Trabajo práctico por Luciana Czudnowski

Conocí a Mauro el primer día de clases: los dos entramos al aula de tercero B al mismo tiempo, tarde y estrenando media falta. Él era nuevo; yo no, pero cada vez que empezaban las clases sentía que no conocía a mis compañeros. Durante tres meses no había sabido nada de ellos; no me importaba a dónde se habían ido de vacaciones ni qué habían hecho en ese tiempo glorioso en el que yo tomaba mucho sol, iba a piletas de amigos de mis papás y dormía siestas. Nos sentamos en el mismo banco, el único que quedaba libre.

Él era de los pocos de la división que ya tenía barba. Ese día casi no hablamos, solo le pregunté por qué se había cambiado de colegio y me contó que se habían mudado de Olavarría a Capital, que venía de un colegio de curas donde también había hecho la primaria.

Para las primeras pruebas ya estudiábamos juntos en el comedor de mi casa. Fue lo más parecido a un amigo que tuve en ese tiempo. Las chicas de la división me preguntaban si él era mi novio, y por supuesto les decía que no. Yo todavía no pensaba en novios. Mauro parecía no interesarse mucho en nadie, pero por alguna razón nos acompañábamos sin molestarnos. No íbamos a los cumpleaños aunque nos invitaran. Éramos como una isla.

A mitad de año, en una pelea, Pablo Révere le hizo sangrar la nariz a uno de quinto B. El de quinto le había dicho “mogólico”, y como Pablo Révere tenía un hermano con síndrome de down, le empezó a pegar. Cuando nos enteramos, Mauro me dijo que él también tenía un hermano mogólico. Dijo así, “mogólico”, y me sorprendió que usara esa palabra. Me contó que a veces lo obligaba a ser su esclavo, o que se divertía pidiéndole que abriera bien grande la boca, y entonces él le tosía con todas sus fuerzas para contagiarle los gérmenes.

Mauro era buenísimo en biología. A medida que entrábamos en confianza me iba enterando de otras cosas, por ejemplo, que su mamá vendía cremas de belleza y perfumes imitación. Que él no la quería.

Después de las vacaciones de invierno, en mi casa decidieron plastificar. Esa semana mis papás me pidieron que pasara las tardes en otro lado. Mauro dijo que fuéramos a su casa. La imaginaba oscura, con un balcón protegido por rejas cuadradas, una cocina grande y cuartos ordenados. Imaginaba un aparador panzón, antiguo, sobre el cual habría animales de cerámica y un equipo de audio.

Vivía en planta baja, al frente, así que el departamento era oscuro como me había imaginado, pero con muebles modernos. Por la puerta de la cocina vi la espalda del hermano, que se dio vuelta y me sonrió con ese gesto dulce que tienen los chicos down. “Patricio”, dijo, y me dio la mano. Mauro agarró una lata de galletitas, sirvió algunas en un plato y fuimos a su habitación. A lo largo de todo el pasillo había potes de crema y cajas de perfume. No me pareció que Mauro tratara a Patricio especialmente mal ni bien, en realidad lo hacía con una indiferencia parecida a la que tenía en la escuela por todas las personas. A los pies de la cama, Mauro tenía un esqueleto de plástico que había armado él mismo con unos fascículos de revista. Le había puesto anteojos negros y una visera. La puerta marrón del placard, de fondo, realzaba la blancura de los huesos. Al lado estaba la habitación de Patricio.

Se nos hizo costumbre alternar las tardes de estudio entre la casa de Mauro y la mía. Su mamá no estaba nunca, pero Patricio sí. Tenía un emprendimiento de panadería con unos amigos que se llamaba Medialunas espaciales. Casi siempre estaba el horno prendido, y él, con el delantal de cocina puesto. Cuando yo iba a buscar un vaso de jugo a la heladera, Patricio me contaba sobre sus competencias de natación, sobre el proceso de elaboración de las facturas –quería enseñarme-. Cada vez que me veía me preguntaba si tenía novio.

– ¿Y vos?, ¿novia? – le pregunté una de esas veces.
– Yo sí, obvio- dijo con los ojos en blanco como si le estuviera preguntando una idiotez.

Otras veces me hacía preguntas como: “¿Sos virgen?” “¿Tus mocos son dulces o salados?” “¿Te animás a probar un sándwich de Chocolinas con lechuga?”

