Quiero saber tu historia Por Carlos María Domínguez

Hace calor en la costa de Palmira. Bandadas de cotorras cruzan el cielo de febrero con un barullo que rompe la siesta. La reverberación de los campos contra las sombras de los árboles me obliga a entrecerrar los ojos mientras camino al encuentro con un viejo pirata retirado, amigo de un amigo que me arregló la cita.

El Oriental tiene una delicada manera de hablar y una mirada fibrosa que no se rinde a la edad. Me han dicho quién es. Lo que no sé es qué tiene adentro. Una madrina Tehuelche le reemplazó la escuela con la lectura de “Huckleberry Finn”, “La isla del tesoro”, y viejas novelas de aventuras. Con ella aprendió a leer, a escribir, y a descubrir su vocación de bandido.

“Me aburría en la escuela y por eso la dejé -dice mientras su loro nos vigila desde la rama de un pequeño sauce, a pocos metros de donde estamos sentados-. No era ambiente para mí. Me educó mi madrina, pero también me aburría con los trabajos del campo. Antiguamente, en esta zona se visitaba un vecino con otro, y esas visitas duraban hasta la una, dos de la mañana. Yo quería conocer cómo era el mundo, así que escuchaba las conversaciones. Siempre se hablaba de animales o de plata. Y me decía: ¿pero el mundo será así?”

Cuando cumplió doce años, un día iba a la casa de su abuela y oyó sonar una guitarra. Se acercó y vio a cinco hombres sentados alrededor de la mesa de un boliche. Uno tocaba la guitarra y los demás cantaban, despreocupados del sol, del viento y del ganado. Se sorprendió. Tres horas después, al regresar a su casa, los hombres seguían cantando. “Me dije: ¡Ah, pero esto también es la vida!”

Tenía dieciocho años en el 47, cuando el director de una murga le presentó a Bruno Monti, “un hombre muy querido y conocedor, que había desertado del ejército argentino. Luego de invitar unas copas, me dijo: “Yo tengo ciertos problemas, no puedo traer cosas al pueblo por la policía. Me las agarran. Y nos hicimos amigos.”

En la casa paterna del Oriental, Monti comenzó a dejar repuestos de maquinarias agrícolas, bobinados para camiones, ejes, cigüeñales, entre otras piezas traídas de Argentina. Entonces los milicos de la prefectura salían de la aduana y en las noches acampaban a lo largo de la costa, al acecho de sus amigos contrabandistas. Se habían criado juntos, compartido torneos de fútbol y novias, pero tenían una familia que alimentar y un destino que cumplir.

“Años después, por arriba siempre había uno que manejaba los hilos -dice-, compraba al comisario, arreglaba con el prefecto. Acá, había varios que arreglaban todo. Y los demás hacíamos el cruce por el Sauce y por el Guazú, que es donde pasan las lanchas argentinas.”

“El Tito fue uno de los grandes contrabandistas. Llegó a traer la banda del Mincho Martín Corena, que asoló estos departamentos y dejó un tendal de grandes asaltos en las dos capitales, hasta que lo mataron en Montevideo. Entre ellos estaba Bananita, que era argentino. Tuvo grandes mafiosos esa banda. Y entraban por acá, por la pirámide de Punta Gorda. Iban allá, golpeaban, volvían para acá. El Mincho era de Carmelo. Y el Tito estuvo preso por trasladar esa banda. Era un hombre de bien. Tenía su buena familia, le gustaba comer bien y vivir bien. Usaba a la gente. Nosotros, en los últimos tiempos, le traíamos carga para él. No sabíamos lo que era. Treinta paquetes y nadie preguntaba nada.”

Fotografía por Fabiana Di Luca

“Teníamos un código. Había que cuidar a la gente, porque hasta la Onda estaba metida. Muchos choferes. Y no podíamos quemarlos. Ellos nos traían, por ejemplo, a una mujer. A mí me avisaba alguien. Me decía: mirá, Oriental, hay que salir. Hay que llevar a una mujer que anda sola. Llegaba en un temblor, muerta de miedo, igual que los demás. El hombre la traía acá, y casi siempre salíamos a la una, dos de la mañana, porque mandábamos nosotros. Yo, lo primero que le pedía era el arma. ¿Trae arma? Bueno, el arma la llevo yo. Mañana se la entrego. Porque teníamos un arreglo con la policía y si el tipo o la mujer eran personas peligrosas, posiblemente de noche, dentro de un monte, nos alumbran con una linterna y de los nervios no más, capaz que sacan el arma y matan a un policía. Y el trato no era ese. Vamos a imaginar: yo tengo un arreglo con el comisario de Palmira, y tengo el arreglo de llevar una mujer. Supongamos que cobrara unos mil dólares. Usted me paga adelantado, le decía, y me entrega el arma. Como venían recomendados por otras personas que nos conocían, yo debía cuidarla hasta que subiera a la lancha argentina, fuera la Independencia, que llegaba al río Sauce, la Galofré, o la Delta, que venía al Guazú. Todas traían contrabando. Las de pasajeros, la Interisleña, llegaban hasta ahí y volvían para atrás. La Delta salía del canal de San Fernando. En esa lancha se podían traer tres o cuatro muertos, si se precisaba.”

