Los perros azules Por Luciana Strauss

1

La masa baila alrededor del fuego; vibra y salta. Los bretones gritan, lloran, se mueven para atrás, para adelante. A un costado, bretoncitos tocan los tambores. Al primer trueno los bretones frenan: miran el cielo, recitan unos versos y extienden las manos. Cae ceniza, la reciben en la palma, la esparcen por los torsos. Se mezcla todo: el agua de lluvia, la ceniza, los cuerpos. Entrelazados se tiran al piso, siguen tocándose y ruedan. Caen al río, empiezan a armar las figuras: un sol, un árbol, un pez, una serpiente. Los bretoncitos corren al muelle. Cuando llegan hacen unas piruetas en la baranda y vuelven a golpear los tambores. Los perros azules nadan de un lado al otro del Rama Negra, hasta toparse con una canoa. Suben y quedan mirando la escena, lengua afuera.

 

2

Maisa clava el remo en el agua. Tamara la acompaña desde la proa,  gira:

—¿Hay alguien en Puerto Limón?

—Parece que no —arriesga Maisa mientras apoya el remo en la piragua. Tamara la sigue y hace lo mismo. Quedan pegadas al muelle, mirando la fachada: la madera pintada de verde agua.

Ladridos. Se sobresaltan, el bote se balancea y entra agua.

—Son perros, naba —larga Tamara.

Los ladridos se enciman, se vuelven más agudos.

—Sí, dale —Maisa se tapa los oídos, cierra los ojos y mueve la cara de un lado a otro—, perros, solo perros.

 

3

La baba desliza por la lengua, derrama de las comisuras, se mete entre las ranuras de la madera de la canoa. Los perros azules siguen sentados, la boca abierta, contemplando. A la hora no queda nadie; ni bretones, ni bretoncitos. El río calmo y bajo, las raíces desnudas. Los perros aúllan, tristes. Se acuestan, lomo mirando las nubes y cola apuntando al arroyo Espera. Quedan dormidos. Al rato sienten frío y bajan a la orilla. Tiemblan, se sacuden. Mojados, juguetean y saltan. Hacen el amor en el muelle. Enfrente, otro perro azul les ladra. Siguen igual: se funden en el pelaje azul.

 

4

Los bretones se suben uno sobre otro, forman pirámides y se van pasando los materiales y las herramientas. Clavan un parante. Dos se quedan mirando desde la orilla. Prenden un fuego, tiran unos pedazos de carne. Almuerzan, se tiran al agua y vuelven a trabajar. En dos horas levantaron el deck. Comen las sobras en el piso nuevo hasta que se hace de noche. Juegan al truco y terminan durmiendo uno arriba del otro. Al primer rayo de sol despiertan y vuelven a construir.

 

5

Maisa y Tamara amarran en Puerto Limón. Relojean el terreno vecino.

—Hace falta rellenarlo —Maisa destapa una cerveza—, después construimos el muelle y empezamos con la casa —completa mientras se toma un sorbo.

—¿Pero no es tierra fiscal? —Tamara le saca la botella y toma.

—Decían que las había comprado Cuneo Libarona en los noventa.

—Mirá…

Maisa interrumpe:

—Igual no importa, si no hay nadie…—mira el cielo, inmenso—. La tomamos. Sabías cómo es acá ¿no? —Se tira en la canoa, patas arriba, cabeza sobre las manos—. Si pagas los gastos por unos años, hay que averiguar por cuántos, —piensa en voz alta— y nadie reclama, ya está: casa, terreno, todo nuestro. Sueño cumplido, se emociona.

 

6

Después de una siesta en el muelle, los perros azules comen los restos de asado de la ceremonia bretona. Despellejan el hueso hasta dejarlo desnudo. Mastican al unísono. La grasa incrustada entre los dientes y untada en los hocicos. Rendidos, uno acuesta la cabeza sobre el lomo del otro, la oreja aplastada. Con la caída del sol el azul se vuelve más intenso. Dormidos, se relamen, sueñan con la carne de hace un rato.

 

7

La casa ya está lista. Sólo falta pintar las maderas. Los bretones pelean por el color. Un grupo quiere verde y otro rojo. Terminan a los golpes en la orilla. Gana el grupo que hincha por el rojo. Festejan en el río, se suben a una rama, hacen piruetas hasta que el cielo queda pincelado naranja y rosa.

 

8

Ya van por la tercera botella de cerveza. Maisa tambalea en el bote, estalla de la risa y enseguida le viene el hipo. Tamara, contagiada de la risa de su amiga:

—Nenaaaaa….. Guarda que nos vamos al agua.

