Editorial N°9

Estamos presentando el número nueve de Carapachay o la guerrilla del junco. Cada emisión nos lanza a un recorrido único, que discurre, como los riachos o los grandes canales con su densidad y fluidez. Las voces que resuenan en cada edición (tanto en el eco de sus palabras como en la voz de las imágenes) arman una trama: una comunidad. Ese tejido que ofrece la revista sólo es posible gracias al compromiso que nos devuelven cada uno de sus colaboradores. Hablamos de colaboraciones generosas y desinteresadas que sostienen a la revista como los cimientos a una casa. No parece extraño que así sea, después de todo la lengua es nuestra casa, nuestro hogar. Invitados a irnos de la ciudad, a desalojarla, como hemos sido en estos días, preferimos refugiarnos en ésta para volver a pensar nuestro presente. Al hacerlo una sensación nos invade, la de que en tiempos oscuros como los que vivimos la lengua, como todo hogar, se puebla de tristeza, se deja, por decir algo, penetrar por lo feo y lo putrefacto. Esa es la sensación que se tiene cuando se leen muchos de los textos que componen este número de Carapachay o la guerrilla del junco, que no por casualidad es la misma sensación que se tiene cuando se sale a caminar por la calle, cuando se encuentra uno con amigos o conocidos, cuando se sienta a tomar algo en un bar. Son los temas que surgen del fondo de las escrituras para revelarse como vivencia y por qué no también como destino. Destinos y vivencias concatenados, que se mueven al compás de la muerte, de la miseria, de la inacción y la desidia. Sin embargo, siempre hay grietas, fisuras por donde el cansancio y el hastío dejan escapar algunos rayos de luz. Destellos críticos, disrupciones estilísticas que nos invitan, nos seducen, nos movilizan. Y el río, siempre el río. Nuestro aliado, nuestra fuente inagotable de palabras y pensamientos. Río que se expresa en este caso como una certeza, a pesar de todo, alentadora. La certeza de que seguimos escribiendo, compartiendo, generando un espacio de discusión, una comunidad, tal vez más ensimismada de lo que quisiéramos, pero seguimos ahí, perseverando, sosteniendo. Y quién sabe si de tanto perseverar el día de mañana no nos encuentre bailando, bailando –cómo dice Mariana Docampo- en un tiempo cósmico, que siempre es el tiempo de la palabra nueva.

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