Matar a Esmelda Por Manuel Crespo

Cuando Ramiro le dijo que esa noche iban a matar a Esmelda, Simón estaba dibujando en su escritorio. Levantó el lápiz de la hoja y miró a su hermano.

—Pero yo no la quiero matar a Esmelda —respondió.

Ramiro terminó de abotonarse el pijama.

—Eso no importa —dijo mientras se calzaba las pantuflas—. Lo que importa es que la vamos a matar. Esta noche. Yo te aviso.

Tenía el pelo apenas mojado, sin peinar. Minutos antes había abierto la ducha, puesto la cabeza bajo el chorro y contado hasta cinco. Había esperado unos minutos sentado en el inodoro, dejando que el baño se llenara de vapor, y salido finalmente con la toalla atada a la cintura, sonriéndole a Esmelda como si la última hora de negociaciones y peleas nunca hubiera tenido lugar.

Simón se inclinó sobre la hoja y retomó el dibujo.

—Mamá dijo que nos portáramos bien, Ramiro.

Su hermano eligió una revista de la pila que había junto a la computadora y se acostó en su cama. Entonces Simón supo, sin saberlas en realidad, sin ponerlas en palabra, tres cosas. Que todo eso no era más que una broma de Ramiro; que la broma era contra él, Simón, y no contra la empleada, por mucho que Ramiro la detestase; y que él, Simón, no podría hacer nada para evitarla. Ramiro tenía once años; y Simón, seis. Entre ellos había una distancia infranqueable, un mar en el que los hermanos de seis se ahogaban y los de once se mantenían a flote. Y encima sus padres estaban lejos. Lo mejor sería dejarse llevar.

Cuando la cena estuvo preparada, los dos hermanos fueron a la cocina y se sentaron. Esmelda se ubicó en la cabecera de la mesa, sin plato enfrente. Simón no se acostumbraba a esa vigilancia a toda hora, a esa vida con empleada cama adentro. Desde hacía una semana, Esmelda siempre estaba ahí, como un ángel guardián insoportable, dedicado a la única tarea de constatar que los dos hermanos se bañaran, hicieran los deberes, se durmieran temprano. ¿Cuánto faltaba para que sus padres volvieran de Chile? Dos días, tres, el sábado.

Miró a su hermano, que masticaba fideos con un asomo de sonrisa, la mirada en la ventana que daba al jardín. Afuera todavía había algo de luz, las primeras polillas se pegaban al mosquitero y Esmelda golpeaba con un dedo la mesa, como marcándoles el ritmo al que tenían que comer. Espió un par de veces el reloj en su muñeca. Simón la vio hacer y no dijo nada.

 Un misterio, eso era Esmelda para él. Aunque hacía casi dos años que trabajaba en la casa, Simón todavía no tenía claro qué pensar acerca de ella. Por momentos le parecía linda y por momentos no tanto. Tenía el pelo tan lacio y brillante que daban ganas de olerlo, de hundir los dedos dentro de él, pero sus ojos eran chicos, como de ratón, y sus pómulos demasiado salientes, dos piedras afiladas bajo la piel. Tampoco era fácil definir su edad. La vez que Simón le preguntó, ella sólo dijo: “Bastante más que vos, bastante menos que los señores”.

Lo que Simón sabía de Esmelda era apenas su nombre, tan raro, y que hablaba con tonada y vivía en la otra punta de Campo Labrado, donde las construcciones ya eran más bajas o estaban incompletas, la calle se hacía de tosca y la noche como más oscura. Una vez, Simón había acompañado a su padre a dejar a Esmelda en su casa. Ella se había despedido tímidamente, había salido del auto y desaparecido en la penumbra que devoraba el zaguán.

Luego de la cena, se sentaron en el living a ver la hora de televisión permitida por los padres. Ramiro se reía ante cada cosa que aparecía en la pantalla. La empleada espiaba su reloj y Simón, sentado en la punta del sofá, sumergido entre almohadones, sentía que algo ahí estaba mal y que eso que estaba mal no era exactamente la broma que su hermano tenía programada para más tarde.

Rato después, se descubrió a sí mismo caminando a través de la noche. La tierra dura le enfriaba los pies descalzos y a ambos lados se distinguían las siluetas de unas casas. Alguien lo tomó del brazo, lo sacudió con fuerza. Simón tardó unos segundos en entender que lo estaban despertando.