Se agarra como puede de la escalera del muelle. Señala la casa de enfrente:

—¿Estos que viven acá son fachos, no? ­­

—Seeeee —larga Tamara—. Se pusieron como locos de contentos cuando pusieron seguridad en el Dorado. Y se llevan bien con Prefectura.

Su amiga se agarra la cabeza.

—Qué te pasa, colgaste.

Maisaiene la vista fija en el terreno de al lado.

Tamara le adivina el pensamiento. Toma el último sorbo de cerveza en medio de otro ataque de risa. Con la bombilla del mate golpea la botella, frunce el ceño:

— Atención, atención, camarada ¿Tomamos el terreno o qué?

Maisa se ríe y le sigue el juego a su amiga. Salta del bote a la escalera, sube al muelle, y desde ahí, brazo levantado, puño cerrado, grita:

—Pues sí. ¡A desalambrar se ha dicho!

 

9

Los perros azules se revuelcan del dolor de panza. Están un rato así. Se levantan y pasean lentos, los ojos caídos, el hocico mirando la tierra. Mastican pasto, quedan con la boca verde. Vomitan todo. Terminan dormidos bajo el sauce.

 

10

Los bretones duermen en las habitaciones recién terminadas. Como todavía no hay muebles, tiran unas colchonetas sobre el piso. En la habitación con vista al río van los que roncan, en la otra los silenciosos. Los bretoncitos se reparten entre los dos grupos. Antes de acostarse se juntan todos en el living, en ronda, recitan unos versos y se abrazan. Irrumpen ladridos. Frenan la ceremonia y discuten qué hacer, terminan a los gritos. Votan. Gana el grupo que quiere que entren los perros azules. Después se tiran unos encima de otros: el juego del entrelazado.

 

11

Cae el sol, sopla el viento y empieza a subir el agua. Primero crece al fondo, la parte baja del terreno. El tronco del limonero, mitad tapado. Los sauces, torcidos. Maisa y Tamara se bajan del bote, tambaleándose. Enterrándose en el barro tiran del cabo y suben la canoa. Maisa cae al pasto. Se queda tirada, toda enchastrada. Tamara a las carcajadas, le agarra la mano, y la ayuda a levantarse. Atan la canoa a un árbol. Se miran, perdidas. Tamara se pone seria:

—¿Qué hacemos? Si nos quedamos acá la crecida nos lleva puestas.

Maisa se sostiene de la rama de un sauce, cruza las piernas para no hacerse pis.

—Tenemos que entrar a la casa —dice, temblando.

 —¿A la casa? —repite Tamara.

Fotografía por Fabiana Di Luca

—No queda otra —Maisa hace pis en el pasto, se sacude.

Tamara vuelve a estallar, grita:

—Ni una gota en la pierna. Como te enseñó tu vieja. Sos mi ídola —se ríe agarrándose la panza.

Mientras se sube las babuchas, Maisa ve venir una lancha gigante a toda velocidad, con la música electrónica al mango. Se da vuelta para alertar a su amiga pero llega tarde, un chorrazo las empapa.

—Puta madre —grita Maisa— levantando un poco los brazos y mirándose el cuerpo chorreando.

—Será la tuya —le devuelve Tamara tiritando.

—Volvamos. Mañana venimos con los compas y tomamos el terreno de al lado —la apura Maisa mientras se escurre el saco.

—Estás loca, con esta crecida ni así de mamada. Nos tenemos que quedar —La palmea—. Mirá como está —le dice y señala la entrada de Puerto Limón. El río ya cubre la entrada. Clava los ojos en su amiga, buscando complicidad. Maisa le devuelve con un suspiro:

—Bue, dale, entremos a la casa. ¿Segura que no hay nadie?

—Dale, no la pensemos más.

Entierran los borcegos en el agua y encaran para la entrada. Llegan al deck, agarran una lona que estaba tirada y se secan.

 

12

Los perros azules salen nadando de la casa de los bretones. El agua los arrastra hasta el Espera. Cuando llegan al Torito cambia la corriente. Estiran el cuello para asomar la trompa, patalean para no hundirse, pero no avanzan, quedan chapoteando en falso. Agotados, jadean, aumentan desesperados las patadas. Miran alrededor en busca de tierra libre, pero ya todo es agua, los muelles tapados. Un tronco gigante se les viene encima, y los encierra contra un pino. Se tiran sobre la madera, patas colgando. Y se quedan quietos, ahí, mirando como el agua se lleva un televisor.

