Una escritura de la Historia por Juan Bautista Duizeide

“Recuerdos falsos para memorias verdaderas”.

Juan José Saer

 

La novela El río invisible (2017), de Cristina Siscar, tiene como núcleo pretérito una casa, un barrio cerca del Río de la Plata: “la casa y el río son para mí una misma cosa”. Y como núcleo presente, la memoria: herida y combate, pero también luz. Sus protagonistas son dos primas, Teresa y Jimena, quien narra. El candor de su adolescencia es quebrantado cuando encuentran un cadáver en el río, y al intentar la huida, otros más en la orilla. “No hablen de eso con nadie, porque podría pasarnos lo mismo a nosotros”, les advierte un tío. Ese personaje admonitorio, como buena parte de la población durante la época en que transcurre la novela, sabía. El sociólogo Daniel Feierstein -en su imprescindible El genocidio como práctica social (2007)- ha tipificado esas conductas, corrientes durante la dictadura: no adultos aniñados, que desconocen o no comprenden lo que sucede en el país, sino adultos que fingen tan bien no conocer determinados sucesos precisamente porque poseen alguna clave, lo cual les permite eludir, con puntería implacable, todo aquello que pueda ponerlos en peligro [1] .

Ese quiebre -el encuentro con la muerte joven- sacude la cotidianeidad de las primas. Sus juegos, que se iban modulando hacia los descubrimientos sentimentales y sexuales, son puestos ante un espejo que las encandila con la visión de la contingencia, de la propia finitud, de una realidad social escamoteada. A partir de esa disrupción, se pone en marcha la maquinaria del terror, con sus violencias físicas y simbólicas, sus complicidades, sus silencios, sus sobre entendidos.

Siscar ha declarado: “Lo autobiográfico está en el conflicto y eso es parte de mi experiencia: yo perdí una familia, un estado de cosas, un país, un proyecto… La sensación que me quedó es que todo es muy frágil, muy inestable y vulnerable…” (entrevista de Silvina Friera en Página / 12, 17 / IV / 2017). Tanto su hermana, Silvia Siscar, como su marido, Juan Miguel Satragno, fueron militantes del Partido Comunista Marxista Leninista. Ambos fueron desparecidos en 1978 en Mar de Ajo. Sin embargo, lo que se narra en El río invisible no es su historia, sino otra, imaginada, pero con la suficiente potencia metafórica para resonar junto a miles de otras historias. Para vislumbrar nuestra Historia.

Siscar, además de narradora, es poeta, algo notorio en la flexibilidad de su escritura, en la riqueza de recursos, jamás ostentados, en la capacidad para alternar la condensación propia de la poesía con el despliegue de la prosa. Su novela resulta un oscuro poema de los dones: “El agua cubre los escalones y llega hasta el borde de la galería. Cerca de una columna surge un destello plateado en el líquido marrón. Entonces sucede: meto la mano y atrapo al pez. Y esa sensación de atrapar la vida misteriosa, comúnmente oculta a la vista, no cambia ni se atenúa cuando me doy cuenta de que está muerto. Al contrario, resulta doblemente asombrosa y perturbadora, porque en un mismo acto palpo, a la vez, la maravilla de un ser que emerge de las profundidades y la muerte, un contacto que me deja el alma como el cuerpo mudo y frío que mi mano aprieta”.

El río invisible es intensamente lírica. Pero no confunde lírica con amaneramientos y evita los lugares comunes. Como Sudeste (1962) de Haroldo Conti -quizás su mayor referente-, o como el mismo Río de La Plata, su aparente llaneza alberga una complejidad laberíntica. Asume la forma de novela con marco, pero marco roto. Un marco de fotografía de bodas que aparece hacia el final, destrozado por un grupo de tareas que revienta una casa, vale como cifra de su estructura, pero también de los mecanismos del olvido y la memoria. El marco es el encuentro, después de muchos años, de dos ¿amigas? (es notable todo lo que la narración de ese encuentro elude, elide, alude). Ese encuentro, desarrollado a lo largo de toda la novela, resulta un marco astillado, y el gran relato que no llega del todo a contener, porque la tragedia lo desborda, está fragmentado en pasajes que se corren de lugar, chocan, lastiman. Tal vez porque la memoria nunca es cómoda. Y siempre está en movimiento. En peligro, como supo Walter Benjamin.

