La comadreja por Cristina Macjus

Aparecía a las diez de la noche. Su figura era muy distinta a la de los gatos, que iban y venían saltando con agilidad los muros de los vecinos, cruzando como flechas por el jardín, siempre de izquierda a derecha o de derecha a izquierda. La comadreja, en cambio, venía lentamente desde el fondo. En la oscuridad su cuerpo parecía el de una mulita, un semicírculo de sombra que caminaba despacio, deteniéndose cada tanto y oliendo. En las noches de luna también podía ver su cola larga.

Yo no tenía tele, en la separación la había perdido, así que a esa hora leía. Al principio se mantenía por el fondo. Le llevó un tiempo acercarse.

Lo único que sabía de comadrejas hasta ese entonces era que aparecían muertas en el jardín de mi infancia, cazadas por los perros. Recuerdo el esqueleto, hermoso, limpito, que un verano dejaron sin carne las hormigas. Me crié en Misiones. Allí un hormiguero puede crecer bajo el cadáver de un animal muerto en unas horas y dejarlo con sus huesos de cerámica reluciente en la misma posición que murió. Yo estaba en la edad del amor por los dinosaurios cuando vimos en el jardín ese esqueleto largo, la cola era un huesito detrás del otro como las perlas de un collar. Descansaba sobre un colchón espumoso de tierra de hormigas. Después fueron apareciendo otras osamentas de comadreja a largo de mi infancia, pero nunca logré ver una viva, los perros las espantaban. Richard, el hermano mayor de una compañera de colegio, nieto de un biólogo inglés, tenía el esqueleto de un mono en su casa. Lo había encontrado muerto en el jardín y lo había sumergido en una solución de no recuerdo que ácido para que quedara impecable. Y lo tenía así, limpio, en su pieza. Todos lo admirábamos por eso.

Yo no sabía mucho más de comadrejas cuando apareció una en la casa de Beccar. No la tenía asociada a enfermedades de roedores. O si la tenía asociada, seguramente la separación hizo que no me importara. Pocas cosas me importaban entonces. La comadreja era una sombra amable en mi jardín, ajena a mí, ajena a todo, tomándose una pausa cada tantos pasos, el lomo expuesto a la luna.

Entonces dejé crecer el pasto del fondo.

Los pastizales siempre me gustaron. De chica los veía desde el auto, en verano atravesábamos la pampa para irnos al sur de vacaciones. Cuando el viento sopla sobre un pasto alto se forman pequeñas olas, un poco más espesas y también más suaves que el agua. Hay distintas variedades de pasto y distintos tipos de olas. Todos florecen.

Al dejar crecer el pasto, descubrí que en mi jardín había entremezcladas diversas especies. Un tiempo después, mientras el pasto avanzaba, me anoté en un taller de experimentación textil de una artista que cirujeaba sus materiales. Vivía en Once, cuando al atardecer las textiles sacaban sus bolsones de retazos y los tiraban en los contenedores de basura, ella salía en bici a recolectar despojos. En su estudio cortaba, rellenaba, ataba y creaba hongos y cayos y burbujas cubiertas de látex. Exponía en galerías y museos de Europa. Hay cosas que están ahí dentro de una y sobreviven a todo, incluso a diez años de pareja. Para Mariano reciclar era ser miserable, y no había nada que detestara más que la miseria. Una parte de eso me gustaba de él: el desprecio por el ahorro, la generosidad, el disfrute. Somos nietos de inmigrantes que sobrevivieron a las guerras. Mi amor por los restos y el desprecio de Mariano eran las dos caras de la misma moneda. Ese verano yo dejé el pasto largo. Estaba sola. De repente podía hacer lo que se me diera la gana.

Me despertaba a la mañana y miraba hacia afuera. Una palmera enana tenía hojas en forma de manos, los dedos colgaban y se movían con el viento. Yo respondía a ese saludo sacando la mano por debajo de la frazada. ¿Y qué?

Las flores de pasto son como tiritas de papel, por lo general rojas o blancas, que cuelgan de un tallo alto. Vistas muy de cerca parecen barriletes chinos. Cuando no podía más de angustia apagaba la computadora y salía al jardín. Me tiraba sobre el pastizal que me había armado, decidida a quedarme ahí para siempre, que me comieran los gusanos y me taparan las raíces. Pero los pelitos de papel de las flores de pasto se movían con el viento y mis ojos terminaban haciendo foco ahí. Después de eso, todo el jardín ondulaba. El cielo se veía muy celeste. Pasaban las nubes, en distintos planos. Un benteveo se posaba en una rama y de repente me descubría tirada en el pasto, me miraba un poco incómodo y gritaba. A veces gritaba y al mismo tiempo cagaba. No había forma de morirse, de repente me daba risa. Descubrir al mismo tiempo que una es más frágil de lo que cree, que rayarse es posible, facilísimo, que todo se desgarra con el dolor más imposible, y aún así un benteveo te mira y caga.

Dejé pasar los días, todo se había detenido, o más bien todo se movía a mi alrededor mientras yo estaba detenida. Los sonidos me llegaban mullidos, amables, como si tuviera la cabeza dentro de una almohada, nada se sentía demasiado, todo me daba más o menos lo mismo.