 

13

Un bretón despierta, abre el postigón del living y ve que el agua tapó todo. Mira adentro de la casa: todos durmiendo, los perros azules no están. La puerta semi abierta. Empieza a preparar todo. La cacerola con agua, las brasas, los troncos tallados, la esencia de eucaliptus. Los bretoncitos se levantan, juegan al quemado, se ponen a ayudar. Empieza la ceremonia. Las piñas encendidas, colgadas de una rama, iluminan la ronda del deck. Están todos de rodillas, las manos extendidas alrededor de una corona de hojas de sauce, y en el medio la madera tallada con la cara de un perro azul. Un bretón, bandeja en mano, reparte vasos del tamaño de un dedal y sirve de una tetera esencia de eucaliptus. Al rato, bretones corren mientras hacen malabares con ciruelas y limas. El resto baila descontrolado. El agua empieza a bajar y de a poco la fiesta se va apagando.

 

14

La puerta de la casa está entreabierta. Se miran asustadas. Ya es de noche.

—Me quiero ir.

—No hay otra —la apura Tamara y la agarra del brazo.

Entran. Caminan lento. En la oscuridad Tamara resbala con una piña. Maisa logra prender la luz. En una mesa de roble gigante, una caja de ravioles abierta con boletos rosas de la lancha colectiva ordenados numéricamente. Son miles. Al lado, unas máscaras de madera talladas con figuras de perros azules. Recorren toda la casa: en una pared un espejo ovalado, opaco y lleno de polvo. Se acercan a una biblioteca: en la parte de arriba una colección de revistas Reader Digest, abajo algunos clásicos viejos. Tamara saca Cuentos de amor, de locura y de muerte, lo hojea, empieza a toser.

—Dejá eso —la reta Maisa—, no ves el polvo que tiene. Andá a saber hace cuánto que alguien no lo agarra.

Vuelven a la mesa, se sientan y miran por un ventanal el terreno de al lado. El agua sigue alta, los pastizales apenas asoman. Un telgopor viaja hasta el muelle.

—Y si aprovechamos que estamos acá y mañana tomamos el terreno de al lado —Tamara piensa en voz alta—. Hacemos base acá hasta que baje el agua. Algo de comida seguro encontramos.

Maisa la para en seco:

—Solas ni en pedo, yo quiero ir con los compas.

Se apaga la luz.

—Uhh se cortó —Maisa agarra de la mano a su amiga.

Tamara saca el celular y alumbra:

Se levantan de la mesa y avanzan hacia el fondo de la casa. Llegan a un hall, sienten más calor en el ambiente.

—Qué lindo que está … —se frena Maisa.

—¡Cuidado! —grita Tamara.

Maisa salta del susto. Gira el cuello y ve que está pegada a una salamandra encendida. Se miran desconcertadas. Afuera: ladridos.

 

15

A la mañana, con el agua baja, los perros azules salen de la cueva de troncos, agachando la cabeza. Se sacuden y se secan al sol, panza arriba. Una rama le pega a uno en el lomo. ¿De dónde vendrá? ¿A quién se lo devolvemos? ¿Querrán jugar? Aprovechan para levantarse de la modorra. Estiran las patas delanteras. Se desperezan mientras piensan en la noche que pasaron encerrados. Ya es mediodía, el pelo azul resplandece. Buscan un árbol, hacen pis contra un tronco, en ese momento cae una rama en la cabeza de uno. Se asustan, ladran como si fuera la última vez, no se reconocen. Huelen todo el radio, no encuentran a nadie. Después de un rato, se miran cansados, lengua afuera. Tienen hambre. Recorren la zona, se dividen. Uno va al muelle y el otro al pastizal. En un par de horas lo único que consiguen es un bagre y unas ciruelas aplastadas. Una miseria, ni lamer hueso de asado pudieron. Desganados, se van bordeando el río, uno atrás del otro, cabeza gacha, hocico rozando el suelo. Así siguen caminando. Entran en ritmo, ya no piensan, se concentran sólo en la respiración y en olfatear. Pasan unas horas callados, hasta que sienten un aroma raro y se largan a ladrar sin parar.

