Micky por Patricio Rago

Martes 21 de julio de 2020

 

Querido Micky:

Hay muchas cosas que te quiero decir y no sé por dónde empezar.

Es tremendo, busco en mi pasado, en mi vida como jugador y estás en todos lados. Desde el principio, desde ese primer día de escuelita hace más de treinta años hasta el último partido del año pasado. Estuviste cada vez que jugamos en el club y en cada partido de visitantes. Hasta en Italia, cuando jugamos con Jorge en Novara y vinieron con Marta y se quedaron una semana con nosotros. ¡Qué manera de comer esos días, por favor! Nosotros vivíamos a pasta y arroz y ustedes llegaron y se pusieron a cocinar como si cada día fuera una fiesta. Volvían del supermercado con cosas deliciosas —conservas de todo tipo, peperonchinos, quesos increíbles, salames, conejo, pescado, vinos caros, nutella, helados— que nosotros ni mirábamos cuando íbamos a hacer las compras. Todavía te veo en la cocina del departamento de Via Bagnolini revolviendo un estofado con la cuchara de madera.

Todo me acuerdo. Como si fuera ayer.

Me acuerdo de que cada domingo, cuando llegaba al club y te iba a saludar, me preguntabas siempre lo mismo:

         —¿Vas a hacer un gol, Patito?

Ya casi nadie me llama Patito, no sé si lo sabés, ahora todos me dicen Rago, vos sos de los pocos que todavía me siguen llamando así.

Yo siempre te contestaba lo mismo, ¿te acordás?:

         —Naaa, de los goles se ocupa Jorge. Yo voy a tratar de hacerle unos buenos pases nomás.

Por lo general estabas almorzando con Marta en el bar, clavándote una buena napolitana con fritas, una parrillada o unas costillitas a la riojana.

         —Veo que te estás cuidando —te decía, y te reías Micky, te reías y me mirabas como diciendo “¿Y qué querés, Patito? Ya nos conocemos”. Y yo te miraba esa panza enorme que siempre tuviste y pensaba: “Y sí, Micky, ya fue, la vida es una sola. Hay que disfrutarla”.

Y bueno, y sí, la vida es una sola, la puta madre.

También me preguntabas cómo estábamos para ese partido y yo te contaba si teníamos alguna baja, algún lesionado o suspendido. No me quedaba mucho tiempo porque no me gustaba llegar tarde al fondo. Pero era así, cada vez, como una especie de ritual, como algo que los dos sabíamos que iba a pasar en algún momento del domingo.

Nunca me voy a olvidar de aquella tarde del 2001 en la que me llamaste para que volviera a jugar. Yo hacía meses que no pisaba el club. Al principio de ese año había empezado a laburar y a estudiar, podía ir un solo día a entrenar y tarde, sólo para hacer el físico. La estaba pasando mal, no podía más, así que un día tomé la decisión y dejé. Hablé con el Puma y con los pibes y ya no fui más. No iba ni los domingos a verlos. Hacía otras cosas, aprovechaba el finde libre.

En todo ese tiempo no había pensado mucho en el hockey hasta que un día atendí el teléfono y eras vos. Me preguntaste cómo estaba y de una me dijiste que tenía que volver a jugar. Así de simple. Yo te contesté que seguía complicado con el laburo y la facultad, no me daban los horarios. Antes de cortar me pediste que te prometiera que al menos iría el domingo. Y yo te dije que sí.

Ese domingo, mirando el partido, supe lo que vos ya sabías de antes, por supuesto, que mi lugar era adentro de la cancha. Lo supiste todo el tiempo. Qué increíble. Después fue el Puma el que me ofreció jugar en intermedia sin entrenar. Imagino que debías haber hablado también con él. No lo sé. Quedaban sólo un par de partidos de ese torneo. Al año siguiente acomodé los horarios y arranqué a pleno con la pretemporada. Ese fue el primer ascenso.

Muchas veces me pregunto cómo habría sido mi vida si no me hubieras llamado, si no hubiera vuelto a jugar. Todo lo que me habría perdido. El ascenso del año siguiente, la permanencia, el descenso y el segundo ascenso del 2005, los cinco años en Europa, la vuelta definitiva, el tercer ascenso, los años de permanencia, el torneo argentino, pero más que nada los festejos, los asados, las giras, los terceros tiempos, todo. Una locura.

