Cecilia Ferreiroa – Marcelo Guerrieri

Un encuentro en la costa a principios de este año da inicio a esta intensa conversación entre Cecilia Ferreiroa y Marcelo Guerrieri. Un encuentro que deriva en una amena y entretenida charla que utiliza este punto de partida como excusa para reflexionar sobre los recuerdos, la infancia, el viaje, el exilio y otros tantos temas. Un viaje sensible a espacios de la memoria individual y también a la memoria compartida. Un viaje intenso que fluye entre el río y el mar, entre el presente y pasado, entre lo individual y lo colectivo. Un viaje que es más bien una invitación a conocer un poco más a estos dos grandes amigos de la revista Carapachay.


Marcelo querido:

Cuando me dijeron de hacer este epistolario con vos en seguida pensé que nos conocemos, no hace mucho pero ya hace un tiempo, y hemos compartido algunas cosas, algunos espacios. Me acordé del viaje que hicimos este verano a Mar Azul con todo el grupo que leyó en la Feria de Editores. Entonces me gustó la idea porque recordé especialmente las largas horas que pasamos en la playa bajo un sol abrasador, charlando todos reunidos alrededor de la escasa sombra que dibujaba la sombrilla, con el mar frente a nosotros. Al mediodía quedábamos apretujados y a la tarde podíamos abrirnos un poco más. Y ahí, en ese refugio precario, contamos nuestras vidas, nos escuchamos.

Supe que viviste en Europa de más joven. Y que ese viaje te marcó. Viviste un tiempo en Suecia y eso me llamó mucho la atención. Fue un viaje elegido y terminó, según recuerdo, cuando te pareció que había llegado a su fin. Me pregunto si siempre hay un momento de volver, o si es posible volver. No a todo el mundo le ocurre. Me da la sensación de que a vos sí te ocurrió en un sentido, que el viaje fue una experiencia que te enriqueció pero no te dislocó. Hay gente que queda en viaje, que no puede o no quiere volver.

Yo también volví en un momento. Y si bien ni la partida, primero a Venezuela y luego a México, ni el regreso fueron decididos por mí porque en ambos casos era chica, cuando volvía sentí que era el momento. Tenía 12 años y venía a Argentina de donde me había ido a los 5 años. Es raro, pero yo tomaba ese regreso como algo deseado por mí. ¿Será que los niños a veces deseamos el deseo de los padres?

Y sucedió que no había lugar al que volver. Pronto pude saberlo. Argentina era mi lugar y a la vez me era ajeno e inhóspito. Lo extraño es que México –donde vivimos la mayor parte del tiempo que estuvimos afuera– tampoco era mi lugar y a la vez lo era. Había algo en mí que le pertenecía, que le pertenecerá siempre, que se expresa todavía ahora en una fuerte sensación de nostalgia. Cada vez que escucho un corrido mexicano me emociono, cada vez que se menciona a México presto atención. Me compete. Y sin embargo no quise –o no pude– volver por mucho tiempo a México. La palabra volver, como ves, va en más de una dirección. Una experiencia, en verdad, compartida por mucha gente a lo largo del tiempo, ¿no? Como te decía, evité ir a México por más de treinta años. Y cuando lo hice fue tan desconcertante. Nada me era familiar. Me refiero a los lugares. No recordaba nada, ninguno me resultaba conocido. Iba con entusiasmo a una plaza, a un barrio, a una calle esperando reconocerlo pero era extraño. Como estar por primera vez. Fue más angustiante que la desilusión que nace cuando ves que todo es menos que tu recuerdo.