 

16

Aplastado, un bretón intenta salir de la montaña de cuerpos. Empuja fuerte con las patas, desenrosca los brazos. Al hacer esto varios bretoncitos salen disparados y rebotan contra la pared. El sol pega sobre el ventanal, el agua está bajando. Encuentran la tetera de eucaliptus, despejan la mesa, hacen un té, desayunan. Ya más cuerdos, se reúnen en el living y debaten qué hacer. Tienen que irse. Las opciones son construir balsas o buscar a los perros azules. Después de la crecida no quedó nada de madera. Se deciden por los perros azules. Sacan del baúl el mapa de la isla. Entre todos lo miran, lo analizan. Tiran unos dados: deducen que los perros azules están cerca. Rocían un mechón de pelo azul con esencia de eucaliptus y al instante los ladridos. Corren a la ventana y miran: ahí están los dos, hocico alzado, ladran como si fuera la última vez, mueven todo el cuerpo. Un grupo dispara para la cocina, prepara algo de comida, agarra unas piñas y sale de la casa. Usan una madera floja del deck como trampolín para tirarse. Caen repartidos entre el lomo, las orejas y la cola de los perros azules: cincuenta sobre el perro azul que está bajo el árbol, cuarenta sobre el otro. Se aferran a los mechones, se agarran de las orejas, un grupo se sostiene de la cola. Los perros van hasta la orilla, bordean el río, lentamente y en fila. Pasado un puente, aceleran. A toda carrera, cabalgados por los bretones, los pelos azules al viento.

 

17

Vuelve la luz; Maisa y Tamara, abrazadas. Enfrente, a pocos metros, un cazador se apoya sobre la escopeta como si fuera un bastón. Quieto, las mira fijo. Tamara agarra fuerte a Maisa de la mano, se hace pis. El cazador se arremanga la leñadora, apoya el codo en la alacena y tira una caja de ravioles llena de boletos de la colectiva. Llueven papeles rosas, se bambolean y caen al suelo. Maisa se retuerce para aguantarse, pero siguen cayendo gotas. Abajo un charco. Agarra a su amiga del brazo. Corren hasta la entrada. Pisan entre los papeles rosas que cubren el piso. El cazador traba la puerta con el arma.

—El agua ya bajó —dice y las mira fijo de nuevo.

La puerta se mueve y sacude la escopeta. Vibra el deck. Pasos. Maisa esconde la cabeza en el hombro de su amiga; el cazador, pegado a ellas, abre la puerta. Entran dos perros azules. El hombre camina a la cocina, tira el rifle en la bacha, llena dos bowls con agua y los acomoda en el piso. Los perros azules toman desaforados, bamboleando la cola y jadeando. El cazador les acaricia la cabeza.

 

18

Los perros azules se lamen las patas, entrecierran los ojos y se tiran a dormir debajo de la mesa de la cocina. Roncan, la baba que se cae. Los pelos traspirados. Sienten pasos y corridas. Unos tiros al aire, gritos de una chica. Uno levanta la cabeza y al instante la deja caer de nuevo sobre el cartón que usa de almohada. El otro perro azul se acomoda sobre el lomo de su compañero, las orejas abiertas de par en par.

 

19

Los bretones caminan en fila sobre el caño de la escopeta. Atrás los siguen, corriendo, los bretoncitos, hacen sus clásicas piruetas. Se cuelgan de las cortinas de la ventana, se balancean de un lado a otro y se tiran. Se estrolan contra el mosquitero de la puerta y caen. De la alacena se vuelca una caja llena de boletos de la colectiva. Bretones y bretoncitos se escabullen y juegan entre los papeles rosas. Cuando se cansan, vuelven a la cortina, ahí agarrados miran por la ventana: El río quieto y bajo. Unas piñas que caen de un árbol. Dos máscaras de perros azules sobre el pasto, al lado de la reposera de líneas verdes, amarillas y rojas, iluminadas por el sol. Y al lado, la punta del arma clavada en el barro.

 

20

Maisa y Tamara tiradas boca arriba en el pasto del terreno de al lado, dormidas, las caras tapadas por las máscaras de los perros azules. El cazador, sentado sobre una reposera de colores, recorre sus cuerpos desnudos con un manojo de juncos. Empieza por el pelo de Tamara, baja por el cuello, pasa por entre los pechos hasta la panza, se queda un rato ahí haciendo círculos, después se mete en el ombligo. Tamara tiembla, pasa la mano por la panza como si quisiera espantar a un bicho que la molesta. El sol del mediodía da de lleno. Maisa, en posición estrella, cubierta por boletos rosas de la colectiva. El cazador arrastra los papeles con el manojo de juncos. Cuando termina se saca los borceguíes embarrados, se abre los botones de la camisa, desentierra la escopeta que estaba clavada en la tierra. Se acuesta en la reposera, los codos levantados y apoya el arma sobre su pecho. Queda dormido al lado de Maisa y Tamara. A paso lento bajan del monte los perros azules, dan unas vueltas alrededor de los cuerpos y olfatean. Se miran y, los dos a un mismo tiempo, de un mordisco, arrancan las máscaras que cubrían los rostros de Maisa y Tamara. Corren al río. Se tiran y se van, nadando, los colmillos clavados en las máscaras de madera.

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