la guerra” había formulado Marianetti hace un siglo). La guerra social difusa se desplaza en auto, en tren, en subterráneo, en colectivo: el territorio existe solo en la medida en que hay un habitar factible, e inevitable. Vale decir: en los márgenes de las ciudades.

Quiero decir con esto que se trata de un desplazamiento hacia las afueras (en Argentina se llama al espacio excluido de la ciudad de Buenos Aires “el interior”, con lo cual la propia ciudad se coloca en el exterior…) de la posibilidad de territorialización de la experiencia. Naturalmente, este atavismo posmoderno no es otra cosa que la zona de exclusión que las clases dominantes proponen como condición de la maximización del capital, donde al ejército industrial –o posindustrial- de reserva se le reserva el espacio sobrante del dominio central. Hay bienestar, buen habitar, allí donde la ciudad delimita la “barbarie” social con sus dispositivos semánticos y sus aparatos represivos y la constriñe a lugares porosos, despojados de visibilidad, sujetos a la incuria de la aglomeración humana que halla sus propias normas en la anomia dominante. Pero allí, en las villas miseria, chabolas, callampas, favelas o como se las llame, sucede algo extraordinario. La experiencia de socialización se recrea sobre nuevas bases, lesionadas por la catástrofe económica y ecológica, y por la construcción del delito inficionado por las organizaciones transnacionales ligadas a las clases dominantes y el Estado. No obstante abunda en formas de solidaridad colectivas que vuelven factible un tipo de planeamiento urbano basado en otros principios que los de la ciudad moderna. Caídas las instancias de la producción, los movimientos sociales han dado con formatos nuevos de gestión comunitaria, construyendo demandas a un Estado por lo general solo presente bajo la forma de aparatos represivos o cadena de sumisiones consensuadas. Así y todo han sido capaces de intervenir en el debate público que actualiza la dimensión cultural de las clases subalternas con la vocación de recrear espacios propicios para el buen vivir. Porque en aquellos sitios abandonados de la mano del Estado tanto como de las arterias de la producción, aún palpita el corazón antiguo de la nación, en tanto sucesivas oleadas inmigratorias –de la migración interior, fundamentalmente, y de países vecinos- acarrea un cúmulo de experiencias que construyen lazo social, y son capaces de articular las viejas demandas por el habitar en formas creativas, no por frágiles, menos eficaces.

Por el contrario, en el corazón de las ciudades donde las clases dominantes y sus dadores de servicios cifran su sentido, hay una imposibilidad radical de habilitar instancias –instituciones- donde tramitar aquella alteridad. Es el reino del pensamiento único. Y de la experiencia formateada. Redoblada por la industria del espectáculo, habiéndose vuelto espectáculo ella misma, la ciudad se vuelve tramoya, fantasma de sí misma, con sus marquesinas, sus redes comunicacionales, sus espacios diseñados con formatos estandarizados –el rayo gourmetizador nada deja sin perforar-, sus lugares históricos devenidos imagen/insumo para la industria del turismo, en suma: una farsa. En este punto, aquella mirada desencantada de los indios o los gauchos del siglo xix, sujeta a un oscuro desdén por las luces del centro, hoy sostenida por los “invasores bárbaros” que hurgan nuestra basura o duermen en los dinteles de nuestros edificios sustrayéndose a las cámaras de vigilancia, no deja de permitir cierto distanciamiento necesario para captar aunque sea por un instante –el instante de peligro previo a la catástrofe en el cual una verdad refulge inútilmente- la naturaleza de esa segunda naturaleza que es una ciudad.

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