Un viernes, casi a fin de año, mientras hacíamos un trabajo práctico de geografía, tocaron el timbre. Teníamos que analizar la cuenca del Plata y calcar los ríos; yo me había equivocado en el brazo meridional del Bermejo, así que estaba borrando la hoja de calcar cuando Mauro se asomó a atender. Pensé que quizá podría conocer a la madre; en las fotos se la veía linda, rubia y con un cutis perfecto (seguro que las cremas que vendía la ayudaban mucho). “Para mi hermano”, dijo cuando le pregunté quién era. Cerró la puerta de la habitación y se puso a jugar con mis resaltadores. Abrió uno, metió el dedo chiquito dentro de la tapa, después hizo lo mismo con el dedo índice de esa mano, así que sus dedos parecían hombrecitos con galeras. Agarré un marcador negro y le hice dos ojos y una boca a cada dedo con galera. Mauro se rió, nunca lo había visto reírse así, los ojos le brillaban acuosos, medio amarillos. Puso música y empezó a agitar su dedo índice al ritmo del solo de batería. Cuando terminó la canción se hizo un silencio en el que escuchamos algo que no entendí. Mauro se puso serio de golpe.

– ¿Qué tenés?- le dije mirándolo
– Nada, ¿por?
– Algo te pasa- dije- estás raro.

Se sacó las zapatillas y entró al placard. Me hizo señas para que lo siguiera. Estaba oscuro como en todos los placares, y olía a naftalina y a cartón. Vi algunas cajas de juegos de mesa apiladas justo frente a mí: el Operaciones, el Carrera de Mente, el Tabú.

– ¿Ahora vamos a pasar a otro mundo?- pregunté.

Él se puso un dedo en la boca y dijo bajito:

– Mirá, pero no respires

Descorrió un saco colgado y el hueco quedó a la vista. Era un agujero que daba directamente a la otra habitación. Sobre el cubrecama azul con autitos verdes, dos cuerpos blanquísimos, desnudos, se besaban y se acariciaban. Arriba estaba Patricio, sobre una chica de la que solo podía ver el pelo revuelto y la bombacha que se estaba tratando de sacar. Mauro salió del placard, puso stop al CD que escuchábamos. Yo seguí mirando. La chica agarró la gomita de pelo que tenía en su muñeca y se hizo una cola bien alta. Ella también tenía síndrome de down. El moño rosa se movía mientras Patricio le besaba la cara, el cuello. Una mano se perdía entre los dos, ella abrazaba fuerte la espalda blanca y pecosa de él. Sentí un calor que me trepaba por todo el cuerpo. Patricio abrió el cajón de la mesita de luz, agarró algo y volvió a la cama. Ella (nunca supe su nombre) lo esperaba acostada. Con la naturalidad de alguien que sabe lo que hace, él la abrió de piernas y empezó a moverse. Si antes habíamos escuchado algo ahora no había dudas: eran sus ruidos. Patricio se movía sobre ella. Los dos sonreían y gemían a la vez.

Me acordé de cuando el profesor de historia nos mostró la película La guerra del fuego. Pasaba en fast forward las partes sexuales; todos mirábamos la acción en cámara rápida con dientes apretados, en un silencio de muerte.

Tenía que salir de ahí. Cuando me di vuelta, choqué la cabeza contra una percha. Los ruidos aumentaron. Me tropecé con una campera que cayó dentro del placard. Mauro estaba sentado sobre su cama. Me miraba con algo parecido a una sonrisa. El acolchado de él era bordó, con guitarras celestes. Yo bajé los ojos directo al escritorio, guardé en mi mochila la carpeta, los mapas, las hojas de calcar, la plancha de ojalillos, mis marcadores y lápices, que en ese momento me parecieron muchísimos. Destrabé la puerta y me fui. Mauro me siguió por el pasillo hasta la entrada del edificio.

– ¿Ya te vas? – dijo. No le respondí.

Estoy segura de que fue un viernes, porque mientras corría a mi casa me alivió pensar que no lo vería por dos días.

Ese domingo mis tíos festejaron su aniversario de casados en una quinta; hacía tanto calor que estuvimos todo el día en la pileta, al sol. Mis primos más chicos corrían por la parte baja y no paraban de salpicar. Se ve que todos escucharon cuando uno de ellos me preguntó si me habían comido la lengua los ratones, porque mis tíos empezaron a opinar sobre lo callada que estaba. Yo no dije ni que sí ni que no, estaba terminando de atrapar algunos bichos muertos que flotaban sobre el agua, los dejé al borde y me sumergí bien al fondo. Creo que mis papás y mis tíos estaban un poco borrachos; habían metido al perro dentro del agua y él chapoteaba feliz. Yo los miraba servirse de la botella que habían dejado al borde de la pileta, y reírse, reírse, reírse. A la noche me ardía todo el cuerpo.

El lunes siguiente llegué tarde al colegio. Lo último que quería era sentarme al lado de Mauro, pero no podía cambiarme de banco a pocas semanas de terminar las clases, y además no había otro libre. Mauro tenía la cabeza apoyada contra la pared, y cuando me senté se acercó y me dijo en voz baja: “Estás re colorada”. Yo empecé a contar los días que faltaban para que llegara el verano.

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