Ramiro se llevó un índice a los labios, lo obligó a levantarse. Cuando llegaron a la cocina, abrió un cajón y sacó bolsas de consorcio, dos cuchillos serrucho.

—Volvamos a la cama —murmuró Simón.

Ramiro lo miró agrandando los ojos, haciendo el gesto de acuchillar a una empleada doméstica. Le dio a su hermano un par de las bolsas y uno de los cuchillos, y caminó hacia el fondo de la casa. Simón lo escoltó enmudecido, embargado otra vez por la misma sensación de antes —algo acá está mal y no somos nosotros— mientras eludían sombras de muebles y avanzaban en fila india, laminados por la luz de la luna que atravesaba las ventanas del living.

Llegaron al cuarto de huéspedes, donde Esmelda había dormido esa última semana. Rozando el picaporte con la hoja de su cuchillo, Ramiro volvió a agrandar los ojos. No hizo más que eso y de pronto Simón entendió que se había quedado sin ideas. El resultado había sido distinto al de otras veces. Simón no se había largado a llorar ni había salido corriendo. Todo un hallazgo: ahí estaba, frente a Simón, el auténtico límite de las bromas de su hermano. Ramiro dudando, la cara de Ramiro detenida en una mueca ridícula.

La puerta se abrió del lado de adentro. Una figura salió al pasillo y tanteó en la oscuridad hasta dar con la llave de la luz.

—Dijiste que iban a estar dormidos —se quejó el hombre en calzoncillos, la cara vuelta hacia el interior del cuarto.

Y después, quitándoles los cuchillos a los dos hermanos:

—¿Qué hacen con esto? Dijiste que iban a estar dormidos, Esmelda. Te esperamos en la cocina.

Mientras el hombre los hacía darse vuelta y caminar, los dos hermanos llegaron a ver el pelo derramado sobre la almohada, el brazo desnudo apenas más opaco que la sábana que envolvía el resto del cuerpo.

En la cocina, el hombre se sentó a la mesa del desayuno y les dijo que guardaran las bolsas de consorcio. Pidió plato, vaso, cubiertos. Esmelda llegó justo después, vestida con un camisón verde que le llegaba hasta las rodillas.

—Ese camisón es de mi mamá —dijo Ramiro.

—Ese camisón no es de nadie —dijo el hombre y miró a Esmelda—. Traeme de comer.

La empleada le dio una camisa que había traído del cuarto, pero el hombre no quiso ponérsela.

—Mucho calor —dijo mientras la dejaba hecha un bollo sobre la mesa—. A ver, ustedes dos, vengan.

—Luis, por favor —dijo Esmelda.

—No digas mi nombre. Y traeme vino. Vamos, changos, siéntense.

Mientras la empleada recalentaba los fideos de la cena, el hombre les preguntó a los hermanos cómo se llamaban, cuántos años tenían. Simón pensó que era bastante más alto que su padre, con más hombros, con más pelo en la cabeza, un pelo grueso que se encrespaba hacia arriba.

Esmelda le llevó el plato humeante y una botella ya empezada, sin corcho.

—Vení para acá —le dijo el hombre a Ramiro mientras cargaba el vaso—. Como sos el mayor, te vas a tomar dos dedos.

—Luis —dijo Esmelda.

—Callate. Vamos, chango. De una, sin pensar.

Ramiro tomó rápido, frunció apenas la boca y dejó el vaso sobre la mesa. Volvió a sentarse en su silla.

—Muy bien —dijo el hombre.

Sirvió otro poco de vino y miró a Simón.

—Ahora vos, un dedo. Como tu hermano, sin mariconear.

A Simón el vino le ardió menos de lo esperado. Incluso le gustó: primero fue el picor en la garganta, después la tibieza bajándole por el cuerpo, después nada. El hombre sonrió, como si acabara de llegarle una buena noticia. Revolvió los fideos y empezó a comer.

—¿Quién sos vos? —preguntó Ramiro de pronto.

Tenía la cara roja, los ojos brillosos. El hombre siguió sonriendo, aunque no del todo. Lo que había ahora en sus labios era el recuerdo de la sonrisa, su arquitectura, como si el hombre hubiera olvidado las razones por las que había estado sonriendo y todavía no le hubiera comunicado ese olvido a los músculos de la cara.