Venezuela, en cambio, no significa un lugar al que volver para mí. Es donde fuimos primero, a mis 5 años. Vivimos muy poco ahí, menos de un año, y tengo recuerdos grabados con intensidad pero a pesar de eso no se inscribió en mí como sí lo hizo México. Supongo que la razón es simple. En México pasé casi toda mi infancia. En Venezuela vivimos las tres, mi hermana, mi madre y yo, en un cuarto. Me recuerdo encerrada en ese cuarto, mirando la pared y mirando también mucho por la ventana. Si bien mi madre le alquilaba el cuarto a un matrimonio amigo, yo no andaba libremente por la casa. Mi madre trabajaba todo el día, así que quizás eran muchas horas las que estaba en el cuarto cerrado. ¿Dónde comíamos, en el cuarto también? Probablemente mi hermana estaba también conmigo, pero yo me recuerdo sola. Es posible que ella estuviera afuera jugando. Las dos jugábamos bastante con algunas amiguitas del barrio. Hacíamos verticales contra la pared y tomábamos raspados, uno tras otro. Nos aliviaban un poco del calor que hacía, y de las horas. Por las mañanas íbamos al colegio. Así que, en verdad, no vivía encerrada. Yo iba a pre-escolar y mi hermana a segundo grado. La escuela se llamaba Cantaclaro y tenía una canción que decía: Cantaclaro cada día canta más claro. Del tiempo en clase solo permanecen los momentos en que el profesor nos hacía cruzar de brazos y no hacer nada. Eran verdaderos tiempos muertos, que se llamaban tiempo de descanso. Los recuerdo como muy frecuentes y eternos. La sensación que tengo es que en un momento el profesor se hartaba de nosotros y nos decía: Ahora pónganse en descanso. Y nosotros debíamos cruzarnos de brazos y quedarnos así, sin hablar, hasta que nos liberaba y nos dejaba movernos. Qué raro me resultaba todo. Yo hacía lo que me decían, me cruzaba de brazos, cantaba la canción de Cantaclaro, pero qué raro que me resultaba. Una parte de mí hacía lo que debía hacer y otra miraba todo con tanto desconcierto. En mi vida ha persistido el desconcierto. En México también me pasaba, y no siempre era dócil con aquello que me resultaba extraño y ajeno. Allá era de mala educación contestar simplemente “qué” cuando alguien te llamaba. Y la maestra en el colegio siempre me lo hacía notar y me corregía. Lo educado, lo que debía hacerse, era responder “mande usted”. A mí eso me resultaba muy sumiso, muy servicial y me negaba a hacerlo. Yo hablaba como una mexicana, usaba el tú, la hermosa tonada, todas las palabras que constituían el vocabulario común y el infantil, pero responder “mande usted” me parecía demasiado y nunca lo hice. De chica la cortesía, la suavidad mexicana me parecía tan sumisa, mientras que la manera poco amable de Argentina me parecía superior. Ahora pienso lo contrario. La cortesía no es algo superficial, es una de las cosas más profundas e importantes que hay. Y me hubiera encantado haberme permitido aprender a usarla cuando tuve la verdadera oportunidad de hacerlo. También me oponía, y reconozco que eso ya era un exceso de mi parte, a pedir permiso para retirarme de la mesa cuando estaba comiendo en la casa de algún compañerito de escuela. Recuerdo en especial un almuerzo. A medida que iban terminando de comer mis amiguitos se retiraban para ir a jugar, pidiendo el correspondiente permiso. Yo no quería hacerlo y me mantenía en la mesa sin saber cómo hacer para irme. Me quedé sola con los padres, que seguramente no entenderían por qué no me iba también. Pero la cortesía los hacía quedarse conmigo, acompañarme, sin hacerme sentir mal, conversando. Cuando la situación no daba para más, se me ocurrió una manera genial de escapar. En ese momento me pareció la solución perfecta. Lentamente fui deslizándome de mi silla hacia debajo de la mesa. Lo hice sin decir nada, y muy lentamente, para que no se notara que me estaba hundiendo cada vez más. Cuando llegué a estar por completo abajo de la mesa empecé a gatear. Y así me fui, gateando por el pasillo hasta el cuarto de mi compañero, dejando atrás a los padres que permanecían en absoluto silencio. No dijeron ni una sola palabra.

Mi hermana, creo, tenía el problema opuesto. Quería cumplir con las normas de cortesía, hasta el exceso. Una vez que fuimos invitadas a comer a casa de un amiguito, ella se comió hasta los huesos del ala del pollo que le habían servido, para que no se dieran cuenta de que la detestaba. Los trituró como un perro con sus muelas y los tragó uno por uno. Aquella vez los padres sí hicieron un comentario. Habrán dicho, con preocupación, que los huesos no se comían o algo así. Mi hermana respondió, con naturalidad, que a ella le gustaban mucho. Estábamos un poco perdidas. Perdidas en un mundo extraño e incomprensible, y no sabíamos qué debíamos hacer ni para dónde agarrar.

En las vacaciones íbamos al mar y andábamos sueltas por la playa. Había que tener mucho cuidado con las rayas al meterse al océano. Al hijo de un amigo lo picó una. Él me trataba mal y era muy violento así que en un primer momento me alegré. Pero al escuchar sus gritos por días enteros, unos gritos desesperados, que no bajaban de intensidad, me sentí culpable. A la noche la playa se llenaba de cangrejos que había que esquivar porque te podían pellizcar los pies con sus pinzas. En las casas había que cuidarse de los alacranes, que eran mortales. Los terremotos eran algo omnipresente en el DF y cada dos por tres había que estar saliendo de las casas en medio de la noche. Una vez se puso a temblar de día. Por la ventana veía con asombro cómo los edificios bailaban. El peligro era una experiencia común en México, era concreto, cotidiano, persistente. No era algo que pertenecía al mundo infantil, sino la manera en la que la vida se desarrollaba para todos.

