Elvira Orpheé por Natalia Gelós

“Cada infancia tiene su niebla. Y al decir niebla no veo algo delicado y humoso sino algo que envuelve tan fuerte como un tentáculo. Mi niebla está hecha de jazmines, de limoneros, de baldíos con basura, de luna, de hechos torpes e incomprensibles”.

Eso dijo una vez en una entrevista. Intensa y lírica, Elvira Orphée hablaba de su infancia en Tucumán pero también definía, de alguna manera, a su literatura, a su mirada, a un núcleo que late en sus historias con sutileza y rebeldía. Otra vez aseguró que Aire tan dulce era su obra preferida, porque ahí había poesía. Reeditada por Bajo la luna en 2009, la novela está habitada por personajes que mastican el bollo amargo de una vida que mezquina lo que se espera de ella: Félix Gauna, Atalita Pons y la abuela Mimaya. Seres tristes, con la soledad del sapo de otro pozo. Allí se lee: “Mi pobrecita Oriental, te tocó demasiada hija para tus fuerzas, pero quizás a ella le tocó demasiada persona para tan poco cuerpo”. El desajuste. El desmadre. En sus palabras: “Aire tan dulce es una historia de amor, de amor frustrado, y es curioso cómo nació. Una vez una amiga mía, que había sido mi compañera de colegio, me dijo, te acordás cómo la queríamos todas a la profesora de química, y yo pensé: pero si yo la odiaba. Del odio a los profesores surgieron todos los odios que había en mi provincia, Tucumán, y se percibían en el ambiente, y de ese hervidero nació un relato de amor. La protagonista es incapaz de decir que ama”.

Nació en Tucumán, el 29 de mayo de 1930 (años más, años menos, porque según quienes la conocen, solía quitarse un par de encima). Niña terrible, solitaria, hija de una intensa católica, estudiante de piano sin futuro, mujer cautivante; Todavía, una escritora secreta, que no entró en la ola de reconocimiento que le llegó por ejemplo a Sara Gallardo. Una más de la lista que guarda nombres fuertes, pero no una escritora más.

De su infancia en Tucumán partió a Buenos Aires, a los 16. De Buenos Aires, al mundo, a París, cuando se casó con Miguel Ocampo, pintor y diplomático. A todas partes la siguió el aroma de las calles de provincia, la cadencia de las voces, cierta actitud de pecho hacia adelante para desafiar con la frente en alto el látigo de las miradas (“yo a Tucumán creía habérmelo sacado de encima salvo por dos cosas: los odios y los olores”). Su pintura de provincia es elegante y con la distancia del que no termina de estar ni dentro ni fuera. La mirada del desterrado que todavía no partió. Sus personajes son los marginales, los del exilio interior, los derrapados. A ellos elige contar y desde ellos, pararse. Su voz está viva. Nada de costumbrismo. Son que respiran en su universo poético. Bella, exótica, aristocrática y de rasgos aindiados. Quizá en su cara hay algo del secreto de su escritura.

Los nombres de sus amistades van desde Leda Valladares, de niña, a Alejandra Pizarnik y Olga Orozco, ya de adulta, y a Elsa Morante, Alberto Moravia e Italo Calvino, en el exterior. Amistades que tenían que entender algo que siempre decía: “Tolero la compañía por un ratito”.

María Teresa Andruetto se ha encargado de rescatar su primera novela, Dos veranos, junto a trabajos de otras autoras como Libertad Demitrópulos y Amalia Jamilis, en la colección Narradoras Argentinas. Se la encuentra ahí, se la busca en Aire tan dulce, o en los libros viejos. Imperdible: Su demonio preferido, con cuentos potentes y afiebrados. Todos, en suma, son: Dos veranos (1956), Uno (1961), Aire tan dulce (1966), En el fondo (1969), Su demonio preferido (1973), La última conquista del ángel (1976), La muerte y los desencuentros (1989), y los libros de cuentos Las viejas fantasiosas (1981) y Ciego del cielo (1991).

En otra entrevista, en 2011, Silvina Friera le preguntaba qué sentía cuando volvía a leerse. Orphée respondió:

–No los leo. Si estoy hablando conmigo misma todo el tiempo, ¿para qué leer lo ya escrito? Me digo qué infeliz, no en el sentido de que siento desgracia, sino en el sentido de qué poca cosa sos. Pero es una suerte tenerse en poco altar, ¿no?

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