Las despedidas y sus infinitas versiones Por Daniel Krupa

En el primer número de Carapachay me habían invitado a discurrir sobre el paraíso. La conclusión era –y sigue siendo– que ese escenario irreal e idealizado puede adoptar distintas formas; formas que a su vez pueden mutar en cuestión de segundos; en milésimas de segundos. Vean si no por acá lo que les sucedió a unos circunstanciales vecinos con los que compartí la barrosa costa del delta por unas pocas horas, allá por febrero de 2015.

Ahora que la hermosa Carapachay llega a su fin, se repite el convite y viene entonces una serie de elucubraciones sobre las despedidas y sus infinitas versiones.

Si me preguntan por la mejor despedida que conozco, debo remitirme a una escena cinematográfica: Ricky (Humprey Bogart), con su sobretodo con solapa levantada, despidiendo a Ilsa (Ingrid Bergman) en un marco que incluye, para mí, ingredientes perfectos para una despedida memorable: noche de bruma, una pista clandestina con avioneta a punto de despegar, cigarrillos, pocas palabras, gestos esenciales. Y lágrimas, desde ya, en precisas dosis.

En mi biblioteca debe haber guardadas varias despedidas. Algunas explícitas, como Los adioses (JC Onetti) o El largo adiós (R. Chandler) –con una sonoridad igual de bella en su título original: The long goodbye. Ya no está en mis estantes –vaya este saludo digital cargado de violento odio contenido a quien no me lo haya devuelto–, pero me acuerdo de otro título maravilloso: Permiso para retirarme, de A. Bryce Echenique, y que forma parte de sus “antimemorias”.

Recuerdo también la última despedida que leí: La única historia, de Julian Barnes. Novela de 2018 en la que se evoca el inesperado amor entre un adolescente y una mujer de cuarenta años. La despedida entre los protagonistas de este vínculo no es abrupta, como podría presumirse. Sino que dura décadas, degeneración neurológica de una de las partes involucradas de por medio en el tramo final. La despedida, podríamos decir, en una de sus versiones más temidas: la que está infectada de agonía.

Sigo pensando en qué otros ámbitos tenemos el componente “despedida” y llego a la conclusión, rápida, que del cancionero popular, con todos sus géneros y subgéneros, no tiene sentido citar un solo caso al azar porque el cancionero popular está hecho de adioses. Es como si ahora, de golpe, citara “Nada” (de H. Basterra y J. Dames, –el tango perfecto– cuando Julio Sosa canta o llora:

Ya me alejo de tu casa

y me voy yo ni sé dónde.

Sin querer te digo adiós

y hasta el eco de tu voz

de la nada me responde.

En la cruz de tu candado

por tu pena yo he rezado

y ha rodado en tu portón

una lágrima hecha flor

de mi pobre corazón.

Podría indagar ahora en cómo sería mi despedida perfecta. A esta altura de la soireé, si se me permite el galicismo –y si no: a esta altura del baile–, sería dificultoso planificar una despedida original. Ya vimos todo. Ya se imaginó y se escribió todo. Digo esto porque mi despedida ideal se parece mucho a la de un sujeto norteamericano que vivió largos años en un departamento de San Telmo, donde lo velaron con música a buen volumen y vaya uno a saber cuántos litros de bebidas más espirituosas que nunca.

Debo dejar asentado que me siento moralmente obligado a aclarar que yo no sé (o no me acuerdo) si esta historia es cierta. Mi cada vez menos fiable memoria me dice que este buen hombre yanqui había sido poeta o editor. Y que en la Argentina se había hecho querer, vida bohemia de por medio. Pero ahora que lo escribo me entró la duda, para qué negarlo. De lo que sí estoy seguro de esta historia que me contaron hace más de veinticinco años, es que velaron a un extranjero en tremenda fiesta, con gente que se agarraba de los muebles como si estuvieran arriba de un velero atravesando un tifón. ¡Ésa sería mi despedida! Y eso sí, con una interpretación en vivo (mientras yo, muerto) de Jano Seitún –que ahora me vota cualquier cosa, pero yo lo sigo queriendo como desde el primer día–, cantando una canción de su Alvy Singer Big Band en la que se escucha: “Voy a guardar mi guitarra, voy a pedirme un trago de más, tanto por ver, sé que no siempre se puede volver”. Cosas que pasan.