“Del puesto de la prefectura, en la boca del Guazucito, al Naranjo, hay siete, ocho kilómetros. Hacíamos seis horas de remo por el Guazú. Estaba la prefectura, pero la eludíamos porque con una canoa, usted pasa por los juncales, por muchos lados, y el puesto de milicos ni se enteraba. Ellos nos veían al otro día, en el boliche del Naranjo, pero no nos daban pelota. Y a veces nos encontraban cargados de mercadería, y jamás tuvimos problemas. Pero el negocio era que nadie disparara un arma. Por eso, como muchos eran ladrones en fuga, yo les decía: mirá viejo, te llevo pero con una condición. Quiero saber tu historia. ‘No, mirá -me decían-, di un golpe en Montevideo y quiero salir’. Sí, yo te llevo, pero me das la pistola. Otros decían que estaban en la guerrilla. Y ya uno se daba cuenta porque eran personas más educadas.”

“Hay varias cruzadas en el delta y nosotros íbamos por un arroyo angosto. A gatas pasaba una chata. Íbamos en canoa, pero a veces, con mil kilos arriba. En la época de la papa le metíamos treinta bolsas y además, quince cajones de vino. No nos veíamos uno con otro, el que iba en la pala y el que remaba. Le hablo de canoas de siete metros y manga ancha. Teníamos una que le llamábamos “El Alba”, como una cáscara de nuez. Tremenda canoa, de buena madera, porque había que venir cargado y soportar el viento. A veces teníamos que largar igual y enfrentar, porque no íbamos a pasar cuatro días en los montes, en pleno invierno. El conocimiento de las corrientes facilita, y también los bichos. Nosotros estábamos por ahí, sentíamos cantar una rana y ya sabíamos que venía viento. Pongamos que mi hijo está pescando. Yo estoy acá, sentado. De tarde, cuando canta el chingolo, si canta tres o cuatro veces, de tardecita, ya sé que a las ocho o a las nueve mi hijo tiene viento en el río. Y las ranas chiquitas, empiezan de mañana, cri cri, y al rato se levanta viento. La nutria, cuando está muy balona y se pone a hacer nido, es porque viene tormenta. Cuando levanta el nido lejos del agua, es que viene temporal. Esas cosas teníamos que saberlas de memoria.”

“Mire, muchos ponían plata en el contrabando y la perdían. Y otras veces quienes los pasábamos para el arco éramos nosotros. Decíamos: nos agarraron los milicos. Y se acabó. Andá a comprobarlo. Hacíamos el cuento del tío. Otras veces se simulaban tiroteos en la costa, un espamento bárbaro al otro día. ¡Que tirotearon a fulano y le sacaron todo! Y el capitalista pasaba para adentro. Puras macanas.”

“Le dábamos a las chatas del contrabando también, las que salían de la zona franca de Palmira, con bandera paraguaya, como si fueran a remontar el Paraná, para Asunción, y llevaban el cigarro al Tigre o al puerto de Olivos, cargamentos de whisky, ropas importadas -dice el Oriental, erguido en la silla-. Las esperábamos en los arroyos con una embarcación a motor, pintada de gris, como las de la prefectura, y con un buen reflector. Porque los tipos, por lo general fondeaban ahí, para comer o eludir la requisa de las patrullas, si no habían arreglado con los prefectos. A veces iba algún matón en la chata, pero casi siempre el patrón y un empleado. Eran chatas de treinta metros, con buenos motores centrales, y bien anchas.”

“Cuando la prefectura argentina enciende los reflectores deja la noche como el día. Cuántas veces nos echaron la luz encima y nos dejaron sin poder movernos. Si estaba entre los juncos, usted se quedaba quietito, encandilado. Qué se va a mover, hombre, si dejan como de día los arroyos. Entonces nosotros hacíamos lo mismo. Ellos iban por el Sauce o por los canales, y les salíamos con una lancha y el reflector. A veces se amenazaba a una persona y abordábamos. Se sacaba una parte de la carga, porque no daba nuestra embarcación para llevar todo. Hubo gente que raptó una chata con todo, pero eso no nos servía a nosotros. Ya era mucho compromiso, porque no iba a asesinar a una persona por robarle. ¿Y dónde metía toda la mercadería?, ¿y adónde la chata raptada? El recurso era buscar un escondite en alguna isla, o descargar de apuro y abandonar. Pero le digo, también se usaba el auto robo. El chatero, ya arreglado, decía: “no, me asaltaron”. Se puso de moda. Decía: “Me asaltaron. Y no me iba a hacer matar”. Estamos hablando de los ´70, antes del 76. Al tipo le dieron la chata para que hiciera un flete y se la entregaba a otro. Iban a medias.”

“El atraco existía por todos lados, porque también salían los argentinos a robar. Había muchas bandas del otro lado. Esas cargas eran diezmadas por el camino. ¿Adónde iban a denunciar, si estaban haciendo contrabando?”