Pero no todo lo vivido en México son recuerdos. La lengua es presente. Mi infancia a través de ella también. La primera palabra que viene a mi mente es una palabra que usaba de chica en México. Yo no creo en la distinción tajante entre la infancia y la adultez, hay tanto que permanece. En vez de baúl, yo siempre pienso en cajuela; en vez de cordones, en agujetas. El camino es primero que nada la carretera, alberca está en la punta de mi lengua hasta que mi mente puede sustituirla por la más decorosa pileta, que no genera extrañeza o risas. Y aún hoy tengo que hacer un acto interno de traducción para no decir las palabras de mi primer vocabulario. Mi lengua materna es la lengua mexicana, aunque mezclada ya, luego de tantos años, con la argentina. Y ahora que me empieza a pasar que olvido las palabras y tardo en poder encontrarlas no sé por qué a las mexicanas no las debo buscar nunca, están ahí siempre al borde de mis labios, como si fueran parte de mi carne, la materia de la que estoy hecha.

Bueno, Marce, espero con gusto tu correo.

Te mando un abrazo grande,

Ceci.

***

Ceci, querida:

Cuando supe que íbamos a intercambiar cartas también me vino enseguida el recuerdo de este verano en Mar Azul y la lectura en la feria. Pero me vino después de otro recuerdo: cuando nos conocimos hace un par de años en la casa que alquila Luciana en el Carapachay. Llegaste en lancha con Caio en un momento de la tarde y trajiste un budín de banana riquísimo. Además de esos mates y esas primeras charlas, la imagen que me viene son tus brazadas lentas, yendo y viniendo tranquila por el río. La memoria y sus maneras de construir un recuerdo, organizar las imágenes, darles cuerpo. Esa primera imagen de la nadadora es la que me vino enseguida cuando pensé en escribirte y me pregunto de qué manera habla de vos ese nadar en el río, ese contacto tranquilo con el agua.

Muy acuático viene todo esto, Mar Azul este verano, otra vez con el agua dando vueltas. También soy nadador, me tiro en cualquier lado donde se pueda bracear un poco. Esta pasión por el agua me viene de mi viejo. Cuando íbamos a Mar del Plata en Semana Santa, de chico, al hotel de la Cooperativa Ferroviaria —mis dos abuelos eran ferroviarios—, la gente por la playa de campera y bufanda, de pronto mi viejo quedaba en malla y yo lo seguía, corriendo hacia el mar. Me moría de frío ni bien tocábamos el agua pero él insistía con que había que aguantar un poquito nomás. Y era así: un minuto infinito gritando de frío pero de pronto pasaba ese milagro, el cuerpo se acostumbraba a la temperatura, ya no sentía frío, podía nadar sin problema hasta cansarme. La gente se paraba en la playa y nos señalaba como si fuéramos un par de locos. Yo les quería explicar que el agua estaba buenísima, que al principio te morías de frío pero que enseguida el agua estaba buenísima. Así guardo aquellas zambullidas, seguramente no era tan extremo todo, sobre todo porque no me morí de pulmonía ni nada de eso. ¿Sería tan heroico todo como lo recuerdo? ¿Serían así como las escribo aquellas brazadas tuyas en el Carapachay? ¿Era de banana el budín?

Del agua, a mi viejo, a Mar Azul… me acuerdo que entre otras cosas, ahí mateando bajo ese pedacito de sombra, además de mi tiempo en Upsala y Barcelona les conté sobre el texto que estaba escribiendo sobre mi papá para la sección de Mundos Íntimos. Era un texto con un tono nuevo para mí, autobiográfico; y hablarlo con ustedes, contarles mis dudas y mi idea de escritura, me sirvió un montón para repensarlo, para corregirlo a mi vuelta, para mandarlo por fin. Cuando lo publicaron sentí que estaban ustedes ahí también, sus sugerencias, lo que hablamos. También estuvo lo literario en aquella tarde en la Isla —de ir y venir del Atlántico al Carapachay, parece que viene la cosa, de ir y venir de lo autobiográfico a la escritura—, acababas de publicar tu libro de cuentos y Luciana lo tenía. Con Noe leímos el primer cuento, la narradora se encontraba con una señora extraña en una lancha colectiva: Señora Planta. En ese momento no sabíamos que ibas a venir. Antes de conocerte ya te había leído. Las brazadas y ese cuento, y de ahí volvemos a la arena, choclos con manteca y sal, mates, todo eso, todos ahí moviéndonos con la sombra que se alarga, horas contándonos nuestras vidas, como esas largas sobremesas de los asados en familia allá en Lomas o en la quinta de unos amigos de mi madre en Spegazzini. ¿Por qué escribir una carta me lleva a la infancia? Me lo pregunto ahora que me doy cuenta de que vos hablaste de la infancia, y que yo también todo lo asocio con la infancia. Será que escribirle una carta a otro tiene algo de hablarse a uno mismo, de volver a contarnos cosas chiquitas, escritura confesional, capaz que para escribirle a otro sobre uno hay que empezar necesariamente por el principio, para que sepa de qué lugar vino esto que somos, para que el otro pueda ponerle un marco a nuestros gestos de ahora.

