Querida por Elvira Orpheé

Te he pensado tanto, querida. Te he pensado tanto que no entiendo por qué no me has oído. ¿Me tenés miedo? ¡Quién soy yo para que me tengas miedo! Una pobre criatura que te ruega que vengas una tarde después de que haya llovido. Vendrás, embebida de olores: la tierra mojada y un poco de relámpago. Te veré muy clara. Tendré el negro de los ojos prolongado por el negro de las ojeras y veré más que nunca, sin querer apoderarme ya de nada con los ojos. Te miraré con tanto desapego, querida, que no tendrás duda de que te estaba esperando, de que en ese momento te mezclo con un dulce de uvas que me encantó, con las fresias que me mandan su olor hasta mi cama, con el arroyo del barranco de los loros, con mis bolitas de colores que fueron princesas, con el patio del toldo, con la tormenta, con todo lo que me ha pasado. No dudarás de que en ese momento te mezclo conmigo. Lo sabrás entonces: yo me creía como eterna. Una especie de fantasma con la memoria entremezclada por sucesivas vidas. Volviendo a vivir olvido. Pero recuerdo. No llego a recordar. ¿Qué importa, qué te importa? Sos ciega, no sabés nada. Al fin y al cabo sos también un subalterno. Y tendré que dejar de rogarte. No te han dado orejas para escuchar… No, quiero rogarte, mi buena, mi humilde, mi única querida. Porque sos la única que me quiere. Enormemente. Tenés para mí una cuna. Donde me colocarás vuelta a nacer. De algo tan exageradamente blanco y suave que no sé que pueda ser. Me acunarás. Me querrás. Me querrás hasta borrarme, hasta vaciarme. Y seré nadie. Sin nombre, sin cuerpo que asentar en algún lado. Con sólo amor. Oh, me querrás, me querrás. Hasta borrarte, hasta no ser nada. Me querrás… Porque si no me quisieras, si no me quisieras, ¡qué desesperación sin vuelta atrás! Entonces, si no me quisieras, estar con vos sería peor que si me hubieran dado al loco José. Pero no serás el loco José. Te lo ordeno. Yo te mando. Teneme miedo. No serás el loco José, por favor. No lo seas. Sé mi querida, sé la que me quiere, mamita Muerte. Vendrás, habrá acabado de llover. Sabrás que te estaba esperando por ese inmenso desapego que me notarás. Y después será el amor.

Capítulo de la novela Aire tan dulce (Bajo la Luna, 2009)

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