El otro día pasé por la puerta de la casa de la calle Deán Funes. Ahí te esperábamos con Lucas los domingos que jugábamos en zona sur. Si llegábamos temprano, nos hacían subir esas escaleras largas que doblaban hacia la derecha apenas antes de llegar arriba. Esos techos altos, el balcón al frente, la terracita al fondo, la mamá de Marta que vivía con ustedes, los perros…

En esa época tenías la camioneta, no sé la marca pero me acuerdo de que era una tipo combi, blanca, y que estaba destruida. Nosotros íbamos acostados atrás. En invierno hacía un frío terrible, entraba viento por todos lados. A la vuelta nos dejaban en el subte de Independencia y Nueve de Julio. Nos encantaba ir con vos porque manejabas a los pedos. Las curvas, las frenadas. Te sabías todas las mañas del conductor. Cruzabas en diagonal las estaciones de servicio para zafar de los semáforos, te mandabas por la banquina cuando había tráfico y te pegabas a las ambulancias para pasar en rojo. Agarrabas unos caminos que no conocía nadie. Antes de la camioneta tenías un auto también hecho pelota. Tampoco sé la marca ni el modelo —como verás no sé nada de autos—, pero sí sé que era color bordó y que el tapizado de los asientos tenía varios agujeros.

Si ahora mismo cierro los ojos, te puedo ver poniendo los conos en un entrenamiento de escuelita. Debe ser uno de los recuerdos más antiguos que tengo del club. Vos poniendo los conitos naranja en la cancha uno. Igual de gordo y con el mismo bigote, unos años más joven nomás.

El otro día hablábamos con los pibes. Nos acordábamos de la vez en que viniste todo preocupado al final de un tercer tiempo y me dijiste:

         —Patito, hay mucho olor a porro en el baño. Y los de rugby no están y los contrarios ya se fueron…

Pero esa es una anécdota nada más, porque no expresa del todo lo que fuiste, lo que sos para nosotros. Entonces alguien, creo que el Pela, dijo algo que es verdad, que aún cuando Jorge y Andrés dejaron de jugar, vos seguiste viniendo igual. Yo les conté a los más pendejos que durante muchos años entrenaste a las inferiores, que hiciste la mesa de control, que estuviste en Comisión Directiva y que fuiste delegado del club en la Asociación. Y es que sí, posta, estuviste en todos lados, no te faltó nada.

Mirá, te voy a contar una cosa que nunca te conté. Algo que pasó el día en que ascendimos en Quilmes High School en el  2012, que para mí fue el ascenso más lindo de todos. Bueno, ese día, después del festejo en las duchas ¿te acordás?, vos me preguntaste si quería volver con vos al club donde nos esperaban para festejar. Yo te dije que sí, que obvio, y nos fuimos los dos solos en tu auto —Marta no estaba, debía estar en el auto de Andrés—. Me acuerdo que en un momento pensé que los pibes ya debían estar escaviando, cantando y festejando en los otros autos, pero que igual estaba bien que yo estuviera ahí, con vos, charlando del partido y compartiendo la alegría del ascenso. Porque vos eras tan responsable de ese ascenso como yo, como Beto, y como cualquiera de los pibes que habían estado en la cancha ese día.

Bueno, nada, eso.

Adivinarás que te escribo esta carta porque no te puedo ir a ver ni te puedo llamar. Hace ya tres días que estás dormido en una cama de hospital, conectado a una máquina que te ayuda a respirar y enchufado a una vía por la que te pasan calmantes para que no sufras más. Hoy hablé con Jorge, me dijo que los doctores no creen que pases de más de dos semanas. Cuando le pregunté si te podía ir a visitar —para hacerte compañía, pero también para despedirme y para agarrarte un rato la mano mientras te lloro—, me dijo que no dejan entrar a nadie por el tema del coronavirus, sólo los familiares directos. Una cagada, la verdad. Que te tengas que morir así, en un cuarto de hospital, y sin funeral, sin que te podamos despedir todos los que te queremos, la gente del club, los pibes de hockey, todos los que te debemos tanto, el amor por la camiseta, la pasión, la entrega. Qué tristeza.

No te puedo explicar cómo me arrepiento de no haberte dicho todo esto antes. La puta madre. No te lo podés imaginar. Perdón, pero bueno, acá estoy, acá estamos.

Te quiero contar que con los pibes mandamos una carta a Comisión Directiva para que la cancha se llame Miguel Crovetto. Sí, Micky, San Martín va a jugar en el Miguel Crovetto, y no sabés lo triste que nos pone no haberlo hecho antes, no haberte hecho una linda ceremonia en la que te habríamos abrazado como se abrazan esas cosas que uno siempre tuvo y que nunca pensó que podía perder algún día.

No sé qué más decirte, Micky, decirte gracias, un placer, una alegría. Decirte que te quiero mucho y que te voy a extrañar. No tengas miedo, te espera un viajecito, pero no pasa nada. Hay muchas personas que te estamos pensando, que estamos hinchando por vos para que ganes este partido que te espera, así como vos hinchaste siempre por nosotros. Siempre eras vos, bueno, ahora nos toca a nosotros.

Te deseo mucha suerte. Sé que va a ir bien.

Y ya nos vamos a encontrar, no tengo dudas.

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