Gracias por contarme tu tiempo de infancia en Venezuela y México. Todo lo que me escribís se mezcla con lo que nos narraste bajo la sombrilla aquella vez, cuando lo leo nos lo estás contando a todos con el ruido del mar atrás. Me dan ganas de contarte sobre esto que te generó mi tiempo en Suecia, mi propio ir y venir (ibas y venías por el Carapachay con tus brazadas mientras los demás mateábamos en el muelle, ¿Luni dormía la siesta?, ¿jugaba con la tablet?, ¿me pedía que nos tiremos al agua? En algún momento nos tiramos pero en vez de bracear, como vos, nos dejábamos llevar por la corriente, ella se agarraba de mí y volvíamos tironeando de una soga otra vez al muelle); ir y venir, creo que más que volver siempre estamos yendo o viniendo.

Releo lo que decís sobre lo que te conté sobre mi tiempo de vivir afuera, aquella tarde en Mar Azul. Parece que todo me salió como estaba planeado. Pero la verdad es que nada estaba planeado. Tres años que fueron como una revolución para mí, un cambio de sistema. No me acuerdo si te conté que allá en Upsala di mi primer taller literario. Exiliados de las dictaduras que se habían quedado allá, por distintos motivos no habían podido volver. Había un ventanal enorme que daba a un bosque, ahí leían lo que habían escrito a partir de las consignas que les daba y aparecían todas las tonadas del habla latina, una abuelita colombiana, un chileno ex militante del MIR, una uruguaya con sus bo y sus boniatos, una mercedina que fue como una tía postiza aquel tiempo, una boliviana que había escapado de la dictadura de Banzer, ella me ofreció el espacio en el que daba los talleres, un centro cultural para los latinos de Upsala, Luna se llamaba el lugar. Vamos para allá un rato, desde Carpachay a Mar Azul a Upsala, desde Estocolmo son ochenta kilómetros en un tren eléctrico que parece que flotara; en lugar de chirridos y motores se oye un silbido futurista. Vamos a la noche de mi llegada. Estoy bajando al andén y lo único de mi cuerpo que hace contacto con el aire helado es un círculo pequeño por donde asoman ojos, cejas y nariz. La boca y el resto de la cara, dentro del gorro de lana. Camino por la nieve como un ekeko lunar con pasos de astronauta. De los árboles cuelgan ristras de lucecitas blancas entre las ramas peladas. Los carteles de las calles tienen nombres que parecen trabalenguas: kungsgatan, strandbodgatan, bangårdsgatan. Detrás de los árboles asoma una iglesia altísima de ladrillos rojos. Me resulta imposible en esta primera noche imaginar que esos trabalenguas impronunciables, que son los nombres de las calles, terminarán convirtiéndose en nombres cargados de significados queridos. Planeamos quedarnos con mi pareja de entonces un año en esa ciudad de postal navideña: ella tiene una beca de la comunidad europea para hacer un master en la universidad, yo tengo pasaporte italiano y muchas ganas de vivir esta aventura y es imposible que sepa entonces que en ese bar frente al que paso como si nada, el Flustret, que ahora está cerrado y me parece una jaula, vamos a juntarnos a darle a la cerveza con el marido de Sonia, Álvaro, que me va a dar una mano de oro para conseguir trabajo, igual que la querida tía Sara, y Hernán, un platense con el que vamos a ver los partidos del mundial en el Redrum; allá, donde hay una curva que sube hasta el puente, funciona radio Latinamerika donde voy a tener mi propia sección, Atrapacuentos, en el programa de Ricardo en el que narraré cuentos de autores latinoamericanos, en un momento voy a tener la llave de la radio y algunas noches voy a estar a cargo de la sección de noticias de latinoamérica, en el programa del 24 de marzo voy a leer La carta abierta a las juntas, otra de esas noches voy a pasar El arriero en la versión de Atahualpa pegada a la de Divididos, afuera va a estar nevando y me va a dar una fiaca enorme salir al aire congelado, por eso me voy a quedar a dormir ahí, en un sillón largo frente a un ventanal desde el que se ve el puentecito de piedra sobre el río y la nieve que cae; en aquel pub de allá, el Fredmans, voy a trabajar un tiempo en la puerta, cobrando la entrada y controlando de que ningún menor de edad se cuele, el dueño del boliche se llamará Pute, coloradote, tiene parte del cuello quemado y viste trajes a rayas colorinches y brillosos que  cambia cada noche; enfrente están las oficinas del Upsala Nya Tidning diario que voy a repartir por las madrugadas, cuando llegue el verano (escribí un cuento a partir de ese laburo, El repartidor de diarios, si querés leerlo lo podés googlear que en algún lado está y vas a poder asomarte un poco a esas madrugadas extrañísimas de sol a las tres de la mañana).