Volvió a servir vino. Bastante más esta vez, tres cuartos de vaso.

—Acá el que me quiera hacer una pregunta va a tener que tomar —dijo.

Ramiro no se movió de su silla.

—Luis.

—¿Qué querés, Esmelda?

—Dejá que yo me encargo.

—Si te hubieras encargado antes, ya estaríamos en la ruta. ¿Qué pasa, chango? ¿Se te achicaron los huevos?

Ramiro se levantó con brusquedad. No alcanzó a tomar todo; en el medio cerró fuerte los ojos, como si se le hubiera roto algo adentro. Dejó el vaso sobre la mesa y miró al hombre.

—¿Quién sos y qué hacés en nuestra casa? —insistió.

El hombre alzó una mano y volvió a darle el vaso.

—Te dije una pregunta, no dos. Pero vamos a hacer una cosa: mientras yo te cuento, vos terminás de tomar lo que te falta. Te voy a decir quién soy yo. Yo soy de lejos, chango. De muy lejos, igual que ella.

Esmelda estaba apoyada contra la heladera, los ojos fijos en el piso de cerámica. Simón la estaba mirando como a través de una película, como si la luz de la cocina se hubiera vuelto más cálida.

—¿Y la otra pregunta cuál era? —estaba diciendo el hombre—. Ah, sí: que qué estoy haciendo acá. Esa pregunta está mal hecha. Qué estamos haciendo, de última. O mejor: qué vamos a hacer en esta casa, ella y yo, dentro de un rato.

Para entonces Ramiro tenía la cara amarilla. Todavía quedaba algo de vino en el vaso.

—Éste ya está listo —dijo el hombre.

Esmelda se paró entre él y Simón.

—Suficiente, Luis.

Y después, dándose vuelta hacia los dos hermanos:

—Se van ya mismo a la cama.

Ramiro alcanzó a dar unos pasos antes de vomitar. Esmelda le sostuvo la frente hasta que las arcadas fueron puro ruido. Después lo llevó hasta la pileta y le abrió la canilla para que se enjuagara la boca.

—Cómo vas a dormir esta noche, chango —dijo el hombre riéndose, raspando el plato con el tenedor.

Simón estaba de pie junto a la mesa del desayuno, a un par de metros del vómito. Todo en la cocina se había vuelto tibio. Lento y tibio. Esmelda lo tomó del brazo y tiró de él hacia la puerta.

—Voy cargando la chata —dijo el hombre poniéndose la camisa—. Lo demás te lo dejo a vos.

Esmelda guió a los dos hermanos hasta su cuarto. Acostó a cada uno en su cama y se sentó a los pies de la de Ramiro, que lloriqueaba e intentaba levantarse. La empleada le susurró algo mientras le apoyaba una mano en el pecho, obligándolo sin violencia a permanecer acostado.

—Cuando tenía la edad de ustedes, tampoco me gustaba dormir —dijo—. Yo quería estar despierta todo el día. Querer dormir era una cosa de la gente grande, de los papás que andaban siempre cansados.

Les habló de su pueblo, del valle de color rosa, de cómo quemaba el calor a partir de noviembre. Simón trató de imaginarse ese valle, pero la negrura del cuarto se lo devoró enseguida.

—Nos íbamos al amanecer para el Talampaya, a pedirles a los turistas. A mamá no le gustaba que fuéramos. Papá decía que le daba igual, pero todas las noches nos preguntaba cómo nos había ido.

Ya era más oírla que verla. Oír el canto de su voz y oír también los ruidos que venían del otro lado de la puerta.

—Y nosotros ni un problema. Al contrario.

Los pasos del hombre vagando por la casa, los placares abriéndose y cerrándose, el lamento de los muebles arrastrados.

—La gente nos daba plata, nos regalaba comida, nos charlaba. La de juegos que habremos inventado ahí con mis hermanos, trabajando.

La cama de Ramiro crujió. Para Simón fue apenas el eco de un crujido.

—Los voy a extrañar, changuitos. Créanme que los voy a extrañar.

Pero Simón ya estaba lejos de la voz, muy lejos, hundido en una noche infinita, hecha sólo de silencio.

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