Lo que arrastra el río por Guillermo Korn

El río oscuro fue su primera novela. Y también la única. Fue publicada por primera vez en 1943, cuando su autor no llegaba a los treinta años. Hasta entonces, sus escritos abonaban las páginas de algunas revistas de izquierda; y desde 1940, las del diario comunista La Hora, en el que llegaría a ser secretario de redacción. Alfredo Varela dejó entre sus papeles personales otra novela esbozada a mediados de los años cuarenta. Listados, publicaciones oficiales, un mapa de la región, boletas de pedidos de libros en la Biblioteca Nacional sobre la cosecha de algodón y notas a lápiz, de letra ínfima –que encontramos con Javier Trímboli para una investigación conjunta– insinúan que su contenido iba a girar en torno a los algodonales chaqueños. Las condiciones laborales y las tenaces explotaciones vuelven a reclamar su atención.

El tema asomaba en El río oscuro a través de la vida de los mensúes –trabajadores de la yerba mate– casi siervos en la zona del Alto Paraná: aquella región transnacional, sin ley, comprendida por Paraguay, el sur de Brasil y las provincias de Corrientes y Misiones. El resumen, no hace justicia con los matices múltiples del libro. Ampliemos, pues. Su registro da cuenta de un exhaustivo conocimiento de las distintas labores en torno al proceso de la yerba mate, como de las condiciones de conchabo, de engaño, maltrato, semiesclavitud y muerte, en medio de fallidos intentos por romper ese designio. En la trama no faltan las pasiones amorosas, como tampoco la experimentación formal en su estructura narrativa.

Varela había publicado –en 1941– una serie de notas periodísticas de denuncia, en una revista masiva primero y luego en otra destinada a la militancia comunista, que servirían como base de la ficción. Existen desplazamientos entre el Varela periodista y el Varela narrador que lo alientan a recuperar, reciclar y reconvertir bajo nuevas formas aquel material. El resultado fue un ensamble que recorre la tensa convivencia entre conquistadores y aventureros, pioneers y misioneros, mensúes y explotadores, salpicada con citas de Whitman, Ambrosetti o Amaro Villanueva. En Varela, el credo iniciático surge de la lectura de Rafael Barrett y de la distancia frente a lo que considera un exotismo mistificador por parte de Horacio Quiroga. Al repasar las notas periodísticas de 1941 surge un dato significativo: Ramón Moreyra, nombre del futuro protagonista de su historia, existió. Pudo escapar de un yerbal y sobrevivir para contarlo. Un hombre de valía, un sobreviviente, una especie de rebelde primitivo. De eso se trata. En varios comentarios que valoraban la denuncia por sobre la ficción se leyó como pedagogía política, hasta festejar la presencia de líderes de masa que el libro no contiene. Ni Moreyra ni los demás protagonistas eran presentados por el narrador como héroes. En todo caso, la historia de Ramón corre en paralelo a la Historia. El río oscuro se presenta serpenteante, en oleadas, con cuatro variaciones: el relato sin título con la historia del protagonista; las partes de “Galope en el río” donde aparece su lucha por sobrevivir en una precaria jangada con el río revuelto; y como telón de fondo “La conquista” y “En la trampa” –partes que se intercalan y fluctúan en un lenguaje por momentos poético, por momentos informativo. Allí aparece la vida de la región y las búsquedas del oro verde.

Su moderna estructura narrativa cobija un particular registro del mundo popular. El boliche como escenario donde el ánimo se desata o se aplaca, según cómo pega el alcohol; el sitio donde se comparten los pesares y las ilusiones futuras sin sanciones morales, que sí señalaron las críticas contemporáneas a la novela (1); a pesar del montaje que sostiene el engaño y el reclutamiento de trabajadores. Mujeres sensuales y voluptuosas, o magras y agotadas por la tarea física, parecen integrar el escaso patrimonio comunitario. El fogón, a diferencia de los relatos de frontera del siglo XIX, no comprende la disolución de jerarquías, porque en El río oscuro los patrones y los trabajadores no comparten espacios salvo aquellos donde se explicita la violencia. El fogón habilita un coro que hilvana las historias narradas en voz baja, de tono confesional, donde las más de las veces se tematiza la fuga. Polifonía de susurros clandestinos.

El río oscuro sigue siendo una novela que no posee fecha de vencimiento: en su singularidad habita un universalismo que permitió su traducción a quince idiomas y tiradas de cientos de miles de ejemplares. La maquinaria de prensa del Partido Comunista al que perteneció su autor (2) en primer término, y que la novela fuera llevada al cine -en 1952- amplió el marco de lecturas y lectores posibles. Hugo del Carril fue director y protagonista de Las aguas bajan turbias. Ambos realizadores, también Eduardo Borrás, trabajaron en conjunto en el guión, a pesar que de Varela no aparece consignado en los títulos por estar preso bajo el peronismo, al que adscribía el director del film.

El río oscuro significó, sin minimizar esos datos, un paso más allá en lo que refiere a la literatura social. Su propuesta es narrar el mundo del trabajo sin artificios, superhombres ni construcciones colectivas. La yerba mate, fuente primaria de subsistencia, aparece como modo de salvación laboral, pero también de condena, o de muerte. Como el río que introducía a los trabajadores a un paraíso que se convertía en un infierno del que difícilmente podía escaparse. De allí que, corriente abajo, transportara los restos humanos de aquellos que se animaron a resistir, y muy excepcionalmente sus aguas meciera a un hombre que gana la libertad.


Guillermo Korn es docente y ensayista. En 2015 publicó –junto a Javier Trímboli– el libro Los ríos profundos. Hugo del Carril / Alfredo Varela: un detalle en la historia del peronismo y la izquierda, por Eudeba. 

Notas:

  1. El escritor Raúl Larra le reprochará a su camarada Varela, en La Hora, el diario del Partido Comunista, el “excesivo sensualismo” y la “crudeza sexual” de la novela.
  1. Y por el que viajó como delegado argentino a los congresos de Polonia y Hungría en 1948, visitante de la URSS –como testimonia en Un periodista argentino en la Unión Soviética. Desde entonces fue un activo partícipe del Consejo Mundial de la Paz casi hasta su muerte, en 1984.

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