Cuando pasó el invierno y se derritió la nieve fue como mudarse de ciudad sin moverse. Apareció todo lo que estaba abajo, los contornos. Vivir afuera fue transformador en muchos sentidos, aceleró los tiempos de ciertos cambios profundos que yo venía queriendo hacer, sobre todo mi compromiso con mi elección de vida como escritor y todo lo que eso implica. Fue una elección irme, fue una elección venir; y digo venir y no volver, porque como te decía antes, creo que nunca se vuelve de un vivir afuera. De la misma forma en que uno fue a un lugar nuevo, la vuelta es ir a un lugar, con gente querida, pero nuevo, entre otras cosas porque uno es otro y tu gente querida también. Me lo decía a mí mismo todo el tiempo: no estoy volviendo a Argentina, estoy yendo a Argentina. Una gambeta emocional, supongo, para bajar la ansiedad y para sortear el choque con los cambios, para evitar que ese impacto te disloque, como vos decís. Pensarlo así, creo que de alguna forma a mí me funcionó.

Hay mucho más para contar sobre Suecia, están también los dos años en Barcelona, donde por primera vez pude vivir de dar talleres literarios, escribí una novela y muchos de los cuentos que formarían parte de mi primer libro. Será para otro momento. Para otra carta o para otra charla que tengamos, capaz cerca de algún lugar con agua, mates, budín de banana o choclos con manteca y sal.

Te mando un abrazo muy grande y espero con ganas tu próxima carta.

Marce

***

Querido Marce:

Recuerdo esa tarde en el río Carapachay. Ustedes venían de pasar la noche y estaban llenos de relatos. Estaban contentos, relajados, cansados quizás, como cansa el aire libre: un cansancio plácido. Ese budín que llevamos, de banana sí, llegó inexplicablemente caliente. Noelia al probarlo comentó ¡está caliente!, como algo que le daba un valor extraño pero extra, de recién hecho. Me sorprendió tanto como a Noelia. El viaje hacia allí era largo y yo había hecho el budín hacía muchas horas, pero ese húmedo verano lo había conservado tibio como un nido. Comieron con gusto –y eso me dio gusto a mí–, y con hambre. En Tigre siempre hay hambre y siempre se espera que el que llega de la ciudad –donde todo está más a mano– traiga algo rico. La comida ahí tiene un valor especial. Uno cuenta solo con lo que ha llevado, no hay resto para un antojo. Y recibir la comida junto con el que viene tiene la alegría de lo inesperado. Me encanta la isla porque la felicidad ahí está hecha de esas cosas simples.

Qué lindo que me recuerdes nadando. Cada vez que veo agua me quiero meter a nadar. El agua es tan diferente. De chica en verano pasaba horas en piletas, jugando. Y las horas eran humo. Ahora nado. Y nado lento, porque me gusta sentir el agua no tanto el esfuerzo, y me gusta pasar largo tiempo. Es mi manera de caminar en el agua y de mirar el paisaje (y la figura de Caíto sentado en la orilla como un faro). Cuando nado contra corriente en el Chaná cada árbol de la costa permanece un rato a mi lado. Me gusta ese vínculo callado que impone el nado con el paisaje y con el agua, callado y lento. Es un silencio que se instala y que hace que el paisaje nos mire. La literatura, como se ha dicho, es ese vínculo particular entre las palabras y el silencio. Algo de eso noté en tu cuento “El repartidor de diarios”, de ese silencio no exento de extrañeza ante el contacto con lo que no es familiar. Hay una lógica de pesadilla que va creciendo. Me cayó simpático que hablaras de los conejos. Me hizo acordar a la sorpresa que sentí en mi regreso a México al ver las ardillas en las plazas de la ciudad.