El único punto de incomodidad fue mi vecina. Bajita, redonda, sus hijos viviendo en Europa, todo lo que decía lo había dicho primero su marido:

-No conviene dejar el pasto largo, dice mi marido. Porque se llena de bichos. Desde hace unos meses anda rondando una comadreja. Las comadrejas son bichos sucios.

Armé un pozo para compostar los restos de comida. Lo cavé cerca del muro que dividía nuestros terrenos para que lo protegiera de su mirada. La comadreja se comía todo. Nunca pude verla porque de noche ese sector quedaba en sombras, incluso cuando había luna. Comía todo menos las cáscaras de naranja. Por la mañana, para el desayuno, yo cortaba tres naranjas por la mitad y las exprimía. Al final del día las tiraba en el pozo junto a corazones de manzana, cabitos de lechuga, cáscaras de papa. Al día siguiente solo quedaban seis cuencos naranjas, perfectamente blancos en su interior, como si fueran tazas. Les comía la pulpa con una prolijidad asombrosa. Jamás tocaba la parte blanca. La delicadeza con la que comen algunos animales es hermosa. De chica había aparecido un coatí en nuestro jardín. Llegó un día meneando la cola sobre el tapial que protegía el patio donde colgábamos la ropa, los perros allá abajo locos de ganas de cazarlo pero sin poder trepar la pared. Entendía perfectamente que los perros no son capaces de trepar y se les meneaba en la cara. A nosotros enseguida nos armó un espectáculo de monerías y se ganó galletitas, un huevo y una manzana. Igual que la comadreja, era capaz de comer media manzana sin tocar la cáscara. Había que dársela cortada por la mitad. La agarraba con las dos patas delanteras y metía la trompa dentro, tosca, peluda, y la comía con habilidad, toda la pulpa sin dañar la fragilidad de la cáscara. Dejaba medio cuenco de fina piel roja sobre el muro y todos aplaudíamos ese numerito. Yo no hubiera podido hacerlo ni con los mejores instrumentos de cocina. El coatí entendía de aplausos. Y los disfrutaba. Es el animal salvaje más vanidoso que conocí. Un lagarto acepta un huevo con la cara altiva y lleno de desconfianza. Y no bien lo obtiene, huye. El coatí, en cambio, no se retira hasta obtener aplausos.

La comadreja era un ser discretos. Yo deducía que era ella la que comía de mi pozo, pero no tenía pruebas.

-¡Ahhh, los paraísos son tan lindos! –se apuraba a exclamar mi vecina cuando nos cruzábamos en la vereda. La comadreja era su primer tema. Los paraísos, el segundo.

 -Cuando compramos esta casa, lo que nos gustó de esta calle fue la hilera de paraísos. ¨¡Encontrar una calle así!¨, dijo mi marido. ¡No sabés el perfume que dan cuando florecen!

No hablaba de los paraísos sin querer, mi vecina. La noche anterior a nuestra mudanza una tormenta había partido por la mitad el viejo paraíso de nuestra vereda. Entramos por primera vez a la casa con un árbol impidiéndonos el paso. La vecina no quería que plantáramos otra cosa que paraísos.

El herrero que nos arregló el cerco que el árbol había aplastado, miró los restos del desastre y dijo: ¨Mala cosa el paraíso¨. Entonces nos contó que había tenido uno en su vereda y el muy desgraciado había hecho de las suyas. En los días de calor abría la canilla y el agua no salía. Picó paredes, cambió caños, le llevó tiempo descubrir que la culpa era del árbol. Había rodeado con sus raíces la cisterna, la había perforado y se había tomado el agua.

Nos separamos antes de volver a plantar un árbol. La vereda quedó ahí, con un hueco. Durante un tiempo suspendí todas las decisiones importantes. Me pareció que era por respeto (Mariano había querido un sauce, yo un aguaribay). Pero tal vez fue por disfrutar la sensación de vacío.

-El pasto corto es la solución. Una vez que se instalan las comadrejas, todo se infecta, dice mi marido. Mirá, te anoté el teléfono de un jardinero, trabaja muy bien.

Y sin embargo, fue la comadreja la que me sacó del estado silvestre en el que la separación me había sumido. Todas las noches caminaba despacio por el fondo, como un viejo sabio, y  yo creía que eso era suficiente, me contagiaba su calma y me hacía bien. Pero una noche hizo algo que cambió todo. Se acercó hasta mi ventana, se paró delante del vidrio y me miró de frente. La piel despeluchada, con esa cosa sarnosa que tienen los marsupiales, la cara blanca, y dos ojos brillantes detrás de un antifaz negro. Me sorprendió ver que la trompa era una redondela rosada de piel de bebé, como si en el lugar de donde salen los besos esa pequeña bestia salvaje hubiera encontrado cierta posibilidad de dulzura.

Me miró. A mí. Fue un flashazo. Me puso en eje en un instante. Es cierto que la mirada del otro nos construye y todo eso. De repente ahí estaba yo, rotunda, entera, todos mis contornos definidos por la mirada de una comadreja.

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