Ya en las primeras páginas se propone una colisión, un combate entre significados: “chocaban y se mezclaban como piedritas en mi cabeza dos fuerzas contrarias, dos vidas, dos idiomas (no se trata de lenguas diferentes sino que hay cosas que se dicen en un ámbito y no en otro, o que se dicen de distinta manera, y aun cuando las palabras sean las mismas -lo que es peor- tienen otro espesor, distinto significado”, se dice Jimena.

El río invisible es también una novela de iniciación. Y, al mismo tiempo, una novela de orfandades y exilios: de la casa natal, del río, de la casa que había recibido a la huérfana, del país, de una época, de unos sueños. Incluye pudorosos homenajes: a Jaime Dávalos -uno de nuestros grandes poetas populares del agua-, a Haroldo Conti, quizás nuestro más grande narrador del agua. Incluye una reivindicación de la lectura: “Ella tenía y tiene las palabras escritas en los libros que lee todos los días, esas palabras que, una tras otra, van trazando senderos, abriendo puertas”, dice la narradora acerca de su compañera de juegos junto al río.

Incluye también una reivindicación de la escritura que es a la vez un juego cervantino con los planos de ficción: la novela que leemos podría ser la novela que funciona como una bomba de tiempo destinada a quienes callaron. O, peor aún, contra quienes hablaron lo que se debía guardar: “Aparto la taza de té para mirar el libro que está en la mesa de luz, con la misma cautela con la que espiaba por la claraboya. Su nombre, Teresa Conti, figura en la tapa. ¿Es ella la autora? Alcanzo justo a depositar de nuevo la taza sobre el libro antes de que Teresa reaparezca. Entre el asombro y los nervios, las letras se me hicieron borrosas, lo único que pude retener del título es la palabra casa. La casa…”.

Entre las capacidades de El río invisible está la de suscitar una de las preguntas más inquietantes acerca de nuestro pasado, con trágico eco en nuestra actualidad social, cultural, política: ¿y si el autodenominado Proceso de Reorganización Nacional hubiera, también, chupado el lenguaje? Siscar escribe: “Las palabras, como por obra de un prestidigitador, se transformaron en disfraces. Abrimos la boca para decir algo y lo que sale es un antifaz o un bonete de payaso. Palabras sustitutas, máscaras sonoras para disimular lo silenciado, palabras huecas para tapar los huecos. Es simple: si suena una castañuela no se piensa en un violín. No se piensa. Si elogiamos el guiso de lentejas, nadie sospecha nuestro escalofrío. Pero llega un momento en que nos olvidamos incluso del propósito inicial de vaciar las palabras de sentido y sentimiento, porque, poco a poco, se han vuelto automáticas, un remedo del habla”.

Es muy significativo que en la novela esa reflexión no esté a cargo de Teresa -la exiliada, la escritora, “quien da nombre a las cosas, nombres antiguos, que parecen venir del fondo de los tiempos”- sino de Jimena, que no sólo ha permanecido en el país, sino que por efecto del terror ha delatado. Nuevamente la lectura de Feierstein aporta un marco para leer a esta clase de personajes: “lejos de no comprender, comprende demasiado bien el nivel de destrucción moral que supone haber prestado complicidad al asesinato y desaparición de sus pares. No se trata, a mi modo de ver, de adultos aniñados que no pueden cobrar conciencia del sentido de sus acciones – que les serían de este modo alienadas – sino de adultos adiaforizados , que desvanecen su sentido moral a través de la delación y la complicidad y que, desde esta imposibilidad de confrontar su pasado, reniegan del mismo a través de su clausura en la lógica de los dos demonios”.

Pero como se dice Jimena en la novela, con alarma, “hay otro idioma, que pese a estar soterrado sigue vivo, te murmura por dentro, y se despierta el muy maldito, y te aturde al menor roce del recuerdo”.

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[1] Un caso opuesto es el del protagonista de La larga noche de Francisco Sanctis, novela publicada por Humberto Costantini en 1984. Traducida al cine por Andrea Testa y Francisco Márquez en 2016, reeditada el mismo año con prólogo de Hernán Ronsino. A Francisco, una ex compañera de la secundaria le da dos nombres y una dirección, y le dice: “esta noche los van a ir a buscar”. Francisco puede tomar eso como un dato aciago de la real, como una fatalidad. Pero decide ponerse en acción, arriesga su vida para intentar salvarlos. Atraviesa su “larga noche”, se redime y redime lo humano.

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