De chica mi mamá traía animales a nuestra casa. Había un gato que me mordía permanentemente el lóbulo de la oreja como si fuera la teta de la madre. Un perrita, Manchita, con la que jugábamos y a la que adoraba. Un conejo blanco que se comía el empapelado de la pared. Los animales llegaban un día y otro día desaparecían. Una vez trajo un mono. Estaba encantada. Nada más lindo que tener un monito. Pero no pudimos ni tocarlo porque se trepó a los placares y puertas y desde arriba nos gritaba muy enojado. Nada lo hacía bajar, se mantenía a una altura inaccesible y furiosa. No puedo recordar cómo hizo mi mamá para bajarlo y llevárselo. Su voluntad de llevarse animales era tan fuerte como la de traerlos. Otra vez trajo unas culebras. Yo jugaba con ellas, les ponía mi dedo y ellas se enrollaban y hacían fuerza para asfixiarme. Veía su traición, su maldad viscosa. En un momento desaparecieron. De alguna manera salieron de la pecera y se escondieron. Las buscamos por todos lados. Tiempo después las encontramos arriba de un placard. Al abrir la puerta salieron desenrollándose sinuosas, arteras. Después desaparecieron a la manera de mi madre.

También me traía libros, que yo leía vorazmente. En casa, en México, no había biblioteca. Los libros habían quedado en Argentina, la mayoría enterrados. Así que yo tenía para leer solo esos que me traía mi mamá, uno tras otro. Eran libros que existían a partir de que los tenía en mi mano. No había visto sus lomos, hojeado sus hojas, fantaseado con sus títulos. De pronto estaban ahí, y los leía inmediatamente, llena de esperanza y curiosidad.

Hablás de tu padre y el mar, del agua fría a la que se metían cuando eras chico. Es lindo porque eso que es parte de tu infancia, es parte de vos, de tu vínculo con el mar. Y hablás de ir y venir, algo bastante marino. Y creo que no es tan diferente a la manera en que yo pienso la palabra volver. Me gusta esa palabra porque le encuentro una carga emotiva que no quiero descartar en el lenguaje del viaje. Trae consigo la nostalgia por un lugar que fue nuestro. Pero en el caso de los lugares en los que hemos vivido tiempo atrás, requiere la comprensión de que es imposible volver a visitarlos, de la misma manera, al mismo lugar, como también vos contabas que te había pasado a tu regreso a Argentina. Entonces, requiere un aprendizaje, una especie de resignificación. Un poco con eso trabajo en el cuento “La vuelta mala”. Pero a vos te resultó la idea de ir y venir, que tiene algo de vaivén. Y por lo que he leído me parece que hay algo de eso en tu escritura, de ese vaivén.

Y pienso que a lo largo de mi vida he ampliado los lugares que he hecho míos (algunos también dejan de serlo). Córdoba es uno. Con Caíto fuimos mucho, durante muchas vacaciones. Agarrábamos el auto y nos íbamos a recorrer pueblitos y ciudades. Nunca reservamos nada de antemano, todavía seguimos sin hacerlo. En un momento empezamos a ir con los perros, cuando tuvimos perros, a buscar lugares que los admitieran. No siempre era fácil, rebotábamos de uno a otro. Liebig es otro lugar al que volvíamos como a nuestra casa. Al principio le alquilábamos a Teresa una casa que había pertenecido a los gerentes de la fábrica de extracto de carne y que ella administraba. Estaba en una larga calle de tierra, pegada en hilera con otras casas idénticas, deshabitadas. Con el auto recorríamos esa extendida calle silenciosa, homogénea. Todo era quieto y dormido. Luego los gerentes volvieron y le recordaron que la casa era de ellos, que siempre lo había sido. Y Teresa perdió esa fuente de dinero. La casita en el Chaná también es un lugar que siempre extrañamos y que se nos ha vuelto un poco remoto. Pero cada vez que vamos todavía nos sigue produciendo lo mismo, la misma felicidad, la misma sensación de por fin estar ahí.

