Lectura de Aguasfuertes Deltianas de Roberto Arlt Por Jorge Consiglio

No es novedad: los escritos —ficcionales y no ficcionales— de Roberto Arlt tienen un tono único, singularísimo. Inventa estructuras gramaticales, organiza el texto a partir de una normativa personal, fabrica una sintaxis que se aleja de la tradicional; es decir, saca al lenguaje de los caminos convencionales, lo corre —lo altera, lo transfigura— en función de la expresividad y la potencia. Gilles Deleuze en un texto —La literatura y la vida— que aborda el problema de la escritura, comenta que Proust decía que el escritor “inventa dentro de la lengua una lengua nueva, una lengua extranjera en cierta medida”. En algunos autores, este rasgo es evidente; en otros, no tanto. En nuestras letras, algunos de los que se distinguen, definitivamente, por esta marca de estilo son Roberto Arlt, Antonio Di Benedetto y Juan José Saer. En los tres hay una impronta única. En el caso de Arlt, este sello —esta lengua extranjera, como diría Proust— acompaña una mirada que explora la materia narrativa —el objeto en cuestión— hasta las últimas consecuencias. Es un ojo perspicaz y absoluto que, sobre todo en las aguafuertes, lee las situaciones políticas y sociales, las deconstruye, se mete por los intersticios y extrae un sentido inadvertido para la observación general. Y su estilo —urgente, que parece fragmentar la costra contemplativa creada por el hábito, la inercia y el desinterés— robustece el efecto de verdad. Arlt logra una alquimia perfecta entre fondo y forma. En sus aguafuertes es, valga la expresión, un entomólogo social. Su atención considera el detalle, el pequeño gesto, el dato omitido o pasado por alto; con esos elementos organiza un sistema. Ricardo Piglia en El paisaje en las nubes (crónicas en El mundo 1937-1942) anota: “La literatura es para Arlt el laboratorio donde se experimenta con las conductas inesperadas y las especies ambiguas, con las partículas y las moléculas microscópicas de la vida social. Sus aguafuertes escritas durante casi veinte años son el archivo de esa investigación biológico-política”.

Las Aguafuertes deltianas, que fueron publicadas en 1950 en el diario El Mundo y están dedicadas al Delta del Paraná, también responden a esta mirada punzante y excéntrica. En ellas —ocho en total—, predomina una voz de denuncia; Arlt lo dice en la introducción: “el articulista se dispone a tratar los problemas de una región extraña, donde el hombre aún vive en estado primitivo”. Sin embargo, su enfoque es doble: el del observador comprometido convive con el del espectador gozoso de la naturaleza y del hombre que la habita. Para Arlt, el marco natural —los bosques, el tramado de aguas— no es un mero ambiente para el trabajador sino que lo constituye íntimamente. Hay un verdadero diálogo entre ellos. La situación es similar a la del protagonista del relato “El bosque”, de Robert Walser, quien, en una escena, conmovido por la contemplación de los grandes árboles se deja “mirar por lo profundamente hermoso, más que contemplarlo él mismo”. Y concluye: “Mirar es entonces un rol invertido, intercambiado”. La naturaleza impregna a los trabajadores del Delta, les confiere una extraordinaria dignidad; incluso es dueña de un criterio selectivo —a diferencia de otras regiones, como la llanura o la montaña—: no todos los hombres son elegidos para sacarle provecho, solo aquellos que tienen pasión por “la libertad bucólica que nace de la fraternidad con la tierra y el árbol”; el resto, los que están movidos por intereses espurios, están condenados al fracaso. En este punto, la dirección del pensamiento de Arlt se hilvana con la utopía, esa furiosa necesidad de inventar un mundo nuevo con otro orden, que es, quizás, una de las improntas más poderosas de sus textos.

De todas maneras, en estas aguafuertes, la naturaleza es una zona compleja. Por una parte, se la describe como locus amoenus; es el lugar idílico —sombreado, apacible, aromático— en el que el isleño construye su vivienda; por otra, es “el pequeño infierno verde” que presenta batalla al hombre que la habita, quien día a día tiene que ganarse el derecho al usufructo. Esta idea de la vida como combate es un tópico de la literatura artliana; en este caso, el principal contendiente del isleño no es la naturaleza —más allá de su voluptuosa potestad— sino el poder público. Ese es el verdadero problema. Los trabajadores del Delta son víctimas de una legislación anticuada y de una ilogicidad tan profunda que llega al absurdo. Arlt recorre todo el espectro de la política hidráulica de la Nación; va desde el proyecto de ley de frutas y hortalizas presentado al Congreso en 1934, pasa por el Digesto Marítimo y la ley de sirgas, que reglamenta el arrastre de las embarcaciones con cables por los canales, y considera las ordenanzas que rigen para la construcción de estacadas de madera. En todos los casos, la voz del que narra se respalda en la del trabajador.  El argumento del hombre que está en plena faena —Arlt recurre al discurso directo— confronta con una legislación pergeñada a partir del desconocimiento, el desinterés y la apatía. En suma, en este volumen de Ediciones en Danza, acompañado por las ilustraciones —simples y vigorosas— de Martino, nos encontramos con ocho textos en los que Arlt se plantea tal como lo conocemos: abre el mundo como una fruta, lo prueba y ofrece su —mordaz y siempre flamante— testimonio.

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