Por supuesto, siempre está latente la Carta al Juez (así, con mayúscula), a modo de último recurso. Esa es otra despedida posible.

Ahora bien. ¿Pueden planificarse las despedidas? Me refiero a las despedidas definitivas. Parecería que no. Me pasó con mi última novela –Dodge (Edulp, 2020)–, en la que quería atrapar una sensación, un estado de ánimo, que tenía que ver con el duelo antes del duelo. Si se quiere, la despedida antes de la despedida. Una manera, pienso, de mitigar el dolor antes del dolor.

En una nota publicada en septiembre de 2020 en el portal El País Digital, contaba: “Mientras el Dodge y yo nos íbamos conociendo, yo comenzaba a percibir, por primera vez en mi vida más o menos adulta, a partir de sutiles indicios, que mi padre era cada vez menos mi padre. Una percepción que, estando el auto en cuestión bajo mi órbita, se acentuaba cuando notaba que el Dodge también envejecía, contra mi voluntad y mis cada vez más frecuentes inversiones para sostener su impoluta presencia y, por su puesto, su andar. Una picadura de óxido en la chapa. La inevitable renovación del sistema de audio. La imposibilidad de reemplazar una pieza original. Quiero decir, una parte del mundo, mi mundo –que al fin y al cabo es el único que cuenta– se estaba desintegrando. Me llevó algunos años aceptar esta realidad.

Y acá es donde aparece un estado de situación (psicológico) que me llevó a ponerle, de nuevo, una vela a la escritura, a su supuesto poder exorcista. ¿Qué hacer antes del final de algo? ¿Dónde ponerse, uno mismo, ante la inminente pérdida de algo? El duelo antes del duelo.

Pero. Pero. Pero.

La comedia humana parece ir por otros carriles. Por un lado, mi padre, a sus 87, sigue siendo mi padre. Y lo último que supe del Dodge, la última imagen que me fue concedida por su nuevo dueño algunos meses después de haberlo vendido, me trajo una cruel paradoja: estaba yo aún sin el nuevo auto esperando un remís, un taxi, un algo que me devolviera a mi casa. Recuerdo muy bien que eran como los diez de la noche de un sábado y estaba yo solito con mi alma en una avenida repentinamente fantasmal. Me recuerdo angustiado porque, de alguna manera, me invadía una cierta orfandad. Fue en ese preciso instante que me llegó al teléfono una foto del Dodge. Lo habían pulido. Le habían colocado un inmenso moño rojo sobre su techo. Era, digamos, la carroza de algún tipo de ceremonia.

Sospecho que esa noche volví a casa gracias a la piedad de un vecino, que reconoció mi sombra en la avenida. Mi padre estaba en casa, viendo la tele con madre. El Dodge había renovado, quizá por sólo unas horas, su razón de ser, estirando su vida útil sin perder su histórico esplendor. El único desorientado, una vez más, era yo”.

Eso escribí hace ya unos meses, eso que está entrecomillado. ¿La conclusión? La misma del principio: las despedidas –como los paraísos de aquel ahora lejano pero entrañable primer número de Carapachay– pueden adoptar infinitas formas. Previsibles o no, abruptas o no… Lo único que parecería ser cierto es que, tarde o temprano, las despedidas reaparecen. Pero de esto estamos hechos: de despedidas que ya pasaron, dejándonos sus debidas cicatrices; de la incertidumbre de las partidas que vendrán y de las que, a veces más, a veces menos, somos conscientes. De ahí podría venir la idea del camarada Heráclito de que no podemos sumergirnos dos veces en el mismo río.

Y así es que escribiendo “río” por primera vez en este texto es que me despido de la entrañable Carapachay, desde el borde de un desvencijado muelle de madera difuminado en la niebla en la que se pierde el humo de mi cigarrillo negro y un poco yo también.

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