Las casas son otros lugares que siempre me han interesado. Cada vez que visitounapor primera vez voy con curiosidad. No es solamente un lugar para ponerse a conversar cómodamente, o más íntimamente. Me gusta ver la distribución del espacio, los objetos que hay, los libros, las plantas, los animales. La casa habla de su dueño pero también habla de sí misma. Me quedaría largo rato mirando cada cosa, inspeccionando, preguntando. Por suerte, la convención establece que la primera vez que vamos debemos echar una mirada alrededor, y que el tema debe girar en torno a ella por un rato, a tal arreglo que se hizo, tal mueble que se compró, tal aspecto lindo, como si nos estuvieran presentando a alguien, contando su historia. Y eso muestra que las casas son organismos muy complejos, llenos de vida. Pero a su vez esa misma convención no permite que nos quedemos mirando más de la cuenta, más de la “justa medida”, que siempre es menos que mi curiosidad. Me ha pasado, incluso, con algunas personas que no tienen el más mínimo interés de hablar de su casa ni de mostrarla. Y mi ingreso ha sido un paso abrupto de la puerta a la conversación.

Releo lo que contás de tu vida en Suecia, la nieve, las noches blancas del verano, como las llaman en San Petersburgo. El cambio tan radical entre el invierno y el verano, como dos ciudades distintas. Las noches interminables; los días interminables. Los nombres de las calles, familiares y extraños; los trabajos. Y pienso en todo lo que queda cuando vivimos los lugares, lo que ha quedado en mí, o cuando vivimos los animales, la naturaleza. Toda esa vida múltiple, esas pequeñas cosas y momentos, que trazan nuestro presente. Me pregunto qué hace que percibamos algo, que nos conmueva. Creo que una de las cosas que me ha acompañado siempre es la felicidad de la sorpresa, de la extrañeza, de los lugares, de las personas, de los animales. Lo que está fuera de lugar, que nos saca de lugar, que nos muestra que todo en cierto sentido está fuera de lugar. La vida no ha perdido el carácter enigmático y conmovedor que tenía en mi infancia. Y no sé si intento aclararlo, no sé si puedo, me quedo muchas veces con el asombro, las preguntas, el acontecimiento.

Ha llegado el momento de terminar por mi parte esta correspondencia pero espero que con el tiempo vayamos continuando las charlas. Y seguiremos cruzándonos a través de los lugares y los vínculos que compartimos, volviéndonos un poco más familiares, un poco más extraños.

Te mando un abrazo,

Ceci.

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Ceci querida:

No deja de fascinarme la manera en que construimos los recuerdos. Ahora que traés el calor de aquel budín, un detalle que yo había olvidado, se me compone la escena de una forma nueva. La construcción colectiva de los recuerdos, de la memoria, de las sensaciones y significados de las experiencias compartidas. Qué placer hacernos el tiempo para este ejercicio. El tiempo del intercambio de cartas, como esas brazadas en el río, lentas, caminar el río, caminar los recuerdos despacito y que vayan y vengan los detalles. Y a ese calor del budín se me suma ahora esa sensación de estar en La isla que traés y le agrega todo un marco al recuerdo, un marco que encierra una imagen. Pero no una imagen estática, porque un recuerdo es como la imagen de un cuadro que siempre se está pintando, uno lo pinta pero lo componemos entre todos, se despinta y se vuelve a componer y ahí, enmarcando esa imagen que estamos pintando, el marco que traés, la sensación de estar en La isla.

Creo que algo de la fascinación que produce en  mí La isla es esa extrañeza de lo cotidiano que impone estar rodeados de agua. Lo pequeño cobra dimensión, otro valor. Todo hay que llevarlo con uno, el caminar enseguida encuentra su límite en el agua, el agua como borde y como apertura a entrar en lo introspectivo y en el disfrute de lo pequeño. Sentarse en el muelle. Mirar como corre el agua. Hacer una comida. Prender un fuego. Compartir una charla. Recibir amigos que vienen con un budín caliente. Es como trasladarse a la experiencia de habitar otro tiempo. En pocos kilómetros, lancha de por medio, se atraviesan capas de tiempo, y conviven formas diferentes de relacionarse con los otros y con la experiencia cotidiana.

Narrás la llegada de los libros y las mascotas de mano de tu madre. Pienso en la extrañeza y curiosidad que me producen los animales y pienso a los libros también como esos animales raros que contás. Qué hay atrás de los ojos de un gato que te mira fijo, qué hay atrás de esa composición única entre forma e historia y música y lenguaje que es un libro, esos libros que ni bien los soltamos al mundo empiezan a ir por ahí con su manera propia de andar, con su manera propia de respirar, de relacionarse con cada uno de los lectores que lo toma y lo abre y le acaricia el lomo como a una mascota extraña.

