La islíada o cómo encuadernar las islas por Javier Cófreces

En el muelle color de niebla
De troncos desorejados
Donde el bagre tropieza y el sol se rompe
Y cae
He iniciado la empresa de encuadernar las islas.

Carlos Enrique Urquía (de Amistad en las islas)

 

Carlos Enrique Urquía fue el único escritor argentino que publicó cuatro obras poéticas dedicadas a las islas del Delta del Paraná. Ningún otro autor lo hizo. Sólo él soñó compilar sus cuatro libros (Amistad en las islas, La cimbra, Rama negra y Sintáxis del Ibicuy, publicados a lo largo de cuarenta años), que evocan una geografía fascinante y le otorgan carnadura lírica, para convertirlos en un solo tomo y titularlo La islíada. Ese sueño desveló al poeta, nacido en 1921, y habitante de San Fernando. No logró concretarlo en vida. La obra recién pudo ser editada en 2015, a doce años de su fallecimiento.

Accedí al nombre de Urquía, en su condición de antólogo, gracias al tomo rojizo y de tapa dura que conservaba en mi biblioteca desde hacía décadas. Se trataba de Cuarenta años de Poesía Argentina (Editorial Aldaba, 1962) con selección y notas de Carlos Enrique Urquía, en colaboración con José Isaacson. El trabajo recopila la producción de los poetas argentinos más notables, entre 1920 y 1960.

A la vez, accedí a la obra poética del escritor de San Fernando a través de otra antología, la de poesía argentina más extraordinaria que se tenga memoria. Me refiero a la que recopilara el poeta Raúl Gustavo Aguirre en los tres tomos que publicara Ediciones Fausto en 1979.

En el tomo II de dicha obra (página 699) aparecen los datos biográficos de Urquía. Apuntan que, además de antologar Cuarenta años de Poesía Argentina, ya había publicado dos libros, Amistad en las islas, (1957) y La cimbra (1961). Por entonces, nadie imaginaba, treinta y cinco años más tarde, que ambos títulos integrarían La islíada. De ellos, la Antología de poesía Argentina de Aguirre extrae dos poemas, “Los pájaros y “Cantos paralelos para el membrillo”, respectivamente.

Hace apenas cuatro o cinco años encontré en una librería de usados un ejemplar de Rama negra, publicado por Urquía en 1971, y recordé su nombre…

Por cierto, el hallazgo lo disfruté cantidad, ya que se trataba de un excelente libro de poemas vinculados a Tigre, evocado desde su título, que hace referencia a uno de los cientos de arroyos del Delta del Paraná.

De tal suerte, comenzó mi rastreo (emprendido junto a la poeta Marisa Negri y el artista plástico Martino -ambos habitantes isleños-), tras la certeza de haber dado con un poeta consustanciado con la temática isleña. No sin esfuerzo conseguimos sus libros anteriores (Amistad en las islas y La cimbra). Hasta entonces no sospechábamos que aún nos faltaba rescatar un cuarto libro escrito por Urquía y referido a la región. Recién nos enteramos de su existencia cuando tomamos contacto con los familiares del poeta, para solicitarles autorización de la reedición de los trabajos (los tres que hasta entonces conocíamos), en el sello que dirijo. De manos del hijo, Carlos Pedro, recibimos como obsequio un par de ejemplares del cuarto trabajo dedicado a las islas, Sintáxis del Ibicuy, editado póstumamente en 2004, al año siguiente de la muerte del autor.

Fue en aquel encuentro cuando nos interiorizamos de los detalles del proyecto, del sueño que desvelaba a Carlos Enrique y que no alcanzó a concretar. Se trataba de reunir los cuatro títulos dedicados al delta en un solo tomo, bajo el título de La islíada.

Retomando ese plan concebido por el autor, y con la autorización de su esposa y su hijo, en 2015 Ediciones en Danza publicó finalmente La islíada, el sueño que proyectó y tituló Urquía años antes de morir.

Cientos de poetas argentinos se han ocupado de escribir acerca de las islas del Delta del Paraná y sus ríos. Desde Martín Coronado, hasta Diana Bellessi, desde Manuel José de Lavardén, hasta Miguel Gaya, pasando por Leopoldo Lugones, Juan Rodolfo Wilcock, Alfonsina Storni, Ricardo Molinari, Alicia Genovese y Alberto Muñoz, entre tantos…Podríamos confeccionar un listado interminable. Sin embargo, no me consta que alguno de estos formidables escritores haya abordado la poética vinculada a la región con la abnegación, la constancia y la fecundidad lírica con que lo hiciera Urquía desde sus obras, convertidas en una pieza conceptual, gracias a la configuración de La islíada.

Antes, yo tenía demasiado respeto por la naturaleza.
Me ubicaba frente a las cosas, frente a los paisajes,
Y los dejaba hacer.
Pero esto se acabó, ahora intervendré.

Henri Michaux

(acápite extraído de La cimbra)

En La islíada, y a partir de cuatro libros de poesía absolutamente diferenciables entre sí, por sus tonos, por su impronta y por sus características expresivas, Urquía presenta una atrapante cosmovisión reveladora de una zona que conoció como pocos. Desde los mismos sedimentos que generaron y configuraron un sitio tan inestable como lo es el isleño, el poeta “decide intervenir”. Lo hace en un territorio inundable, movible y provisional, al acecho de aguas marrones e imprevisibles que modifican caudales, cursos y devenires. Nada más comparable al destino humano y sus avatares. Por lo tanto, La islíada es la proyección de un sino incierto, al acecho de imponderables, como la vida misma.

Urquía se instala en un paisaje que convierte en propio, y reivindica uno de los tantos mundos posibles que transitamos. Un mundo aislado, en el cual incorpora metáforas comunes y trasladables a otros mundos, quizás más secos o menos húmedos y frondosos, pero en los que también existen el amor, la amistad, el desamparo y la soledad. En suma, un mundo tan fértil o inhóspito como cualquiera. Urquía extiende en su poética una paradoja existencial y ese atributo la dimensiona.

En La islíada fluye como un torrente inagotable la riqueza del conocimiento de un autor consustanciado con el paisaje y sus habitantes. Su escritura recorre todos los accidentes geográficos y emocionales propios del lugar.

Es evidente que en Urquía late un corazón isleño, de explorador, y desde esa impronta de búsqueda el poeta transita los más variados caminos para enriquecer su voz. Del resultado de esa inquietud surgen poemas audaces, casi experimentales, con tintes vanguardistas, que conviven con textos de raíz más clásica; piezas breves que se alternan con otras extensas; poemas coloquiales conviven con textos más intrincados; en fin, la alternancia lírica de este universo isleño es tan matizada y variable como los climas, los colores y los aromas que se perciben a través del recorrido del libro. Ese tránsito atrapa al lector, ávido de las revelaciones del iniciado, el poeta que “interviene” con maestría. Aporta las interpretaciones de los signos del lugar y la decodificación de lenguajes que la naturaleza impone.

La islíada ofrece semejante riqueza porque está atravesada por los propios isleños que desafían las contingencias del entorno. También por las distintas especies de árboles autóctonos, peces, plantas y bicherío. La exaltación, el canto y el homenaje, latentes en los textos, exceden el marco descriptivo y paisajístico: prodigan belleza lírica, riqueza poética y audacia expresiva. Construyen el albardón por donde transita Urquía, y desde donde propone un abordaje único al Delta del Paraná, La islíada.

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