“Yo siempre me cuidé de no lastimar a nadie, porque no quería asesinar, nunca me gustó la violencia. Porque no puedo ir a la cárcel a pagar un tipo, cinco o seis años. ¿Para qué? Además, nos conocía esa gente. Teníamos que matar a dos o a tres, y no dejar ninguno vivo. Entonces arreglábamos con otros métodos. Sacábamos una parte de la carga, cubiertos con máscaras, para que no nos reconocieran.”

“Años después, cuando venía la Delta, como los milicos argentinos estaban ocupados en otras cosas, iban al boliche del Naranjo y comían con nosotros. Le estoy hablando de los años ´70, los años de cortar cabezas, después del golpe. Se hacía una mesa larga y ahí nos sentábamos los bagayeros; nos daban la comida, aceitunas, jamones. Comíamos como reyes. Si alguien quería tomar whisky, venía el prefecto del Guazucito y ponía la botella en la mesa. Jamás se tocó el tema de que nosotros fuéramos uruguayos o argentinos. Nadie hablaba de eso. Hablábamos de fobal, y había cancha de fobal en lo del viejo Vita. Los milicos jugaban partidos con nosotros. Si la mano estaba muy brava, venía algún milico a avisar que había cambiado el jefe. Entonces se esperaba a la noche para desfilar. La gente estaba escondida adentro del monte, cada uno con su carguita. Llegaba la oscuridad y el río se animaba. Se llenaba de gente salida de los montes.”

“Si a uno lo agarraban con un guerrillero, de cualquier lado, estaba perdido. Armas yo nunca pasé. No quise. Pero había mucha gente que pasaba. Tuve un compañero que estuvo nueve años en el penal de Libertad. Pertenecía a Tupamaros. Traía la correspondencia por el delta, y armas, hasta que lo agarraron. Él andaba con otro muchacho que estaba de carpintero en el Naranjo, en lo de Vita. El flaco Cortés. Ese era el hombre que tenía comunicación con los Montoneros. Era carpintero naval, joven. Y cayeron los dos.”

“Años duros. Venían los aviones y había que esperar que tiraran los bultos, y después cruzar, a veces tapados con ramas para que no nos vieran. Y también tiraban de día, a cualquier hora, con helicópteros, no tenían horario. Recuerdo una maestra que encerraba a los niños adentro de la escuelita cada vez que veía caer los bultos. En el Bravo tiraban de día, no sé si borrachos o no. El helicóptero abría las compuertas y largaba bultos al agua. Y usted iba a mirar y eran tipos envueltos en bolsas, atados con alambre. Cuánta gente encontrábamos, después. Salían en los camalotes, otros caían en las islas. Desnudos, en las bolsas, o envueltos en esas frazadas de las cárceles. Otras veces llegaban a la costa. Y en la isla de doña Julia, cuántos esqueletos encontrábamos, mientras cazábamos. Atravesábamos la isla, armando trampas, y dos por tres hallábamos un viejo, ahí, que lo habían tirado. Estaba el esqueleto. ¿Y qué?, ¿íbamos a ir a avisarle a quién? Nos cagaban a palos a nosotros. Los jefes nos habían dicho que no querían que anduviéramos diciendo nada. Teníamos que hacer como que no veíamos. Los jefes de la prefectura iban a lo de doña Julia y nos decían: ‘Ustedes no comprometan a doña Julia. Estén acá, llévenla a Carmelo, ayúdenla, es una reliquia, no va a haber otra. Pero nada de abrir la boca’. Tanto el capitán Siliani como Piaza.”

“Los tiraban donde cayeran, y el agua, después, los traía. Usted sabe que el río puede bajar ahora, pero esta noche, si hay luna llena, puede pegar un repunte de dos metros, en un rato. Y al otro día aparece un viejo ahí, al lado, donde está usted. Venían envueltos en esas cobijas moras. Posiblemente los sacaban de las cárceles, los mataban o les inyectaban algo, porque nosotros encontrábamos cuerpos frescos, bien frescos, y no tenían golpes. Los revisábamos, los dábamos vuelta, y no tenían herida de bala ni grandes magulladuras. Y había gente que los buscaba para ver si traían dientes de oro y sacárselos. Ah, si tenían dientes de oro, les cortaban la cabeza y la metían adentro de una bolsa, igual. Pero, en general, era gente joven, y si no tenían heridas quiere decir que los tiraban vivos.”

“El misterio que encuentro yo, es esto: jamás la policía o los jueces nos interrogaron, estando en la cárcel, si llevábamos o traíamos gente, o sobre los cuerpos que veíamos caer. Podían pensar, éste está por contrabando, puede saber algo. Puede haber visto. Nunca en la vida. Nos abrían un proceso: ¿su nombre? Fulano de tal. ¿Antecedentes penales? Bueno, está remitido a la cárcel. Vaya tranquilo nomás. No querían saber. Nadie quería saber. Ahora, lo que me pregunto es: ¿cómo estoy vivo? ¿No estaré muerto, yo, y resulta que estoy viviendo en el paraíso, o en el infierno?”

Fragmentos del libro Escritos en el agua, de Carlos María Domínguez, Banda Oriental, Montevideo, 2006, inédito en Argentina.

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