Me hiciste acordar a un tero que tuvimos como mascota. También lo había traído mi madre. Nunca entendí muy bien cómo es que llegamos a tener un tero de mascota en ese patio de la casa de mis viejos. Yo tendría siete, ocho años, y cuando lo molestaba el bicho alzaba las alas y mostraba sus dos espolones naranja —me veo tentado de googlear a ver si es así en realidad— cuñas de una materia brillosa, una en cada ala, peligrosas, naranja fuerte. Espolones que no le sirvieron de nada al pobre bicho para resistir a una lluvia torrencial con pedrada de la que no supo guarecerse. Sobre su trágica agonía y muerte en la veterinaria nos enteramos con mi hermana años después, cuando mis padres creyeron que ya estábamos en condiciones de asimilar esa muerte. La versión de aquel momento fue que al tero lo habían llevado al campo, que ahí iba a estar mejor.

Pienso ahora que para muchos, con las mascotas de chico vienen estas primeras aproximaciones a la muerte, de las que los adultos tratan de proteger a los pequeños. Quizá no haya forma de explicarle la muerte a un chico, tampoco de ocultársela. Mi primer recuerdo ligado a la muerte es de mis cinco años, la muerte de uno de mis abuelos. La imagen es estar llorando en el piso, pataleando en las baldosas, boca abajo, golpeando el piso con los puños y los pies, y una sensación desoladora de que era imposible que nunca más fuera a ver a mi abuelo pero que sin embargo, eso imposible, estaba sucediendo.

El primer recuerdo del contacto con los libros me viene de la casa de ese abuelo. Un comedor de piso de listones de madera, que mi abuela enceraba y que tenía esos patines de tela para que no se rayen, un sillón alargado y una biblioteca en la que estaba la colección Robin Hood de tapas amarillas. Mis primeras lecturas de libros de aventuras, Sandokan, Julio Verne, Huckleberry Finn, vienen de ahí. En ese comedor había también una bodega, una puerta trampa en el piso que daba a un sótano chiquito, al que accedí alguna vez y en el que guardaban vinos, botellas. La asociación con los libros y lo subterráneo, lo que hay que develar, está condensada en esta imagen para mí fundante.

Esa búsqueda de lo que hay bajo tierra, bajo la superficie, de escarbar. Asocio esto con la casa de mis abuelos maternos. De chico todos los domingos nos juntábamos ahí a almorzar. El almuerzo familiar, tíos, primos, abuelos, pastas, Titanes en el ring en la tele, carreras de TC2000, y con mi hermana en algún momento nos escurríamos al fondo, lleno de plantas, y se nos daba por escarbar, por hacer pozos en los que enterrábamos cositas, juguetes rotos, piedras, bolitas. Aquella casa, luego de la muerte de mis abuelos, mi mamá y mi tío la tienen alquilada. Con mi hermana fantaseamos que algún día, pala en mano, desenterraremos algo de todo aquello. Una arqueología del recuerdo. Desenterrar pedacitos y con eso componer ese cuadro que pintamos todo el tiempo. Qué pinceladas nuevas aparecerían si tuviera en mis manos alguno de aquellos muñequitos Jack,  alguno de aquellos bolones, alguno de aquellos cantos rodados que por su color intenso y brillo nos parecían piedras preciosas dignas de atesorar bajo tierra.

Veo ahora en este ir y venir de cartas, en este ir y venir del recuerdo al presente, del ir y venir en el agua, de los lugares en los que vivimos, ese vaivén del que hablás y me pongo a releer tu cuento La vuelta mala buscando resonancias de todo esto. Y ahí están, las encuentro, tan presentes, en esta historia de pegar la vuelta, de reencontrarse de este personaje con la casa en el Tigre y el presente que es recuerdo agazapado. Me sacudió la precisión de las imágenes, me llevó el cuento y estuve en esa casa inquietante de la Isla, en la vegetación aberrante y en la expectación de esa narradora que  viaja en la lancha hacia el recuerdo. Y ahora la frescura enrarecida de este cuento tuyo es también parte de todo lo que nos venimos contando. Hoy hace un frío polar, como el que tu personaje padecía aquella noche en que se hacía un bollo entre las frazadas para calentarse y no había forma. En estos días de vacaciones de invierno tenemos planeado ir para La isla,  a la casa de Lu, tenemos ganas de llevar un fogonero que compré hace poco y leña, para pasar el rato alrededor del fuego. Sé que de ahora en adelante mi experiencia de estar en La isla va a tener el marco nuevo de todo lo que nos estuvimos escribiendo. Espero que pronto volvamos a coincidir en esos encuentros en que se instala el tiempo de la charla de sobremesa, y retomemos, como ese caminar por el río a brazadas lentas, el vaivén de estas cartas.

Te mando un fuerte abrazo.

Marce.

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